Cuando escuchamos al doctor hablando sobre Dennis, estábamos tan listos como pudiera estarse. Lo encajaríamos en nuestro entendimiento de las cosas y asumiríamos que se habría ido a donde la gente se va cuando muere. Habría sido más fácil, mucho menos problemático que lo que pasó. Dennis fue diagnosticado con cáncer un par de días luego de nuestro cumpleaños y de ahí todo rodó colina abajo.

Nunca hubo esperanzas de operar, mirar los scans era mirar la progresión de una telaraña negra abriéndose camino por el interior de mi hermano, conforme pasaban las semanas, los meses. Era mi gemelo y fuimos idénticos hasta su primer quimio, eso sólo volvió las cosas grotescas: yo era para él una imagen perfecta de lo que solía ser antes de que su cabello cayera y sus mejillas se vaciaran de sangre, hundiéndose hasta descubrir el dibujo de su cráneo; éramos ambos, para el otro, extraños fantasmas de lo que pudimos ser y jamás.

El médico cerró el caso, soplando nuestras últimas esperanzas como se soplan las velas de un pastel:

—Dennis no durará mucho más de cuatro días, una semana cuando mucho.

Así que acampamos en el aroma rancio y azucarado en medicamentos de su cuarto de hospital, de muros color olivo y patrón de lunares; con la luz colándose por entre las persianas a medio cerrar, abriéndose en barras luminosas que se extendían por el suelo y terminaban a poco de llegar a su cama. El personal trajo una camilla para que yo durmiera, mis padres se acomodaron en frágiles sillas junto a él.

Para este momento, Dennis se veía de verdad mal. Podías ver con claridad su esqueleto entero. Todos queríamos hablar con él, pero él no despertó durante todo el día y cuando lo hizo, sólo hubo silencio. Nadie sabía qué decir, no había palabras posibles y por debajo del paso de los segundos, corría este miedo secreto de que en el momento de que alguien invocara lo que estaba a punto de ocurrir, se volvería real; a la primer señal caeríamos todos de la cuerda floja, estallaríamos en llanto y no podríamos recomponernos. Así que guardábamos silencio, mis padres intentaban ensayar sonrisas que nunca llegaban hasta sus ojos.

Ocurrió al tercer día, el estable tono del monitor cardiaco se interrumpió y comenzó a emitir una alarma, mientras el cuerpo de Dennis comenzaba a temblar y desde el interior de su boca emanaba el eco de un crujido, como si por dentro se deshiciera.

Mis padres saltaron de sus asientos, mi madre directo a Dennis, para sujetarlo de los hombros y rogarle que se detuviera, mi padre a la puerta, a gritar por ayuda a quien quiera que pasara por el pasillo.

Los doctores y enfermeras a cargo habían ido cambiando su comportamiento poco a poco. Antes, los protocolos de resucitación se veían como actos desesperados, carreras de cien metros planos con un deseo frenético de que cada movimiento ocurriera correctamente. Ahora era más bien como un trote desangelado, estos eran malos actores palomeando las viñetas en un instructivo de lo que se supone que deben tratar.

No creo que hubiera hecho ninguna diferencia. El cáncer se le había desbordado y su sistema ya no contaba con recursos para manejarlo de ningún modo. Declararon la hora de muerte y se fueron, ofreciendo condolencias y diciendo que se llevarían el cuerpo en el momento en que estuviéramos listos. La puerta se cerró a nuestras espaldas: Mamá, Papá, yo y el cuerpo de Dennis.

Nos fuimos acercando, despacio, al lado de su cama, solo para mirarlo. Mi madre se rompió y comenzó a llorar un lamento largo que se convirtió en un aullido. Mi padre la sujetó del hombro, la abrazó intentando mantener la calma, pero perdiéndola, sin llanto; apenas una lágrima ocasional atravesándole la cara, hasta la mueca en la que su boca se congeló.

Yo me quedé mirando el rostro de mi hermano.

No sé cuánto tiempo nos quedamos así. Me di cuenta de que esto no era una sola cosa, no era un solo suceso. Por primera vez mi mente comenzó a procesar las infinitas implicaciones de esto, a hundirme el estómago con cada hecho ineludible: nunca iba a poder hablar con él de nuevo, nunca íbamos a cenar juntos de nuevo, no se iba burlar de mí otra vez, no íbamos a caminar juntos a la escuela ni a molestarnos al tener que compartir el mismo salón de clase. Esta no era una sola perdida, eran un millón de cosas, algo que se suponía sería una presencia constante desparecía y nada sería tan bueno como iba a ser.

Fui el primero en mirar sus labios.

—Está moviendo la boca.

Mis padres se congelaron, se engancharon el uno al otro, mi madre pareció perder fuerza en las piernas, mi padre la sostuvo. Sus labios temblaban. Mis padres guardaron silencio. Supongo que intentaban racionalizar, pensar en un estremecimiento nervioso, nada más. Pero su boca se abrió y de su interior, una voz ronca, hundida y leve como el paso del viento que pasa muy lejos de donde estás, pronunció mi nombre.

