Capítulo 6

 De regreso, todo el mundo hablaba en voz baja. Había diez de nosotros, pasándonos una botella de Ausbach; tres adelante, cuatro en medio, tres en la caja trasera.

En entrenamiento, cuando íbamos a algún lugar en camioneta, siempre íbamos platicando en el camino. En este viaje, todo lo que hicimos fue pasarnos la botella y un cigarro que Cobb había prendido. Vickers se veía bastante inquieto, le daba largos tragos a la botella mientras miraba a lo lejos.

Nos acabamos tres botellas antes de llegar.

Bajé de la camioneta con un salto y miré el edifico al que tenía que entrar, otra vez. El ejército esperaba que convirtiera este lugar en mi hogar, que me gustara. Aquí, unos hijos de puta que salen en el diccionario para definir la palabra “maldad”, habían asesinado gente, torturándola, golpeándola, practicando técnicas de estrangulamiento y dios sabe cuántas porquerías más. Era de tres pisos. Nadie había bajado al subsótano, ni subido al ático. El techo estaba ligeramente inclinado, supongo que tras años de nieve. Noté unos aros de metal allá arriba y le pregunté a Thompson qué eran.

Los usaban para amarrar las copas de los árboles a la estructura, jalándolas para ocultar el edificio de los bombarderos. Entendí entonces por qué los árboles se amontonaban contra el edificio. La nieve llegaba casi hasta las ventanas, unos tres metros de altura.

De pie ahí, mirando la fachada, miré como las luces de uno de los cuartos se encendía y se apagaba.

El otro CUC se estacionó. Siluetas. Probablemente era el único que las había visto. Encaminamos hacia la entrada, no como hombres y mujeres que regresaban a casa, sino como reos camino a ser fusilados.

Todos estábamos estresados. Tal vez no fuera un técnico médico, pero soy capaz de reconocer cuando la gente ha atravesado su punto de quiebre. Todos estábamos viendo y escuchando cosas que no debían de estar ahí o que era mejor que no estuvieran ahí.

La sala comunitaria estaba fría y oscura. Le llevó a Carter tres intentos encender las luces. El capitán Bishop no dijo nada y anduvo a abrir una botella de Bacardi 151. Todos lo seguimos. Thompson comenzó a repartir botellas. Me quedé con dos botellas de Wild Turkey. Era mucho más de lo que necesitaba; mierda, no había bebido tanto desde que los polis me aventaron de cabeza en la correccional.

Todos comenzamos a contar cosas y eventualmente, a comernos las provisiones. Teníamos mejor comida, pero las MRE nos parecían bien. Todo el mundo contó cómo cayó de la gracia: Yo había llegado aquí con esposas puestas, Thompson había sido un E6 capaz de dejar a otro soldado tan mal, que el pobre cabrón fue atendido antes que una parturienta; Cobb había sido el sospechoso principal de un caso de homicidio y el Capitán Bishop le había esculpido una nueva cara a puñetazos a su comandante de brigada, por llamarlo negro; Vickers había sido atrapado cogiéndose a la esposa de su superior y Stokes se había emborrachado y había estrellado una unidad, matando a un soldado en un choque de frente. Yo era el más joven, el que me seguía tenía 22. Estos cabrones se habían metido al ejército mientras yo todavía estaba sintiendo bonito en la preparatoria.

Todos éramos criminales. Si las unidades de reos todavía existían, éramos nosotros.

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