Mi nombre es Andrew Erics. Viví en una ciudad llamada Nueva York. Mi madre se llama Terrie Erics. Su número está en el directorio. Si conoces la ciudad y estás leyendo esto, búscala. No le muestres esto, pero dile que la amo y que estoy tratando de volver a casa. Por favor.

Todo comenzó cuando decidí, más o menos a los veinticinco años, que era tiempo de dejar de usar la mochila que llevaba al trabajo, pensando que me vería un poco más maduro si no cargaba con una mochila llena de libros para todas partes. Por supuesto, esto significaba abandonar el hábito de leer en el metro durante las mañanas y en las tardes, ya que es complicado cargar con un libro en los bolsillos. No llegué a considerar un portafolio, se hubiera visto fuera de lugar en la fábrica y las maletas al hombro siempre me resultaron un poco ridículas, demasiado cercanas a los bolsos de mano.

Tenía un reproductor de mp3, que ayudaba a pasar el tiempo por un rato, pero cuando se descompuso (se apagaba cada vez que terminaba una canción), dejé de usarlo también. Así que cada mañana, me sentaba en el metro durante una hora y media que se arrastraba interminablemente, sin nada más que hacer que mirar al resto de los pasajeros. Era un tanto tímido, así que no me gustaba ser descubierto y lo hacía disimuladamente; a poco descubrí que no era la única persona incómoda en una multitud. La gente lo evadía de muy distintas formas, pero yo estaba ahí para ver a través de ellas.

Estaban los agitados, incapaces de acomodarse, moviéndose las manos de un lado para otro, cambiando de postura, juntando las piernas, alejándolas; eran los tipos nerviosos más fáciles de localizar. Después de ellos estaban los falsos durmientes, que una vez alcanzado un lugar libre, cerraban los ojos en ese mismo instante; una persona en verdad dormida en un tren lleno de gente tiende a soltarse más, a dejarse llevar más por la inercia, con un golpe contra las vías, en una parada abrupta, tienden a despertar; estos individuos tienden a apagarse en el momento en que se sientan y a abrir los ojos y salir en cuanto llegan a donde van. Están también los adictos a los mp3, la gente que ocasionalmente abre sus laptop y los que viajan en grupos y hablan en voz alta. Los adictos al celular son o muy populares o incapaces de callarse por más de dos minutos.

Cuando observar personas se estaba volviendo increíblemente aburrido, encontré mi primer incongruencia. Un hombre adulto, de cabello castaño, altura y peso promedios, vestido con ropa casual. Lo mejor que puedo explicar la razón de que atrajera mí atención, es que me parecía demasiado normal: no tenía ningún rasgo único, no tenía ningún comportamiento propio; era como si hubiera sido caracterizado para pasar desapercibido. Fue eso lo que me llevó a notarlo; estaba enfocado en ver cómo la gente se comporta en el metro y él no se comportaba de ningún modo. Ni siquiera reaccionaba. Era como ver a una persona sentada ante la televisión, mirando un documental sobre peces: No están en realidad interesados, no están sumergidos, pero tampoco están mirando a otro lado. Presentes y no.

Estaba en el metro durante las tardes. Pasó más o menos un mes de mi “experimento de observación” antes de que lo notara, porque no siempre subía a la misma hora y conscientemente, nunca me subía al mismo vagón. Lo vi un Lunes, creo y la segunda vez el Jueves de esa misma semana. Obviamente, él sí se subía al mismo tren, al mismo vagón y se sentaba en el mismo asiento. Un poquito de TOC, pensé. Como atrajo tanto mi atención la primera vez, lo miré con mucho más interés la segunda. Permanecía tan inmóvil que me ponía nervioso: su rostro no tenía ninguna expresión, su cabeza estaba derecha y miraba hacia el frente. Una mujer subió en la parada y se sentó detrás de él, con un niño de brazos que lloraba: nada, ni siquiera movió las cejas.

Para cuando el tren llegó a mi parada, me sentí mareado, las manos me temblaban. Algo en él estaba mal. Era alguna clase de fenómeno, un sociópata tal vez, uno de esos tipos callados que resulta que tienen la cabeza de unas doce mujeres en el refri, incluyendo a su mamá.

