Puerto Mental

En 1983, un equipo de científicos profundamente creyentes condujeron un experimento descabellado en instalaciones hasta ahora no reveladas. El equipo teorizó que una mente humana desprovista de los sentidos necesarios para captar estímulos externos debería tener la capacidad de percibir la presencia de Dios; que dichos estímulos nublaban nuestra percepción de la eternidad y que sin ellos, la mente incluso debería ser capaz de comunicarse con dios con el mero pensamiento.

Emplearon como voluntario a un anciano que declaró “no tener nada por qué seguir viviendo”. Para desconectarlo de todos sus sentidos, los científicos realizaron una compleja operación en la que todas sus conexiones nerviosas fueron desconectadas quirúrgicamente. Aunque bien, el sujeto de prueba mantuvo sus funciones musculares, era incapaz de ver, escuchar, probar, oler o sentir. Sin posibles maneras de comunicarse o incluso sentir el mundo exterior, el sujeto se quedó, literalmente, en compañía de sus pensamientos.

Los científicos monitorearon sus respuestas mientras él habló en voz alta sobre las condiciones de su mente en oraciones que él mismo no era capaz de escuchar. Después de cuatro días, el hombre declaró haber escuchado susurros y voces incomprensibles en el interior de su propia cabeza. Asumiendo que se trataba de las primeras trazas de un proceso psicótico, los científicos pagaron poca atención a lo dicho por el viejo.

»Escucharlo…

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anoche, por teléfono

Mi esposo, llamémoslo Joe, ha sido abogado por casi doce años; durante los últimos seis ha trabajado como defensor público (si el estado lo designa para representar un criminal) o un abogado defensor (si un tercero le contrata para representar un criminal). Se especializa y trabaja primarimente con apelaciones y así, muchos de sus clientes son criminales convictos. Piensen lo que quieran de lo que hace para vivir, pero a mi me consta que su intención es proteger los derechos humanos y constitucionales con su trabajo.

Ha pasado mucho tiempo con su último cliente durante esta fase del caso, esto significa que ha tenido que pasar mucho tiempo en prisión. Su cliente es un criminal de alto perfil, fue acusado un par de veces de asesinato en primer grado… si dijera su nombre, lo reconocerían y entonces sería secillo deducir quién es mi esposo, así que lo vamos a dejar así. Este tipo tiene condena de muerte y está esperando ser ejecutado por dos asesinatos… pero como una buena mayoría de sus clientes, mi esposo cree que este hombre es 100% inocente.

Su cliente fue acusado de matar a una conocida y al hijo de su conocida. No había evidencia física del crimen y de hecho, las autoridades nunca lograron localizar la escena del crimen. Más que algunos cabellos y siete minúsculas gotas de sangre, la evidencia primaria usada para condenar al cliente de mi esposo era toda circunstancial: algunos emails, un par de incidentes que involucraban al acusado y la víctima, una línea de tiempo hipotética establecida en base a los testimonios de algunos supuestos testigos, un registro de videovigilancia en una gasolinera a algunas cuadras del lugar del hallazgo de los cuerpos y una llamada al 911 de un hombre sin identificar en la noche que la fiscalía alega que el asesinato se cometió…  datos blandos, pero si el acusado pertenece a una minoría étnica y vive en un estado pro pena de muerte, te sorprendería saber lo poco que la fiscalía necesita para convencer a 12 personas de ejecutarlo.

»call her

Vox y el Rey Beau

INTRODUCCIÓN

Creo que estoy perdiendo la razón. Es eso o algo más está ocurriéndome. De entrada, yo y mi familia carecemos de historial psiquiátrico. He estado deprimida un par de veces durante toda mi vida, pero por razones de por medio, como romper con mi novio o extrañar mi casa. He fumado hierba algunas veces, bebo en fiestas. Eso resume mi uso de susantancias recreativas. No se me ocurre más para explicar las alucinaciones. No creo en cosas paranormales, pero creo que, tal vez hablar con ustedes me ayude.

