un escalón extra

¿Conoces esa sensación, Karla, de esperar un peldaño más en la escalera y llegar al suelo? ¿Ese medio segundo en el que te desorientas por completo? Eso es lo que los astronautas solemos sentir, hasta que nos acostumbramos.
Perdón por divagar, hablar me ayuda.
Te preguntabas si me habían dado píldoras de suicidio antes de la misión. Me reí, te dije que ese era un mito, que para morir en una estación basta con desatornillar una exclusa y que, de cualquier modo, los astronautas no pensamos así.
Antes de la primer misión a la luna, se cuenta que un reportero le preguntó a alguien en la tripulación qué haría si de pronto el módulo no pudiera despegar y se quedaran varados.
¿Su respuesta?

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Ultimatum

Recuerdo el día en que las arañas salieron de sus agujeros y cubrieron la superficie de la luna. Los telescopios de la NASA capturaron en video de alta definición a las olas de criaturas, arrastrándose como un líquido hasta donde el cuadro alcanzaba. Eran tan grandes como carros. Distinguir la forma de una sola, de entre la multitud, me llenó de asco por días.

Los temblorosos meses siguientes, la humanidad reaccionó a la presencia de formas de vida en el sistema solar, no en una remota luna como Titán, no en algún planetoide inhóspito del cinturón, sino en nuestro propio satélite. Muchos querían cristalizar el polvo de la superficie con cabezas nucleares. Otros querían la paz. Algunos los creían dioses.

Yo dejé de mirar hacia arriba por la noche: el rojo marrón de las criaturas se había devorado al conejo entero.

»clic clic clic clic

La píldora

No te la tomes.

Es un milagro glorioso y la cosa más grande que haya pasado, dicen, y probablemente dentro de poco la ley se la administrará a los bebés, tal vez al mismo tiempo que sus primeras vacunas. El fragmento de la cosa ahí dentro pesará apenas un par de gramos y será producida directamente de una piscina que se instalará en todos y cada uno de los hospitales, muy pronto.

Esos gramos son suficientes. Seguro, jamás tendrás cáncer, vivirás hasta los ciento cincuenta años, tendrás huesos más resistentes y el sistema inmunológico más resiliente que el planeta haya visto; nunca vas a necesitar anteojos o ayuda auditiva y si llegaras a perder algo pequeño, como un dedo, lo recuperarás en menos de medio año; si pierdes algo como un brazo completo, estarás acostumbrándote a sus torpes movimientos en dos. Es la clase de milagro médico que es lo suficientemente creíble para adoptar; no resolverá todos nuestros problemas y tal vez cree algunos nuevos, una sobrepoblación épica, por usar la lógica un poco. Pero funciona y es barato y no se termina y es todo lo que necesitamos. Seguro, todavía no pueden explicar por completo cómo es que la cosa realmente reescribe nuestro código genético después de comernos unos gramos; pero la promesa de respuestas en el futuro inmediato está hecha y no se han registrado efectos secundarios.

Viene de una variedad de estrella marina previamente desconocida; pero no te vas a enterar de eso en las noticias. Creo que por ahora, la versión oficial afirma que están produciéndola artificialmente. Estas estrellas viven en las zonas más profundas y oscuras del océano y no son muy grandes, ni muy llamativas. Probablemente las hemos visto antes, cuando enviamos alguna sonda, y las hemos ignorado. Muy curioso que ese idiota con el show en el que come cosas raras se haya hecho con una, dios sabe cómo, y creído que sólo se había comido una estrella marina algo rara, antes de recuperar el pie que perdió un año después. Te aseguro que hubieran despedazado su casa, que hubieran analizado galones y galones y de su sangre y secuestrado a toda persona que hubiera tenido el más mínimo contacto con él; pero resulta que justo durante la interrogación, dieron con la razón: el tipo recibió el espécimen con vida y seguramente, después de cortarle un pedazo, le dio lástima y la dejó vivir en una pecera. Una cosa llevó a otra y en menos de lo que me he tardado, tenían una tonelada de esas porquerías.

§él está loco, todo esta bien

Un parpadeo de Dios

El 25 de Marzo a las 14:57 hora de Greenwich, el mundo se detuvo por 27 minutos y 54 segundos. No hubo sacudida repentina, nadie se quedó inconsciente, no hubo una ida a negros y de regreso.

