En cuanto papá regresó del ejército vendimos la casa y nos mudamos. De camino a nuestro nuevo hogar, el carro pasó frente a un huerto de árboles cargados de manzanas. Aún recuerdo el olor empalagoso de la composta y la madreselva. Tardamos casi un año en visitar el lugar. Papá no entendía cómo era posible que se cultivara tanto en un espacio tan reducido y un suelo tan inclemente; había crecido en una familia granjera del sur, donde el suelo era mejor y tal vez eso lo hacía mirar el lugar con algo de envidia.

El dueño del huerto tenía un enorme granero en el que pasaba la mayor parte de la temporada de cosecha, aunque sólo una parte del mismo estaba abierto al público. Se te daba la opción, como cliente, de ir recoger las manzanas tú mismo, cada canasta costaba algunos dólares, o de tomar una llena por un poco más. Los trabajadores ganaban bien por hacer eso. Casi todos los clientes se decidían por ir a bajar las manzanas, con excepción de algunos ancianos, incapaces de soportar el calor.

Siempre que íbamos a recoger fruta, había trabajadores en el campo, la mayoría indocumentados, casi todos con sus hijos. Fue así como me amigué con Julián, uno de los muchachos que iban ahí con su familia. Sus padres no hablaban mucho inglés y durante el espacio más caliente del día, jugábamos. A veces pateábamos una pelota, pero lo más divertido era jugar a las escondidas entre los árboles y los arbustos, en donde las ramas se juntaban tanto que incluso un niño como nosotros llegaba a atorarse.

Por una temporada de cosecha o dos, fuimos grandes amigos; luego sus padres se lo llevaban, a perseguir el trabajo a algún otro lugar. Luego de una sesión memorable de escondidillas le regalé a Julián un collar que le había pertenecido a mi abuelo. Era una punta de flecha que había encontrado cuando era joven y en la que había tallado las iniciales de mi abuela cuando la había comenzado a cortejar. Se lo quedó. Los siguientes dos años lo llevaba puesto cuando venía el pueblo y nos veíamos. Jugamos juntos una última vez ese año. Supongo que debí verlo venir: los indocumentados ya no abundaban.

No volví a ver a Julián y cuando los indocumentados dejaron de venir, el propietario traspasó todo y se fue. Me enteré de todo esto cuando mi padre y yo pasamos por el lugar hace algunos meses. No encontramos ningún árbol; la tierra de la propiedad estaba aplanada y desierta. Al pasar los años, varios propietarios habían ido a la bancarrota y traspasado, al parecer ninguno heredó el toque del dueño original y luego alguien decidió que ahí no podía sembrarse nada.

Volví en otoño. Caminando por donde estaba el huerto, noté un montículo que se distinguía del resto del terreno. Pasé el pie varias veces por encima y desenterré una pila de basura. Había pequeños zapatos, ropas y toda clase de pertenencias. En el fondo, reconocí una punta de flecha. Le sacudí la tierra:

SJH

ARL

que nuestro amor sea tan infinito como las temporadas.

Le regalé el collar a mi hijo, nunca regresé.

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