Mi padre corrió hacia el pasillo, gritó a las enfermeras. Mi madre se sujetó de la mandíbula como si fuera a caérsele mientras daba algunos pasos hacia atrás. El personal volvió con su lista y luego de llegar de nuevo al desfibrilador, se dirigieron de nuevo a nosotros.

—lo sentimos mucho, pero sigue muerto.

—lo escuchamos hablar. —respondió mi padre en un tono que tenía algo de súplica.

—mire… los cuerpos tienen gases.

—pe-pero —interrumpió mi padre antes de que un sonido minúsculo y raspado nos parara a todos en seco. El sonido venía de Dennis, sonaba entre un suspiro y el croar de una rana.

—Harry, todo está muy oscuro. Frío. Voy hacia abajo. Algo me está jalando hacia abajo, desde dentro, hacia abajo.

Las enfermeras iniciaron el protocolo de nuevo, pero este baile había dejado de ser formal. Se notaba en sus rostros, en la nueva urgencia de sus manos: no sabían qué estaba pasando, no estaban seguros de que estuvieran haciendo lo correcto.

Pasaron por el desfibrilador de nuevo, enviando olas y olas de electricidad por el cuerpo de Dennis antes de escuchar su pecho con un estetoscopio.

—…sentido, no tiene sentido —murmuró uno de ellos.

Luego de diez minutos todos terminaron inmóviles, mirando el cuerpo de Dennis. Habían palomeado todas las listas, sin resultados.

—¿Qué está pasando? —gritó mamá.

Uno de los hombres, un doctor creo, le respondió.

—Nada. Nada está pasando. Bombeamos oxígeno y no obtuvimos respuesta. No hay pulso y no podemos inducir uno por más de uno o dos segundos. La temperatura del cuerpo ha bajado tres grados. Está muerto.

—Pero lo escuchamos —dije.

—Lo sé, pero está muerto.

El aullido seco apareció de nuevo, haciendo palidecer al doctor y a mi papá, a todos.

—Harry, por favor, donde estás.

Me acerqué a su lado. No me aliviaba escucharlo. Tenía miedo. Esto estaba mal y quería huir, quería correr, quería que estuviera muerto para que pudiéramos llorar mis padres y yo; pero puse mi mano sobre la suya, huesuda, helada.

—aquí estoy.

—Puedo ver algo gris ahí abajo. Un poco de gris, está tan lejos. No sólo lo veo, lo siento. Lo siento y nunca me imaginé que algo pudiera estar tan lejos. Ya estoy demasiado abajo, y tengo que bajar mucho más para llegar a lo gris. —No supe cómo responder, así que sólo me quedé ahí, me quedé ahí y lo escuché hablar acerca de la oscuridad. A veces me respondía, a veces no. Muchas cosas ocurrieron alrededor mío durante las siguientes horas. Cada persona trabajando en el hospital a esa hora entró y salió del cuarto al menos una vez. Incluso mis padres comenzaron a moverse una vez que aceptaron que yo era el único al que Dennis parecía escuchar. El cuerpo fue revisado por cada especialista disponible, nadie comprendía. Comenzaron a moverlo en una camilla, llevándolo hacia el equipo que no podían mover hasta el cuarto. Tuve que acompañarlo, yo era el único que lo mantenía hablando.

No lograron concluir nada. Desesperados, decidieron realizarle una resonancia magnética. Prepararon un cadáver para meterlo en una máquina destinada a los vivos. Mi familia entera estaba en el cuarto.

Un frío y confundido miedo se me había enganchado en la tripa, haciéndome sentir náuseas a cada tanto.

—Creo que… creo que tenemos algo. —dijo el técnico que observaba los monitores.

—Por favor, dígame qué está pasando. —suplicó mi madre, había abandonado el horror y la esperanza y ahora se encontraba, por encima de todo, exhausta; con la cara enrojecida y vacía.

—Mire, este scan busca la sangre en el cerebro. La cosa es que la sangre en el cerebro no se está moviendo, porque no tiene pulso, pero algo está pasando ahí dentro. El análisis solo puede verlo un poco, alguna clase de actividad. No podría estar seguro, pero creo que la actividad está enfocada en la zona encargada del control de movimiento. Todo lo demás está por completo muerto. Él está consciente, obviamente, está usando oraciones completas… pero…

—¿pero qué?

—es como si quien quiera que se esté encargando de pensar eso, se encontrara en otro lado, pero aún estuviera interactuando con la zona encargada del lenguaje.

—Eso es correcto. —respondió una nueva voz. Miré sobre mi hombro y me encontré con un hombre viejo vestido con un traje de color gris. Llevaba barba bien recortada y canosa, el control de su silueta relajada contrastaba con el torpe caos que se había desatado a nuestro alrededor.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Daniel Coannes, dijo, extendiéndole al técnico una tarjeta de negocios. Vengo del Instituto Orpheus. Somos una entidad de investigación médica semi privada y hemos lidiado con casos como este. El presidente del hospital ha aceptado dejarnos analizar el caso.