Para todos, el tiempo pareció estar y seguir normal: un segundo después del otro. Los pájaros volaron, la gente habló, el viento sopló, la lluvia cayó; nada pareció indicar que algo inesperado le hubiera ocurrido a los habitantes del mundo. Para ser capaz de notarlo debiste tener una perspectiva externa de planeta y sus torpes satélites artificiales; La NASA y las agencias espaciales por ejemplo, que perdieron comunicaciones satelitales y señales entrantes de casi media hora. Naturalmente, la primer conjetura descansaba en un problema de las computadoras en Tierra; pero esto acarreó una pregunta más grande -un error en una computadora es posible, pero, ¿todas las computadoras de los centros espaciales alrededor del planeta, con la misma falla, al mismo tiempo?

La siguiente conjetura descansó en la posibilidad de un virus o una brecha de seguridad informática, un hacker. Un equipo internacional se ensambló con la finalidad de investigar lo que debía ser la mejor y más gigantesca operación coordinada de toda la historia, cuando los primeros reportes de astrónomos confundidos y preocupados comenzaron a arribar; con ellos, la verdadera dimensión de lo que en realidad había ocurrido.

Utilizando datos extraídos de los observatorios telescópicos en Jodrell Bank, Palo Alto, Mount Pleasant y otros a lo largo del mundo, contrastados contra los registros estelares y los modelos computacionales vigentes del vecindario galáctico, pudo determinarse que durante veintisiete minutos y cincuenta y cuatro segundos, la tierra perdió sincronía con el resto del continuo conocido de espacio-tiempo. El mundo como lo conocemos, parpadeó fuera de la existencia durante este lapso y luego regresó sin ningún cambio, como si nada hubiera pasado. Para toda referencia y resumen, durante esa breve ventana de tiempo, todos dejamos de existir.

El equipo de investigación internacional fue reasignado, se firmó un cheque en blanco, poniendo a disposición el máximo de recursos y atrayendo a las mayores mentes de todos los campos científicos, para investigar este hecho bajo la mayor confidencialidad posible. Nadie necesitó una explicación del pánico resultante de volver esta información pública antes de encontrar una racional y ojalá que tranquilizante explicación. Aquellos que no deseaban guardar silencio, fueron invitados a colaborar con métodos menos ortodoxos.

Al margen de los distintos nombres códigos asignados a los equipos de investigación, aquellos involucrados en el hecho comenzaron a llamar a la anomalía, con cierto tono cómico: “el día que dios parpadeó”. En conversaciones casuales entre los miembros del proyecto, eventualmente esto terminó siendo acotado bajo el término de “el parpadeo”.

  §reiniciar…

Los muros

Llovía agua nieve y  eran las dos de la mañana. Tiré mis huesos en el asiento de un camión de transporte público, recién salido de la guardia. Estaba muy cansado para manejar mi viejo armatoste. Me senté hasta el fondo esperando dormir. Había un par de muchachos darkis sentados hasta adelante. Recargué la cabeza en el vidrio y cerré los ojos mientras el camión aceleraba.

—Pensé que te encontraría aquí.

Abrí los ojos pensando que me hablaban. Eran dos hombres, vagabundos típicos vestidos con harapos. El de barba se había sentado. El alto, de gabardina, seguía de pie. No los había visto al subir, ni al sentarme. Estaban a dos lugares de mí. Temía que me pidieran algo de cambio o se dirigieran a mí. Estaba a nada de cambiarme de lugar cuando volvieron a hablar.

—Es un buen lugar, todos suelen estar muy ocupados.

—Si nos oyeran nos ignorarían —Gabardina se sentó junto a su interlocutor, —debemos estar locos, ¿recuerdas?

Ok. Me sentí muy intrigado, lo admito. Esto se veía con algo de potencial, al menos para pasar el tiempo. Así que cerré los ojos y simulé dormir mientras escuchaba con atención, esperando que nunca se dirigieran a mí. Este es mi mejor esfuerzo de recrear la conversación, de memoria (y créeme, he pensado en ella lo bastante):

§Escuchar de paso

abajo

Este es el fin de el hombre y todo lo que ha logrado. He tenido bastante tiempo para pensar en ello desde la última vez que vi el sol. No es el fin del mundo. Es sólo el nuestro.

Comenzó hace poco más de un mes, aunque pudo haber pasado más tiempo. Sólo cuento con los relojes que tengo por la casa para calcular hace cuanto y la mitad de ellos se han detenido. Estaba en las noticias, un crucero hundiéndose, sin razón alguna. No estaba dañado, símplemente fue jalado hacia abajo. Luego el resto de las noticias comenzaron a aparecer. Todo en el agua se estaba hundiendo: las plataformas petroleras desaparecían, la gente en las playas se sumergía y no volvía más. Nadie explicaba lo que estaba pasando. Las cosas no flotaban más. No se habló de otra cosa durante un rato.

