CAPÍTULO 4

Me había quedado dormido hasta entrada la tarde y había despertado con las piasadas de alguien. Con los ojos entrecerrados, me levanté y caminé hacia Comando Central. Carter se estaba quitando la parca, lo acompañaban dos personas más.

Un capitán y un Sargento Primera Clase.

—Jesucristo. Nos jodieron—. Sin la parca, pude leer el nombre “Vickers”, en su pecho. Insignia de paracaidismo, de asalto aéreo, de explorador.

—¿Quién eres?

—Raso Monkey, señor.

—Jesús, Vickers, está recién salido de instrucción—. El nombre del capitán era Bishop. —Ve a traer a todos los demás. Nos cargaron de provisiones, así que pueden comer caliente esta noche y mañana.

—Señor. —Fui al escritorio a anotar qué cuartos tenían gente.

Dieciocho, de más de ochenta cuartos. Los reuní a todos, hubo preguntas sobre el nuevo mando.

Nos sentamos a cenar platicando de lo usual: el agujero en el que habíamos terminado. El fondo del pasillo se oscureció de pronto. El Capitán nos miró.

—Son las mil ochoscientas. —Dijo Cobb. El capitán elevó una ceja, pero la bajó. Diez minutos más tarde, las luces regresaron.

—Cada noche, señor. —Agregó Cobb. Un alarido bajó de la escalera. Bishop y Vickers intercambiaron miradas.

—¿Sólo el viento? —preguntó Bishop. Cobb asintió.

—El ejército espera que se queden aquí —dijo Bishop, como para él. —De la chingada, en doce años de carrera nunca había visto una mierda así.

Las pisadas se escucharon en el piso de arriba.

Viento mi culo. Nazis muertos. Allá arriba. Todos lo sabemos.

El Sargento levantó la vista.

—¿Qué tan mal se pone, soldados? —un nuevo grito descendió por las escaleras. Noté a Cobb agazapado en un rincón, comiendo sin mirar su plato. Conocía esa postura, de la correccional.

—Muy mal, sargento. Básicamente hemos abandonado los dormitorios. Por la noche nos quedamos todos aquí —respondió por fin, Stokes —no han escuchado lo peor. Hace una semana empeoró.

—¿Qué tan mal, soldado?

—Voces, señor. Podemos escuchar voces—. Stakes estaba mirando su plato.

—¿Qué tipo de voces? —Bishop intentaba sonar amable. Arriba, las pisadas comenzaron de nuevo.

—Voces alemanas, señor. Y risas. —Cuando lo dijo, muchos de los que estabamos en la mesa asentimos a lo dicho instintivamente.

—Pues hoy también nos quedamos aquí. Mañana vamos a registrar el edificio entero. —Dijo Vickers. Un nuevo alarido se escapó por el ducto de ventilación.

—Tropa, intenten dormir… Dios, esto está jodido. —Bishop notó las escuadra .45 que Carter y Mann usaban y levantó de nuevo la ceja.

—Aquí tiene, señor. —Respondió Mann de inmediato, entregándole la suya.

—¿No deberían de estar en el arsenal?

—No tenemos las llaves. Cobb encontró estas en una de las oficinas, arriba. —Un llanto descendió despacio, casi parecido al viento, casi parecido a nada y luego nítido, con el timbre de una mujer que se ahoga entre lágrimas. Cuando pudimos escucharlo todos, un viento helado nos atravesó y heló el cuarto. De pronto pudimos ver nuestra respiración.

Las luces se apagaron a las once, escuché dando mentadas a Vickers y Bishop, me despertaron un momento.

Teníamos órdenes, finalmente. Las cosas debían mejorar.

(Ok, debo irme. Probablemente añada a esto más tarde. La semana más jodida de toda mi vida)

ANEXO:

Nadie me va a creer. Nadie va a creer lo que ya he escrito, nadie va a creer el resto. Carajo, cuando por fin pude estar en otras bases, nadie creyó las mierdas que vimos en meses anteriores a que la unidad se volviera operacional.

Las cosas más jodidas, lo que todos vimos y lo que el ejército hizo al respecto; nadie va a creerme un carajo.

Les hablaré de lo que pasó el siguiente día, lo que encontramos en el edificio y lo que le pasó a Cobb.

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Un comentario en “La Historia de Fantasmas de Humper Monkey

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