09_07_10

Hace un par de meses comencé a asistir a la Universidad Estatal de Chico. Tenía casi todo lo que necesitaba para mi primer año como universitario, excepto una laptop. Soy algo tacaño con el dinero; sobre todo en casos en los que siento que puedo reducir algún costo y este era uno de esos casos.

 Exploré la web en busca de alguna buena oferta y descubrí que ninguno se ajustaba a mi frugalidad. Las clases comenzaban en dos semanas y comenzaba a desesperarme, cuando vi un anuncio en el periódico, ofreciendo una laptop a unos seiscientos dólares; el lugar no estaba muy lejos de dónde vivía, era un modelo Dell no demasiado viejo, además; habrían podido darla por más.

 Fui al domicilio del vendedor el siguiente día. La casa estaba algo lejos de la ciudad y cerca del bosque, afuera, había una vieja Chevrolet y un tiradero de antiguas señales de tránsito y demás fierros. Toqué el timbre y un hombre delgado, en una chaqueta de franela salió a atenderme. Al escucharme mencionar la laptop noté cierto alivio en su rostro; me dijo que estaba listo para venderla de inmediato, lo repitió una vez más, y luego una vez más (estaba intentando disminuir el precio aún más). Había llevado el dinero conmigo y esa misma tarde regresé a la casa con una nueva computadora.

 En casa, emocionado por haber comprado mi primer computadora con mi propio dinero, la encendí y comencé a instalarle los programas y aplicaciones que solía usar. Sólo por curiosidad, revisé los archivos del disco duro y encontré una carpeta escondida; el hombre me aseguró que el disco duro estaba formateado, pero así es esto; mucha gente ni siquiera entiende que significa realmente “formatear”.

 El fólder se llamaba “09_07_10”, una fecha. Contenía seis videos y tres imágenes. La curiosidad pudo más que yo y decidí cargar los videos al reproductor para verlos.

 El primer video (001) había sido grabado con una handycam y una mano con muy poco pulso, desde el interior de un carro; seguía a una mujer saliendo de un bar y subiéndose a un carro, de noche. Después de un par de segundos, la mujer arrancó y casi de inmediato, la persona grabando comenzó a seguirla. El video duraba veinticuatro segundos; me dejó con la impresión de que “el acosador” (por llamarlo de algún modo), había estado esperando a la mujer por bastante tiempo.

 No me alarmé mucho en el momento, tal vez simplemente me sentí incómodo. 002 comenzaba con la cámara encima del tablero del carro, apuntando por el parabrisas. Llovía. Asumí que no habría pasado mucho tiempo entre un archivo y otro. En la autopista, pude reconocer el carro al que la mujer se había subido, dos carros adelante de la posición del acosador. El archivo duraba cuarenta y siete segundos. Comencé a sentirme algo nervioso, comenzaba a suponer que esto no podía terminar bien; pero quería ver en donde terminaba.

 003 comenzaba con el mismo pulso tembloroso de 001; fuera del carro, llueve a cántaros y la cámara sigue lo que apenas alcanza a distinguirse como una silueta abrigada con una gabardina larga y una sombrilla, caminando hacia la entrada de una casa. Creí reconocer a la mujer entrando a la casa y cerrando la puerta detrás de sí.

 Luego, no ocurrió nada. La inmovilidad (ni siquiera es posible escuchar la respiración del acosador) logró incomodarme; tal vez porque continuaba pensando, una y otra vez, en el objetivo de lo que estaba viendo. Durante unos dos minutos de tensión, apenas acompañados por el ruido de la lluvia golpeando el toldo del carro, las luces de la casa se apagan. La cámara se coloca en el tablero de nuevo y se escucha abrir y cerrar la puerta del piloto. Una nueva silueta aparece cruzando el cuadro, esta vez con una parca que le cubre la cabeza y camina hacia la casa. Verla ahí hizo aparecer un nudo en mi estómago que comenzó a apretarse, mientras el extraño rodeaba la propiedad y desaparecía camino a la parte de atrás. Quien fuera que se tratara, en definitiva no debía de estar ahí.

 Un par de segundos después, las luces exteriores se apagan. La única cosa por la que se sabe que la cámara sigue grabando, es porque la lluvia sigue escuchándose. Después de unos nueve minutos de lluvia y oscuridad, el video termina.

 Ya para ese momento, estoy muy seguro de que no estaba mirando una tarea de taller de cine o alguna tontería del estilo y me siento algo tonto al no haber ni siquiera revisado el nombre del vendedor en google. ¿Era el acosador el tipo que me había vendido la máquina? comencé a sospechar que iba a terminar llamando a la policía, pero la cosa todavía podía terminar siendo… bueno… nada.

 En 004, la lluvia ha parado. El silencio dura algunos segundos y luego es interrumpido por lo que suena como pasos en un camino de grava, incrementándose conforme alguien se acerca al carro. La puerta se abre y la luz interior se enciende, la cámara ahora se encuentra en el suelo del carro, apuntando más o menos hacia el techo de la cabina. Algo o alguien se mueve, busca algo y de pronto el carro se sacude. Un brazo cae de golpe delante de la imagen y empuja un poco la cámara hacia atrás, el brazo está inmóvil y encima del mismo, alguien tira una lona o una bolsa negra de plástico.