Esto comenzó hace unos cinco meses. Estaba con quien ahora es mi ex, vivíamos juntos. Las cosas iban bien, tal vez la relación se había enfriado un poco, pero no había dramas; era una noche y pasaban de las once, estábamos acostados, durmiendo. Entonces escuché una voz pronunciando mi nombre al oído. Fue tan clara, tan normal, que respondí sentándome en la cama y preguntándole a mi ex si quería algo. No había dicho ni escuchado nada, pero lucía nervioso. Me pareció verlo ocultar su celular.

No pensé mucho más en esa voz. La supuse un sueño. El celular, por otro lado, encendió un par de focos rojos, pero nada más; él me dijo que estaba mandándole un mensaje a su hermano, y yo la dejé por la paz. En el transcurso de las siguientes semanas, mi ex comenzó a quejarse. Decía que se sentía observado. Comenzó a adoptar una actitud nerviosa y en una ocasión, casi me tira un golpe cuando entré de pronto al baño. Por supuesto, me llenó de sospechas.

»Sentir curiosidad.

Rey Amarillo Cae

Tampoco me creerás, pero ya me cansé de buscar quien me crea.

Fue hace unas tres semanas. Estaba en google buscando algún sitio para entretenerme. Terminé dando con un foro de imágenes. Todas las publicaciones eran mensajes crípticos y sin sentido. Decían cosas como: “Hiel lo vi esta noche. De la mano arriba arribados soy 99924028 REY AMARILLO CAE”.

Esa era la frase más usada de todo el foro. “Rey Amarillo Cae”. Al principio pensé que se trataba de algún experimento de scrap o spam, por la secuencia de números que aparecía antes de la frase, pero… su uso era demasiado errático para venir de un programa o script controlado: a veces aparecía escrito distinto, y no me daba la impresión de que los números fueran al azar.

»Lo siento

esta no es una voz que te dice algo

Vamos, tarde o temprano todos llegamos a escuchar esa voz; es la misma voz de la certeza que un día te explicó que delante de esa sensación a media noche tu única defensa es la cobija o que no era una buena idea seguir por aquella calle por la que decidiste no seguir; esa misma voz, un día, sugirió que existen cosas que tu especie nunca entenderá, con las que su mente es incapaz de convivir, ideas capaces de transformar por entero cómo lo entiendes todo.

Por supuesto que tiene razón, pero no es como si eso haya detenido a nadie nunca. Todos, en cierto punto de su vida, han deseado “la verdad”, sobre la que llegan a sentirse dueños o merecedores por el simple hecho de respirar o bien, por algo más cercano a la ambición que a la búsqueda de conocimiento. Algunas veces la encuentran, otras nunca, pero lo de verdad interesante ocurre cuando se detienen y deciden dejar de escuchar.

Reconoces estas palabras también, ha llegado a ser repetida por uno, dos, o tres filósofos: que no hay nada más tonto para un hombre que creer en lo que sus sentidos le dictan; nunca sospechar que alguna entidad maliciosa puede estar detrás, tergirversándolo todo, trastocando las direcciones: ¿estás leyendo esto, estás delante de tu ordenador, sostienes un aparato en una mano mientras miras pasar el tiempo “entreteniéndote”?

»answer

de mesa

Sigues encontrando cosas en las estanterías cuando despiertas. Normalmente, sólo son cosas pequeñas y tontas, pero quien quiera que esté dejándolas ahí parece conocer tu sentido del humor. Aunque a veces ha sido bueno (una cartera sin identificación, con dinero, ese día que no te alcanzaba para pagar la renta y un Rolex, cuando te olvidaste del cumpleaños de tu novia, hoy sólo es una nota:

“Okay, te toca.”

Evolución artística

El alejamiento progresivo de la realidad hacia una fantasía desbordante se encuentra claramente trazado en esta extraordinaria serie de pinturas realizadas por el artista de principios del siglo XX, Louis Wain. Durante veinte años, Wain pintó retratos caricaturizados y realistas de gatos que captaron la atención del público londinense; su inmensa popularidad lo llevó a ilustrar calendarios, álbums y postales. Pasó la mayor parte de su vida viviendo en reclusión, junto a tres hermanas solteronas y diecisiete gatos.