Silenciosos, un grupo de hombres se reunió detrás de Coannes.

—Estos hombres nos ayudarán a establecer la confidencialidad necesaria en la situación. Nos haremos cargo del muchacho. —Más hombres, algunos en monos de blanco brillante, sintético, con un extraño logotipo hacia la izquierda del pecho subieron a Dennis de vuelta a la camilla de ruedas y nos guiaron al pasillo. Acatamos sin preguntas, sin palabras que se nos ocurrieran, porque al menos estas personas representaban nuevas posibilidades, un camino completamente nuevo que tal vez nos explicara todo. Metieron a Dennis en el anfiteatro de la morgue.

—Mire, ¿qué quiere hacer? —preguntó mi padre, en una voz ensombrecida que dejaba claro lo cerca que estaba de romper en llanto.

Coannes, que había venido caminando delante de la camilla, con una velocidad impensable para su edad, se detuvo una vez que entramos en el quirófano e invirtió un tiempo deliberado en mirarnos a los tres a los ojos. Seguíamos aún en el pasillo, la puerta al quirófano se cerró a nuestras espaldas.

Se dirigió a nosotros en un tono bajo y reconfortante.

—No queremos abrirlo, este lugar es simplemente el más tranquilo de todo el hospital; aquí no hay distracciones. Todo lo que queremos es entender qué le ocurre a su hijo. Este escenario ha ocurrido antes. Su hijo está consciente y hasta donde podemos entenderlo, sólo hablará con su hermano. Queremos que Harry nos ayude a hacerle algunas preguntas. Pensamos que esto funcionará mejor si se quedan solos. Hemos colocado cámaras y micrófonos en el salón, para poder seguir lo que ocurre.

Mis padres no respondieron nada durante un rato. Mi padre rompió el silencio con algunas palabras débiles, casi desordenadas:

—¿no piensan que pueda volver? Sé que si ocurre no podría durar mucho… pero quisiera que volviera… aunque fuera poco… no le dije…

—Si tal cosa es posible, juro que haremos todo lo que esté en nuestro poder para que ocurra. Preparamos un cuarto a parte para ustedes dos.

Coannes señaló hacia más allá, por el pasillo. Había un par de tipos con batas esperando.

—Pete y Shirley los llevarán allá, si son tan amables de seguirlos.

Mis padres comenzaron a avanzar, lentos, como sonámbulos por el corredor, mi madre hundió la cara en el hombro de mi padre. Mi padre continuó mirándome de reojo, como si temiera verme desaparecer. Se fueron. La mano de Coannes se posó sobre mi hombro. Se inclinó, para poder mirarme a los ojos.

—Esto debe ser muy duro para ti, tal vez el peor día de tu vida. ¿Crees que puedas soportar una pequeña clase de historia?

No pude responder de ningún modo, pero la pregunta logró encontrar algo de curiosidad en mí, en medio del delirio y el impacto de todo. Asentí. Coannes sonrió.

—Uno de los momentos más significativos de la historia humana fue el alunizaje. No se trata del hecho en sí lo que fue significativo, sino el hecho de que estuvimos en contacto con ellos durante todo el trayecto. Estaban enviando señales de radio a la Tierra, podían responder. ¿Crees que el alunizaje pudo haber sido de tanta importancia de no haber contado con la conexión con nuestros hombres, mientras se abrían paso hacia la inhóspita superficie de un lugar del que no estábamos destinados a saber nada; qué tal si hubieran llegado ahí y no hubieran vuelto, qué tal si tuviéramos la seguridad de que arribaron, pero no hubiéramos tenido comunicación con ellos?

Lo seguía y no. Conseguí responder con un “no sé”.

—No teníamos idea de si los astronautas volverían, que se quedaran ahí era una posibilidad muy real. Aún así lo hicieron. No importaba si la misión fallaba o no. No importaba si no había un retorno triunfal. ¿Sabes por qué, sabes qué era lo que en realidad importaba? Lo que importaba más que cualquier cosa era hablar con ellos mientras estaban ahí arriba, tener la conexión con tres hombres valientes en el vacío, describiendo los primeros pasos de un hombre en lo desconocido. Si no hubieran vuelto no habría cambiado nada, en tanto esa conexión llegara a donde queríamos que llegara, por el tiempo que nuestros hombres aguantaran y pudieran describir el suelo y explicarnos la sensación de ser tan ligeros y cómo se veía la Tierra, cortada a la mitad por el horizonte lunar; esos hombres estaban ahí para enseñarnos de nuestro futuro, de todo un nuevo mundo.

Su mano se apretó sobre mi hombro.

