Beth

Yo era un escéptico armado con mi poderosa inteligencia y mi gusto por lo paranormal. Jamás me tragué nada, por supuesto; pero pensaba que el mundo sería mucho más interesante si alguna de las cosas que había leído fueran verdad, o al menos tuvieran algo de real. Qué bendición, vivir en las orillas de un océano tan profundo.

Algunas veces, delante del monitor de mi computadora, murmuraba una suerte de rezo, una súplica, mientras seguía los rastros en este laberinto electrónico que todos compartimos; no una súplica a alguna deidad en específico, sino más bien al universo mismo: “Vamos, esta vez, sólo esta vez”, susurraba mientras daba clic al siguiente vínculo, leía el siguiente cuento, vaciaba mi atención sobre la última “evidencia”. “Esta vez tiene que ser real”.

Los años me volvieron un cínico localizable en esas discusiones espontáneas y foros en línea dedicados a lo paranormal, jugando al abogado del diablo: en aquél pleito me ponía un gorro de aluminio para confundir a los aliens, en este otro me dedicaba a contradecirlos a todos; por allá, me convertí en el que nunca cree nada y desea siempre tener la razón, ese al que todo el mundo quiere darle una lección; mis esperanzas iniciales, de descubrir una prueba infalible fueron desgastándose delante de una única verdad: la gente miente.

Miente para tener atención, miente para conseguir algo, miente para sentirse inteligente; lo hace igual para animar, que para herir. En medio de todas aquellas mentiras, no pude sino abandonar las esperanzas. En su lugar, me contenté con exponer los fraudes que me rodeaban: los cómo, los cuándo, los quién. Me volví un escéptico cáustico y odiable y amé cada segundo de eso, porque sentía que me daba una función.

Hace dos meses mi súplica fue escuchada.

Discutía con alguien en youtube, sobre magia. Me reí de su poca capacidad de redacción y su típica tendencia a insultarme a mí en vez de enfocarse en los hechos y darme una prueba irrefutable. En su favor, de verdad me advirtió, pero en el momento no me pareció más relevante que el típico golpe de pecho, la última patada de ahogado para intentar silenciar al cínico antes de una retirada inevitable. No quise dejarlo ir; me estaba divirtiendo mucho con sus tripas. Entonces escribió esto:

«a lmierda quiere pruebas te dare pruebasdondete las mndo puto»

Divertidísimo, todavía, le dije que el correo electrónico asociado a mi cuenta bastaría.

«noms recuerda que tú piediste sto»

Nunca recibí un email, pero creo que mi invitación abierta le había sido suficiente, para “engancharse” a mí de algún modo. No pretenderé entender cómo fue que funcionó; sólo sé que lo hizo. Esa noche, después de darme un baño, revisé mi correo una última vez, sin encontrar nada y me fui a la cama envuelto en una cobija de orgullo.

Tres horas después, un grito me despertó.

Salté de la cama, el corazón se me salía por la garganta. Localicé los gritos en alguna parte, atrás de mi casa. Me asomé por la ventana. En la orilla de mi terreno, donde mi patio da con el bosque, pude ver el cuerpo de una mujer acostada boca abajo, en el césped. Tomé el teléfono, marqué a emergencias y bajé las escaleras para salir de la casa. Me di cuenta de que aún no escuchaba un solo tono de mi teléfono. Lo quité de mi oreja: el aparato no tenía recepción. A la mierda, me recuerdo pensando, llamaré del teléfono de casa después de verla. Atravesé mi patio.

Mi corazón se hundió al verla de cerca. Su cuerpo, desnudo, estaba cubierto de heridas: algunas eran viejas, otras se veían frescas, ríos escarlatas que nacían de profundos pozos perforados en su cuello y atravesaban su piel pálida; azotes abriendo surcos como relámpagos desde el cielo de un planeta ignoto; su cabello oscuro caía por su costado izquierdo como una cortina deshilachada y vieja, su mano se extendía, como en busca de piedad. Cuando me arrodillé para intentar ayudarla y ella elevó su cabeza hacia mí, reconocí el rostro de una muchacha que tenía diecisiete años muerta.