A los 57 años, los atisbos de la psicósis que luego dominaría su vida comenzaron a emerger, tanto en su vida personal como en su obra; convencido de que sus enemigos eran capaces de influir en su mente por medio de impulsos eléctricos, sus retratos adquirieron un tono ominoso.

»Qué tan mal

Seis

El epitafio en la tumba de mi padre dice: “viví una buena vida, y te amo”.  Si preguntas, mi familia te explicará que esas fueron sus últimas palabras; te contará que las exhaló con su último aliento y luego se elevó, incorpóreo, ya vuelto apenas un retrato de nuestra memoria; en una muerte digna del más noble rey, del más valiente general. Claro que miente.

Papá sirvió como oficial en el ejército y después, fue maestro, uno de los más recordados por aquí. Fue admirado, respetado e incluso amado por muchas de las personas que lo conocieron. La razón de la mentira estriba en el hecho, mucho más mundano, de que nadie escuchó sus últimas palabras. Lo encontraron muerto, en su estudio, con un agujero de bala en la sien izquierda.

También ignoro cuales fueron sus últimas palabras, pero me parece tener una idea mucho más cercana a la de los demás. Yo pienso que dijo: Todo por ti.

»probar tu suerte

Un juego calladito

No fue Hilda la que perdió la paciencia por vivir aquí arriba, en los pisos de más arriba del edificio, muy lejos de la sordina del tráfico y el vaivén de la gente en la calle; fueron sus vecinos. “Voy a terminar tumbando la pared”, decía el del departamento al lado, “no puedo soportarlo más”, sumaba el del otro; “voy a volverme loca”, sentenciaba la mujer del piso de abajo.

Hilda no. Hilda era la vecina joven, la vecina ocupada, la causante también, en opinión de sus vecinos, de todo el estrés. Ella no era la que se estaba volviendo loca, oh no. Eso es lo que cualquiera de ellos te hubiera dicho. La locura, de cualquier manera, tiene un ritmo propio, muy similar al de las nubes en el cielo; un ritmo que no distinguirías, de comienzo, con el de una vida ordinaria y feliz.

“¡Diez!, Listos o no, ¡allá voy!”, bump, bump, bump, bump, bumbada, bump, bump. Las voces de los gemelos se sentían como un taladro. El golpeteo de sus carreras reverberó por la puerta de la cocineta y detuvo de golpe a Hilda a la mitad de lavar la loza. Tenía detergente hasta los codos. Se quedó ahí, inmóvil, hasta que la boca del estómago soltó ese vacío amargo que ya le resultaba tan familiar.

Por supuesto, tenía que callarlos; su juego inocente, feliz, tendría que ser detenido por un intempestivo “¡no!”, rápido, antes de que la señora Walters en el departamento de abajo subiera a reclamar, antes de que el señor Peters a la derecha golpeara en el muro; antes de que la señorita Rice, a la izquierda, se inclinara por la ventana para quejarse de su cabeza y decirle a Hilda qué tan bien criaban a los niños en sus tiempos.

Los tiempos de la señora Rice habían sido muy buenos; en esos días los niños tenían espacio para corretear y brincar. Si eran ricos, entonces tenían campos y jardines y salones, cuartos; si era pobres, al menos tenían las calles y las callejuelas. Pero los chicos de ahora, los moradores del cielo en este afluente siglo, ¿a dónde podían correr, a dónde podían gritar y vaciar su infancia?

§Volver a la infancia

Reinicio

22 de Marzo

Solía pasar demasiado tiempo en la computadora, quedándome despierto hasta tarde, sin hacer nada más que surfear la web y volver a jugar juegos que hace mucho que terminé. Supongo que se ha vuelto una obsesión, a veces me he quedado en la máquina hasta poco antes de amanecer. Así que estoy intentando parar. Algunas noches logro acostarme temprano, aún no lo logro antes de las once.

24 de Marzo

Me siento raro.  He logrado no estar en la computadora durante la mañana. Puedo hacer muchas cosas: limpiar y estudiar, ser productivo. Pero no todo ha salido bien. Ayer me di cuenta de que cuando estoy en la computadora, no parpadeo, y es por eso que a veces comienzo a llorar. Tengo la impresión de que al parpadear, pasan cosas.