—Nada de eso hubiera sido posible sin la gente en Houston, sin los hombres que hablaron con los astronautas y los mantuvieron enfocados, asegurándose de que obtuviéramos toda la información que necesitábamos. Harry, creemos que Dennis está en un lugar muy extraño del que la humanidad haría bien en aprender. Tú eres Houston y tu hermano es un astronauta.

Me extendió una hoja laminada.

Aquí hay algunos temas en los que tus preguntas deberían enfocarse, algunas preguntas que deberías hacer.  Te ayudarán a sacar la información más útil. Lo más importante de todo es conseguir que la charla no termine. Deja de hablarle cinco segundos y es posible que lo pierdas por siempre.

Tomé la hoja, no entendía mucho, no entendía suficiente. Me guio hasta el anfiteatro y cerró la puerta detrás de mí. Estaba solo, el único sonido que me acompañaba era el eco del leve tintinar que emanaba de los estantes de acero inoxidable, de las herramientas para una autopsia; Dennis estaba sobre una de las camillas para examinar.

Me acerqué despacio y revisé la hoja que tenía en las manos:

Principios generales:

Intente alejar a su ser querido del conocimiento de que está muerto. Casos anteriores sugieren que la sorpresa causa desconexión.

Mantenga una conversación constante, esto parece sostener el vínculo.

No haga preguntas con la finalidad de comprobar que su ser querido está experimentando cosas de acuerdo a sus creencias religiosas.

Primer paso: pida a su ser querido que describa lo que experimenta y sus alrededores, anímelo a…

Una exhalación interrumpió mi lectura.

—Harry.

—Aquí estoy. —respondí, sujetando su mano. Su mano helada y sus dedos en rigor mortis despejaron en mí las esperanzas que me quedaban sobre su vida. Su cuerpo entero había migrado del blanco enfermizo de los recién muertos, a un oscuro indefinido y permanente.

—He llegado a lo gris. Al suelo. Se hunde, como si fuera lodo. Frio. Estoy parado aquí, ahora.

—Dennis, ¿puedes describir en dónde estás?

—Aún es gris, pero es más real ahora, sólido. Arena gris, un océano gris atrás de mí. Nubes grises arriba. No recuerdo haberlas atravesado, pero ahora están ahí. Las nubes están… están gritando.

—¿puedes ver algo en el océano?

Dennis soltó un suspiro flemoso.

—Allá, lejos, va oscureciéndose. Hay una línea negra, hambrienta, donde incluso las nubes paran, donde todo acaba. La oscuridad aúlla, se estira, se mueve como si estuviera viva; millas y millas de oscuridad enojada, hambrienta. No puedo ir hacia allá. —En este momento perdí el ritmo de la conversación, cuando caí en cuenta de todo lo que estaba pasando: que Dennis estaba muerto. Rompí en llanto, hundí mi cara en su pecho, frío como un bistec recién salido del refri. Apreté su mano, juntando sus dedos tiesos entre los míos.

—Dennis… por favor regresa, donde quiera que estés… regresa.

—¿Harry, estás llorando?, no alcanzo a distinguir. Muchas cosas aquí parecen llorar.

Logré recuperar una distancia emocional de todo.

—No puedo regresar. Sin regreso. Como cuando algo se derrama en el suelo. No hay forma de reunirlo de nuevo, igual, bien.

Me forcé a aceptar lo que pasaba, pensé que tal vez podía ayudarlo a notar algo que lo hiciera cambiar de opinión.

—¿Qué hay en la dirección opuesta al océano?

—La dirección en la que debo de ir. Si intento nadar en el océano la oscuridad me come, me arrancaría todo hasta dejarme solo con mi dolor y luego mi dolor se dispararía a las nubes y gritaría, gritaría.

—Dennis, ¿qué hay en la otra dirección?

—Arena, nada más. Arena gris. Más y más. No hay cosas malas. Aun. Aún no hay muchas cosas que ver. Habrá más cuando llegue a donde voy. Voy a comenzar a caminar, Harry.

—¿A dónde se supone que vas? —pregunté, había comenzado a clavarme las uñas en el antebrazo; había algo nauseabundo, terriblemente cierto sobre todo lo que estaba diciendo. Como la primera vez que entiendes que el mundo es redondo y se siente extraño por un momento antes de que la idea se vuelva verdad, por más plano que el suelo se sienta; entonces ya no importa que no se sienta lógico, es verdad.

—puedo ver otra persona.

—¿puedes hablarle? —intenté mantener el tono de mi voz firme, sintiendo que yo debería de ser quien mantuviera la calma por los dos.

—Creo que sí, pero no.

—¿no puedes hablarle?

—No debo. Se supone que debimos hablar todo lo necesario antes de llegar aquí. Aquí debemos callar.

—Pero estás hablando conmigo, Dennis.

—Pero mi voz no está aquí, mi voz está hasta allá, arriba, contigo.

—¿Deniss, qué está pasando?