Beth Holden, la suicida de mi clase.

—Recuerda.

Se desvaneció delante de mí.

 

Regresé a trompicones a mi casa. Mi cuerpo entero se sentía frágil, tenía un leve dolor en la espalda baja. Años de cafeína habían dejado a mis riñones incapaces de filtrar la adrenalina de mi torrente sanguíneo. Me senté temblando en una de las sillas de mi comedor, fui bajando la cabeza hasta las rodillas. Tal vez me desmayé, tal vez me quedé dormido. No estoy seguro de cuánto tiempo me perdí, sólo recuerdo experimentar lo que podría describirse como un “parpadeo” demasiado largo mientras miraba fijamente la pantalla de mi teléfono. Eran las cuatro de la mañana. La recepción había vuelto. Me sentí afortunado de que ese día fuera sábado y tuviera el fin de semana para recuperarme. Racionalizaba ya, intentando explicar lo que me había pasado, mientras subía las escaleras de vuelta a mi cama, a intentar dormir un poco más.

El sueño tardó muchísimo en llegar.

Desperté la tarde de ese sábado y pasé lo que restaba del día intentando pensar en algo más que Beth. La pequeña miss suicidio, 1994. La muchacha callada del coro escolar; sin importar su hermosa voz jamás habría soportado la atención de un solo. Beth, que siempre llevó su cabello negro y largo por encima del lado derecho de su cara; una muchacha bellísima, si no contabas las quemaduras que su viejo loco le dejó cuando ella era una niña. Beth. Por el más breve de los tiempos llevó encendida una antorcha para mí en el interior de su pecho. En tanto se tratara de pensar en otra cosa, fallé.

Conoces la historia. Todos conocemos la historia. No es distinta a la de las mínimas tragedias que se entretejen en tu propia niñez, de las que formaste parte, o viste pasar, como se supone que pasan los fantasmas: comienza con un cretino, alcohólico y agresivo, llegando a su casa una noche de invierno del club de strippers local. Si en verdad hay un plan divino me da escalofríos pensar qué clase de negro y perverso sentido del humor debe tener ese arquitecto, para cargar los dados con tanta crueldad como lo hizo con Beth.

Beth despertó y le pidió un vaso con agua a su madre. Mientras estaban en la cocina, Beth accidentalmente se quemó una de las manos con la hornilla caliente de su estufa de madera; la única fuente de calor en el establo en el que vivían. Si ese hijo de puta se hubiera quedado a tomar un trago más, si Beth hubiera dormido la noche entera; tal vez el resto de la historia no habría ocurrido. ¿Quién sabe? Tal vez no le hubiera dejado una cicatriz tan grande en la cara. Pero no: en el preciso momento que Jarrod Holden entraba por la puerta de su chiquero, Gracie untaba la palma de su nena con mostaza. Los Jarrod Holdens del mundo pueden culpar al alcohol todo lo que les dé la gana, la triste verdad es que hay gente que hace cosas horribles, siempre.

Luego diría que sólo pretendía “darle una lección,” y sí, sí le dio una lección. Beth aprendió esa noche  que el mundo no siempre cuida de sus niños como debería de hacerlo, que a veces, toda tu fuerza, todas tus súplicas, todos tus gritos y todo el amor de tu mamá no bastan para salvarte del hombre empujando tu cara contra la hornilla ardiente de una estufa.

Siendo justos, la señora Holden terminó respondiendo. Salió de la parálisis que la invadió y volteó al cabrón hijo de perra de un sartenazo en la cara. Lo que hasta hoy encuentro y supongo que ella habrá encontrado imperdonable, fueron esos preciosos segundos de duda. ¿Pero quién soy para hablar de perdón? Hasta hoy, he fallado en perdonarme a mí mismo.