Empecé a tontear en mi trabajo, por las tardes, a detenerme en quioscos del centro comercial cerca de mi estación sin la intención de comprar nada. Por un par de semanas, evité tomar el tren a la misma hora y cuando por algún motivo tenía que subirme a esa hora, me aseguraba de contar los vagones hasta elegir uno en el que no lo hubiera encontrado.

Una mañana alguien más me encendió las mismas alarmas en la cabeza. Era una mujer. En el momento en el que reconocí los rasgos, ahora me doy cuenta, terminé de obsesionarme. Mi observación diaria, que comenzó como un hobby para manejar el tedio, se transformó en mi religión. No podía subir a ninguna clase de transporte público sin examinar a todo el mundo, palomeando una lista en mi cabeza. Ropa lisa, sin ningún logotipo: sí. Sin expresiones faciales ni vistazos momentáneos a las ventanas u otros pasajeros: sí. Sin bolsas, maletas o accesorios: sí. Sí, sí, sí… uno más. Los bauticé como “los extraños”.

No los veía todos los días, ni siquiera cuando comencé a tomar el metro más de lo que necesitaba, ni siquiera cuando me encontré en rutas de autobús que pasaban muy lejos de mi casa; pero estaban ahí, de vez en cuando. Ver uno me apretaba los dientes, me llenaba de sudor las manos y me secaba la garganta, como si estuviera a punto de hablar en público. Nunca me prestaban la menor atención y aun así, me hacían sentir observado; yo podía verlos, tan claro como el día, seguro ellos también podían verme.

No lo hacían. Al menos no me lo hacían notar. Cuando mi curiosidad pudo más que mi miedo, decidí seguir uno.

Elegí al primero que descubrí. El hombre del metro que siempre se sentaba donde mismo. Me senté detrás de él. Llegamos al final de la línea, se levantó y anduvo antes de que yo lo hiciera. Manteniendo mi distancia, lo seguí, pero no fue muy lejos. Se sentó en una banca cercana, sin ninguna expresión en el rostro, yo di la vuelta por un pasillo y esperé, intentando verme casual. Después de unos minutos, el siguiente metro llegó y lo miré subir en ese, sentándose exactamente en el mismo asiento. No encontré las agallas para subirme con él.

No iba a ninguna parte. Se quedaba en el metro hasta el final de las estaciones… y luego se subía en el de regreso. ¿Qué razones tendría alguien para hacer algo así? No pude dejar de pensar en eso cuando por fin me acosté a dormir, de vuelta en mi casa. Me confundía al punto de hacerme enojar: este increíble bastardo, yendo y viniendo por la misma línea. La mente, alguna vez leí, rechaza ciertas cosas, porque simplemente verlas, es una afrenta a las reglas del universo mismo. Las arañas bastan para mucha gente, sobre todo las grandes. Simplemente son incongruentes. Ese era el efecto que los extraños me causaban. Ofendían las reglas de mi universo.

Lo seguí por al menos una semana, todos los días, él y yo, hasta que el vagón se quedaba solo y el metro avanzaba hasta la última estación posible. Para el fin de esa semana, me encontré siguiéndolo por horas, hasta ese último tren, que paraba en la estación más cercana a mi casa por la noche; de un extremo de la ciudad a otro y de regreso; dejé de observar al resto de la gente, me dedicaba sólo al extraño, no tenía ojos para nada más; aunque en varias ocasiones, llegué a notar miradas confundidas dirigidas a mí. Por lo que a mí respecta, podríamos haber sido los dos únicos seres humanos en el planeta.

La siguiente semana, perdí mi trabajo. Mi jefe fue atento y cuidadoso, pero firme. No me estaba concentrando, no me enfocaba, mis cifras de producción estaban en el suelo. Creo que fue el mejor despido de mi vida, ahora que lo pienso, pero apenas lo escuché. Sólo podía pensar en mi nuevo trabajo. ¿Qué hacía ese hombre, no, esa cosa, cuando yo no estaba ahí, observándola? Salí de mi trabajo por última vez, esa tarde. Comenzaba a seguirlo, normalmente, a eso de las cinco y media, pero estaba seguro de que me estaría esperando. Ahora suelo pensar en ese día, en lo tonto que fui al no prestarle más atención; ¿estaba soleado?, era verano, bien pude pasear un rato por el centro, mirar algunas muchachas, hubiera podido tomarme un frapuccino y fumado en alguno de esos cafés con mesitas en la calle, hubiera podido irme a casa, sacar mi obsesión de mi cabeza y conseguido un nuevo trabajo y usado los trenes y los camiones para leer, de nuevo.