—lo que ocurre cuando mueres, la cosa que siempre va a pasar cuando mueres. Se siente correcto, tanto que  da miedo. Me ha estado esperando por mucho, incluso cuando apenas era una cosa pequeñita y borrosa que sólo podría ocurrir, desde mucho antes que nuestros padres, sus padres y mucho más atrás, ya me estaba esperando.

—Por favor, deja de hablar así. Tú no eres así, nunca habías hablado de esta forma.

—Perdón, aquí las cosas se ven diferentes, aquí se saben cosas sin que nadie te las digas y te olvidas de otras.

No pude pensar en nada qué decir y comencé a preocuparme, recordando que si hacía pausas muy largas, podía dejar de responderme.

—Hey —dijo Dennis y las orillas de su boca se movieron un poco, imitando una sonrisa —veo más… más gente. Están desnudos. De verdad desnudos. No tienen ropa y son grises y arrugados, pero no nada más eso… se puede ver adentro de ellos, como si sus muros se hubieran caído y se vieran como en realidad son: sus pensamientos y sentimientos, algo así como colgándoles, como fantasmas. Es como si alguien le hubiera quitado las cortinas a su pasado. Están tan desnudos, Harry.

Produjo un sonido ligero que pretendía ser una risa.

—Eso da miedo de verdad.

—Oh, creí que tal vez hubieras creído que era divertido.

—No creo que vayamos a reírnos de las mismas cosas. Creo que ahora eres distinto.

—Creo que eso… creo que sí, sí, así es.

—¿Qué están haciendo las personas?

—La mayoría de ellos se están moviendo en la misma dirección que yo, hacia el centro.

—¿El centro de qué?

—Simplemente es el centro, de este lugar… tal vez de todo.

—Pero qué —estaba perdiendo el control de nuevo —¿por qué tienes que ir?

—No tengo qué. Nadie tiene qué, así como no tienes por qué apretarle la mano a nadie cuando te la ofrece, o responderles cuando te llaman; sólo se siente incorrecto no hacerlo. Es lo que se supone que debes hacer y no hay ninguna otra buena opción. Además, no se siente bien destacar del resto.

—¿Qué pasa si destacas?

—Depende. Hace algunos días pasé junto a esta mujer.

—¿Hace unos días? —dije agarrándome del acero helado de la mesa de operación mientras una sensación de vértigo me iba llenando. —no tienes ni un día muerto.

—Pasé junto a ella hace algunos días —continuó como si no me hubiera escuchado —ella no fue hacia el centro, simplemente se sentó y comenzó a dedicarse a sí misma. Tenía un lado de sus costillas completamente abierto y estirado hacia arriba del hombro; su piel era quebradiza, como madera vieja o piedra escarpada. Pude verla bien. Era música. Amaba la música, pensaba que su vida era algo así como una canción. A veces, se repetía a sí misma, algunas notas malas por aquí y por allá, pero se recuperaba, regresaba a su ritmo original y ella apenas iba llegando al coro cuando todo terminó; fue tan rápido que no pudo aceptarlo. Tenía una roca afilada en una mano y se raspaba más allá de las costillas, como si toda ella fuera una enorme harpa o algo… enojada. Intentaba hacer música, mantener la canción, pero su carne, los huesos se doblaban y sonaban asqueroso. Se pegó al suelo… se va a quedar ahí para siempre, intentando hacer la música que se perdió. —¿Qué podía responder a eso? Me quedé callado un momento, asumiendo que seguiría hablando.

No lo hizo.

—¿Dennis? ¿Dennis?

Sin respuesta. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Comencé a golpear su pecho.

—¡Dennis, Dennis, vuelve!

Un gruñido escapó de su boca, desde el fondo de su cuerpo destrozado, causando que saltara hacia atrás y resbalara, estrellándome contra algunas estanterías y provocando una lluvia de instrumental quirúrgico sobre mí. No tuve tiempo de pensar en nada antes de forzarme a ponerme de pie para ir a buscar los ojos de mi hermano. Sujeté su mano, la apreté tan fuerte como pude.

—Harry —dijo, el alivio fluyó, manso. —Ha pasado tanto tiempo… han pasado años.

—¿Qué?

—He estado caminando durante años. Años y años. Sigue poniéndose peor.

—No ha pasado un día.

—Han pasado tantos años y todo está peor.

—¿Cómo está peor?

—Se pone peor conforme me acerco al centro. Hay tanta gente ahora, miles, cientos de miles, todos caminamos hacia el centro.

—¿Qué es tan terrible?

—Hay más, muchos más como la chica con el harpa que te conté, atorados, intentando arreglar qué ha pasado, enojados por lo que ha pasado; han echado raíces, se quejan, maldicen a la gente que creen que les hizo esto. Algunas veces algunos se juntan y cuando se ponen duros y frágiles como viejas estatuas, sus formas comienzan a crecer juntos, comienzan a compartir el dolor. A veces hay montañas de ellos, paisajes enteros de gente llorando sobre qué tan injusto es todo. Yo sigo caminando.

—¿Y a dónde vas?

