He visto demasiadas cosas. Algunas me dan más orgullo que otras. Cuando era un muchacho no había una jodida cosa que pudiera saciar mi apetito por el mundo a mi alrededor. Tenía que poner mis manos encima de todo lo que tuviera a mi alcance, desarmarlo, estudiarlo. Fue mi curiosidad la que me metió en los problemas más grandes de mi juventud.

No podría haber tenido más de seis años… fue en el otoño de mil novecientos veintiocho. Varios niños y yo, habíamos pasado toda la tarde jugando a las escondidas. Le tocaba buscar a Denny Louis, y ese muchacho un puto sabueso… así que tenía esta idea de encontrar un escondite a la altura. Recordé el piso alto de nuestro granero y me imaginé que podría ocultarme entre las pacas de alfalfa, tal vez incluso acomodar algunas para construirme un fuerte. Denny comenzó a contar desde el cien y yo arranqué hacia allá. La brisa me cosquilleaba en la cara, olía a cosecha.

Pasé las enormes puertas de color rojo y mis ojos aterrizaron justo en la mamá de Denny Louis, recostada en el suelo, sobre su cabello, con mi papá encima. Intentaban levantarse, pero no podían. No tenía idea de lo que estaba viendo. Lo sabría luego, cuando tuviera catorce y yo y Sandra Hannigan nos refugiáramos ahí mismo: ella se escurriría el agua del cabello y me encontraría mirando sus pezones, asomados por el frío y la humedad; un vestido de flores amarillas del que no se separaba, piernas cremosas y llenas de pecas, abriéndose despacio, como un durazno maduro; ahí, entre el aroma de la lluvia y la mierda de caballo, hice el amor por primera vez.

—¿Pá? —mi voz hizo un eco que chocó con las paredes de madera. Mi viejo se dio la vuelta y me miró como atrapado en infraganti, con las manos en el tarro de galletas precisamente eso era lo que estaba pasando. Se levantó de encima de la señora Louis y anduvo hacia mí.

—¿Qué haces aquí, mijo? —habló despacio y tranquilo.

—Estábamos jugando a las escondidas, pá; me iba a esconder allá arriba.

—¿Sí?, No le vas a decir a nadie sobre lo que viste, verdad, mijo? —pude sentir la ira alzándose por detrás de su voz, alzándose despacio; pero yo era un muchacho curioso y jamás me enteraba de cuándo debía parar.

—Bueno… ¿pero qué hacían, pá? —Sus ojos se detuvieron encima de mí, adoptaron un gesto nuevo para mí, turbio e inmóvil, como dos gotas de petróleo brillando en un día soleado. La señora Louis seguía detrás de él, se había levantado y se estaba acomodando el vestido, sacudiéndose las ramitas de alfalfa de su largo y dorado cabello. Estaba distraído mirando a la señora Louis y no lo vi, andando al muro donde tenía las herramientas, levantando una pala pesada y vieja.

—¿No le vas a decir a nadie, verdad mijo? —repitió con ese ritmo lento que siempre usaba cuando estaba furioso, pero yo, siendo el niño tonto y curioso que era, no me enteré de que debía de parar.

—Pá, qué era lo que… —mi mejilla izquierda explotó de dolor y caí al suelo en un vuelco patético. Mi visión se quedó en blanco, ardía, el sonido se volvió hueco y lejano, como si el mundo de pronto me hablara desde una tubería muy larga y lo transformara todo en la distante voz de un fantasma. Podía escuchar a la señora Louis gritando y podía escuchar, también, el largo y bajo silbato de un tren, lejos. Podía ser mi imaginación, pero en mi vida he aprendido que las coincidencias no existen. Escuché el silbato tan claro como escuchaba los gritos de la señora Louis, o los suaves gemidos de Sandra Hannigan mientras los truenos se abrían paso en el cielo gris de primavera y la áspera respiración de mi padre encima de mí recobraba fuerzas para levantar la pala de nuevo. Esa fue la primera vez que escuché el tren, lo juro por dios.

—No vas a decirle a nadie, ¿me oyes?