Así que sí, todos conocíamos la historia: de boca en boca, entre labios que susurran y orejas atentas a lo largo de toda nuestra niñez, girando y girando en una ejemplo exacto del teléfono descompuesto, regresando en cada versión con detalles más sórdidos. Los peores de nosotros la purgamos con la clase de crueldad e indiferencia que siempre estamos esperanzados a creer providencia exclusiva de los niños (la llamaban “D”, por abreviar, “Derretida”); los mejores de nosotros intentábamos mirar más allá de las cicatrices, a la hermosa persona debajo de ellas; ninguno pudo nunca vencer el brazo de distancia.

Estaba en el coro con ella, en la sección de tenores. Aunque su registro alcanzara un rango que los chillidos de los sopranos sólo podían envidiar, Beth prefería actuar como alto. Le permitía mezclarse, permanecer invisible. Los otros en mi sección tenían demasiado miedo de las chicas en general, o le temían a Beth, pero yo no me sentía incómodo parándome a su lado. Así fue durante casi tres años. En ese tiempo, terminé apreciando su innegable talento, su silencioso humor. No voy a ocultarlo, me enamoré de ella. Si hubiera sido por completo honesto, si hubiera sido más valiente, lo habría admitido. No podía hacerlo ni siquiera conmigo mismo y claro, ignoraba que ella se sentía igual.

Las muchachas hablan. Los muchachos hablan, también.

Beth le confió sus emociones a Jill Calloway, una alto; Jill le contó a quién sabe quién. Para el tercer mes de nuestro último año, cuando las invitaciones a la noche de graduación se convierten en el tema de todos, mis amigos comenzaron a molestarme sobre el asunto. Había estado saliendo con la misma muchacha durante toda la preparatoria, así que ella era la opción obvia. Ese no era el nombre con el que insistían, claro. Podían ver que me molestaba y eso los empujaba a continuar. Estaba confundido respecto a Beth. Tan avergonzado como ahora estoy de admitirlo, la cosa más grande que nos separaba era mi ego. Tenía miedo de lo que otras personas dirían si se enteraban de lo que sentía por ella. Puedo ver ahora, en retrospectiva, que temía salir de la zona de comfort en la que había estado toda mi vida. Era más valiente que yo. Tenía que serlo, aunque eso no la salvara al final, de mi.

Sí sólo Jarrod se hubiera quedado por otra copa, si sólo Beth hubiera dormido durante toda la noche, si sólo Gracie hubiera reaccionado antes; si sólo, si sólo y si sólo…

Si sólo Beth no hubiera pasado junto a mí, justo en el momento justo para escucharme decir ese espantoso apodo.

Lo he pensado desde el día. Lo he pensado un millón de veces. ¿Por qué? Yo no era como los bastardos que la molestaban, nunca la había llamado así.

—mira, viejo, su cuerpo es increíble, pero si de verdad crees que voy a invitar a la Derretida…

Cara a cara. La golpeó como un empujón bien dado. El ojo visible se le enrojeció. Me miró en silencio, con los labios firmes y resueltos, reteniendo el llanto. Se dio la vuelta y entró al baño de mujeres. Mi amigo y yo caminamos con las cabezas gachas, de vuelta a la cafetería, en un silencio apenado.

Más tarde, en el coro, intenté disculparme. Aceptó en un susurro, con ese hermoso ojo inmóvil, incapaz de mirarme. Nunca me habló de nuevo; no que fuera muy distinto a cómo era antes; pero ahora ella se limitaba a responderme con superficialidad.

Tres meses después, todo había terminado. No fue un verdadero escándalo. Anotó “perdón”, en una hoja y llenó una tina de sangre con ayuda de la navaja para afeitar de su padre. Era una muchacha lista, leía muchísimo; lo que había bastado para los romanos, bastó para ella, en la noche de graduación.

A eso dediqué mi sábado, a pensar en eso.