—Te lo dije, hacia el centro. Me estoy acercando. Todas las nubes con rostros que gritan se curvan, son jaladas hacia la misma dirección, retorciéndose en dirección al centro.

—Por favor, simplemente deja de caminar, da la vuelta y regresa.

—No puedo. No hay retorno. Además, debo moverme junto al resto, como los demás; hacer algo raro es la manera más rápida de hacer que las antenas te vean.

—¿Qué son las antenas?

—Comencé a verlas más conforme me fui acercando al centro. Aquí están por todos lados. Son estas cosas. Caminan en tres patas, como zancos, cubiertas en escamas negras, afiladas, como espinas… te acuerdas… como el acuario… como estos erizos que vimos en el acuario, pero la parte de arriba, la parte principal, es más exacta, como si un artista la hubiera esculpido. Me da la impresión de una especie de pieza de ajedrez. Cuando te ven, van hacia ti, tambaleándose, pero nunca cayendo de esas enormes patas… zanquivanas; sí, así las describirías, patas zanquivanas. Se detienen justo encima de ti y te quedas en medio de sus patas y puedes ver los agujeros debajo del trozo principal, arriba; entonces los tentáculos salen. Rojos, huecos, con pelos irritantes, bajan y comienzan a ajustarse en ti, moviéndose a tu alrededor. Casi no te importa, al comienzo, porque son rojos. Aquí todo es gris y negro y es todo lo que has visto por años: gris y negro, gris y negro en todas partes y esos tentáculos son rojos y eso es hermoso, pero entonces te tocan; te tocan y es horrible. Cada cosa mala que has sentido, cada cosa mala que te ha ocurrido comienza a burbujear de tu superficie, asfixiándote; todo el dolor que alguna vez pasó sobre ti se eleva, arriba y afuera y las antenas se alimentan de eso. Lo lamen con sus tentáculos. Adoran el sabor de todas las cosas que no debieron ocurrir. Aman el sabor de la miseria. Cuando se llenan, se van y tú… tú te levantas y sigues caminando.

—Jesús Dennis. Jesús.

—Está bien. Son malos, pero uno obtiene perspectiva aquí. Seguro, dan miedo, pero no son nada comparados con el centro. Son rémoras, apenas el musgo que crece en las orillas. Si realmente son como erizos de mar, entonces el centro, el centro debe ser como un tiburón, como una ballena u otra cosa gigantesca en el fondo del mar que es demasiado grande para salir un día a la superficie.

—Nunca habías usado expresiones como esas.

—No sé cómo describirlo. Cuando estás aquí, cosas como esas se te desmenuzan en la cabeza y no necesitas haber aprendido una palabra para entenderlo. Este lugar está menos obsesionado con causas y efectos, con que dos más dos sean cuatro. Su trabajo no es ser lógico.

—Y entonces, ¿cuál es su trabajo?

—No sé. Tal vez lo sepa cuando llegue.

Guardó silencio de nuevo y esta vez, no estuve seguro de querer evitar que se fuera. No estaba seguro de querer seguir escuchando nada de esto, pero sin importar lo que quisiera, otro aullido pronto salió de su boca y mi hermano volvió.

—Mierda. Mierda lo estoy viendo. Puedo ver el centro.

Su mano comenzó a cerrarse, envolviendo la mía, lenta e inevitablemente; venciendo el rigor mortis para apretarme los dedos como una prensa de hierro. Intenté zafarme, mis jalones movían toda la mesa, pero la fuerza sobre mi mano no se soltó ni un poco.

—Adentro, adentro de esta cosa es como un panal que flota sobre el suelo. También es gris, gris y cubierto de estrías y crestas como si antes hubiera sido líquido y se hubiera endurecido o como si estuviera hecho de telarañas. Es tan grande Harry. Nunca he visto algo como esto. Todas las nubes están entrando por el agujero que tiene en la parte superior, gritan. Cientos de agujeros, agujeros irregulares, como abiertos con un cuchillo que no dejan ver nada del interior. Es más grande que las ciudades Harry y todo el mundo se dirige a él, miles y miles dirigiéndose hacia su parte de abajo, empujándose entre todos para subir a los frágiles puentes que se elevan del suelo hacia los agujeros, justo hacia la oscuridad, hacia el centro, ahí está, aquí estoy Harry.

—Por favor —le dije con la voz cortada por el dolor en la mano —no puedes entrar. No hay nada bueno ahí adentro.

Lo sabía como un hecho, no sólo por la descripción, sino como una sensación, algo que se siente en la tripa. Sabía que me estaba hablando de algo fundamental, tan importante y parte de nuestra existencia como el sol y la luna y nacer, pero mala de alguna forma, repleta de maldad hasta su núcleo.

—¿A dónde más puedo ir? Estoy en uno de los puentes.

—Puedes regresar.

—No. Eso sería como regresar al útero. No puede hacerse. Esto es lo que sigue. Oh.

—¿Qué, por qué?