—Pá… yo…

La pala cayó sobre mi pecho. Escuché como mi interior crujió como madera seca. Intenté levantar mis brazos para protegerme, pero se doblaron como papel, con la fuerza de un nuevo golpe. Me atreví a levantar las manos de nuevo, ´sólo para ver mis dedos retorcidos y ensangrentados. La señora Louis ya no estaba gritando; apenas balbuceaba, como si estuviera delante de un fantasma. Mi padre se volvió hacia ella y la señaló con la hoja goteante de la pala.

—¡Cállate perra, cállate con un carajo! —su voz era la de un dios enojado. Mientras él estaba distraído, intenté alejarme arrastrándome. Mis dedos molidos jalaban la paja y la tierra, para nada; mi padre me tomó de una pierna y me lanzó contra la escalera que iba hacia el alto del granero.

—Es sólo un niño, Clay… sólo un niño —seguía balbuceando la señora Louis —no hizo nada malo.

—¡Dije que te callaras! —ordenó de nuevo, con ese tono profundo de dios enojado. Dejó caer la pala de nuevo. Escuché otro crujido adentro de mí. De nuevo, el silbido del tren: lejos, pequeño, apenas el chillido de un ratón. Me dio la vuelta con un pie y me habló de nuevo.

—¿Le vas a contar a alguien, mijo? —su voz se había calmado, pero la ira seguía recorriéndola, como un rio subterráneo, intenso y furioso. Uno de mis dientes se desprendió adentro de mi boca y cayó en el fondo de mi garganta. Una pequeña fuente de vómito y sangre molida regurgitó de mi boca al toserlo. Como un muñeco con los gozones doblados, di vuelta a mi cabeza y lo escupí.

—N-n-o… pá… a nadie.

—Bien. —Mi papá tiró la pala al piso, me levantó en brazos y me levantó como un saco de papas. Su voz cambió de inmediato a una preocupación legítima, la de cualquier buen padre.

—¿Estás bien, mijo? Te diste un buen golpe cayendo desde allá arriba… ¿verdad, Janice? —Se dio la vuelta para mirar a la señora Louis, conmigo en los brazos. Su cara estaba roja y empapada de lágrimas. Asintió sin voluntad.

—Sí, sí… ¿estás bien, Daniel, estás bien, mi niño? —se acercó a tropiezos y con manos temblorosas, intentó acariciar mi cara, buscando alguna parte donde su tacto no me doliera. Mi papá me lanzó a sus brazos.

—Llévalo a la casa y a la cama, dile a Martha lo que pasó… Iré al pueblo a buscar un doctor, ¡ya! —La señora Louis me apretó contra sí y corrió de vuelta a la casa, con mi mamá, a ponerme en cama hasta que el doctor llegara. Antes de desmayarme, recuerdo el sonido de la respiración agitada de la señora Louis, corriendo a través del campo. El olor de la cosecha me llenó la nariz. La señora Louis se disculpaba en voz baja y queda; a la distancia, allá, lejos, me pareció ver un pequeño punto negro, creciendo y creciendo.

El doctor vino y se fue, no me di cuenta. Estuve inconsciente todo ese tiempo. La cadera y tres costillas rotas, una dislocada, una fractura de cráneo y dos dientes perdidos; cuatro dedos y una muñeca fracturados, raspones incontables. Otras secuelas aparecieron después. Perdí el oído derecho y buena parte de mi cara. En un buen día, y puedo decir que tuve muchos de ellos, cojeaba ligeramente… en uno malo, no podía moverme. Mi mano izquierda se trababa de vez en cuando, dejándome sin un carajo de dedos. Me acostumbré. Pá nunca fue descubierto y el hecho de que la señora Louis nunca volviera de nuevo a la casa, sólo significó que ella tampoco diría nada. Todos continuamos con nuestra vida.

Viví lo mejor que pude, por casi diez años, antes de escuchar ese silbato de nuevo. Ahora, no era raro ver o escuchar un tren cerca de la granja: había una vía a no más de una milla de la puerta de mi casa, pero este tren era distinto. El silbato no sonaba normal. Era como el llanto de un conejo, uñas pasando por un pizarrón y vapor saliendo de una tetera, todos juntos. El sonido era capaz de entrarme muy dentro y provocarme escalofríos. En pocas palabras, no era lindo.

