Capítulo 8

Sentía mi cuerpo tenso y lleno de escalofríos que no se evaporaban, los escalofríos me picaban en la piel. Mis botas toparon con el viejo concreto, pisé un charco de agua filtrada. Intentaba controlar mi respiración, incluso con la Parka encima y un pantalón para clima frío, una chamarra y ropa interior contra congelación, estaba temblando. Eso sin contar la gota de sudor recorriéndome la espalda, desde la nuca y hasta los omóplatos.

Mi linterna pasó por algo y volví la luz, curioso. Cajas. Docenas de cajas, extendiéndose hacia la oscuridad.

—¡Encontré algo!

Silencio.

—¡Hey, encontré algo!

Silencio.

—¡MÁS LES VALE NO HABERME DEJADO SOLO HIJOS DE PUTA O LES JURO QUE LOS VOY A MATAR A TODOS, A TODOS!

—Estamos justo aquí, raso Monkey, cálmate. —Respondió Vickers. Su rostro pálido asomó desde la oscuridad que reinaba todo.

—¿Qué es?

—¿Ustedes no…? No, no… nada… son cajas, muchísimas cajas contenedoras. Apunté mi luz al costado de una de las cajas, haciendo brillar el emblema, aún visible después de tantos años: un águila, una suástica.

—Santo Jesu —Stokes pareció ahogarse junto a nosotros.

—A Jesús no le pasaron el memo de este lugar —le interrumpió Tandy.

Miré la tapa de una de las cajas. Vickers me extendió una bayoneta, con la comencé a despegar el borde. La tapa cedió con un gemido. El contenedor tenía cajas, todas marcadas con el mismo emblema que aparecía en el mapa del edificio.

—Abre una —ordenó Vickers. Abrí sin mucha solemnidad una de ellas. Cuatro cuchillas oxidadas se deslizaron al suelo.

—Ay dios mío. —suspiró Stokes, mientras levantaba una con cuidado.

Era una vieja daga Nazi perteneciente a la SS. El contenedor debió tener adentro cientos de estas cosas. Vickers fue deslizando la luz hasta detenerla sobre una enorme bandera nazi, clavada a la pared.

Nuestras linternas eligieron ese momento para morirse todas juntas. Me acomodé a daga sobre la bota y saqué mi último par de baterías. Cuando recuperé la luz, los busqué a todos con ella.

—Vámonos al carajo de aquí. —dijo Vickers. Gemí, aprobando la decisión. Yo guiaría el camino de vuelta, claro; subimos las escaleras y estábamos fuera del cuarto de calderas en menos de un minuto. Todos nos reímos nerviosamente cuando Vickers se detuvo a echar la llave.

Monkey, ¿guardaste esa daga? —me preguntó Stokes, apuntando a mis pies.

—Seh. Supongo que si subimos y no pasa nada con que traiga esto conmigo, este lugar no está de verdad embrujado.

Regresamos a la CQ, para descubrir que Carter y Mann se habían ido por comida. Mientras Vickers reportaba con Bishop, yo saqué mi nuevo juguete y lo lancé sobre la barra de recepción.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Smith.

—Subsótano. Hay un montón de cajas ahí abajo, una de ellas tenía de estas adentro.

—Ay viejo… qué jodido está esto. Estamos en el jodido escenario de una películas de terror.

—¿Quieres saber qué es lo peor?

—¿Qué podría ser peor?

—Eres negro. —lo congelé en sus pies, me miró.

Luego comenzó a reírse y yo me reí con él, al notar que Tandy se había ido al baño, me alcanzó una botella de Juanito.

—Ni siquiera sé cómo me hace sentir que a CO le importe una mierda que estemos bebiendo en servicio.

Le di otro llegue a la botella y la pasé.

—Da igual, esto es una mierda.

Mann y Carter llegaron a la puerta, cargando dos charolas de comida cada uno. Todo el mundo se reunió, para comer, pasándose la botella.

—¿Raso Monkey?

—Señor.

—Le toca guardia en CQ esta noche. El sargento Vickers me informa que no le tiene miedo al sótano, así que de ahora se encargará oficialmente de mantenernos calientes.

[Súper]

El resto del día avanzó entre nosotros, mientras hablábamos entre grupos sobre los golpes que se escuchaban arriba. Estábamos cenando cuando noté algo.

—Hey… ¿dónde se metió Tandy? —Había diecinueve cabezas ahí, nada más.

—¿Quién?

—El raso Tandy, no está.

—¿Alguien ha visto al raso Tandy? —preguntó en voz alta Vickers.

Nadie. Comenté que me parecía haberlo visto camino al baño.

—Acompáñeme, Monkey. —me ordenó Vickers. Dejé la comida a medias y fui detrás de él, al baño.

—Tandy, ¿está ahí adentro? —Dijo Vockers, tocando la puerta —¿Está bien, necesita ayuda?

—Mejor que estés ahorcando el pájaro. —Vickers me dio un vistazo con una mueca. Abrimos la puerta. Dos retretes, dos urinales, dos lavabos.

Una sola ventana.

Un Kit de rasurado estaba tirado y regado por el suelo, cerca del lavabo.

—Nada. —reporté, después de revisar. —…se lo llevaron.

—Pendejadas. Todos hemos estado bebiendo, se debió poner hasta el culo y terminado dormido por ahí.

—¿Y dejó aquí su kit de rasurado?

—Una vez me puse borracho y dejé la cartera en un putero koreano. —respondió Vickers, yo asentí —bueno, aquí no está. Vamos a revisar su cuarto. En el camino nos encontramos con Bishop.

—No estaba, vamos a revisar su cuarto. —dijo Vickers.

—Ok, todo el mundo. Sepárense. Stokes, aquí conmigo. Todos los demás, a buscar a Tandy. —ordenó Bishop, caminando de regreso a CQ. —Monkey, Vickers, vayan a revisar el sótano, en la caldera.

—Señor. —respondió Vickers. Yo me quedé callado, anduve a la barra de recepción y recogí la daga de la SS. A la mierda, yo no regresaba desarmado ahí abajo.

—Jesús, Monkey, ¿crees que bajó de nuevo? —me preguntó VIckers, pasándose nervioso una mano por la boca.

—No. Yo creo que lo agarraron. —Admití. No sé quién o qué, pero de verdad estaba comenzando a pensar que no estábamos solos en el edificio. Algo estaba mal con este edificio.

Cuando Vickers abrió la puerta, vi un puntito brillando desde el respirador del horno, no lo había notado antes y verlo ahora hizo que los pelos de la nuca se me levantaran.

La puerta se cerró detrás de nosotros, de golpe. Encendí la luz y sujeté la daga con una de las manos, antes de comenzar a caminar.

—¿Tandy? ¡Tandy!, mejor que no me estés jodiendo, cabrón. —llamé.

Nada. Sólo la respiración del calentador del agua.

Di un paso en falso y me fui de lleno hacia adelante, solté el cuchillo y la linterna, atravesé la madera y me di contra el concreto; la visión se me llenó de estrellitas. La Parka me salvó de herirme de verdad, pero respirar me dolía.

Mi linterna había caído unos metros adelante mío. Estaba de vuelta en el subsótano, había roto las escaleras en mi descenso.

—¿Tandy? —llamé suavemente, arrastrándome despacio hacia la luz.

—¿Tandy?

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es un tipo algo aburrido.

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