Esperé. Me senté en una banca de la estación hasta que pude verlo por una de las ventanas. Cuando entré, no sentí mi cabeza nebulosa, ni mis manos húmedas, ni temblorosas. Me senté justo delante de él, directamente en su campo visual. Quería ver un cambio en su cara. ¿Me reconocía? Si así era, no lo demostró, para ese punto, yo no intentaba disimular. Debimos ser una escena extraña. Dos hombres sentados delante del otro, mirándose a los ojos, por horas. Era difícil no dejar salir el enojo en mi rostro, pero con algo de esfuerzo, fui capaz de imitarlo. En mi cabeza, le gritaba. Reacciona, hijo de puta, mírame, sé lo que haces.

Mis exigencias silenciosas no fueron respondidas, no en el primer viaje, ni en el segundo, ni en el tercero, ni en el décimo. Avanzamos por la noche, juntos y bajamos en cada terminal, a esperar. Me senté junto a él en la banca, mirándolo de reojo. Nada. Pero dos podían jugar ese juego, pensé.

Llegamos al último traslado de la noche. Lo tenía. Los trenes dejarían de salir. Siempre lo dejaba solo en ese punto, porque la terminal representaba un punto muy distante de mi propia casa y los camiones también dejarían de moverse a esa hora. Conseguiría algunas respuestas.

El metro fue avanzando, la anticipación me inundó. El vagón se vació a nuestro alrededor, despacio, hasta que nos quedamos solos, debajo de la ciudad. El tren comenzó a detenerse, se detuvo. El fin de la jornada.

El extraño no se movió. No reaccionó. El metro se quedó inmóvil, con las puertas abiertas. Podía escuchar el eco de pasos, los últimos trasnochadores, andando fuera de la estación en el silencio. Nada. El sistema de sonido avisó a cualquiera que se hubiera quedado dormido que habíamos llegado al final. Nada. Pasos. Un conductor, alguien, revisando los vagones para asegurarse de que estaban vacíos antes de llevar el tren a donde quiera que lo dejaran por la noche. No le quité los ojos de encima.

Pude ver al conductor llegar a nuestra puerta de reojo. Miró adentro y dejó salir un suspiro. Pestañeó un par de veces. Esperé a que hablara, el momento se alargó y entonces con una ligera sacudida de cabeza, se fue. Quedaba un vagón por revisar. Lo revisó y unos minutos después, el metro comenzó a andar. Lo estacionaron. Podía ver, por las ventanas, que estábamos rodeados por otros vagones.

Sonrió. Fue una ligera curva en sus labios que no hubiera notado si no hubiera pasado tanto tiempo estudiando su rostro.

—Así que… aquí estamos.

Intenté responder, pero no pude. Mi garganta estaba seca. Estaba aterrorizado. Tosí y carraspeé hasta que pude, con una voz ronca, preguntar la pregunta que me había robado el sueño, que me había vuelto medio loco, que me había traído hasta aquí:

—¿Qué eres?

Me ignoró. Se puso de pie y las puertas del vagón se abrieron. Anduvo hacia la salida, se detuvo y me miró.

—¿Vienes?

No esperó a que le respondiera. Fui detrás de él.

—Vamos, carajo. Háblame. ¿Qué eres? ¿Qué? ¿Por qué nunca te bajas del tren?

No contestó, no me miró, no aminoró la marcha. Así seguimos durante un rato, conmigo insistiendo detrás de él, hasta que por fin me cansé. Cinco palabras. Eso era todo lo que había logrado sacarle. Eso había bastado para arrastrarme hasta aquí.

Caminamos por la plataforma durante un rato y luego entramos a un pasillo. El camino estaba iluminado por mamparas elevadas, pero no podía ver donde terminaba. Los trenes nos rodeaban, interminables. Eran demasiados para servir a una sola ciudad. No había importado en ese momento, pero debí poner más atención a los detalles, de dónde había salido y en qué dirección caminábamos.