Tenía dieciséis y vivía como mis padres, pelándome las manos a puro trabajar la tierra. Pasé algo de tiempo en lo que luego mi esposa llamaría “la escuelita”, pero dejé de ir tan pronto como mi maestra decidió que era un caso perdido. No lo era… sólo que prefería dedicar mi tiempo a leer o desarmar algo, o ir a algún lugar que no conociera. El mundo era mi jardín de juegos y yo quería jugar, pero la idea de dejar a mi mamá con el viejo me asustaba; le debía al menos intentar quedarme cerca, intentar protegerla. Lo que mi padre me hizo fue solo la punta del iceberg, comparado a todas las cosas que le hizo a mi madre. Me recuerdo acostado, escuchándolos pelear por la noche. La fuerte voz de mi padre, interrumpida sólo cuando un cristal se estrellaba, o el limpio eco de la carne contra la carne nacía de algún lugar. Mamá estaría en la cocina al siguiente día, con algunos moretones, tal vez una cicatriz o dos. Nunca se quejó. Estaba claro para todos, pero nadie hizo nada nunca. Así eran las cosas.

Recuerdo que fue una noche muy placentera, en verano. Húmeda, si se es exigente. Había estado en el porche, mirando las estrellas, escuchando a las criaturas nocturnas comenzar su rutina. Desviaba la vista al granero: un mausoleo bajo la pálida luz de la luna; un altar de pesadillas… dolor, amor perdido y el trabajo duro de todos mis antepasados, muertos encima de esta tierra antes que yo. Mi mente vagaba entre las memorias de Sandra Hannigan, que en paz descanse, y una pala, cayendo, cayendo, como lo hacen los pistones, de una locomotora; a mi mente le gustaba vagar así antes, me apeteciera el viaje o no, ha sido así hasta hoy.

Recuerdo a mi padre manejando su camioneta en trompicones, envuelto en la momentánea magia del abrillantador que le daban por licor, donde Jimmy McGruder. Lo que arde color azul te quita lo azul de encima, mijo, me decía siempre. Sabía entonces que estaba listo para golpear lo que tuviera a la mano, y me iba a ocultar al cuarto. Antes de alcanzar el segundo piso me detenía al escuchar la voz que detenía el mundo, como lo hacen también los relámpagos a la media noche.

—¡Martha, Martha! Ven aquí y recíbeme como lo haría una buena esposa—. Gritaba con la lengua pisada, sílaba por sílaba, el tarro en su mano, chorreando el alcohol por el suelo. Mi madre iba entonces y lo recibía a su contentillo. Un beso, recibir su abrigo. Mientras ella iba a dejarlo al perchero él la alcanzaba de la cintura y se la repegaba al cuerpo. Mi madre, lo admito, era una mujer atractiva, pero esta vida le había rebajado el brillo de los ojos, la soltura de los pasos y el baile que sus labios hacían al hablar. Nuestros ojos se encontraban poco, un breve momento lo explicaba todo.

—Ve a la cama, amor… tal vez no sea tan malo hoy, sólo… sólo ve a la cama amor.

Siempre fue peor. Logró superarse cada noche. Ella siempre cedió. Temía que se fuera. Las cosas que hizo para que yo pudiera comer… ruego hasta hoy porque por fin sonría allá arriba, mientras él se pudre en el infierno. Mi mente se columpia entre su rostro y el de Sandra Hannigan, busca rasgos en común, ¿habrá callado así su sufrimiento, su dolor?; ¿dejó también que la tomara cada noche, o arañaba y mordía hasta que no le quedaban fuerzas? No lo sé. Que en paz descanse. Ruego también por ella.