Fue durante una transmisión en vivo, desde alguna bahía. La corresponsal estaba reciclando lo que se sabía delante de la cámara: los mismos hechos, las mismas preguntas que todos nos habíamos estado haciendo. De pronto la reportera grita y la cámara se inclina hacia abajo para ver sus pies. Está hundida en la arena, casi hasta las rodillas. Me recuerdo sonriendo, pensando que se trata solamente de sugestión, pero luego la cámara se le cae de las manos al camarógrafo. El circo entero de equipos de producción de noticias presente en esa playa se está hundiendo. La reportera está hundida hasta el pecho. El sonido de gente gritando, pidiendo ayuda, se pierde mientras el cuadro de la imagen se llena de arena.

Las noticias continuaron algunos días más, pero realmente no había nada qué decir. Algunos culparon a ciertos huecos bajo la arena del fenómeno, otros intentaban enfocarse en posibles soluciones para el fenómeno. Era una pérdida de tiempo, todo. Era mucho más sencillo mirar por la ventana. Afuera, la ciudad se había convertido en un pueblo fantasma. Todo el mundo estaba en sus casas, con demasiado miedo de salir. No parecía tener sentido: los caminos, el pavimento mismo se rajaba y se hundía bajo la tierra; señales de tráfico y semáforos eran rebasadas por míseras plantas, las casas crujían y temblaban mientras eran consumidas desde sus cimientos mismos.

Hubo quien intentó escapar, saltando de una azotea a otra, buscando “terreno alto”. Ocasionalmente, uno podía ver, en los canales que seguían emitiendo, refugios improvisados en la punta de rascacielos. He salido una sola vez fuera de mi casa desde que esto comenzó, a través de las azoteas de las casas vecinas. Intentaba conseguir provisiones de una tienda cercana, pero todo resultó una pérdida de tiempo. Era un baldío para cuando llegué: había sido saqueado ya y estaba lleno de toda la evidencia que necesitaba para entender qué tan mal iban las cosas. Es fácil entrar en negación respecto a algo como esto, hasta que te afecta directamente. Cuando regresé a mi casa, noté que mi carro había desaparecido, casi. Podía verse parte del techo asomando desde lo que parecía una piscina de tierra suelta. No era solo mi carro, eran todos. Los camiones, abandonados a la mitad del camino, parecían resistir mucho más por sus dimensiones, pero todo era cuestión de tiempo.

Algunos días después, toda la planta baja de mi casa se había convertido en un sótano. Me las arreglé para trabar las ventanas y las puertas de tal manera que resistieran la presión de la tierra por al menos un tiempo, pero ahora me parecía una celda de prisión, un mausoleo en el que definitivamente no quería pasar ni un solo momento. Paso ahora casi todo mi tiempo en la planta alta, junto a una ventana casi al ras del suelo, mirando al mundo hostil del que un día me creí parte.

Mi vecino murió ayer. Se cayó de su azotea, la tierra se lo tragó. No es el primero que veía. Lo que llamó mi atención, fue el motivo por el que se cayó: estaba intentando evitar que su perro saliera. El perro está bien. Eso creo. Corrió. Los animales no parecen ser afectados. Este es sólo nuestro destino. Ese pequeño descubrimiento ha probado ser demasiado para mí. Todo esto. Una pesadilla viviente. Me puse borracho y me quede dormido.

Desperté por el dolor de cabeza, en medio de la oscuridad. Probé los interruptores de luz y los fusibles. No había corriente. Tomé la lámpara de mano que tengo cerca de la caja de fusibles para moverme por la casa. Mientras miraba en la planta alta, me encontré con el último vistazo que tendría de luz natural. Afuera estaba amaneciendo. Para el momento en que alcancé la ventana, la luz había desaparecido y yo me encontraba aquí, abajo. Intenté escapar rompiendo el techo, sólo para encontrarme con finas líneas de tierra del otro lado. No estoy muy seguro de cuanto tiempo más duraré aquí, en mi ataúd de conveniencia social. Queda poca comida, el aire se siente enrarecido. Tengo un par de velas y una caja de cerillos. Las baterías de la lámpara se terminaron hace poco. Este es nuestro destino. El destino del hombre.

