Capítulo 11

Detrás de mí, en la oscuridad, los teléfonos siguieron sonando. Detrás de mí, cuatro hombres y una mujer inmóviles. Arriba, las botas chocaban contra el suelo y un grito iniciaba su recorrido hasta donde nos encontrábamos.

—a la mierda —gruñí, dándome la vuelta. Comencé a desconectar teléfonos de los conectores del muro. A la mierda con quien llamara. No tenía ganas de contestar.

Las luces comenzaron a encenderse, los ruidos a disminuir, conforme jodía teléfonos. Continué. Quería que esto terminara. La nariz de Cobb seguía sangrando y si esos nazis muertos lo olían, estarían encima de nosotros como una puta sobre un miembro envuelto en billetes de cincuenta.

—Todo el mundo, a la sala de estar, Monkey, asegure todas las puertas. —ordenó Bishop. Todo el mundo comenzó a correr mientras yo tomaba un aro de llaves. Recogí un cigarrillo del suelo. No fumo, pero me calmaba llevarlo conmigo.

Para el momento en el que terminé de cerrar las puertas, éramos el capitán Bishop y yo en el cuarto. Cuando pasé por su lado me extendió la .45

—por si acaso. —asentí y anduve hacia afuera. Afuera, podía ver los caminillos desnudos, con la nieve arrastrada desde los cúmulos por el viento, haciendo parpadear las luces al final del corto camino de ladrillos que venía del camino de la colina al ingreso del edificio. Cerré las puertas. Miré por un momento al pedazo de colina que se extendía más allá de nuestro pequeño mundo. El carro del Teniente todavía estaba estacionado ahí afuera, me pregunté si estaría adentro de él, petrificado, tal vez compartiendo un cigarrillo con Tandy. Más arriba, había un muro alambrado. No alcanzaba a ver las torres de seguridad, pero sabía que estaban por ahí.

Me retiré sin dejar de ver el carro del Teniente Paleta. Estaba ahí dentro, escuchando Duran Duran, fumando, planeando como entrar y arrancarnos la tráquea a todos.

[luego comenzaría a quitarnos la piel, uno por uno]

Sacudí la cabeza. A la mierda con él. Apuesto a que podía ponerle las manos encima. Yo era el raso Monkey, maldito hijo de puta con título. Máquina de matar. Metal torcido y sex appeal. Todas las mujeres aman al matón.

—¿Todo bien, Raso? —Bishop. Sonaba preocupado, así que le respondí mientras cerraba la puerta a las escaleras.

—pensamientos oscuros de Monkey.

—¿Monkey?

—Señor. Mi papá nos llamaba, a mí y a nuestros hermanos “sus pequeños simios” y yo era un gran escalador.

—Oh, pensé que estaba diciendo otra cosa.

—Todos sangramos y morimos igual, señor.

La puerta al pasillo cerró firme. Las dos puertas a los baños no, tampoco el cuarto vacío que decía “REC”. Las botas habían dejado de sonar, pero aún nos movíamos con linternas. Sabía que era un problema con los fusibles, y que eso estaba provocado por un cableado jodido. El viento estaba entrando hasta ahí, torciéndolos, falseándolos.

—Raso. Tiene una daga de la SS saliéndole de la bota.

—Encontramos varias en cajas y el sargento Vickers me dejó solo en el subsótano. Soy un soldado, estoy más cómodo con un arma en la mano. —levanté los hombros —puede quedársela.

—Son ilegales en Alemania. Debemos entregar toda la parafernalia Nazi a nuestros camaradas alemanes para que puedan destruirla. ¿Cuántas de estas cree que haya?

—Bueno señor, el subsótano se extiende lo que el edificio así que…

CRASH CRASH CRASH

—¡CALLADITOS CABRONES! —el capi me miró chistoso, por el grito —estimo que al menos un cuarto está lleno de cajas. Algunas son de tamaños distintos, así que dudo que todas contengan cuchillos. También hay una bandera hecha pedazos allá abajo.

—hay que dormir. —no me pidió ni el arma escolta ni la daga, me pareció bien.

Fui a la sala comunitaria, anidé y cerré los ojos. Escuché al cap cerrando la sala antes de quedarme dormido, no mucho más.