Cosas tontas: las páginas tardan más en cargar, mi mouse deja de responder, los programas se congelan. Nada fuera de lo común, en realidad; refrescar la página, reconectar el mouse, terminar con el proceso desde el administrador de tareas.

§¿leer qué?

Mala educación

No he podido dormir. El viernes fue un día perfectamente normal; ya sabes, la rutina que alguien sigue antes de ir a trabajar: despertar, orinar, lavarse los dientes, vestirse, dejar salir al perro, fumar, beber café e irse. Es lo mismo, día tras día. Trabajo y regreso a casa, dejo salir al perro, ceno, acuesto a las niñas y me preparo para la noche; en algún momento, mi esposa y yo terminamos en cama también.

Bueno, este viernes no tenía sueño, así que puse una película hasta que me diera sueño. El perro era una lata. Quería jugar, lo que era muy extraño para la hora que era. Normalmente él ya está dormido para cuando nosotros apenas estamos acostándonos. Primero pude escucharlo, sus pasos y el tintineo de sus placas, yendo y viniendo por la escalera; luego comenzó a saltar a los pies de la cama, a mordisquearme los pies. En algún momento su nariz fría hizo contacto en algunas partes de mi espalda; luego a morder la pelota de goma, demasiado cerca de mis oídos. Después de lo que me parecieron horas, finalmente se calmó y pude dormirme.

Este mismo escenario empeoró durante las siguientes dos noches. Lo peor eran sus placas de metal, tintineando. Cualquier otra de sus actividades nocturnas, duraría más o menos uno dos minutos, antes de ser concluida con una nueva carrera; estoy muy seguro de que estaba correteándose la cola, a un lado de mí, por supuesto. En ocasiones, al escucharlo gruñir suavemente, me incorporaba para encender la luz; pero él siempre se las arreglaba para recostarse antes de que pudiera gritarle nada. Sólo quería dormir, así que esperaba que se calmara con una simple reprimenda, pero tan pronto como apagaba la luz, comenzaba de nuevo. Cada vez que le gritaba, provocaba que saltara de la cama al suelo, del suelo a la cama, a veces quedándose quieto para mirándome mientras salivaba.

Así que aquí estoy, tres noches de insomnio después. Me estaba preparando para acostarme temprano hoy, y le pedí a mi esposa que le quitara el collar al jodido perro, por eso de las placas sonando que no me habían dejado dormir. Ella me miró con desconcierto, me dijo que el perro se las había arreglado para quitarse y perder el collar casi dos semanas después de que lo adoptamos, hacía tres años. No me imagino cómo fue que pude olvidarlo, y tampoco me imagino qué es lo que está corriendo por las escaleras ahora. Sé que no es mi perro, cuyo rostro de extrañeza al encender la luz, ahora comprendo.

Solamente espero que no encuentre el cuarto de las niñas.

Pasos

En completo silencio, si presionas un oído contra una almohada, puedes escuchar tus propios latidos. De niño, el sonido me parecía el eco amortiguado de algunos pasitos dados sobre una alfombra y al escucharlo, justo a nada de quedarme dormido, me hacía despertar, aterrorizado. Durante toda mi infancia viví con mamá en un vecindario más o menos tranquilo, de tipo que se encuentra en un periodo de cambio: gente de bajos recursos mudándose ahí —justo como mi madre y yo. Vivíamos en el tipo de casa que ves transportándose en dos piezas por la interestatal, pero mi mamá la mantuvo siempre muy ordenada. El vecindario estaba rodeado por una campiña que a mí me encantaba explorar durante el día; aunque durante la noche, así son a menudo las cosas para un niño, me daba un poco o más miedo que el espacio entre el suelo y la casa, lleno de monstruos y escenarios sin escape, que consumían mi cabeza cuando despertaba al escuchar esos pasos.