Nuestro regreso a la tierra.

esta no es una voz que te dice algo

Vamos, tarde o temprano todos llegamos a escuchar esa voz; es la misma voz de la certeza que un día te explicó que delante de esa sensación a media noche tu única defensa es la cobija o que no era una buena idea seguir por aquella calle por la que decidiste no seguir; esa misma voz, un día, sugirió que existen cosas que tu especie nunca entenderá, con las que su mente es incapaz de convivir, ideas capaces de transformar por entero cómo lo entiendes todo.

Por supuesto que tiene razón, pero no es como si eso haya detenido a nadie nunca. Todos, en cierto punto de su vida, han deseado “la verdad”, sobre la que llegan a sentirse dueños o merecedores por el simple hecho de respirar o bien, por algo más cercano a la ambición que a la búsqueda de conocimiento. Algunas veces la encuentran, otras nunca, pero lo de verdad interesante ocurre cuando se detienen y deciden dejar de escuchar.

Reconoces estas palabras también, ha llegado a ser repetida por uno, dos, o tres filósofos: que no hay nada más tonto para un hombre que creer en lo que sus sentidos le dictan; nunca sospechar que alguna entidad maliciosa puede estar detrás, tergirversándolo todo, trastocando las direcciones: ¿estás leyendo esto, estás delante de tu ordenador, sostienes un aparato en una mano mientras miras pasar el tiempo “entreteniéndote”?

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Bendición

Eran dos hombres sentados en cada extremo del escritorio de madera.

—Comprendo, de verdad. Pero usted firmó el contrato señor Car— dijo el doctor Hargreaves, de casi cincuenta años, con la nariz sonrosada de un amoroso alcohólico.

—¡Qué se joda el contrato!, ¿y qué si algo sale mal? —Interrumpió David Carter, treinta años, pálido y enfermo.

—Debo pedirle que guarde la calma. Hemos perfeccionado el tratamiento hasta el punto más razonable; ha sido probado: animales, insectos, incluso plantas. En cada ocasión, la recuperación superó las expectativas.

—Nunca lo han probado en humanos, ¿cierto? Nunca han metido ahí a un ser humano.

El doctor se quitó los lentes, echó mano de un cuadrita de tela para limpiarlos y los devolvió a su rostro.

—Señor Carter… David. David, el tumor te está matando. Eso es una tragedia, en cualquier edad; pero lo es mucho más a la tuya. Firmaste el contrato porque sabías que no tenías opciones, porque te ofrecimos salvarte la vida.

—Lo sé… es sólo que la idea entera me aterra.

—Si puedo ser honesto contigo, David, ¿qué podrías perder?

§Apostar al destino

Psicosis III

Sólo podía escuchar el zumbido electrónico de mi reloj digital, la noche estaba llena de silencio. Estaba ahí. Lo sabía. Justo a tiempo, en la ventana. Llamaría en el cristal y yo abriría la cortina, entonces nos miraríamos por un largo rato. El se iría con el amanecer y me dejaría despierto. Tal era nuestra rutina.

Mi mente paseaba a kilómetros de distancia en la primera noche y anoche. Me dije a mí mismo que no abriría la cortina esta vez, mientras mis ojos recorrían la tela que me separaría de su rostro si lograba detenerme; que no me asustaría, que hoy tendría el descanso que se me había negado ya tantas noches seguidas. Llamó tras el cristal dos veces. Me puse una almohada sobre la cara y comencé a canturrear una canción que me gustaba cuando niño.

Llamó de nuevo y esta vez, la mesura, el ritmo cuidadoso que se había ocupado de agregar a su tacto desapareció.

Tiré la almohada al suelo. Abrí la cortina. Su rostro pálido y ajado pareció iluminarse al verme. Tiras de cabello se balanceaban en el viento. Respiraba agitadamente y aunque suponer una emoción en aquella máscara, como de muñeco roto, como de corriente latex de noche de brujas parece imposible; su presencia me llenó de desolación, de un enojo que se sentía tan antiguo como una ruina.

§ más…

nuevo testamento

Es de mañana, ya. Los truenos estallan, el viento aulla. Hace tiempo que una tormenta viene prometiéndose. De algún apartamento llega el sonido de algo que se rompe y un grito; alguien despierta de una pesadilla, asumo, y no lo culpo. Mi despertador despierta también, y yo lo miro con mis ojos inyectados de mala noche, ordenándole que estalle o que al menos calme su entusiasmo.