Desayunamos huevos tibios y carne de canguro. Me sorprendí varias veces contando cabezas y Cobb se tensaba visiblemente cada vez que un nuevo grito llegaba hasta nosotros.

—Atención todos. —ordenó Bishop. Todos escuchamos mientras seguíamos comiendo. —el sargento Vickers y el SPC Carter van a visitar el puesto de avanzada. Vamos a pedirle a MI que grabe nuestros teléfonos. También van a traer la cena y la commida de mañana. El raso Cobb se va a llevar el transporte pesado y nos va a traer equipo de iluminación y un generador.

Todos asentimos y seguimos comiendo.

Luego de desayunar, Vickers y Carter se fueron en las camionetas. Me senté en los escalones del edificio, con la parka bien ajustada. Encontré un marlboro en la bolsa de dentro y lo encendí. no fumo, pero ayudaba a calentar el aire, en vez de congerlarme los pulmones.

El capitán Bishop estaba convencido de que había una explicación lógica para todo y yo quería creerle, de verdad. No se me ocurría ninguna, pero quería creerle.

Pensando pensamientos oscuros, me terminé el cigarro a bajo cero y lancé la colilla a la nieve, pensando que las cosas siempre podrían ser peor.

Estaba en lo correcto.

Luego de desayunar, me encontré a mi mismo usando la cuerda que usé para salir del subsótano, para bajar al subsótano. Tenía una linterna de uso pesado, la automática, una barra de metal y la daga. Iba a marcar las cajas que fuera abriendo.

Mann nos alumbraba, Smith iba anotando todo lo que encontrábamos. Stokes se quedó arriba, esperando gritar muy duro si algo la asesinaba. De verdad, eso fue lo que se le ordenó.

El Cap y dos hombres más iban a revisar el perímetro del edificio. Personalmente, sentía que teníamos mejores posibilidades que ellos.

Mis botas chocaroncontra el suelo congelado y grité que todo estaba despejado. Moviéndome despacio, ecendí la luz y miré a Smith descender.

—carajo, sé que sigo yo. —se quejó Smith mientras se incorporaba junto a mí.

—¿Por?

—¿Dos cabrones muertos? Sigo tanto, amigo. —intentaba bromear, pero las sombras hacían que su rostro se viera serio. Mann estaba casi abajo y cuando llegó, avisó a los demás que estaba abajo. Cobb y los demás comenzaron a bajar la iluminación al subsótano.

—¿Listos? —los otros dos dijeron que sí. Nos alejamos del círculo de luz, hacia la penumbra.

—¿Vickers te dejó aqui? qué hijo de puta. —dijo Smith, revisando con la luz aquí y allá.

—No había opciones, no podía subir solo. —el peso del arma en la funda de mi cinturón me hacía sentir seguro, aunque comenzaba a reconocer los movimientos furtivos alrededor nuestro.

—¿Cómo van las costillas? —preguntó Mann.

—Van. —Torcí la tapa de la primer caja que encontré con la barra de metal. Mann iluminó el interior.

—No me jodas.

—Pistolas, Caja 1. —dijo Smith, anotando. Anoté un número uno en la tapa y continuámos.

Esto se iba a llevar algo de tiempo.

Le mostramos la hoja de inventario a Bishop. El generador no duró una cagada, comenzó a fallar pasada la hora, así que salimos de ahí después de estar ahí unas cuatro horas.

—Esto es suficiente para armar toda la base.

—provisiones de entrenamiento, señor. —explicó Smith.

—¿qué le hace pensar eso?

—Bueno, encontramos uniformes, pistolas nuevas, cuchillas, cobijas, almohadas y muchas insignias, la clase de cosas que le das a estudiantes cuando se gradúan ¿no?

—hace sentido. —Bishop se llevó la hoja a su oficina.

Nos separamos en pequeños grupos. Stokes nos ofreció historias de Fort Lewis, Smith contó chistes sobre crecer en el sur, Cobb habló de Fort Erwin, Mann habló del pueblo de mierda donde creció y yo me fumé el cigarrillo que debíamos estar pasando. No fumaba, pero quería verme cortés.

Las puertas exteriores sonaron. Vickers y SFC habían regresado con comida. Vickers nos miró y comenzó a dar órdenes con mucho amor:

—¿Qué mierda miran? vayan a la camioneta y comiencen a bajar las cajas, animales.

—Señor.

Los cinco avanzamos hacia la camioneta, la cara se nos llenó de pequeños cristales. Nos movimos tan rápido como pudimos. Vi una luz saliendo del tercer piso que desapareció antes de que pudiera decir nada. Smith asintió, también lo había visto.

Carter entró y regresó con una ronda de cervezas y un montón de charolas de comida. Cuando fui por cubiertos, volví a ver la luz encenderse, decidí ignorarla.

Bishop servía, todo el mundo se dirigía a la sala comunitaria con la comida. No era buena comida, pero estaba caliente y llenaba; eso la hacía buena.

Luego de cenar, Bishop nos asignó a Stokes y a mí a la CQ. Usualmente debías de asignar a un E-5 a CQ; pero Vickers no tenía mucho de donde escoger.

Nos sentamos en silencio un rato. Recordé la última vez que mi esposa estaba sudadita, debajo mío. Conté las veces que las luces se encendieron y apagaron. Fui por los quehaceres del puesto, palomeándolos en mi cabeza. Ignoré el sonido de los pasos. Ignoré las luces. Ignoré los gritos y los quejidos.

*ring ring*

Puta.

—dos diecinueve de la artillería especial, Raso Monkey, ¡como puedo ayudarle?

silencio.

—¿hola?

HHHHHHHSSSSSSSSSSssssssss

Bajé la bocina, miré a Stokes.

—llama al Cap. —nos había dado ordenes estrictas. Se levantó y fue hacia la sala comunitaria.

Me puse la bocina en la oreja y escuché con atención.

—Hola, taberna alarido al habla.

HHHssssssssssssssssss

—Si señor, el cuarto para homosexuales está disponible.

SSSSSSSsssssssssssss

—¿Necesitará un tapón de culo sobre la almohada cada mañana?

HHHHsssssssssssssssssssss

—¿y me dejará tirarme a su mamá?

El capitán Bishop llegó, se sentó junto a mí y comenzó a marcar en otro teléfono.

—Al habla el Capitán Bishop, ¿está el sargento Powers? Bien, escuche, necesito que rastrée todos los teléfonos disponibles en mi área. Me hizo una seña y sonrió, yo sólo asentí.

Quienquiera que fuera, seguía siseándome al oído.

—¿Qué? revise de nuevo, con un carajo.

Más siseos.

Ok. Al comienzo esto daba miedo, ahora se había vuelto molesto.

—Muy bien, gracias. —dijo y colgó el teléfono. Me quitó la bocina, la escuchó un momento, palideció y colgó.

—¿Qué le dijeron? —preguntó Stokes. Estaba mirando hacia el pasillo. Las sombras me daban la impresión de que alguien venía hacia nostros, pero no vendría nadie.

—le pedí al MI local que nos apoyaran a rastrear la actividad de las líneas.

*ring

Descolgué y colgué.

—Pero la única línea activa era la que yo estaba usando.

—Número telefónico.

—¿Perdón raso?

—¿Cuánta gente tiene nuestro número telefónico, señor? Los teléfonos están recién instalados, no puede decirme que alguien ya se sabe nuestro número.

Las luces se apagaron y las luces de emergencia se encendieron, iluminándonos a todos de color rojo.

—y otro problema… —añadió Stokes.

—¿Sí?

Las luces rojas parpadearon.

—la razón de que no detecten otra línea en utilización.

Las luces de emergencia del pasillo comenzaron a apagarse, una detrás de la otra, a las espaldas del cap.

—digalo, soldado. —Bishop se veía nervioso. Estaba a punto de estar aún más nervioso, yo sabía a dónde iba la muchacha.

Una de las tres luces de emergencia en CQ se apagó.

—esas llamadas están entrando desde dentro mismo del edificio.

El resto de las luces de emergencia se apagaron. El viento sopló desde la escalera como el llanto de una mujer.

Comencé a reirme.

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Narador. Editor. Papá. Fantasma. Doomguy.

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