Hace un par de horas, uno de mis asistentes me preguntó qué caso tenía dedicar tanto tiempo y tantos recursos al proyecto. Le arrebaté la automática a uno de mis subalternos de seguridad y le vacié todo el cargador encima. Acaban de llevarse el cuerpo y notificarle a la familia. He estado en mi oficina desde entonces; mirando por el ventanal, por los monitores de seguridad y por el cristal de ese viejo reloj de ébano cuyo mecanismo, pienso, hace mucho que dejó de funcionar. Estoy esperando, en vano.

Acabo de asesinar a un hombre con mis propias manos, intento mantenerlo nítido en mi cabeza: soy un criminal, soy escoria; pero también sé que soy intocable, que mi papel en la trama admite estas pérdidas colaterales y que a fin de cuentas, son esta clase de arranques los que, precisamente, se esperan de mí. La culpa va desapareciendo conforme mi propia sombra la devora. Mi último esfuerzo se enfoca así, ya nada más, en recordar el nombre de aquél pobre diablo, en repetirme a mí mismo que no importa cuán insignificante haya sido su rol, yo debo mantenerlo aquí.

Me he cansado de repetirme que todo está cubierto, que la pensión por accidente que su familia va a recibir supera con creces la pérdida, que también hubiera podido morir en un choque de tráfico, en un asalto o en un accidente aéreo, que incluso, tal como su cláusula de su contrato real y el interno lo asegura, hubiera podido morir en un accidente de trabajo genuino porque su trabajo era en realidad peligroso; a fin de cuentas, soy la única fuerza de la naturaleza que paga su propia póliza de seguros.

Al parecer, pensar en los motivos de mi reacción es el último bastión que me queda. Fue la pregunta, me sacó de balance. Tenía razón: en un ritmo paulatino mis planes se vuelven cada vez más excéntricos, yo mismo he entendido que mi empresa es inútil y en lo que respecta a mi papel, se encuentra calculado para hacerme perder la cordura. No a que pretenda estarlo, sino a que pierda completamente la cabeza. El único consejo con el que cuento es que me relaje y me deje llevar, que no piense demasiado en ello.

Pasé los primeros años preguntándome como es que todos esos cambios operarían en mí. A fin de cuentas, fui elegido para representar este papel precisamente por mi capacidad para adaptarme, mantener la cabeza fría y reparar racionalmente hasta en los últimos detalles de una sola manzana y así pues, no dejo de pensar que alguien cometió un grave error en considerarme idóneo para esta tarea. Ya lo comprendo. Todo, de entrada, radica en el tiempo.

Pasas un par de días aquí abajo y es imposible que logres engañarte del todo: sol, luna, nubes y cielo, en general, te siguen resultando falsos; sabes que no son más que tecnología holográfica de avanzada y utilería; que son un enorme montaje, pero en algún momento la noción de que más allá de las rutas secretas de acceso, existe un mundo sobre el que éste se encuentra basado, va diluyéndose, olvidas que esta es tu área de trabajo y todo lo que estás haciendo, es dar tu mejor actuación.

Comienzas a reparar en los vacíos enormes de la trama, comienzas a preguntarte si nadie más los ve y entonces, al imaginar alguna clase de explicación, terminas creando una liturgia personal de hipótesis, comienzas a creer. A creer realmente. Y entonces preguntas extrañas comienzan a surgir en tu cabeza:

¿Por qué mantenerlo encerrado?

¿Qué caso tiene intentar matarlo?

Y sobre todo: ¿cuántos pobres diablos de la medida de John Ewan Mckenzie han muerto sin que él haya estado directamente involucrado?

Vamos, ni siquiera soy un científico en realidad y por favor, no comencemos con mi faceta de magnate. Soy un actor, como todos los demás. Uno que terminó con una suerte de papel principal, que pareció el golpe de suerte con el que soñaba, hasta que supe que sería vitalicio y que, a diferencia de algunos James Bond, mi carrera, incluso mi identidad, terminaban aquí. ¿Qué puedo decir? la cantidad de ceros en mi contrato rebasaba con mucho cualquiera de mis sueños.

El proyecto mismo, cada detalle que se nos explicó a mí y a una nómina de reparto en una extraña sala en un sótano, rebasaba por años luz cualquiera de mis sueños. Para cuando el uniformado hablaba de servir no sólo a la patria, sino al destino de la humanidad y de cómo esta decisión nos volvía héroes anónimos a todos, sólo restaba que nos dejara ver la naturaleza secreta de esa sala de conferencias por medio de un interruptor (un elevador), para asumir que estábamos listos para nuestro papel en esta historia secreta.

Aún puedo sentir esa clase de orgullo que sentí entonces. Muchos han estado aquí antes que nosotros, muchas de esas leyendas de Hollywood que desaparecieron y de las que no se supo más y muchas otras que jamás fueron capturadas por cámara alguna y apenas si terminaron una carrera de actuación, antes de ser contratados. Décadas. Somos la quinta generación. Yo soy el quinto y como con los otros cuatro, soy el único que puede percibir qué tan cerca está mi paso a la jubilación, mi último acto, con el advenimiento de mi propia locura.

Cuando pasan cosas como la que ocurrieron hoy en el trabajo, mi mente siempre termina aquí: ¿pasaron por lo mismo mis antecesores? ¿Pensaron en lo mismo? ¿Dudaron de la misma forma, de todo esto, de sí mismos… de él? Lo que ocurre, es que la ficción termina por devorarnos a todos. Incluso a los guionistas, con los que tenemos una reunión cada mes y medio para discutir los pasos a seguir.

Lo que ocurre, es que es imposible trabajar llevando una rutina de vida y esperar que un mes en Las Vegas, gastando un poco de tu enorme cuenta de banco, vigilado todo el tiempo vía satélite para que no intentes contactar a tus viejos conocidos, alejarte del área de ‘recreo’ o bien, romper la barrera de identidad, no es suficiente. Tarde o temprano, el exterior termina pareciendo un sueño extraño, un mero disparate. Terminas olvidando como se siente ser una persona normal, terminas asumiendo esta realidad, creyéndola, cada vez más. Entonces es posible vaciar el cargador completo de una automática en el pecho de un asistente y no sentir ninguna culpa, decir: esto es normal, esto es lo que yo hago y ver como todos a tu alrededor te siguen el juego. Quizá creen que esto ha sido parte del guión, que esto es lo que yo hago, que esto es normal.

No lo es.

¿Todos los integrantes de este proyecto se vuelven locos también?, ¿he estado viviendo, la última década de mi vida, en un complejo militar subterráneo habitado y manejado por lunáticos, por pacientes de una enfermedad para la que no hay cura posible? ¿Estoy destinado a morir creyendo en esta vida, en este mundo, en este montaje? Tal vez. Tal vez esta sea la última oportunidad que tengo de poner las cosas en claro antes de que pierda esa posibilidad.

Podría asesinar a la mitad de la población y tirarme a la otra mitad, organizar una competencia de lanzamiento de bebés y cada día derribar un edificio con sus habitantes dentro; si no fuese por mis pesadillas. Es un fenómeno derivado de su proximidad. Se ha estudiado desde el principio, pero como todos lo demás, los resultados de las pruebas no son concluyentes, no hay ninguna explicación, tan sólo ocurre. Tiene algo qué ver con los márgenes cognitivos de lo posible, algo así.

Sueños, enormes, en donde te conviertes en él y puedes inspeccionar el fin del universo con sólo dirigir la vista hacia el cielo. Sueños en donde comprendes que aquella música, ese tono que viene y va como si fuera un péndulo ondulando sobre el mundo, es producto de la conjugación de todos los pulsares cantando con la calma más enloquecedora. Sueños en donde palabras inocentes como soledad e infinito te muestran su verdadera anatomía en el solitario eco del cosmos.

Las preguntas siguen. Todas son lógicas, o así lo parecen: Hemos estado engañándolo por casi un siglo. Si todo lo que se dice es cierto, en el fondo sabes que no hubiéramos llegado tan lejos y todo lo que se dice de él, es irrevocablemente cierto. ¿Lo hemos estado engañando?, ¿es posible engañarlo? ¿es posible que nunca nos haya escuchado, que nunca nos haya visto hablando con esos psicópatas a los que llamamos los guionistas?

Hace un rato salí del edificio a dar un paseo. Uno de los guardias me recordó la hora y me preguntó si no deseaba una escolta. Miré la calle vacía y por un momento estuve de acuerdo con él. Luego, me obligué a recordar que aquella calle no era una calle, que esta no era una ciudad y que si existía un delincuente dentro de todo este enorme simulacro, ese necesariamente tenía que ser yo.

Fui caminando a la biblioteca pública, Tardé media hora en llegar. La biblioteca es mía. Los empleados que trabajan en ella, son mis empleados. Ahí está guardada toda la información del proyecto, desde sus inicios, en la hemeroteca. Son de libre acceso. Todos los actores del proyecto tienen derecho y obligación de documentarse sobre él. Él es la causa de todo el proyecto, después de todo.

Los archivos de información tienen la forma de actas, escrituras de propiedad, contratos y diarios viejos. Su disfraz funciona gracias a la simplicidad: eso es lo que son, exactamente. Hay un solo libro con pastas negras que no se refiere a la ciudad. Es el único que contiene el nombre de un lugar real, en el mundo exterior. El nombre del lugar es Tunguska. Ahí, a las 7:17 horas del 30 de Junio de 1908, los primeros sueños comenzaron.

Nadie sabe con exactitud si vino desde el espacio exterior, cruzó la atmósfera y luego generó una explosión termonuclear para transformarse en una forma de energía tangible para el ser humano (aunque es una hipótesis probable) o si simplemente apareció ahí, nació ahí, con esa explosión, como consecuencia de algunos de los muchos mecanismos del universo que con seguridad ignoramos (que también es probable).

Por toda explicación, tenemos una fotografía del devastado lugar, fechada al primero de Julio de ese mismo año, titulada bolcheviques y la luz de Tunguska, o al menos eso es lo que la traducción asegura que esa caligrafía al reverso, como de laberinto, dice. Uno de los hombres sostiene una esfera de luz en las manos, de unos treinta centímetros de diámetro. Ese mismo año, el dueño de la luz publicaría un trabajo filosófico llamado materialismo y empiriocriticísmo y a poco, serviría como punta de lanza para uno de los cambios más importantes de la historia del hombre.

Pero todo esto es publicidad barata, apenas un panfleto de sus dimensiones reales. Lo que sí es importante es subrayar lo evidente: en ese momento, en el principio, eso era todo lo que él era: una pequeña estrella que podías sostener en las manos y quizá, dejar sobre el buró antes de dormir, para velar tus sueños.

Hay un episodio incompleto después. Calcular el grado de influencia que tuvo en la revolución rusa y las guerras mundiales es complicado. Entender cómo fue que pasó de ser una suerte de fuente de energía perpetua a asumir la forma de un bebé que la inteligencia norteamericana resguardaba en un base militar en el desierto de Nevada a finales de la década de 1930, requiere de una autorización de seguridad mucho mayor, todo es clasificado, todo es imposible.

Volvía loco a cualquiera que estuviera cerca. El mejor diagnóstico para los rasos encargados de resguardar su celda después de un par de semanas oscilaba entre la distimia y la esquizofrenia. El peor, escrito en el espacio concluyente de una necropsia, llegó a describir cosas tan involuntariamente cómicas como “muerte por descuartizamiento autoinflingido durante un periodo de 72 horas”. Fuera de ese detalle, las bitácoras lo describen como un bebé muy lindo.

Lo encerraron por meses en un cuarto lleno de gas mostaza, le dispararon con toda clase de municiones, lo hicieron estallar y luego, después del proyecto Manhattan, lo hicieron estallar muchas, devastadoras y hermosas veces más; lo bañaron con Napalm por un año seguido y las primeras cepas virales de diseño fueron diseñadas para intentar dañarlo y así, fueron probadas primero, sobre él e incluso, inspiró el desarrollo de un proyecto que fácilmente podía resumirse en el desesperado intento de ir y botar esa maldita cosa sobre la superficie de la luna y no, el proyecto fue un despilfarro de recursos; el pequeño regresó a casa a pie.

Luego, un día, uno de esos investigadores despeinados con un sueldo enorme tuvo una enorme idea: se le ocurrió hablar con él. Y fue así como descubrieron que ese extraño bebé un poco pálido, dado a la tarea de no crecer, levitar y darle extraños sueños a las personas que se le quedaban demasiado cerca, de hecho, prestaba atención, muchísima. Respondió su primer pregunta dos días después: Es probable, dijo para el registro audiovisual, aún en blanco y negro. En un mes parecía un niño de ocho años.

Fue hasta entonces que algunas conclusiones parecieron tener sentido. La gente cerca de él aún se volvía loca, pero el vínculo entre la mente humana y la forma en la que no sólo era capaz de cambiar, sino de modificar la realidad del espacio que le contenía, nunca fue más evidente: todo se resumía a la inmedible habilidad de su interlocutor para depositar en él un voto de fe. Alguien bosquejó un método para manejarlo y eventualmente, utilizarlo como un arma. Era complicado, pero razonable.

En resumen, todo lo que había que lograr era convencerlo (o transformarlo, si la palabra se ajusta mejor) a adoptar el papel de guardián de la raza humana. Nuevos expertos fueron traídos al proyecto desde varias áreas del conocimiento que hasta entonces no habían sido contempladas; casi todos eran humanistas. Fueron los primeros guionistas. Se encargaron de trazar el primer borrador de esta historia, el primer trazo de la burbuja que esperábamos, lo contuviera y nos mantuviera de verdad a salvo de su influencia.

Se construyó la primer versión de la ciudad subterránea. Era mucho más humilde que la actual, pero era funcional y hasta se podría decir que acogedora. Se eligieron sus primeros albaceas en base al guión y con ello, se le dotó de una identidad, de un propósito, de una función respecto al hombre.

Los guionistas se concentraron entonces en concretar sus habilidades y con ello, en limitarlas. Cuantas armas desarrolladas con el mero fin de dañarlo, cuantos avances tecnológicos justificados por su mera presencia, para que al final, todo fuera tan simple como aproximarle a alguien que creyera, sin lugar a dudas, que una piedrita teñida, justo como la que llevo en el cuello, puede debilitarlo y tras un largo tiempo de exposición, quitarle la vida.

Pero es exactamente así como funciona: todos los días, una población de actores en constante renovación debido a las bajas por locura, debe fingir no reconocerlo gracias a un disfraz basado en un par de anteojos y un traje sastre. Todos los días, los ciudadanos de esta ciudad, que algún cómico idiota decidió bautizar como Metrópolis, deben montar una inacabable serie de accidentes, siniestros y crímenes en los que están a punto de perder la vida, sólo para que el hombre más rápido que una bala, más potente que una locomotora y capaz de saltar por encima de un rascacielos de un simple salto, venga capoteando desde las alturas de esta gigantesca tomada de pelo, a salvarles el pellejo.

Si me lo hubieran explicado algunos años antes, me hubiera revolcado de la risa; pero hace mucho que ha dejado de hacerme gracia. Como cada uno de los habitantes de esta ciudad, me pregunto si no es él el que está engañándome. Haciéndome creer, como al guionista al que se le ocurrió la idea de la kriptonita y al que el nombre de mi personaje hace honor, que en serio teme por los crímenes y los diabólicos y elucubrados planes que desarrollo para destruirlo; haciéndonos creer que lo tenemos contenido, que se traga nuestras actuaciones baratas, que este es el mundo real, que su fortaleza está en La Antártida y que en unos minutos es capaz de abandonar la atmósfera y viajar por el espacio exterior en vez de chocar de cara con el techo de esta bóveda. Haciéndonos creer.

Como dije ya, mi final se acerca. La historia de mi estirpe en esta trama me exige, como a un wrestler, retirarme con la mayor pirotecnia y fanfarria; un último plan magistral, tejido a la talla del imperio que pretendo derribar. Temo que quizá, lo que los guionistas me han dejado y lo que se me ocurre para complementarlo, vaya ser, al final, un tanto decepcionante y es así como, al menos en mi memoria, esta era en Metrópolis ha quedado bautizada: la era de la decepción. Creo que lo dice todo o que dice todo lo que hay que decir.

Ante lo que mis antecesores realizaron en estos tiempos, parecerá poca cosa, lo sé y lo admito: he decidido hacerlo porque siento que no me queda más, que esto es lo único que me queda; no intentaré atraer a la luna hacia una colisión fatal, no asesinaré a esa pobre mujer tan esquizóide y neurótica como todas las que suelen elegirse para representar a la señorita Lane y ni siquiera, caray, voy a intentar matarlo.

Voy a volar en pedazos la cúpula de esta farsa, ni más, ni menos. Necesito verla caer. Necesito ver qué pasa después y claro, ahora, justo ahora, ruego en silencio para que los misiles impacten con algo y que no, que el benefactor del mundo no les detenga antes o bien, que no se pierdan sin rumbo, en el ilimitado azul del cielo, tal como siempre ocurre en mis sueños; a un momento de que la impresión indefinida de ver a la propia vida como un montaje que ha perdido toda proporción, me arroje de vuelta a la vigilia.

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