”… la peor y más grande tormenta que hemos visto en años” dice un locutor antes de que su timbre se desvanezca en algunos crujidos de estática y se pierda en un silencio abrupto. Luego, la voz vuelve: “…y seguimos temblando conforme nuevos reportes de lo que tal vez sea el acontecimiento…”.

Necesito una dosis de cafeina, preferiblemente letal. Tomo el despertador y jalo su cable hasta desconectarlo, lo lanzo a los pies de mi cama. Había sido advertido, no me gusta la estática. Las cinco y ni un minuto de sueño durante toda la noche. Me construyo un capullo de cobijas y me aventuro por la ruina involuntaria de mi departamento. He vivido aquí por más de un año y aún no me acostumbro a la temperatura, me parece demasiado fría. Este es un edificio viejo, lleno de cracks y cricks, pero era todo lo que mi presupuesto podía permitirme. No me tomó mucho tiempo averiguar que decidirme por un arte mayor había sido una decisión muy desafortunada en el mundo real; el único trabajo que había encontrado desde la graduación había sido en un café llamado Ramsey, cerca de aquí.

Maldiciendo mi inherente naturaleza proclive al hemisferio izqueirdo, llegué a la cocina y me dispuse a preparar una jarra de café. encendí la pequeña televisión sobre la barra para desayunar. En el noticiero matutino, una Barbie cubierta con un traje sastre y kilos de maquillaje castañeteaba algo sobre un avistamiento con su sonrisa tensa y boba, el tono chirriante de su voz me recordó el sonido de una camioneta en reversa. De cualquier modo, no soy la clase de persona que mira noticias así que decido cambiar el canal y refugiarme en la barra de dibujos animados de la mañana. Seguro que la tele ahora hacía más escándalo, pero al menos en un dibujo animado esperas que las voces suenen estúpidas.

No tardé mucho en armarme con una taza de café negro. Arrastré mi armazón de cobijas hasta la sala y me detuve delante de mi ventana con las cortinas abiertas. La luz gris proveniente del cielo nublado despertó en mí un escalofrío y una vaga sensación de soledad. Nunca antes el sillón de cojines enormes me había resultado tan seductor como en ese instante, y rendida me deslicé, tan graciosa como un sapo cobijado, sobre él. Me maravillé al notar que no había derramado una sola gota de mi café y extendí la taza hasta la mesita de centro antes de quedarme dormida en un remolino de extremidades y cobijas que se extendía hasta medio tumbarse por un costado del sillón.

Las sirenas de tornado en la ciudad y un golpeteo frenético en mi puerta me despertaron. Giré en el sillón y me golpeé la cabeza contra la mesita, donde mi taza de café, aún completamente llena, se balanceó ligeramente. Lista para encabronarme, me desenrrollé de las cobijas y me levanté con una mano en la sien.

—¿Abril?… ábreme… ¿estás ahí?… ábreme por favor… ¿Abril? —La hija de mi vecina, una susceptible mocosa de 15 años era la dueña de ese murmullo al otro lado de la puerta de mi departamento. Abril solía hacer esto muy a menudo. Fui hasta la puerta, aún sobándome la cabeza y lista para vengar la contusión que la maldita puberta fan de Biever seguro me había provocado.

—Cassie, van a ser las seis de la mañana ¿Qué carajo quieres a las seis de la mañana? —Pregunté tras apenas emparejar la puerta, asomando el rostro más fúrico del que era capaz: —este es el séptimo golpe que me doy en la cabeza por tu… —En cuanto vi su rostro no pude seguir hablando. Sus pupilas estaba dilatadas, respiraba rápido, pero sobre todo, respiraba por una nariz rota, doblada en una posición innatural que me llenó de ansiedad apenas verla. Su playera blanca tenía una enorme mancha de sangre seca. Era la primera vez que no sonreía al verme y se quedaba con esa jodida sonrisa como incrustada en la cara. No pude ni terminar lo que estaba diciendo.

—Ca… Cassie… tu nariz está rota.

—Abril, son las cuatro de la tarde, ¿No has visto las noticias? Hubo reportes durante toda la mañana, algo… —puso la mano en la puerta y me miró, de pronto sentí como si hubiéramos intercambiado papeles y ahora ella fuera Garfield y yo Nermal. — … no tienes ni puta idea de lo que está pasando, ¿verdad? déjame pasar, es urgente.

Aún atontada por el cambio que mi realidad acababa de sufrir, cerré la puerta un momento para correr el cerrojo. Cuando la abrí de nuevo, ella pasó dándome un empujón, atravesando el tiradero de mi departamento.