 Alguien recoge la cámara y la devuelve al tablero, el carro se enciende, enciende las luces y va en reversa. El carro avanza por cerca de unos tres minutos antes de estacionarse en un nuevo camino de terracería, rodeado por árboles de ramas secas. El carro se detiene, se escucha la puerta abrir y cerrar, la imagen tiembla un poco; yo supongo que están bajando el cuerpo. Luego de seis minutos el carro avanza de nuevo, a una nueva locación, la cámara se levanta y es llevada en la mano, apuntando de cabeza y hacia atrás, mientras se alejan caminando del carro. Es la misma camioneta que vi afuera de la casa del dueño de la laptop. Estaba a punto de llamar a la policía cuando la cámara enfoca a una casa, es una distinta a la que yo fui; eso me alivia un momento, aunque en realidad, no prueba nada.

 Me pregunté si debía seguir viendo los videos, si podía manejar lo que fuera en lo que iba a terminar. Aún tenía una esperanza, mínima, de que esto se tratara de una broma, de algo que no estaba entendiendo bien, pero que pronto tendría una explicación muy clara y razonada. 005 comienza en el interior de la casa. No hay ninguna luz encendida y ocasionalmente, alguien cruza el cuadro de un lado a otro y de regreso, pueden escucharse los ladridos de un perro a lo lejos. Luego, algo casi imperceptible comienza a llenar el audio, a escalar hasta que es reconocible: gritos amordazados, un llanto.

 La luz se enciende de pronto y la cámara es levantada para ser apuntada al centro del cuarto: una mujer golpeada, amarrada a una silla. Sí, era la misma mujer que había salido del bar. La cámara hace un acercamiento a su rostro por lo que parece una eternidad hasta que el archivo termina. Sólo me quedaba un archivo más, ahora sentía miedo, no tanto por lo que había visto, sino por mí. Fui a revisar los cerrojos de mi departamento, cerré todas las cortinas y las ventanas.

 Mis esperanzas de que esto se tratara de una película o algo así, migraron a esperar que la mujer siguiera viva, que se pudiera ser rescatada. 006 comienza en un baño. La cámara está colocada sobre la superficie de un lavamanos con cubiertas extendidas, apunta al espejo, desde el que sólo puede verse una puerta. El único sonido que puedo distinguir termina con cualquier esperanza de mi parte: un taladro.

 Luego, silencio, por un par de minutos, antes de que el sonido de pasos, acompañados por el arrastre de algo interrumpieran el suspenso. La perilla de la puerta da vuelta y se abre. De la oscuridad del pasillo, aparece una mujer de unos treinta o cuarenta años, vestida con lo que sólo se me ocurre que puede ser una bata de laboratorio, un máscara con filtro para respirar y largos guantes de látex.

 Por alguna razón, verla me causa cierto alivio. La mujer viene arrastrando algo hasta la bañera: una bolsa de plástico, negra, grande.

 Sentí que estaba soñando. Levantó la bolsa de plástico dejando su contenido en la tina. Tomó la cámara y la puso en el suelo, apuntando hacia la bañera. El cuadro alcanza a capturar una colección de químicos… solventes. La mujer comienza a tomar los galones y a vaciarlos, la cámara capta un sonido crepitante que me recuerda al de un bistec friéndose en una sartén, a los burbujeos de una botella de refresco recién destapada. El video terminó. Respiré, muy, muy hondo.

 La primer imagen es una fotografía de la camioneta. La segunda retrata a la mujer, amarrada a la silla, aún sin lesiones. La tercer imagen provoca una imagen de “archivo dañado”… que tal vez es una buena noticia.

 Le entregué la laptop a la policía, fui sometido a un interrogatorio sobre cómo la había conseguido y después de un par de días respondiendo preguntas que terminaron por ponerme muy, muy nervioso (cuando un policía te pregunta: “¿qué sabes sobre sustancias que pueden disolver por completo un cadáver?”, eso pasa, sin importar qué tan centrado seas), se me descargó de tener relación directa con el caso. Obvio, los polis no fueron muy comunicativos al respecto conmigo; pero pude hacerme más o menos una idea de a dónde me había traído mi tacañería: la mujer con bata había sido sospechosa del homicidio de la muchacha del bar, pero la policía no había encontrado pruebas para incriminarla y en su lugar, había procesado a su exesposo, que resultaba ser el novio de la muchacha al momento de su desaparición.

 La policía reconoció el domicilio al que yo había ido a comprar la laptop como el domicilio original de la asesina; incluso fueron a revisarla. La encontraron deshabitada y en venta. Antes de notificarme que había dejado de ser un sospechoso en el caso, uno de los policías me mostró una fotografía, preguntándome si ese era el hombre que me había vendido la laptop. Yo afirmé sin dudar, era el mismo, sólo que con una camisa de franela, insistí. El poli apagó la grabadora que tenían en el cuarto y se sentó con los brazos cruzados sobre el respaldo de su silla, acercándose a mí y encendiendo un cigarro.

 —¿Sabes qué?, te voy a hacer un favor. Vamos a dejar ese último dato fuera de tu declaración.

 Lo miré consternado. Tenía miedo de que estuviera jugando al policía bueno, buscando hacerme caer en algo que me vinculara al asesinato.

 —Dices que este es el hombre que te vendió la laptop, ¿correcto? —asentí con la cabeza.

 —Pues bueno… voy a asumir que estás nervioso y eso te está confundiendo. Por eso vamos a dejar esto fuera. Este hombre es el novio de la víctima. Ha estado en la cárcel estatal por más o menos seis meses y tiene una semana muerto; se cortó las venas con el mango afilado de un cepillo de dientes, en su celda. Así que no… el hombre que te vendió la laptop, puede ser quien tú quieras, santa Claus, si quieres, pero no puede y no va a ser este; ¿estamos?

 Y es por eso que nunca en mi vida voy a volver a comprar ningún equipo de cómputo usado.

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es un tipo algo aburrido.

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