Antes del amanecer del domingo, sus gritos me despertaron de nuevo. Apuré el paso a través de mi patio, con la intención de ayudarla de alguna forma. Llegué más cerca esta vez, alcancé su mano y mi mente se llenó con visiones de sufrimiento —un bebé hambriento vaciándose a gritos en las planicies polvorientas de Somalia, aún apretado entre las manos de su madre muerta; las tripas retorcidas por abstinencia de un junkie de heroína en Liverpool; la ardiente y podrida agonía de un soldado cuyas piernas se quedaron en un camino de Afghanistan. Los gritos de estos y otro millón que jamás encontrarían alivio. Solté mi mano y retrocedí, pretendiendo limpiarla en mi pantalón, en un intento inútil de sacudirme las visiones.

Se acuclilló, apoyando las dos manos en las rodillas, elevó sus ojos, uno cubierto con la cicatriz de una antigua quemadura.

—Recuerda —repitió, y desapareció de nuevo.

Eso ocurrió hace dos meses. Durante las siguientes dos semanas, intenté mantener las apariencias. Seguí yendo al trabajo en modo zombie. Luego, me terminé mi tiempo de vacaciones y todos mis días de licencia por enfermedad. He tenido tiempo de descubrir que si bien, las pastillas para dormir me dejan dormir, es mucho mejor ir con ella. Una vez que la toco, desaparece. La alternativa es una noche entera en con las exclusivas de dolor del mundo. Es cierto sabes, lo que dicen de los sueños: se pueden soñar vidas completas. No me interesa repetir ninguna. Jesucristo, esa pobre muchacha en Nebraska: el olor a sangre y a orina, la máscara de payaso tirada allá, en la oscuridad de un sótano húmedo.

Creí que podía bastar con mudarme. Dos noches en un hotel cercano bastaron para esclarecerlo; una noche de ansiedad interminable y entonces, ahí estaba, arrastrándose por el pavimento, abajo, gritando mi nombre con su voz de ángel fracturado. Así que ahora me quedo en casa.

Ah, los incrédulos amarán esto: de acuerdo al audio y video que he intentado capturar, ella no está ahí. Esa tercera noche, pensé que al menos podría capturar algo de evidencia para quien dudara de mi historia, así que monté una cámara en la ventana de mi cuarto. Incluso bajé con ella. Nada. Luego descubriría que de hecho había algo de evidencia que podía entregarle al mundo, pero para ese momento, ya había tomado decisiones que no pienso modificar. Lo mejor que puedo dejarle al mudo y a la gente escéptica es esto. O, mejor escrito:

“tú piediste sto”

¿Me estoy volviendo loco? Sí, es lindo pensarlo, es simple. Sus visiones son fieles: Asesinatos, suicidios. He sido capaz de confirmarlas. Es como vivir en un mundo en donde todo lo que existe es sufrimiento. En algunos casos, he sido capaz de hacer una diferencia con lo que puedo ver; no todos están muertos, ni condenados. Dejar algunas llamadas anónimas en estaciones de policía puede provocar cambios. A eso he dedicado y dedicaré el tiempo que me queda. En distintas variaciones, todos podemos soportar la angustia de una vida entera, ¿cientos?, ¿millones? No puedo vivir así. Al menos con las llamadas he hecho algo bueno y puede que eso enmiende algunos de los errores que he cometido. Estoy seguro de que la cosa que se arrastra por mi patio no es Beth. Quiero estar seguro. En el caso de que realmente se trate de “algo”, yo diría que es el sufrimiento en persona. La cara de Beth sólo refleja mi propio sufrimiento. No puede ser ella.

Ahora, logra permanecer lo suficiente para ponerse de pie y llegar hasta la casa. Nunca terminará. ¿Qué pasa conmigo cuando ya no haya distancia? No sé. No importa. Esta última noche ha abierto la entrada del patio ella misma, para encontrarme justo en el quicio de la puerta. Cuando las visiones pararon y recuperé la consciencia, me encontraba sentado delante de la estufa de mi cocina. La hornilla estaba encendida. Hice un intento de acercar una mano al calor.

Bastó para los romanos, y para Beth.

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es un tipo algo aburrido.

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