—Ok… a ver… —verla intentar lo que estaba intentando ya era todo un espectáculo; imagina a una adolescente delgada, mirando hacia el techo, tratando de sujetar imaginariamente el hilo de un mensaje importantísimo con sus manos, capitular las palabras adecuadas, las imágenes correctas. Ahora imagínala haciendo eso con la nariz vuelta una masa sanguinolenta en su rostro: —primero que nada, nadie sabe lo que son, ni de dónde salieron, pero están matando… matándonos… matando a la gente. Al principio creyeron que eran inofensivos, que habíamos hecho contacto o algo, algo así, pero luego, eh, luego… luego recibieron una grabación de… de…

Su voz se rompió y los primeros signos de una histeria que había logrado contener hasta este punto, hasta llegar aquí y tocar mi puerta, afloraron en su rostro, ablandándolo y devolviéndola por un momento a su edad real.

—¿Una grabación de qué?… ¿Cassie?… ¿De qué?… Cassie, ¿quieres un vaso de agua?… ¿Cassie?

—Ay dios mío… no sé, no sé Abril. Yo estaba sentada en mi sala, preparándome para la escuela y mi mamá había dejado encendida la televisión cuando se fue a trabajar y… estaba en el noticiero… y… y… me estaba secando el pelo cuando escuché los gritos en la tele. En un noticiero… gritos. Pensé que era un anuncio o una película, pero no, era el noticiero, nunca había visto algo así…

Se detuvo un momento, deslizó un dedo por la mancha de sangre de su playera y miró nerviosamente a la ventana que hace unas horas me había arrullado.

—Estaban saliendo esas cosas. Se parecen a… no sé… no tienen brazos, ni cara, y sus piernas son delgadas, son como un maniquí a la mitad, parado sobre tubitos… eran varios y había una persona, como un amigo del que estaba grabando; estaban borrachos, los dos. La imagen se movía mucho, el que tenía la cámara se estaba riendo mucho. Y luego una de esas cosas abrió la cabeza… ay, ay, ay… abrió la cabeza… y todos esos dientes, como, como palpitando adentro de su cabeza y su, como, su, lengua, salió y agarró al amigo del de la cámara… y se lo comió. Sonó como una licuadora y luego se fue la señal.

La miré por un momento más, con la boca abierta. Estaba esperando que empezara a reir, para encabronarme con ella y mandarla a su casa. En vez de eso, Cassie estalla en llanto y comienza a gritar un epílogo perfecto para su testimonio: “mi hermanito… ellos, Abril, ¿qué le voy a decir a mi mamá?… mi hermanito”. No sé qué hacer con ella. Me siento a su lado, le pongo una de mis cobijas en la espalda y le acaricio la cabeza. Se calma rápido, se queda en silencio, mirándome con esos ojos enormes. Sus ojos me recuerdan las historias que papá solía contarme sobre los veteranos de guerra. Eso me hace sentir escalofríos. Llamaba a esa mirada, la mirada de las cien millas. Los ojos de un hombre que ha visto gente morir. No le había creído una sola palabra, hasta que comencé a pensar en eso y entonces sentí que no podía respirar.

Me levanté. La niña histérica me siguió con sus ojos perdidos y su respiración pesada, hasta la cocina. Mi televisión seguía encendida y alguna caricatura se columpiaba aún, entre una fina nieve de interferencia. Los dibujos hablaban, pero yo no los escuchaba. Mi cerebro me dijo que debía cambiar el canal y mis manos se las arreglaron hasta llegar al botón. Los numeros en la pantalla se arrastraron hacia abajo. Pareció tardar un siglo, pero finalmente la señal llegó al noticiero. Por un instante, seguí sin entender la voz que venía de la caja.

La misma Barbie de la mañana permanecía sentada delante de la cámara, pero su mirada estaba perdida y por un largo y enfermizo momento, creí que estaba muerta. Me llevó un momento más comprender lo que estaba viendo, dejar que mis engranes engancharan de nuevo y el mundo se volviera comprensible: estaba llorando. No era el llanto histérico de Cassie, de hace un momento, sino un lamento desolado, que parecía escaparsele de entre los labios y que era, a todas luces, desconcertante. Pareció como si alguien la llamara del otro lado de la cámara, y ella reaccionara casi saltando. Luego la voz de alguien de nuevo, murmurando algo. Entonces la transmisión se cortó.