No estoy seguro por cuánto tiempo caminamos. No tenía reloj, saqué mi celular en algún momento y noté que no tenía recepción. El extraño se detenía de vez en cuando, a mirar algún vagón por un minuto o dos, pero luego recuperaba la marcha. Me llevó un rato notar que no eran iguales a los primeros. Eran más pequeños, o más grandes. Varios tendrían varios rasgos similares, y luego llegaríamos a otro modelo. No sabía y no sé qué estaba buscando, pero pareció encontrarlo, porque en algún momento rodeamos uno de los vagones y entramos en él.

—¿Ahora vas a hablar?

No hubo respuestas. Suspiré frustrado e imaginé los pros y los contras de darle un puñetazo en la cara, entonces las luces del vagón se encendieron y el motor comenzó a andar.

—¿Qué…?

Me miró casi con un gesto triste.

—No vas a poder regresar.

—¿Regresar a dónde?

Nada, de nuevo. Pedazo de cabrón, cara de piedra. El tren comenzó a moverse, andando en la dirección contraria a la que llegamos. La enorme cantidad de vagones me desorientó. Se detuvo de nuevo. Su rostro ausente comenzó a ajustarse, por un momento tuve la impresión de que realmente me estaba mirando.

—Quédate quieto, guarda silencio. No atraigas su atención.

El tren se detuvo, las puertas se abrieron, una multitud comenzó a entrar. No sé qué noté primero, la ropa extraña, los brazos demasiado largos, con dedos que casi tocaban el suelo, los ojos negros, los rostros angulados, el brillo azulado de su piel. Mis ojos recibieron toda esa información, y por un momento mi cerebro se negó a procesarlo. Cuando por fin lo hizo, apenas y pude detener el grito que se me escapaba. Creí que mi corazón iba a estallar. Creí que yo iba a estallar. Me sentía como una cuerda musical tensada. Mi vista se nubló y vomité un poco en la boca. Me lo pasé de vuelta. Mis instintos me gritaban: Quieto. Silencio. No atraigas su atención.

Ese día es borroso. El metro va, el metro viene, con nosotros adentro. Quietos, sin expresiones, por horas, por días. Era una ruta más larga que la que conocía. Las cosas horrendas a nuestro alrededor, no nos ponían atención. El miedo me dolía. Cuando llegamos a la bóveda de trenes, solos, reventé en llanto. Me tiré al suelo y lloré. El extraño me miraba, impasible.

Cuando recuperé el control de mí, lo miré, le supliqué:

—Llévame a casa, por favor.

—No puedo. No sé cuál de estos podría llevarte de vuelta. Si es que alguno de ellos te puede llevar de vuelta.

Se levantó y anduvo fuera, a la plataforma, me levanté para seguirlo. Se dio la vuelta de inmediato.

—Me has seguido lo suficiente.

Toda la ira que había sentido por él, se convirtió en pánico.

—¿Qué?

Lo sujeté por el cuello. Lo estrellé contra uno de los vagones. Lo sacudí. Quería matarlo, pensé.

—Hijo de perra, ¿qué me hiciste? Devuélveme —supliqué —por favor, llévame de regreso.

—No funciona así. Si nos quedamos juntos, es más fácil que nos noten. Quédate quieto y guarda silencio, creerán que eres uno de ellos.

—¿Cómo pudiste hacerme esto, por qué?

Me miró con tristeza, de nuevo.

—Tenía que, tú lo harás también. Te… atoras, a veces.

Se quitó mis manos de los hombros y comenzó a caminar. Me tiré sobre las rodillas, sin fuerzas y lo miré alejarse. Se dio la vuelta y me gritó desde lejos.

—Perdón.

Me quedé ahí, en el suelo, por mucho tiempo, en posición fetal. Cuando se me acabaron las lágrimas, incluso dormí un rato. Cuando desperté, el tren en el que había llegado había desaparecido, a llevar y traer más abominaciones azules a donde quiera que las abominaciones azules fueran. No hubiera soportado regresar ahí, de cualquier modo.

Intenté regresar, encontrar un vagón que reconociera, pero ni siquiera estaba seguro de en qué dirección había llegado hasta aquí. Caminé por una hora, por otra, por varias. Finalmente di con uno que me pareció familiar; o estaba tan desesperado que me lo parecía. Entré y me senté. Se encendió. Había sido agnóstico toda mi vida, pero en ese momento, recé. El tren avanzó y se detuvo en una parada. Por un momento pensé que estaba a salvo. Gente, seres humanos y yo era el hombre más devoto de este y todos los universos.