Escalé las escaleras a mi cuarto, intentando bloquear la respiración difícil de mi papá borracho y los gemidos complacientes de mamá. Me recosté e intenté dormir, irme de aquí para regresar mañana y permitir que todo esto pasara de nuevo. El sueño logró encontrarme. Soñé un sueño que me persiguió por años, que creció y se llenó de detalles con cada hoja arrancada del calendario. Mi papá, de pie delante mío, con su pala; sus ojos llenos de la furia de dios, negros, la pala, el impacto. Cuando abro los ojos, Sandra Hannigan está delante mío. Su piel, otrora suave, está ahora engusanada y podrida. Su cabello aún es rojo, tan oscuro como la sangre; una llaga profunda y negra atraviesa su cuello. No puedo dejar de verla. Levanta su vestido y me muestra lo que queda de lo que un día fue una visión memorable. Me habla. Su voz es clara, crujiente:

—Me amas, ¿verdad Daniel?

Chug, chug, chug chug, se escucha, metódico, lejos. Sandra abre su boca, sus mejillas se separan en un gesto grotesco y una sonrisa floja, me habla una vez más: no puedo entender lo que me dice, el sonido hace que las tripas me tiemblen, me atraviesa, me congela hasta los huesos: un silbato.

Despierto sudando. Mi camisa y mis calzones están empapados, pero no ha sido el sueño lo que me ha levantado. No, es un vacío en el estómago. Salté de la cama, me puse los pantalones y bajé rápido las escaleras, casi tropezándome en el último escalón. Pude ver a mi papá dormido en la poltrona de la sala. El tarro, cuelga de su mano, vacío. La luz de la luna entra por la ventana y hace brillar una línea de baba desde su boca abierta, por su cabeza inclinada de la forma en la que siempre la inclina al dormir saciado. Me puse los zapatos y salí de la casa, hacia la letrina.

Siempre han existido historias sobre puercoespines que entran a la letrina y asoman por el agujero, atraídos por la sal acumulada del sudor y todo lo demás, pero no puedo decir que alguna vez haya visto uno. Un mapache se cayó ahí dentro una vez, el pobre se ahogó entre la mierda y la orina de una pequeña familia granjera. Triste, de veras. Hace años que ese agujero está tapado. Me relajé y dejé que mi cuerpo hiciera lo suyo. Casi me quedo dormido ahí dentro, pero algo hizo que casi me cayera. Un silbato. Bajo y vibrante, primero, creciente, luego; cómo es que el mundo sigue dormido. Cientos de voces. Me limpié y salí. Ahí estaba. Bajo la luna. A no más de un kilómetro de distancia de donde estaba parado, inmóvil, en las vías.

No había ninguna estación de cambio cerca. Campo abierto. No había motivos para que estuviera ahí. Lo he dicho ya: era un niño muy curioso. Algo que me había estado persiguiendo por más de diez años valía más que la pena. Arranqué a correr, la curiosidad y el miedo me abrazaban el pecho. Quería regresar a la casa, decirme que estaba soñando, pero mis pies continuaron en la misma dirección. Gracias a dios por la luna llena de esa noche; todo se veía claro. Entendí que era toda de color negro. El humo de la máquina se elevaba al cielo, confundiéndose con las nubes y bloqueando la luz. Cuando estuve delante, las estrellas no podían verse. Me incliné para recobrar el aliento.

No se parecía a ningún tren que hubiera visto. Era negro, por completo negro. Era tan negro que me dolían los ojos si lo miraba de lleno. La mayor parte de los trenes que pasaban por aquí llevaban carbón y piezas de repuesto a alguna parte. Este era un tren de pasajeros. El interior de los vagones estaba tapizado de color rojo. Los pasajeros… la gente de las ventanas, miraban hacia el frente, con los ojos abiertos. Un par de ellos me miró mientras pasaba, sus ojos eran grises y tristes. Seguí caminando hacia la máquina, hasta que lo vi. No estuve seguro al principio, pero no me restaron dudas, era mi viejo.

—¡Pá! —le grité, pero pareció no escucharme. —¡Pá, hey, papá!

Vi que la entrada al vagón estaba abierta. La luz se desparramaba hacia el sueño. Tenía que subir. ¿Qué estaba haciendo ahí?;¿qué cree que está haciendo? Puse un pie en los escalones de metal del tren, sólo para ser empujado por una silueta que apestaba a quemado. Era un hombre. Su uniforme estaba sucio de carbón y el cabello, largo, gris y grasiento, le asomaba de debajo la gorra. Me miró con desprecio, y luego sonrió.

