Manuscrito recuperado de las instalaciones de investigación genética de la compañía [editado]. Como se detalla en los testimonios anexos el complejo está dividido por el área de observación y un área de aislamiento. El acceso al área de aislamiento estaba barricado; en algún punto, las instalaciones fueron incendiadas. Restos humanos y señales de pelea abundan en todo el complejo.


Sonaba sencillo: tomar algunos cromosómas, aislar, inducir e integrar aquí y allá, bum, ser humano perfecto. No estoy muy seguro de cómo a nadie se le ocurrió que algo podría salir mal. Muy mal, de hecho. Es imposible rastrearlo ahora: los procedimientos de síntesis, el origen de las muestras, el proceso de incubación, los ceros en nuestras cuentas de banco o el hecho de pasar los últimos tres años con el culo helado. Simple, no sencillo. Tengo qué dejar de corregirme a mí mismo.
Vamos Jonah, ¿cuál es el punto de estos garabatos, cuál era el punto? Ah, sí. Sí, claro.
Pregunta de investigación en el pintarrón de la sala de evaluación: ¿Es posible predisponer la cognitividad y fijarla en una sola emoción, digamos, un estado eufórico que vacune el proceso cognitivo de adquirir tristeza, enojo? Primer respuesta: Ni lo sueñes Karl. Segunda respuesta: ¿quién putas está haciendo su tesis durante el proyecto? Tercera respuesta: factible, ¿integrar modificación 3412-bb en la simulación de cadena? Anotación sobre el márgen: Alguien dejó su humanidad antes de volar a Alaska, ¿eh? Por encima de las anotaciones que se sucedieron a lo largo de meses, escrito con sangre: Mátenlos a todos.
No voy a describir nuestros procedimientos mucho más allá de eso. Suerte con encontrar la modificación patentada 3412-bb en los índices oficiales reportados a OMS por [editado] co. No querría que se repitieran, pero además, recordarlos me hace mal. No fuimos éticos. No fuímos humanos. A nadie se le ocurrió que estuviéramos trabajando con algo que el calibre de los fusiles de la guardia que nos observaba trabajar todos los días, no pudiera corregir. Pero esto es importante. Esto es importante, atención: [editado] nos envió células madre sin especificar su origen, no que nos hubiera preocupado. Eran útiles. No, eran excepcionales. Pasamos meses jugando con sus hélices.
Redefinimos el proyecto. Una meta factible. Alguien dijo que el nombre clave del sujeto de donde se extrajeron las células madre era Angelus. Odio los nombres código pero la compañía parece amarlos. Sugerimos denominar el proyecto Nephilim. Queríamos crear un ser que sólo fuera capaz de sentir felicidad, al parecer contábamos con todo lo necesario. La mesa directiva subsidiando las investigaciones aprobó la propuesta en menos de tres horas. Si alguien está leyendo esto, si alguien está aquí, el ordenador de enlace está en el piso de arriba. Les encantará ver los nombres. Ajá. Sólo puedo repetir lo que su parodia dijo en los Simpsons: no se hizo rico firmando cheques.
Nephilims. La mitad de los sujetos murieron durante la fase de gesta y desarrollo, algunos apenas siendo cigotos, otros exhibiendo una conformación extraña que no previmos de extremidades y posición ocular; algo ocurrió con el desarrollo celular resultante entre la estructura huesped y Angelus. La doctora Jean hipotetizó que tal vez habíamos inventado algún nuevo tipo de cáncer. Recuerdo haber bromeado al escucharla: cáncer de cáncer. A nadie le hizo gracia. Por dios, Jonah, concéntrate. La otra mitad se desarrolló a pesar de sus malformaciones, de las que sólo puedo decir que eran, fueron, útiles. Lo siento, Karl le prendió fuego al archivo fotográfico antes de atravesarse un ojo con un lápiz del número dos. Tres nacieron bien. Perfectos, creímos. Seres humanos con un coeficiente de procesamiento sin prescedentes, de estado emocional fijo.
Alguien bromeó con integrarles terminales. No era del todo una broma, pero incluso para nosotros, las implicaciones de supresión absoluta del ego, control total sobre individuos de estas características, no podía sino regresarnos un aroma de aplicación bélica. No estabamos entonces, listos para admitir lo que estábamos haciendo, para leer entre líneas las intenciones de nuestros contratantes. Sin la batería de pruebas, las crías eran indistinguibles de cualquier otro bebé, hasta los 18 meses. Fue más o menos ahí cuando se manifestaron los primeros síntomas. Los primeros rasgos. Falta de balance, problemas para dormir, baja respuesta. Todos comenzábamos a temer el naufragio del proyecto, de vuelta a la etapa de planeación y preguntarse qué salió mal. Pienso que debimos acabar ahí. Debimos eliminar a los sujetos de prueba, quemar los restos y cerrar la instalación.