Entonces noté los ojos. Particularmente, el tercero, enorme, en el centro de sus frentes. Bueno, dios, a la mierda contigo, pensé.

Eran más fáciles de soportar que el grupo anterior, y estaba agradecido por ello. Su tercer ojo parpadeaba de forma independiente a los otros dos, y eso daba náuseas; eso y que cada vez que alguno de ellos sonreía, se reía o le hablaba a otro, mostraba un juego de dientes aserrado y sin uniformidad, amarillos, verdes, sucios. Si era cuidadoso y selectivamente ciego, podía pretender que todo era normal. Entonces uno de ellos entró con un sándwich y me di cuenta que estaba muerto de hambre; no había comido ni bebido nada en lo que parecían días.

En el siguiente término de línea, decidí ir a buscar algo qué comer. No sé por qué esperé, pero parecía importante llegar hasta allá. Nunca vi al extraño abandonar la estación, nunca lo vi comer o beber, tampoco; pero mi estómago no iba a tomar un no por respuesta. Me llené de valentía, intenté mantener un rostro neutral y anduve fuera del andén. Ahí me detuve, confundido.

Estaba buscando escaleras. Todo lo que vi fueron unos agujeros en el suelo, en los muros, en el techo, algo irregulares. Me sentí en medio de un panal. ¿Qué se suponía que hiciera? ¿Saltar en uno? No hacía ningún sentido, hasta que miré a uno de ellos elevarse, flotando, de uno de los hoyos en el suelo y pasar cerca de mí; frunció el ceño al verme, o al menos me pareció que fruncía el ceño, pero al parecer, lo que fuera que hacía que no reconocieran mis diferencias en el metro, llegaba hasta aquí. No me permitía levitar. Maldije y anduve de regreso al túnel.

Enojado, perdido y muerto de hambre, me contemplé en un destino que, si no era peor que el infierno, era al menos doblemente estúpido y tres veces más incongruente. Mi inteligencia no estaba en su mejor momento, tampoco, lo que explica el error que cometí en seguida. Normalmente, doy la vuelta por pasillos dejando bastante espacio, todo el mundo sabe que si simplemente giras directamente, lo más probable es que termines chocando con alguien. Como me pasó. Choqué contra alguien, una mujer, y di con el suelo. Sin pensar, reaccioné como cualquier otro citadino.

—¡Jesuputacristo, fíjate por dónde vas!

Entendí mi error antes de que ella reaccionara, con ojos enormes y confundidos primero, y cuando me miró bien, horrorizados. Se alejó flotando a toda velocidad y dejó escapar algo que parecía un grito, algo demasiado animal, pero entendí en seguida. Sentí las miradas de otros ciudadanos mirándome, recordé sus dientes, comencé a correr en dirección a los andenes. El metro no había llegado, pero había un pasillo abajo, junto al túnel, de mantenimiento. Seguí corriendo por él hasta que sentí que mi aliento era una puñalada. Me detuve, agitado y miré hacia atrás. El Túnel había hecho una curva. Nadie parecía seguirme. Regresar no era una opción. Seguí caminando, en la oscuridad, por un largo tiempo.

Me recargué en una saliente del muro para descansar. Hambriento y sin esperanzas, después de correr así, me sentía a nada de desmayarme. Tal vez sollocé un poco. Me senté contra el muro, con las piernas flojas y me imaginé golpeando al extraño hasta matarlo con un martillo. Era una imagen relajante.

Escuchaba una rata acercándose en la oscuridad. De vez en cuando, sacudía una pierna para asustarla, pero después de un tiempo, ni siquiera me molesté en eso. Rabia, o cualquier otra enfermedad que pudiera contagiarme, parecía una bendición delante de mi futuro lleno de subterráneos atravesando mundos inciertos. Cuando se me volvió a acercar, a supuse, olfatear mi pierna, no la asusté. Incluso cuando comenzó a tocar mi pantalón, la dejé ser. Entonces un metro pasó, y las luces del carro iluminaron a la jodida cosa que creí que era una rata.