—No te vas a subir, mijo… —Su voz sonaba ligera, pero carrasposa. —No tienes boleto. —Su risa crujía como la madera. —¿Porqué querrías subirte, de todas formas? —No había dejado de sonreír. Sus dientes eran blancos, su sonrisa era ancha y amenazante. Sentí que volvía a ser el niño en el granero.

—M-m-mi pá está arriba, tengo qué hablar con él —Se carcajeó.

—Mijo, los pás de mucha gente están en este tren. No hay boleto, no hay paseo. —Aplaudió con sus manos engrosadas por un par de guantes, el polvo saltó.

—Por favor… yo…

—¡No hay boleto, no hay tren!

Comenzaba a enfurecer. Entonces pude verlo bien. Su piel era pálida como una hoja de papel, sus ojos brillaban como los de un perro.

—Vete de aquí, mijo, no regreses hasta que tengas tu boleto.

Sus dientes estaban afilados. No me avergüenza decir que estaba asustado. De hecho, me oriné encima, ahí mismo. El siguió riéndose con esa risa crujiente suya.

—Diamantes, perlas, ópalo y jade —Cerró las puertas de un golpe después de subir. Los pistones comenzaron a andar, chug, chug, chug, chug. El humo se oscureció. Olía a huevos podridos, como a los animales muertos en la carretera. Me quedé ahí, encima del charco que había hecho, mirando cómo el tren se alejaba lentamente. El conductor sacó la cabeza de la ventanilla de la máquina.

—¿Qué tal la próxima, Danny boy?

Sus ojos brillaron. Dejó sonar el silbato. Era un grito. Acero hirviente y almas en llamas. Gritos. Gritos saliendo de la enorme bestia de color negro que se alejaba despacio de mí.

Caminé temblando de vuelta a casa. Tenía miedo. No sabía si estaba soñando. La luna volvió. Las estrellas titilaron allá arriba, de nuevo. Empujé despacio la entrada de la casa. Rechinó en protesta, pero no me importó. Fui a la sala, esperando que mi pá no estuviera, pero ahí estaba, sentado. Me acerqué a él, toqué su cara con las manos. Estaba helado. La línea no era de saliva, era de vómito. Para el mundo, mi papá estaba muerto, bien muerto, ahogado en su propia inmundicia. Vi al demonio esa noche. Se llevó a mi papá en un paseo lento y furioso, hasta el infierno. El funeral fue como cualquier otro. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo; un hombre enterrado en campo santo, sin que nadie, excepto mamá y yo, supiera más. La miré cuando comenzaron a bajar el ataúd en el agujero. Tenía esta pequeña sonrisa en su rostro, sin lágrimas, sin ansiedad. Sólo una pequeña sonrisa. Era libre.

Vendió la granja unos años después.

—Quiero ir a la ciudad… dejar todo esto atrás. —Quería irme también, pero debo admitir que extrañé el lugar cuando por fin desapareció; sé que ella también. Era una vida tranquila, una vida digna; pero ella no podía soportar quedarse en la casa en donde los recuerdos andaban libres y se ocultaban en cada rincón, en cada sombra, susurrándole, hablándole del viejo con el que quemó su vida.

Era el año de mil novecientos cuarenta y dos. El mundo estaba en guerra y yo no podía hacer nada, excepto trabajar en una ensambladora de artillería. Fui rechazado por mi condición física. Escuché como los amigos con los que había crecido se fueron, a luchar por la libertad y volvieron en cajas. Supongo que fui afortunado. Mi madre tomó una plaza en la misma ensambladora que yo. Estábamos viviendo en Boston, con mi abuela, y la vida era, de hecho, buena. Me gustaba estar con la vieja, aunque ella siempre me mirase como si fuera un leproso. Le recordaba demasiado a mi padre. Lo odiaba por lo que le había hecho a mamá. Las golpizas eran un secreto, pero él se la había arrebatado; una noche tras otra.

Mi hermana no había tenido una oportunidad en el mundo, pero yo la tuve. Me odiaba por todo lo que representaba. Un granjero calenturiento, de vuelta de la guerra. No fue hasta que comencé a invitar a Claire a la casa que comenzó a tratarme un poco mejor. Tal vez por fin pudo ver que yo no era mi pá, o tal vez sólo se hizo senil. No lo sé.

