Este es el fin de el hombre y todo lo que ha logrado. He tenido bastante tiempo para pensar en ello desde la última vez que vi el sol. No es el fin del mundo. Es sólo el nuestro.

Comenzó hace poco más de un mes, aunque pudo haber pasado más tiempo. Sólo cuento con los relojes que tengo por la casa para calcular hace cuanto y la mitad de ellos se han detenido. Estaba en las noticias, un crucero hundiéndose, sin razón alguna. No estaba dañado, símplemente fue jalado hacia abajo. Luego el resto de las noticias comenzaron a aparecer. Todo en el agua se estaba hundiendo: las plataformas petroleras desaparecían, la gente en las playas se sumergía y no volvía más. Nadie explicaba lo que estaba pasando. Las cosas no flotaban más. No se habló de otra cosa durante un rato.

Fue durante una transmisión en vivo, desde alguna bahía. La corresponsal estaba reciclando lo que se sabía delante de la cámara: los mismos hechos, las mismas preguntas que todos nos habíamos estado haciendo. De pronto la reportera grita y la cámara se inclina hacia abajo para ver sus pies. Está hundida en la arena, casi hasta las rodillas. Me recuerdo sonriendo, pensando que se trata solamente de sugestión, pero luego la cámara se le cae de las manos al camarógrafo. El circo entero de equipos de producción de noticias presente en esa playa se está hundiendo. La reportera está hundida hasta el pecho. El sonido de gente gritando, pidiendo ayuda, se pierde mientras el cuadro de la imagen se llena de arena.

Las noticias continuaron algunos días más, pero realmente no había nada qué decir. Algunos culparon a ciertos huecos bajo la arena del fenómeno, otros intentaban enfocarse en posibles soluciones para el fenómeno. Era una pérdida de tiempo, todo. Era mucho más sencillo mirar por la ventana. Afuera, la ciudad se había convertido en un pueblo fantasma. Todo el mundo estaba en sus casas, con demasiado miedo de salir. No parecía tener sentido: los caminos, el pavimento mismo se rajaba y se hundía bajo la tierra; señales de tráfico y semáforos eran rebasadas por míseras plantas, las casas crujían y temblaban mientras eran consumidas desde sus cimientos mismos.

Hubo quien intentó escapar, saltando de una azotea a otra, buscando “terreno alto”. Ocasionalmente, uno podía ver, en los canales que seguían emitiendo, refugios improvisados en la punta de rascacielos. He salido una sola vez fuera de mi casa desde que esto comenzó, a través de las azoteas de las casas vecinas. Intentaba conseguir provisiones de una tienda cercana, pero todo resultó una pérdida de tiempo. Era un baldío para cuando llegué: había sido saqueado ya y estaba lleno de toda la evidencia que necesitaba para entender qué tan mal iban las cosas. Es fácil entrar en negación respecto a algo como esto, hasta que te afecta directamente. Cuando regresé a mi casa, noté que mi carro había desaparecido, casi. Podía verse parte del techo asomando desde lo que parecía una piscina de tierra suelta. No era solo mi carro, eran todos. Los camiones, abandonados a la mitad del camino, parecían resistir mucho más por sus dimensiones, pero todo era cuestión de tiempo.

Algunos días después, toda la planta baja de mi casa se había convertido en un sótano. Me las arreglé para trabar las ventanas y las puertas de tal manera que resistieran la presión de la tierra por al menos un tiempo, pero ahora me parecía una celda de prisión, un mausoleo en el que definitivamente no quería pasar ni un solo momento. Paso ahora casi todo mi tiempo en la planta alta, junto a una ventana casi al ras del suelo, mirando al mundo hostil del que un día me creí parte.

Mi vecino murió ayer. Se cayó de su azotea, la tierra se lo tragó. No es el primero que veía. Lo que llamó mi atención, fue el motivo por el que se cayó: estaba intentando evitar que su perro saliera. El perro está bien. Eso creo. Corrió. Los animales no parecen ser afectados. Este es sólo nuestro destino. Ese pequeño descubrimiento ha probado ser demasiado para mí. Todo esto. Una pesadilla viviente. Me puse borracho y me quede dormido.

Desperté por el dolor de cabeza, en medio de la oscuridad. Probé los interruptores de luz y los fusibles. No había corriente. Tomé la lámpara de mano que tengo cerca de la caja de fusibles para moverme por la casa. Mientras miraba en la planta alta, me encontré con el último vistazo que tendría de luz natural. Afuera estaba amaneciendo. Para el momento en que alcancé la ventana, la luz había desaparecido y yo me encontraba aquí, abajo. Intenté escapar rompiendo el techo, sólo para encontrarme con finas líneas de tierra del otro lado. No estoy muy seguro de cuanto tiempo más duraré aquí, en mi ataúd de conveniencia social. Queda poca comida, el aire se siente enrarecido. Tengo un par de velas y una caja de cerillos. Las baterías de la lámpara se terminaron hace poco. Este es nuestro destino. El destino del hombre.

Nuestro regreso a la tierra.

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