Era parecida a una rata, pero también a una araña. Si alguien hubiera hecho un híbrido entre las dos especies, la cochinada resultante hubiera sido equivalente a la cosa que me toqueteaba la pierna. Grité, me levanté del suelo y la pateé como si fuera un balón, la escuché chocar contra el muro, con un crujido asqueroso. La miré retorcerse un poquito con la luz del último vagón que pasaba.

En la oscuridad, un pensamiento terrible me asaltó. Me pregunté si era comestible. No quería. Imaginarlo me dio asco. Pero tenía hambre, y no había ninguna garantía de que pudiera encontrar comida. Rataraña era mi única opción. Me detuve todo lo que pude, pero al final, la supervivencia reinó sobre todo remilgo. Tenía mi encendedor, pero nada qué encender para hacer un fuego. Arranqué algo de su carne de su cuerpo inmóvil y la cociné un poco con la llama. No ayudó mucho. Nada hubiera podido. Su sabor era sucio. Más sucio que cualquier otra cosa que hubiera probado. He estado así de desesperado muchas veces más desde entonces, y he tenido que comer muchas cosas cuestionables más; pero nada se compara con la rataraña.

En retrospectiva, ese fue el momento en el que me convertí en un extraño. Luché por alcanzar ese estado sin expresiones que antes me había atraído tanto. Lo que había interpretado como calma, era en realidad miedo. Una piedra con bordes, tendrá, a través del tiempo, su superficie pulida por el agua que fluye; lo que me ha pasado, me ha hecho lo mismo. Destripar y comer un monstruo en la oscuridad, en el subterráneo de un mundo que no conocía, terminó de pulirme. Para el momento en que dejé la oscuridad y salí del túnel, mi rostro era inexpresivo, estaba tan vacío como el que me había arrojado a esta realidad.

Eso no fue lo peor. Lo peor vino después, la primera vez que me quedé atorado. El extraño lo había mencionado, pero de momento no le había prestado la atención suficiente. Una noche, al final de la ruta, se me pidió que bajara del tren. Era uno de los mundos más cercanos a lo que yo entendía como normal. La gente era casi humana. Eran naranjas, ok, y tenían joroba, pero además de eso, eran por completo normales. Después de mi última parada, en donde todos eran hermafroditas con seis ubres y un horrible sobrepeso, sin nariz, los tipos naranjas eran casi bellos para mí.

Creí, al principio, que el conductor le estaba hablando a alguien más. Pero era el último en el vagón. Además, le había entendido. Los naranjas no habían dicho una sola palabra que pudiera entender, pero al conductor le había entendido. Cuando me puse de pie, entendí por qué, no me pude parar derecho; tenía joroba y mi reflejo era de color naranja, en el vidrio de la ventana. Deduje todo a partir de eso. Atorado significaba estar atrapado en ese mundo, por alguna razón, y atascarme me convertía en uno de ellos. Habría sido útil si quisiera dejar la estación -que en algunos casos es posible, aunque requiere de un excesivo cuidado y llega a ser abrumador. Los mundos extraños son un tanto confusos. Intentas compararlos con el tuyo, pero las diferencias son tan bastas que sólo terminan enfermándote.

Dejé la estación, estaba claro que esa noche no estaba regresando a la bóveda central (así terminé llamando al lugar lleno de vagones de metro, la zona de intercomunicación) esa noche de todas formas. Ni ninguna otra. Lo que fuera que me permitía no ser notado, se había apagado. Consideré quedarme, brevemente. Pero este lugar no era mi hogar, no podría serlo nunca. Incluso si se ven como yo, incluso si me veo como ellos, su cultura era demasiado extraña para mí. Esa fue una lección que aprendí por las malas. Incluso los mundos donde la gente es indistinguible, están inundados de peligros. Una vez estuve en un mundo en donde la gente se veía justo como yo -bueno, se veían como brasileños, pero eso era suficiente- en donde el gesto que significa “Hola” en mi mundo, aquí era uno de los peores insultos; lo suficiente para que me golpearan hasta casi matarme mientras una multitud observaba todo con aprobación.

Además, incluso si el lugar tuviera una cultura que pudiera seguir, termino por no querer quedarme. Quería una de dos cosas: encontrar el camino de regreso, o encontrar al extraño que me dejó en este camino y matarlo a batazos. No me conformaría con nada más.