No puedo decir que no amara a Claire. Era una mujer maravillosa. Pero sé que siempre vi mucho de Sandra en ella. Ese cabello de color rojo y esos ojos verdes y oscuros. Tal vez era la forma en la que por fin sufría la pérdida de un amor hace mucho perdido, o la culpa de nunca haber huido con ella. Tres metros de cuerda… es curioso como algo tan simple puede borrar a alguien de tu vida. Amé a Sandra, muchísimo. También su papá, demasiado. Probablemente rezaba por verme aparecer una noche en la ventana de su habitación. Llevaba adentro suyo. Algo que dios olvidó nombrar. Ella hubiera querido llevar algo hermoso, pero no pudo ser. Pobre Sandra. Dios la tenga en su gloria. La amé, pero amé también a Claire. Tal vez no de la misma forma, pero igual, la amé.

Nos casamos en una ceremonia cursi en mil novecientos cuarenta y cinco. La guerra se había terminado. Nuestros muchachos volvían y ahora el mundo se temía un poco más a sí mismo. Los rojos estaban en todas partes, llegaron diciendo. No sé. Los hombres, hombres son y son siempre sus juguetes los que terminan hiriéndolos y matándolos. Encontré trabajo como mecánico, Claire se hizo maestra. No había mucho dinero, pero no nos quejábamos. Teníamos un departamento para nosotros y nos teníamos. No necesitábamos preocuparnos por mucho más. Hasta que un día, regresé del taller y ella estaba esperándome.

—Hola amor. —Rocé su oído y besé su cuello como hacía siempre que regresaba.

—Estoy retrasada.

—¿Qué?

—Estoy… retrasada.

—No te entiendo. —Tomó mi mano y se la puso en el abdomen. Sentí como si me cayera encima una paca de alfalfa. —Estás…

—¡Sí… sí! —se había aguantado la sonrisa y las lágrimas hasta ese momento.

—Voy a ser…

—Ajá.

Mi hijo nació el veinte de Diciembre de mil novecientos cuarenta y nueve. El más bello que haya visto en mi vida. William Hudson Bronson. Cargó mi apellído, como yo había llevado el de mi padre. Estaba determinado a rodearlo de todas las cosas que yo nunca había tenido, pero no había mucho dinero antes y no era muy distinto ahora. Mi abuela había muerto dos años antes del nacimiento y mi mamá estaba viviendo sola, pero se maravilló de conocer al pequeño Billy B. Lo amaba con todo lo que podía amarlo. Me hizo bien verla tan feliz.

Billy habría cumplido un año cuando me enteré de que nuestra antigua casa estaba en venta. Mi mamá me extendió un cheque con todo el dinero que había estado ahorrando durante los últimos diez años. Me dijo que sería bueno volver a casa, regresar a mis raíces, criar a Billy como yo había sido criado. No creía que eso fuera tan buena idea. Sabía que todos los recuerdos estarían esperándome ahí, ocultos entre las sombras, aguardando el momento de que bajara la guardia para poder estrangularme.

—Cualquier fantasma que esa casa pudiera tener, ya no está… —dijo ella. ——Era una buena vida. Sé que fue muy dura, demasiado dura a veces… pero está en tu sangre, Daniel. No te gusta ser mecánico ¿o sí?, te pican las manos por volver a la tierra, mirar el fruto de tu trabajo florecer.

Me picaban. Extrañaba la vida de campo, pero no estaba seguro de cuánto extrañaba mi vida de campo. Dejamos a Billy con mi madre, mientras Claire y yo tomamos un camión para ir a visitar a los viejos fantasmas. El pueblo había crecido un poco. Ahora contaba con todo lo que cualquier familia moderna pudiera llegar a necesitar. Cuando por fin llegamos a la vieja granja, mis ojos se clavaron en el granero y un escalofrío profundo me cimbró todos los huesos.

—¿Estás bien? —Cuando Claire se preocupaba por mí, su voz era dulce.