Me dejé caer ahí mismo, y sentada sobre el suelo, comencé a llorar.

Cassie se repuso antes que yo. Evitó mirar mi rostro. Me puse unos jeans y una sudadera. Cassie se estiró para alcanzar la pistola de la repisa más alta de mi armario. Este vecindario de interés social era peligroso, y mamá me la había traído un día, insistiendo en que quizá me serviría en una emergencia. Me había peleado con ella, quejandome de lo poco que confiaba en mí y lo poco que respetaba mi independencia. Ahí, entre el sonido de las alarmas de tornado y encrucijada entre los truenos y los relámpagos, agradecí a cualquiera que fuera el dios responsable de la paranoia de mi mamá.

No habían pasado quince minutos de la llegada de Cassie cuando habíamos salido de mi departamento y nos disponíamos a dejar el edificio habitacional. Caminábamos como si estuviéramos espinadas de los pies. Decidimos bajar hasta la planta baja por las escaleras. Yo llevaba la pistola y Cassie sostenía el viejo cuchillo de caza de papá con ambas manos. Sus ojos se disparaban de un lado a otro. Así, incluso parecía que sabría que hacer si es que llegaba a necesitar el arma.

Por fortuna, había elegido el departamento del tercer piso en vez del doceavo. Desafortunadamente, nada nos hubiera preparado para la escena que encontré más abajo, en la calle. Una mujer, probablemente un ama de casa, estaba sentada, las manos en la cabeza, inmóvil, a la mitad del camino; tenía algo sobre sus piernas cruzadas, algo muerto y lleno de sangre. La gente corría por todas partes, muchos habían perdido un brazo, todos gritaban. Un niño caminaba por la banqueta, luchando por arrastrar un enorme edredón con ambas manos. El cuerpo de una anciana yacía recostado en posición fetal sobre la cobija, sus ojos miraban a la nada.

Cassie comenzó a respirar más rápido. Le puse una mano en un hombro. Una parte de mí no podía creer lo que estaba a punto de decir.

—No podemos ayudar, vamos a terminar igual si nos quedamos.

Una sensación de amargura me coronó la boca del estómago. Me miró y vi un brillo en sus ojos que me rompió el corazón. Preferiría morir a ver estas personas sufriendo. Casi estuve feliz de que decidieran aparecer en ese momento, porque el enojo que se transminaba desde sus ojos me comenzaba a asustar mucho más que cualquier otra cosa. Mi alivio duró poco.

Cassie los había descrito aceptablemente. Su piel era gris y traslúcida, sus cuerpos idénticos, sus múltiples piernas, largas, frágiles y delgadas. Sus pasos no hacían ningún ruido mayor al suave y fino salpicar sobre el concreto mojado. El niño soltó la cobija, besó a la anciana en la frente y corrió, perdiéndose en la neblina de la lluvia. La mujer a medio camino pareció ahogarse un momento antes de tumbarse boca abajo y comenzar a arrastrarse, revelando los dos muñones ensangrentados que, anclados a donde debieron estar sus piernas, servían como las anclas que la habían mantenido a media calle. Cassie se inclinó y vomitó. La manada de criaturas reaccionó de inmediato. Dos se quedaron rezagados y dos más se aproximaron a nosotros, listos para ejecutar el acto que mi vecina había intentado describirme hace unas horas.

No sé como describirlo tampoco. Fue como si varias manos invisibles separaran su rostro por en medio, revelando un enorme hueco dentado, lleno de agujas afiladas y sucias. Uno de ellos extendió un apéndice, una lengua en nuestra dirección. Intenté jalar a Cassie, pero era muy tarde. Se enroscó alrededor de su cuello, escuché sisear su piel al contacto del tentáculo. Sus gritos llenaban el espacio más allá del rumor de las alarmas de tornado, mientras el resto de las criaturas abrían su rostro al unísono y disparaban sus lenguas para enroscarse en alguna parte de Cassie. Claro que usé la pistola, el problema es que contando ese momento, esta era la cuarta o la quinta vez que utilizaba un arma, y también era la primera vez que necesitaba utilizar un arma. Mis tiros fallaron miserablemente durante los primeros cinco disparos, el sexto me sirvió para confirmar lo que ya suponía: la criatura recibió el impacto en una de las patas y como para demostrar lo poco que le importaba, retrajo su apéndice llevándose con ella uno de los brazos de Cassie. El cuchillo de caza tintineó en el suelo.