Así que quería continuar. No estaba seguro, si podía hacerle a un pobre cabrón lo mismo que me habían hecho a mí. ¿De verdad podía forzar a alguien a vagar como yo? resultó que no tenía qué. Después de unos meses, alguien más me notó, sí, y comenzó a seguirme. Fui muy cuidadoso para hacerlo sentir que yo no lo veía, justo como el extraño había hecho. Me deshacía entre el deseo de advertirle o el de arrastrarlo hasta el final de la ruta, para poder dejar su mundo jodido.

La última vez que me siguió, justo como yo había hecho alguna vez, no reunió los tamaños para sentarse delante de mío. Tan pronto como el tren se detuvo en el final de la ruta, salió corriendo. Esperé, para ver si era suficiente para que el conductor no me viera, no funcionó. Dejé el vagón y el metro despareció a mis espaldas y yo maldije y tuve que continuar ahí. Mientras andaba a la salida de la estación, el joven me atacó con un enorme cuchillo curvo. Para ese entonces yo ya tenía años siendo un extraño, mis reflejos estaban ajustados y respondí.

Forcejeamos, le quité el cuchillo. No sé cómo terminó en su cuello. No quería matarlo, ni siquiera estaba tan enojado, pero recordaba la ira que sentía al ver al extraño de mi historia. Mientras se desangraba, mi propio enojo volvió. Le di una patada. Le di otra. “Imbécil”, patada. “Intentando seguirme”, patada. “Se supone”, patada. “Que intentarías seguirme”, patada. Dejé la escena del crimen, pero no por mucho. Estaba ahí, de regreso, el siguiente día, para subirme al primer metro del día. Esa noche, cuando llegué al final de la ruta, era invisible para el conductor de nuevo. Supongo que puedes matarlos o traerlos contigo, si quieres regresar.

Era invisible de nuevo, pero seguía siendo naranja y jorobado. Me quedé así hasta mi siguiente atasco, mi siguiente asesinato. Fue mucho más rápido. No esperé a que me siguiera. Una vez que me reconoció y supe que era la siguiente, tomé mi decisión. No traeré a nadie más a esta vida.

Hace que me pregunte por el extraño que me trajo. Me pregunte si él se veía originalmente así y si sabía que podía matarme. Me pregunto, si los otros que vi al comienzo de todo esto y los pocos con los que me he encontrado… ¿los matan o se los llevan? Cualquiera que sea su decisión, ¿lo consideran piadoso? No me animo a hablarle a nadie, a preguntar. Estamos malditos, en cualquiera de los casos, y los malditos deben sufrir solos.

He matado quince ahora, me he vuelto muy bueno en eso. He tomado una decisión. Basta de matar, gente inocente, al menos. Antes de regresar en la última vuelta, llené mi mochila con un montón de papel, para escribir esta historia. Una y otra y otra vez, para dejarla en tantos trenes como pudiera. Unos cuantos cientos de mensajes en una botella, lanzados a un océano con rieles. Esta es una solicitud, una advertencia.

Mi solicitud, arriba, que encuentres a mi mamá y le cuentes una mentira; es una mentira piadosa, no te preocupes. Dile que la amo, que estoy intentando volver a casa. Tal vez la calme, tal vez la deje vivir en paz. Me gustaría que fuera verdad, también. Pero aquí está la cosa: he comenzado a imaginarme a mí mismo como Odiseo, perdido y a la deriva, buscando regresar a mi playa. Pero no estoy en el océano. Estoy en un laberinto. Esta es una diferencia importante, porque los laberintos son diseñados, construidos. Alguien o algo hizo este lugar imposible. Alguien es responsable por lo que me pasó. Fui Teseo, más bien. Luego, las extrañas reglas de este lugar me han convertido en una cosa muy distinta al humano que era, y luego en otra, y en otra cosa más. Me han convertido en el Minotauro. Si puedo, voy a derribar los muros e intentaré destruir a aquellos que lo levantaron.

Mi advertencia: sé muy cuidadoso en lugares públicos, de gente silenciosa y sin expresión facial. Mantén tu distancia. Podrían matarte, o peor. Si los ves, corre; lejos, rápido. Más importante: te advierto, te ruego: no llegues al final de la ruta.

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