—Alguien caminó sobre mi tumba, creo.

El hombre que había comprado la granja era un yuppie que había intentado calar la vida de granja. Nunca se acostumbró a vivir sin las amenidades de estos tiempos: la casa ahora tenía luz eléctrica, agua potable y estaba repleta de herramientas de granja, sin contar que había sido completamente redecorada. Ya no era mi casa. No lo había sido durante un largo tiempo.

Después del tour, nos subimos al carro y Claire escupió su opinión de inmediato.

—Debemos comprar esta casa.

—¿De verdad lo crees?

—De verdad. Puedo trabajar en la escuelita del pueblo. Tú puedes ganarte la vida aquí, cosechando maíz, criando vacas y haciendo todo lo que hacen los granjeros.

—¿De verdad quieres vivir aquí? —quería regresar, pero había demasiadas voces gritando que no lo hiciera.

—Sí. —me miró fijamente. Sabía que terminaría haciéndome ceder. Tenía ese poder especial sobre mí.

—Está hecho… es nuestra…

Nos instalamos y comenzamos nuestra nueva vida con el pie derecho. La tierra estaba bien, la milpa crecía como hierba mala y a Billy parecía gustarle el aire limpio. No fue mucho después de nuestra segunda cosecha que Claire se retrasó de nuevo. Nuestra nena, Esther May Bronson, nación en el verano de mil novecientos cincuenta y tres. Era el vivo retrato de su madre, una rebanadita del sueño americano.

Me descubrí caminando sobre las vías del tren de vez en cuando. No sé qué era lo que esperaba ver. Tal vez era mi propia forma de intentar sacarle algún sentido a algo tan increíble. Nunca le dije nada a nadie. Ni una sola vez. El diablo y su jodido tren se convirtieron en mis secretos. No estaba loco. Recé al señor por no estarlo. Algunas noches podía escuchar el aullido perforando la calma de la noche: chug, chug, chug, chug, lentamente, arrastrando a la bestia metálica por las infinitas vías de acero. A veces, puedo jurarlo, podía escuchar los gritos, debajo del silbato.

Tuvimos una buena vida. Billy fue convirtiéndose en un hombre delante de mis ojos y Esther fue floreciendo en una muchacha bellísima día con día. Era mil novecientos sesenta y ocho. Otra guerra estaba comenzando al otro lado del mundo, pero no me importó mucho hasta que Billy vino y me dijo que se había anotado en la leva. Quería pelear por su país. Claire sufrió el colapso que supuse que tendría, pero él se había decidido y que lo llevara el demonio si alguien iba a conseguir cambiar su opinión. Recibimos sus cartas cada semana, cada semana respondimos.

El sueño regresó, habían pasado décadas: El pie de mi papá encima mío, la pala sobre sus hombros de gorila, sus ojos ardiendo como carbón vivo; La pala baja y abarca todo cuanto sé del mundo, antes de que la escena se derrita y me encuentre con Sandra, mi amada Sandra del granero; mostrándose para mí en la forma hermosa y terrible que sólo pueden adquirir los viejos fantasmas.

—¿Me amas… Daniel?

—Sabes que sí. —Sus labios podridos forman una sonrisa. La grieta que la atraviesa de palmo a palmo se abre para revelar un vacío sin final; de esa oscuridad viene un aullido que crece y crece, hasta convertirse en un coro espantoso de gritos enloquecidos.

Desperté. Mi sudor se sentía como plomo y empapaba mi pijama. No quería usar el baño. Era el silbato. Cortaba la noche, me llamaba, como llama el arrecife al marino. Me levanté con cuidado de la cama y anduve sin hacer ruido hasta las escaleras. Cada paso hacía crujir la madera bajo mis pies. Me puse los zapatos, salí por la puerta frontal y comencé a correr. El viento otoñal me fue helando la cara. Mi mente se estremeció entre memorias que despertaban de los rincones de la casa, de mi mente, extendiendo las garras, tratando de detenerme, de sofocarme.

Era el mismo de hace años. El humo se elevaba de la chimenea, caía pesado al suelo y convertía el alrededor de la máquina en una burbuja de obsidiana. El ojo profundo y enorme del faro pareció saludarme mientras comenzaba a rodear la hilera de vagones. Ahí estaba. Con los ojos más espantosos que hubiera conocido durante mi vida.