—Dios, estoy sintiendo algo. Creo que el centro lo está provocando. Me estoy volviendo… amargo. Cada cosa mala, cada cosa enojada adentro mío, se está hinchando, se está expandiendo y está moldeándome desde dentro. Estoy muy enojado Harry. Me estoy volviendo pequeño, pequeñísimo y mi odio se está volviendo mucho más grande. Su mano me apretó. Grité.

—¿Por qué yo, por qué yo y no tú, qué hiciste tú que yo no hiciera, qué hice yo que tú no hicieras?

—perdón, perdón —respondí, lleno de lágrimas.

Su voz había cambiado, aún era calmada, pero estaba rabiosa, cada palabra gruñía, empapada en dolor, en una ira profunda, esencial.

—Te odio. ¿Lo sabías? Aún capaz de pararte, aún capaz de correr, aún capaz de respirar. Te odio. Me dolía todo, todo el tiempo y tú sólo estabas ahí parado, sintiendo lástima por mí. No podías sentir nada de este dolor, sólo esperabas a verme morir para poder irte al carajo y hacer todo lo que yo nunca podré.

Estaba gritando, pidiendo que alguien viniera a ayudarme. Casi tiro el cuerpo de Dennis de la mesa, su torso colgaba, sostenido solamente por la misma fuerza que le permitía romperme la mano. Durante todo esto sus ojos estuvieron tan inmóviles y quietos como desde que murió.

Y luego se aflojó. Su mano se soltó, se aflojó y él cayó al suelo. Me rompió tres dedos pero mi adrenalina mantenía el dolor a raya, soportable. Me arrodillé para ver su cara, lo golpee buscando alguna señal de que aún se encontrara ahí.

Suspiró de nuevo, mucho más débil.

—Oh no. Oh Jesús. Estoy adentro. Va más allá de decir que es malo. Es mucho, mucho peor que cualquier cosa que se me hubiera podido ocurrir.

—Por favor Dennis, escucha, por favor dime qué pasa.

—Es el centro. Es tan grande. Está flotando por encima de mío. Es mucho más grande que el panal, mucho más grande de lo que pudiera caber. Es gris, también, siempre gris, gris y rajado como una piedra, kilómetros y kilómetros.

Su voz había cambiado, era frágil, acobardada.

—Me está lastimando Harry, me está lastimando más de lo que nunca me ha lastimado nada y ni siquiera me ha visto.

—Por favor, el hombre me dijo que debes describirlo. Dijo que si sigues hablando podrías quedarte.

—Tan grande —dijo y su voz se rompió como si estuviera llorando. —sus dedos son más grandes que rascacielos, y tiene millones, millones de dedos y costillas, son costillas o dedos doblados y son tantos y es tan grande Harry y las máscaras, dios mío, las máscaras…

—¿Qué máscaras?

—Las máscaras, sus rostros son más grandes que países, todas son distintas, en algunas los ojos son círculos perfectos, otras tienen huecos angulados donde las bocas deberían ir, otras son lisas y otras tienen ocho huecos en donde van los ojos y otras se ven humanas, como rostros humanos perfectos, con ojos oscuros y huecos, el interior se ve tan oscuro, una oscuridad viva, pulsante, es tan grande y puedes sentirlo, presionando hacia ti, llenando el aire con maldad pura, destrozándote por el peso, desde dentro de ti puedes sentir la maldad alcanzándote, estirándose como un bebé intenta alcanzar a su madre.

—Dennis, háblame, ¿qué más?

—No es el diablo. No, eso es lo que pensé al principio pero no. Es… más como dios. Es como si dios lo odiara todo.

Su respiración se cortó de nuevo.

—Puede verme. Por favor, por favor, prométeme una cosa, sólo una cosa, por favor…

—dime.

—Por favor… nunca mueras.

Una última exhalación salió de su boca. Intenté todo para hacer que volviera, todo lo que se me ocurrió en un ataque frenético, animal. Lo golpeé, lo sacudí, le rogué. Se había ido, de verdad. Me arrodillé ahí, en el cuarto, por un rato. Sus últimas palabras se me hundían en el interior, en una parte profunda de mi mente; supe que nunca las haría salir.

Las siguientes horas, de hecho, los siguientes días, fueron vagos. Recuerdo a los hombres con los uniformes del Instituto arrastrándome. Recuerdo que revisaron mi mano y le pusieron una férula. Recuerdo a Daniel Coannes sentándome en un cuarto blanco e interrogándome (lo llamaba conversación, pero me estaba interrogando, cálidamente, como un hombre que sabía que podía tener lo que quería si era cortés, amable). Me preguntó si había tenido alguna visión o alguna sensación fuerte, si creía que Dennis estaba diciendo la verdad y si podía explicar la forma en que Dennis actuaba de forma distinta. Estaba distante y como borracho de cansancio y el dolor de mi mano, intentaba responder honestamente. Al final, Coannes me hizo memorizar un número de teléfono y firmar varios formatos de confidencialidad que volvían muy claro que ni una sola palabra debía dejar el hospital. Debía llamarlo si experimentaba algún fenómeno que creía relacionado con Dennis. Finalmente, se fue.