Me miró con los ojos que había descubierto antes, sujeta a la fuerza de las apéndices que estaban a punto de desmembrarla.

—No me dejes.

Sostuve su mirada un momento, antes de dar la vuelta y huir. Corrí como nunca en mi vida, sintiendo las entrañas en el cuello, llena de un sentimiento de horror, de culpa, de náuseas. Sentía como si mis gritos fueran de otra persona. En algún momento me detuve a vomitar. Había dejado a las criaturas atrás. Intentaba concentrarme en contarlos mentalmente, como si eso fuera a servir de algo, pero mi mente se desviaba una y otra vez a los momentos finales de mi pequeña vecina. Sus ojos, mientras me daba la vuelta y escuchaba ese sonido. El resultado de separar en pedazos a un individuo que está gritando; efervescente, orgánico, como una tormenta de carne.

Ha dejado de llover, pero los recuerdos y los monstruos, los rostros de mi nueva y permanente pesadilla, continúan sobre el mundo.

Ha pasado una semana. Sólo me he encontrado con uno de ellos en una ocasión. Me atrapó mientras dormía en los juego de un parque, el dolor penetrante me despertó. Su lengua estaba tocando mi abdomen, quemándolo. Le disparé justo al hueco en su rostro y cayó, gritando. Mientras huía, volví a sentirme culpable por Cassie. Desde entonces, he estado abarricada en la oficina de un estacionamiento, a las orillas de la ciudad. He rezado constantemente, pero aún puedo escuchar las sirenas afuera, y en el caso de acercarme demasiado, los gritos que puntean la acústica del día como las corcheas de nuestra última sinfonía.

Aquí continúo. Estoy hambrienta y temblando de frío, estoy lastimada de ambos pies y mi cabello parece de paja; por encima de todo, estoy sola. Puedo escucharlos acercarse, sus patas retorcidas repiqueteando por ahí, sus lenguas extendidas, tanteándolo todo en busca de nuestra carne. Pronto tendré que moverme de aquí, y no me queda más papel. Creo que es todo lo que puedo decir. No estoy orgullosa de esta historia, pero en el caso de que la raza humana sobreviva a esto, tal vez sirva a la memoria de quien quede vivo. No importa de dónde salieron: extraterrestres, demonios, armas biológicas; creo que han dejado claro que este es su territorio ahora. Creo que quieren que vivamos así, separados, escondidos bajo el tapete, hasta que les apetezca cosecharnos; no hay mayor fin, al menos no parece haberlo, más que explotar nuestro sufrimiento, nuestro horror a seguir vivos.

§

guardián

Hay una pequeña isla en el mar mediterráneo que no aparece en ningún mapa, ni puede verse desde ninguna costa. En esta isla hay un faro, con los muros podridos por el tiempo y el agua salada, que jamás se ha encendido. No hay nada dentro, excepto por la escalera en espiral que llega hasta arriba y arriba, un viejo y polvoriento librero.

Los libros no tienen título y están encuadernados en piel, hay sólo un espacio en todas las estanterías. Sí llegas a sacar uno de los libros, se abrirá por si mismo en tus manos, y las palabras que contienen comenzaran a gritar en un antiguo lenguaje. Debes forzarlo a cerrarse y regresar al librero, o el mal inmortal contenido en sus páginas será libre y tú tomarás su lugar; tu alma por las palabras, tu sangre para la tinta y tu carne para la encuadernación, las páginas y las costuras.

Si llevas el libro correcto a la isla y lo colocas en el espacio vacío, el faro se encenderá. Mientras esté encendido, el mundo se volverá un paraíso, pues todo el malestará contenido en el faro y mientras esté encendido, nada podrá salir o entrar.

¿El único problema? Te quedarás ahí, para siempre, con todo el mal conocido por hombre o dios y la única forma de salir sería apagar, de nuevo, el faro.

nota al pie


1 En 1938, cerca de seis mil pacientes son ingresados en manicomios por toda América en el transcurso de solo una semana. Reportes de un fenómeno similar, surgen de Europa y Asia. Las condiciones de todos los pacientes son notablemente idénticas.

Cada uno de ellos ha sufrido lo que parece ser un colapso nervioso y ha terminado temblando en un rincón de su casa, hasta que su familia incapaz de calmarle o seguirle cuidando, ha decidido internarlos en algún hospital psiquátrico.

La única cosa que cada paciente repite, en la particularidad de su propia lengua, es: No existe y nunca existirá tal cosa en este mundo, como una coincidencia irrelevante.