—Diamantes, perlas, ópalos y jade, jejeje, Danny-boy ha vuelto, sin boleto, me temo. —Su voz me amedrentó, como siempre, pero soporté.

—¿Por qué estás aquí?

—Ay, ay, ay, ay, mi querido Danny-Boy, todos tenemos un trabajo qué hacer, jajaja, ¡este es el mío!

—¡Por qué estás aquí! —Fue en ese momento que pude escuchar el timbre fantasmal, lleno de una ira plana y tranquila que mi padre usaba conmigo, viniendo desde el interior del vagón.

—¿Pá? —Bajó las escaleras. Envuelto en su uniforme de combate, confundido por completo. —Pá…

—…Billy. —La palabra se me atoró en la garganta y se rompió antes de que pudiera salir completa. Corrí y lo sujeté entre mis brazos, sin querer soltarlo nunca. —Billy, ¿por qué estás en este tren?

—No sé… mi escuadrón y yo estábamos atravesando la jungla, entonces vi este flash… y desperté en este tren… ¿qué estás haciendo aquí?

—No tengo una idea muy clara… —sonreí amargo. Lo abracé de vuelta, fuerte. —Qué bueno verte, hijo…

—¡Ah, conmovedor!, tienes cinco minutos, Billy-Boy… —el demonio se subió al vagón y anduvo hacia la máquina. Una vez que entendí que se había ido, tomé a Billy de la mano e intenté llevármelo.

—Vámonos, hijo, tenemos que llevarte a casa. —Me soltó.

—No.

—Billy.

—Papá… si esto es lo que todos ahí adentro dicen… entonces no puedo irme. No puedo, pá.

—Podemos irnos a casa ahora mismo, decirle a tu má que regresaste y…

—No. Pertenezco aquí. Quién sabe… tal vez este tren no vaya solo al infierno… tal vez se detiene antes, en alguna otra parte; quién sabe.

—Billy yo…

—Pá, he hablado con algunos de los compañeros que han logrado regresar a casa… tienen problemas… otro tipo de problemas. Mejor muerto que torcido y jodido de la puta cabeza… disculpa mis groserías.

—Está bien, mijo… —nos quedamos ahí, sin hacer ni decir nada, mirándonos, intentando encontrar algo más qué decir.

—¡TOOOODOS A BORDO!

—Te amo.

—Te amo.

Adiós.

 La bestia de metal negro se alejó de mí una vez más, aullando por esas interminables vías de acero. Levanté una de mis manos para despedirme de mi hijo mucho después de que el tren hubiera desaparecido y ahí la dejé, hasta que el aullido se hubiera convertido de nuevo en el silbido del viento. Miré. Recé. Justo como todas las semanas, recibimos una carta. Esta vez no era de Billy. Claire estaba destruida. No salió de la casa en días. No paraba de llorar, no debía haber dejado que se fuera, me reclamaba y le reclamaba a dios. Debió haberlo mantenido a salvo.

Me dejó a menos de un año de eso. Me dijo que no podía soportar mirarme, que le recordaba a Billy. También me odiaba, lo sé. No pude unirme a su pena, en su dolor: pude despedirme, darle vuelta a la página. No la culpo por odiarme, pero jamás le perdonaré haber alejado a mi hija de mí; ese fue un castigo cruel. No las he visto en años. Muchos años.

Hice lo mejor que pude. Intenté vivir de la mejor manera que pude, con lo que tenía. Fui un buen padre, fui un buen hijo y fui un buen esposo. Nada de eso significa más que un puño de frijoles, a la larga. Puedo escucharlo ahora: el aullido. El aullido en la oscuridad. Me está llamando… he visto muchas cosas en mi vida. Algunas me dan más orgullo que otras. Cuando era un niño, no pude saciar mi curiosidad, nunca. Creo que sólo queda una última cosa delante de la que debería detenerme. Nunca entendí cuando detenerme. Está ahí afuera. Por fin tengo mi boleto. Es hora de tomar el tren.

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