modelo T

Hasta los dieciséis años, viví a la mitad de la nada en la Arkansas rural, en medio de kilómetros y kilómetros de sembradíos, interrumpidos sólo por la autopista, a unos dos kilómetros hacia el sur. Hacia el Oeste de la propiedad (que era la dirección en la que miraba la fachada de la casa), había un pedazo de bosque. Además de eso, había un largo camino que llegaba hasta la casa y conectaba con otro camino después de algunos kilómetros.

En general, vivir a la mitad de la nada era muy tranquilo. Con nadie para molestar, uno es libre de hacer lo que le venga en gana. Pero a los trece, vivir ahí dejó de gustarme tanto. Desde los ocho escuchaba cosas, casi siempre, un golpe metálico, como una puerta de carro que se azota; conforme fui creciendo comencé a notar que los golpes variaban.

Sé que podía tratarse de algún animal vagando afuera, eso era común, considerando que dejábamos nuestras sobras afuera, pero había noches en que se sentía como otra cosa.

Puedo recordar mi primer encuentro. Había cumplido doce años y eran algo así como las dos de la mañana. Me había quedado despierto, mirando la televisión y jugando videojuegos, creo que estaría jugando Driver cuando la luz se fue. La mayoría de mis amigos a mi edad se asustaban con eso, yo estaba acostumbrado: muchas de las líneas rurales eran antiguas y habían estado ahí desde unos 40 años. Hacía viento afuera, así que no era descabellado pensar que algún cable se hubiera aflojado. La luz podía volver o no, si no, había que llamar a la compañía de luz en la mañana.

Como sea, me senté ahí, en la oscuridad, a leer un libro. Me asomé por una ventana, buscando ver qué tan duro soplaba el viento sobre los árboles; noté pequeñas luces que brillaban, en la orilla del bosque. Pensé que podía tratarse de cazadores, pero se movían muy rápido. Había unas cinco, iban en dirección oeste, manteniendo una distancia muy medida entre ellas. De pronto todas se volvieron una sola y luego, despacio, comenzaron a elevarse, poniéndose una encima de la otra, conectándose y formando una línea vertical de luz. Me sorprendió. Nunca le dije nada a mi mamá, no me hubiera creído. Seguí diciéndome a mí mismo que no eran nada más que cazadores, tal vez algo raros, pero cazadores.

Más o menos un mes después, me había olvidado del asunto. Era la noche de un martes (por ahí de la una de la mañana) y no podía dormir. Así que me levanté y encendí la televisión. Algo golpeó contra la pared de fuera. Podía ser un mapache, intentando escalar la pared, así que fui a buscar el rifle. Abrí la puerta y asomé la cabeza para inspeccionar el muro. No había nada. Salí y le di la vuelta a la casa. Lo que fuera, había escapado. De vuelta en el porsche, di un vistazo al terreno, en dirección al bosque.

Tal vez fue lo que más me dio miedo en mi corta vida. Bajo la leve luz de la luna, noté una docena de siluetas negras, de pie sobre el campo. Diría que estaban a unos cuarenta o cincuenta metros. Estaban regados por ahí, como aventados al azar, de pie y a juzgar por la forma de sus siluetas, encarándome.

Por supuesto que me cagué de miedo y corrí dentro de la casa. Desperté a mi mamá. Enojada por ser despertada por una razón tan ridícula, fue hacia la puerta conmigo y la abrió sin dudar.

Aún estaban ahí, excepto que más cerca. Algunos de ellos se notaban más, por la cercanía de la luz de seguridad que teníamos en la orilla de nuestra propiedad. No era la falta de luz, su silueta, su piel, era de color negro, un negro seco y marchito. Sus ojos brillaban con un suave color amarillo.

Mi mamá dio un portazo y llamó a la oficina del sheriff. Después de los treinta minutos más largos de mi vida, dos patrullas llegaron. Llamaron a la puerta y mi mamá abrió, con cuidado. El policía nos dijo que no habían encontrado nada.

—Tal vez eran muchachos —su tono quería calmar a mi mamá.

Lo habíamos visto con claridad. El siguiente día, fuimos al campo, a revisar en donde habíamos visto esas cosas. El campo estaba despierto y lleno de un barro formado con la lluvia de hace unos días. Notamos varias huellas, en distintos lugares. Dos cosas eran muy perturbadoras:

  1. Las huellas no formaban un rastro, estaban en donde estaban; sin llegada ni regreso.
  2. Algunos de los pies tenían ortejos demasiado largos o demasiado cortos. Algunas huellas parecían contar seis ortejos en cada planta; la forma de los pies era irregular.

No se nos ocurrió qué era lo que las había formado. Estaba muy nervioso por lo que había pasado y mi mamá mencionó como opción, mudarnos; le dije que no, que por mí no lo hiciera. Esta era nuestra casa.

Durante los siguientes años, no volvió a pasar nada, hasta los dieciséis años.

Era un día normal y soleado. Estaba afuera, jugando básquet en un tablero que habíamos instalado junto al camino; estaba solo, mi mamá había ido a comprar cosas a la ciudad. Noté el sonido de un motor. Pensé que mamá había regresado, para descubrir un Carro modelo T, andando despacio sobre el camino de tierra con el que conectaba el camino hasta la casa. Lo miré. Al principio me imaginé que alguien estaría probando una restauración, luego me di cuenta que las llantas estaban hundidas en el suelo, apenas asomaban a la mitad. El carro seguía moviéndose. Algunas zonas de la pintura estaban muy oxidada. En la parte de atrás, se asomaba algo de equipo para granjas: unas cuchillas de arado, costales repletos de algo, semillas, tal vez. Miré al conductor. Era una figura negra. No me moví, no podía, me quedé quieto mientras seguía avanzando, hasta que en algún momento, desapareció, con todo y chofer. Cuando pude acercarme, no encontré nada: no había huellas, no había nada.

Le conté a mi mamá lo que había pasado. Después de aquella noche, me creyó. Terminamos vendiendo la propiedad y cambiándonos.

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es un tipo algo aburrido.

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