Dije a mi madre sobre esos pasos y mi madre me dijo que lo estaba imaginando; persistí tanto que terminó llenándome los oídos con agua, por que yo creía que eso ayudaría, no lo hizo, pero  en realidad a única cosa extraña que a veces ocurría era que despertaba en la cama inferior de la litera, cuando mi cama era la superior; no era una cuestión tan inexplicable y yo mismo recordaba cómo en muchas ocasiones me levantaba por agua, o al baño, y al volver me acostaba en la cama de abajo. Esto pasaba una o dos veces a la semana; un día no desperté en la cama de abajo.

»liberarlo

Tatuaje

Después de una borrachera épica, despiertas para descubrir que la noche anterior, por algún motivo, te tatuaste una carita feliz en uno de los pies. Ni hablar, una lección para no volver a beber tanto. Al siguiente día, la carita feliz está en tu rodilla. En el siguiente, está sobre el muslo, y los trazos han comenzado a acumularse hasta darle rasgos al rostro. Te preguntas cómo te verán mañana, ahora que es del tamaño de tu propia cara y se encuentra sobre tu cuello.

Levi

Ah sí, mi pueblo es un lugarcito aburrido y callado; un lunar en la costa, exótico y cursi, que los turistas relacionan con quién sabe qué idea bucólica de paz y melancolía. Yo creo que es por eso que aquí todos nos volvemos locos, pero además, es por eso que  muchas familias son propietarias de pequeños negocios y cafés, enfocados en aprovechar el flujo de turistas. Por mucho tiempo, el café más popular, localizado cerca del puerto, fue un lugar llamado “El rosedal”.

Como muchos otros lugares, actualmente el local está desocupado y su estado se aleja lentamente de un precio de reparación razonable. Toda mesa, silla o mueble ha desaparecido y probablemente usado para darse calor en algún lote valdío y ahora el lugar no es sede de nada más que, un gato y sesenta y nueve mil ciento cinco piezas óseas.

¿Y cómo es que un café tan popular como El Rosedal termina convirtiéndose en un lindo, bucólico e inocente osario digno de nuestro pueblo devora turistas? Para comenzar a responder esa pregunta, acerquémonos a su expropietaria: una jovencita de ascendencia nipona e inglesa, llamada (aliste su habilidad deductiva, oh, lector): Rose Jayne Elizabeth Gainsborough.

Durante mucho tiempo, Rose quiso abrir un café; pero no sólo quería abrirlo para, digamos, explotar a los turistas; Rose se trataba de uno de esos pintorescos ejemplos en donde la consciencia local termina cristalizada en una convicción plena, en una creencia inamovible de que, tal vez no como el policía o el cirujano lo hacen, pero estaría ofreciendo a su comunidad, el servicio de un espacio de descanso y relajación por medio de su negocio. Su deseo fue concedido en su cumpleaños vigésimo quinto, cuando sus padres tuvieron el capital suficiente para comprar el espacio en donde sus sueños nacerían.

»Servir

Camino sin final

En Corona, California, hay un camino conocido por los lugareños como el camino sin final, se llama Lester Road y existe desde hace veinte años, ha sufrido varios cambios, el más importante hace unos tres años, cuando las autoridades decidieron finalmente clausurarlo y desviaron el tráfico hacia una locación más segura. Lester Road era un camino sin luces que, de acuerdo a la leyenda, se volvia eterno al ser manejado de noche.La gente solía evitar el camino, incluso de día.

Una noche, empujado por una apuesta con otros adolescentes del lugar, manejé a Lester Road. No duré ni cinco minutos. En algún momento antes de llegar a esta subida, tuve la impresión de que el camino estaba más largo que de costumbre, me desorienté. Asustado, di la media vuelta, sintiendo que si continuaba avanzando, nunca regresaría y olvidándome por completo de las burlas que me esperarían de regreso. En efecto, las autoridades decidieron clausurarlo, pero no por la inseguridad de la falta de iluminación o señales.

Lester Road da una vuelta cerrada hacia la izquierda que no está anunciada en señales. Más allá de la curva, hay una barranca, y al otro lado de la barranca, otro camino que se alinea tan bien con Lester que, visto desde la distancia y el ángulo correcto, de noche, da la impresión de que el camino continua adelante de la subida. El fondo de la barranca esta llena con los restos de docenas de carros, aún no terminan de rescatar los restos humanos.