Las cosas fueron empeorando sin que nos preocuparan, así suele pasar cuando se lleva un registro minucioso de cada uno de los cambios. Uno puede ver cómo se va todo al carajo, pero si lleva la cuenta, parece que se tiene algún control, que una explicación se encuentra a la vuelta de la esquina. Para explicarlo con simplicidad, los sujetos de pruea dejaron de moverse. Durante semanas, eso fue todo. No era precisamente un estado de catatonia, eran por completo conscientes de su entorno, pero eran incapaces de formar palabras; en su lugar sonreían, todo el tiempo. Luego, a ratos, reían. Era una risa más bien apagada y entrecortada. No importaba qué clase de estímulo induciéramos en cualquiera de los sujetos: sostenía su sonrisa, reía a ratitos, como si supiera algo que nosotros ignorábamos.
Esperábamos que los sujetos tuvieran una alta capacidad de aprendizaje. Ocurrió lo contrario. Su desarollo cognitivo fue apagándose. No podían prestarle atención a nada por más de unos cuantos minutos, antes de terminar riendo. Teníamos la esperanza de que estos síntomas desaparecieran con el desarrollo de los sujetos. Apodamos a la colección de síntomas “Síndrome de marioneta sonriente”, porque los movimientos involuntarios en los niños, daban la impresión de que sus extremidades eran jaladas por hilos invisibles, mientras ni su sonrisa, ni sus pausadas risotadas permanecían e inundaban toda el ala de observación.
Luego de cinco años en el proyecto terminamos por entender que no habia esperanzas. No soportábamos más las risas de esas cosas; como si supieran algo que nosotros ignorábamos, una broma que se pasaban de boca en boca. Mirar un niño que tiene espasmos esporádicos y no para de reir es una memoria que no se borra fácilmente. Dos de mis colegas renunciaron por no poder soportarla. Nunca escuché de ellos luego, es posible que estén muertos. La decisión nos cambió a todos. Algo se debe morir dentro de ti para decidir matar un niño, aunque sepas que ese niño no tiene lugar en el mundo. Impregnamos un desayuno con una toxina que debía matarlos de forma rápida e indolora. El compañero de siempre se encargó de servir las charolas, mientras nosotros observábamos. Cuando dejó la ultima, se llevó las manos a las sientes y comenzó a gritar. Se arrodilló. Los niños, a su alrededor, habían dejado de reir. Lo miraban. Nuestro compañero colapsó, se agitó un minuto, quizá dos y luego se quedó inmóvil.
Lo que fuera que había afectado a nuestro compañero, comenzó a afectarnos a nosotros, en la cámara de observación. Era enloquecedor. Una voz. Un zumbido. Fue derribándonos. Logré soportar lo suficiente para arrastrarme hasta el botón para sellar la cámara de observación. Del otro lado del cristal, uno de los niños me miraba, temblando, sonriendo. La luz se apagó, perdí el conocimiento, no sé por cuanto tiempo. Cuando la luz volvió, dos de mis colegas estaban en el suelo. Sus extremidades, con los huesos rotos, estaban retorcidas en ángulos extraños. De lejos, parecían estar muertos. Acercarse, revelaba que sus ojos estaban abiertos; que reían, muy, muy despacio.
Los niños desaparecieron. Desde ese momento y hasta hoy, me he sentido permanentemente observado. Algo, en el rabillo de mis ojos, algo que se mueve conmigo, siempre en la línea de lo que puedo percibir. Sobrevivimos dos. Cerramos el complejo y eliminamos todas las copias de nuestra investigación. Luego, Karl encontró ese lápiz. Me dijo que podía escucharlos. Que no podía dejar de escucharlos. A veces escucho las risas mientras duermo. A veces escucho las risas despierto. Cuando eso pasa, huyo, sin importar en donde esté. No puedo quedarme más de unos días en el mismo lugar.
Se contagia. Otros niños tienen los síntomas. No tengo la más remota idea de cómo se contagia. No debería ser contagioso. Alguien, en algún lugar, se inventó todo un cuento sobre una desviación del cromosóma quince que contentó a la opinión púbica; la enfermadad fue nombrada “el síndrome del ángel”. Hasta ahora, los contagiados no son peligrosos. Sé que los originales están en alguna parte. Sé que vienen por mí, que me están buscando. Lo acepto. Me lo he ganado. Dejo esta carta como una advertencia. Vendrán por ti también. Vendrán por todos. En cuanto escuches un suspiro, una risita, casi imperceptible, en el umbral de lo que puedes oir, corre; si sientes una silueta en la orilla de tu campo de visión, corre. Dame por muerto.

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Narador. Editor. Papá. Fantasma. Doomguy.

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