Mis padres y yo tomamos un taxi a casa. No hablamos de lo que pasó luego de que Dennis murió, y supongo que incluso ese fue un añadido secundario del simple hecho de que Dennis ahora estaba por completo muerto y no regresaría. Fuimos a casa, a la cama y a la mañana siguiente desayunamos en silencio con una silla menos.

Los años pasaron y toda la experiencia se volvió algo con lo que tenía que convivir, una cosa temida en que mis pensamientos a veces se encontraban de vuelta, pero que la mayor parte del tiempo lograba ignorar para seguir viviendo, aceptándolo como algo que no podía entender. El hecho de que Dennis se hubiera ido fue siempre peor que la forma en que lo hizo, tan espantosa e innatural como esta forma fuera.

Pero últimamente he estado soñando algo. Comenzó como algo vago, incompleto, pero cada tantas noches se repite y se vuelve más largo y más nítido.

Comienza siempre igual, conmigo y Dennis, ambos niños de nuevo, en una colina verde, en un brillante día de cielo despejado y viento leve pasándonos por la cara.

No puedo recordar la mayor parte de las palabras, pero la cosa es que él está fanfarroneando, dice que papá lo ama más a él, que él es mejor que yo, que él seguirá siendo mejor que yo mientras siga vivo y papá lo amará más a él que a mí.

Y me enojo mucho, mucho más de lo que me hubiera enojado si él hubiera dicho esas cosas en la vida real. Veo una piedra y sin pensarlo, la levanto y lo ataco con ella, tirándolo para pegarle una y otra y otra vez hasta que su piel se hunde y está lleno de heridas y puedes ver partes de su cráneo. Entonces él me empuja y corre y yo lo persigo, sin detenerme a pensar nunca. Lo persigo durante un largo rato, hasta que llegamos a un paso entre dos montañas que se elevan hasta un punto que ya no puedo ver y que de alguna forma nunca vi hasta ese momento. Su tamaño se extiende a ambos lados, como si fueran eternas y el cielo arriba está saturado de nubes negras; algo así como la entrada a Mordor. Siempre me detengo en este punto, sabiendo que lo he perseguido lo suficiente; el trabajo está hecho.

Entonces comienzo a dejar mi cuerpo, avanzando por el paso, pero sin ser yo mismo ya, sólo un observador sin nombre y sin juicio, planeando como un fantasma. Él sigue corriendo por el paso y la tierra se vuelve sombría y la luz desaparece; hay una tierra yerma del otro lado, un lugar en donde los matojos de yerba son grises y están secos. Él corre por mucho tiempo, pero de pronto para y se tira al suelo y me maldice, grita lo mucho que me odia y lo mucho que le costó traerme a este lugar. Entonces una segunda persona aparece, a veces una mujer, a veces vieja, a veces joven. Esa persona dice que ella también fue arrastrada más allá de las montañas o que las atravesaron por error y no pueden volver. Dennis siempre responde igual:

—Entonces suframos juntos, dolamos juntos.

Y esta persona siempre se engancha a Dennis y Dennis se engancha a la persona y gritan y lloran y dicen que quieren ver a la gente que los lastimó despellejada viva; y más personas se suman, un chorrito de personas primero, luego una ola que se engancha a Dennis y a la primer persona y todos ellos se unen y se apilan y forman una masa de cuerpos retorciéndose que en algún momento alcanza a las montañas, al cielo mismo.

Entonces hay un temblor, un desplazamiento enorme. Los incontables cuerpos comienzan a reconfigurarse, formando cañadas profundas de carne que van formando un rostro lleno de odio. Hay un desplazamiento más grande que cualquier terremoto y el cúmulo se mueve, rueda sobre sí, se jala a sí mismo con apéndices enormes echas de los miserables y los tristes, los desolados. Se arrastra y tiembla, una y otra vez, trayendo consigo una tormenta de llanto, una sinfonía apocalíptica; entonces veo que se dirige a las montañas, de vuelta al lugar brillante, con toda su ira y su odio, con todas sus venganzas; por mucho que sepa que está formada de millones de personas, siempre sé que es una sola cosa, una sola cosa con los odios y los rencores de todos hundidos, cada uno, hasta el primero, el primero en maldecir, su odio aún se encuentra ahí, dirigido al primero que pecó. Choca contra las montañas.

Entonces despierto.

Creo que algo viene. Algo que comenzó hace mucho tiempo, algo que arranca el bien y se construye a sí mismo en lo malo; creo que ya es casi tan fuerte que puede liberarse, comenzar a moverse y creo, que cuando llegue aquí, los vivos no serán mejor que los muertos.


Traducido de My brother died when I was a child. He Kept talking. I think people should know what he said. Escrito por TheEmporersFinest. En /nosleep/.

Anuncios

es un tipo algo aburrido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: