Capítulo 10

Cobb miró al teléfono, lo tomó y se lo puso en la oreja. Podía escuchar el siseo sibilante, incluso aunque fuera Cobb quien estaba sosteniendo el teléfono. Cobb me pescó del cuello y me estrelló contra el muro. Estaba apretando fuerte y su cara estaba roja.

—¡QUE PUTAS ESTÁS HACIENDO!

Golpeé el interior de sus brazos y le solté un cabezazo a la cara. Su nariz crujió mientras mi rodilla le entraba en las bolas. Retrocedió. Lo derribé de un codazo a la cara. Antes de que se incorporara, lo aflojé de un pisotón en el estómago. Se hizo bolita en el suelo. Podía escuchar una señal de ocupado saliendo de la bocina que colgaba del cable.

—No me vuelvas a tocar, guapo. —me sobé el cuello. Vickers entró de un golpe, con la cuarenta y cinco en la mano. Había visto más veces el arma en su mano en las últimas horas que en todo lo que llevábamos aquí.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó aproximándose. Cobb aún estaba sentado en el suelo, sujetándose la nariz.

—Nada. —dijo.

—Nada más estábamos discutiendo. —Mentí. Ambos, Cobb y yo, sabíamos cómo funciona el ejército. Si no se reporta, no pasa; las peleas rara vez se reportan. Si le pones encima las manos a otro cabrón y este te parte la madre en gajos, bueno, mala suerte campeón.

Colgué el teléfono.

—Cobb está sangrando. —declaró Vickers, maestro de todo lo obvio en el mundo. Comenzaba a sospechar que estaba aquí por algo más que tirarse a la esposa de un superior. Me había dejado sólo en el agujero y siempre se aseguraba de que alguien más entrara a un cuarto antes que él.

—Me pegué… me pegué sin querer con el teléfono. —declaró Cobb, poniéndose un dedo de cada lado de la nariz, acomodándola con un crujido. Vickers nos miró unos segundos y luego regresó a la zona de estar.

—Jesupinche cristo, Monkey; ¿te enseñó a pelear Satanás?

—alguien peor.

—carajo.

—de verdad… —no había tenido que aprender mucho en la correccional, sólo me había especializado.

—carajo, mano, recuérdame nunca pedirte prestado.

—perdón. —de verdad estaba apenado.

El teléfono volvió a sonar. Los dos lo miramos.

—No. —me detuvo —Nada más. No.

El teléfono siguió sonando. Mi boca estaba seca y mi imaginación suelta. Era Tandy, sabía que era él. Ese silbido era él intentando hablar, pedir ayuda, mientras un nazi muerto le apretaba la tráquea como Cobb lo había hecho conmigo.

—Conteste el puto teléfono, raso. —Vickers ordenó de un grito, entrando en el cuarto. Seguía con la pistola en la mano, se veía demasiado agresivo para mis gustos.

—No. —contestó Cobb.

—Conteste-el-teléfono-raso. —Vickers estaba demasiado hostil.

—A la mierda. —levanté el teléfono. —Dos diecinueve de la artillería especial, raso Monkey al habla, ¿cómo puedo ayudarle?

—Nada. Silencio.

—¿Aló? —sabía lo que seguía.

Hsssssssssssssssssssssss

Bajo, sibilante, burbujeante.

—Lo buscan, sargento. —comuniqué con mi voz más formal, Vickers me arrancó el teléfono de las manos.

—Sargento primera clase Vickers al habla. —Dijo. El tono seguía ahí. Los ojos de mi sargento se abrieron. Me aventó el teléfono, me dio con él en el pecho, me dolieron las costillas.

—¿Esto es chistoso, Raso? —gritó.

—No mucho, no.

—No, ¿qué? —una enorme vena le saltaba de la frente.

—No, señor.

—¿QUIÉN MIERDA ES? —me gritó. El capitán Bishop había entrado a la habitación, a sus espaldas.

—Tal vez Tandy. —tenía ganas de darle de comer esa pistola. No me la estaba apuntando, pero no la tenía lejos, tampoco. Colgué el teléfono, aunque la mano me temblara.

—¿Crees que esta mierda es chistosa, raso? toda esta mierda con sonidos feos, encontrar un montón de mierda nazi, todas las putas luces apagándose ¿crees que esto es un juego de “asustemos al sargento”? —comenzó a apuntarme con la pistola mientras me regañaba.

—Cuál es el problema Sargento. —preguntó Bishop. Vickers se dio la vuelta y Bishop le sujetó el arma enseguida.

—Suelte el arma, soldado. —ordenó. Vickers la soltó.

—Los rasos Cobb y Monkey creen que son comediantes. —acusó Vickers, me pregunto qué habrá escuchado.

ring, ring

Cobb y yo miramos el teléfono. Vickers y Bishop miraron el teléfono. Stokes y Mann venían de la sala de estar, incluso recién levantada, Stokes se veía bien. El frío le marcaba el pecho.

ring, ring

—¿Caballeros? —todos lo miramos. —¿van a contestar?

ring, ring

—Dos diecinueve de la artillería especial, Raso Monkey al habla, a sus órdenes.

Nada.

—Dos diecinueve de la artillería especial, Raso Monkey al teléfono, ¿en qué puedo servirle?

Aún nada.

Eso era nuevo.

—Dos diecinueve de la-

SSSsssssssssssssssssssss….

—es para usted. —le extendí el teléfono a Bishop.

—Capitán Bishop al habla, ¿en qué pue —su cara se puso gris.

—¿QUIÉN ES? —se quitó el teléfono de la oreja y lo sostuvo delante suyo, como un animal vivo.

[Aspira]

HHHhhhhhhhhhssssssssssssss

[Suelta]

SSSssssssssssssssssssssssss

Le arrebaté el teléfono y lo colgué.

—¿Quién mierda era?

—Tandy.

—¿Dónde está Tandy? —preguntó Stokes, con los brazos cruzados, temblando. Las luces del pasillo parpadearon. Un lamento bajo vino de arriba y de abajo. Nadie le contestó.

—¿Qué le pasó en la cara, Cobb?

—Me caí. —Bishop miró su nariz, miró mis puños y levantó los hombros.

—¿Qué pasa? —preguntó Mann, confundido. Cobb encendió dos cigarros y me pasó uno, yo no fumo, pero lo acepté.

—No sabemos… algo está

ring, ring

—¡Púdrete! —grité, el enojo, la desesperación, todo emergió a la superficie. Rompí la bocina contra el muro.

—¡SUENA AHORA MALDITA PERRA!

A mis espaldas, el banco de extensiones, con excepción de nuestra línea directa a la quinta, comenzó a sonar. Me quedé inmóvil, mirando el muro, con el plástico roto en las manos, mientras todos los hermanitos del fallecido sonaban.

—No… —Bishop tomó aliento. —No contesten.

Las luces se apagaron en CQ. Las botas comenzaron a correr en distintas direcciones mientras los teléfonos seguían sonando.

Apreté los ojos y deseé estarde vuelta en la correccional.

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es un tipo algo aburrido.

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