CAPÍTULO 2

—¡ARRIBA TODO EL PUTO MUNDO, TODOS, DE PIE, QUÉ CARAJOS ESTÁN HACIENDO DORMIDOS, POR QUÉ NO ESTÁN EN LOS DORMITORIOS!

Abrí los ojos despacio. Me dolía el cuello de dormir en la silla y aún tenía el lag del vuelo. Soñé que estaba atrapado en un lugar grande y oscuro, con algo respirando detrás de mí, no importa hacia donde me volteara. Estaba contento de despertar, pero el gritón hijo de puta iba a tener el honor de una madriza mañanera.

Aún no salía de los escombros de mis sueños cuando ya había saltado para ponerme de pie. Mi vista borrosa se posó sobre el sobretodo de un hombre con la barra dorada de teniente en su hombro. Estaba enojado, pateando sillas y sacudiendo a todo el mundo.

Me había quedado dormido en uniforme, aún estaba algo manchado de carbón y mis botas estaban polvorientas. Mis ojos ardían y sentía el cansancio como un peso en los huesos.

—¡ESTE ES EL PUTO EJÉRCITO, NO UNA GUARDERÍA, ARRIBA!

Se las arregló para gritarnos hasta que logramos una formación de cuatro por cuatro. Se paró delante de nosotros.

—Ustedes son el remedo de mierda más lamentable que he visto. ¿quién es el suboficial? —nos miramos entre nosotros.

—Yo, señor. —Un tipo con el cabello gris dio un paso al frente. Ay dios. Todo lo que tenía en el uniforme era un rango de cabo. Todo el mundo alrededor eran especialistas, cabos y yo.

—¿Quién es el oficial a cargo de esta manada de pendejos?

—Ustéd, señor. —Respondió el cabo, reprimí la sonrisa apretando los dientes.

—Tú, raso, ve a despertar a todos los demás. Quiero una formación afuera en veinte minutos. —Su uniforme estaba impecable, sus botas eran espejos.

—Señor, somos todos, señor. —respondió el cabo, tomándome del hombro antes de que pudiera andar. —Esta es la unidad entera. Dormimos aquí por el frío—. El teniente se veía como si estuviera a punto de explotar. Se dio la vuelta y se fue. Nos miramos entre nosotros.

Conocía a todo el mundo ya. Era la única persona que no había sido enviada aquí desde otra unidad después de que lo descubrieran en alguna mierda, era el único que no tenía más de dos años en activo. Lo que se nos fue ocurriendo a todos sobre porqué me mandaron aquí, debía tener qué ver con el hecho de que había llegado al campo de instrucción con esposas en las muñecas. Rompimos filas y regresamos a nuestros cuartos a cambiarnos. Me di un baño. El agua estaba caliente y el jabón se encargó de tirarme la resaca de la noche anterior.

Puse una toalla entre el escritorio y mi ropa para planchar mi uniforme. Con algo de trabajo extra, mis botas quedaron brillantes. Me afeité y regresé a la sala comunitaria. Todo el mundo había vuelto ya, uniformado. El teniente aún se veía molesto. Estaba echando un ojo al “comando central”, al otro lado de la barra despachadora y a la terminal en donde había algo así como una docena de teléfonos.

—¿Por qué estos relojes tienen horas distintas?

—El primero es la hora local, el segundo es Zulu, el tercero sincroniza con la hora del pentágono y el último está sincronizado con la hora de NORAD, señor —respondió una mujer. Era una E-3. Tenía unas pechugas enormes.

—¿Quién ordenó esa mamada?

—Señor, estaba en el paquete de instrucciones iniciales que abrimos al llegar aquí. —Respondió la muchacha, Stokes.

—¿QUÉ PAQUETE?—. Genial, teníamos uno de esos tipos que creía que gritar era dirigir.

—Carter, trae las od-ordenes. —gritó un tipo, Mann, me parece. El especialista vino corriendo con un sobre manila y grueso.

—No se presentó la noche anterior, Teniente, se lo hubiéramos entregado de inmediato. —El teniente le arrebató el sobre a Carter y se fue, sacando un aro de llaves de su bolsillo.

—Este cabrón va a ser un problema —se quejó Mann. Sacó una cajetilla de Camels de uno de sus bolsillos y encendió uno. Yo fui a sacar una soda del dispensador automático. Me quedaban menos de cinco dólares en la cartera y dudaba de que esos dispensadores aceptaran cheques de viajero.

Cuando volví todo el mundo charlaba acerca del tipo de pendejo con el que estabamos lidiando aquí. La puerta se abrió de golpe y el aire helado nos dio de lleno a todos. De pie, en el umbral, hay un tipo con botas, ataviado con guantes de dedos libres, un pasamontañas, un sobretodo y pantalones para la nieve. Se había hechado el gorro del sobre todo encima. Traia una caja sellada con un par de tiras de metal. Puso la caja en la mesa y se quitó el pasamontañas.

—La quinta manda esto. ¿Esta es la 2/19 de infantería especial?

—¿Quién carajo pregunta?

El tipo se ríe. —Gran respuesta. OPSEC. ¿firma de recibido?

—Mason, ve a buscar al teniente. —Un tipo con marcas de rango arrancadas de su uniforme asiente y corre por la escalera.

—Caray, están en la mitad de la nada cabrones—. Se queja. Luego le pide un cigarrillo a Mann. —El carajo control central ni siquiera sabe donde están; todo lo que los mapas dicen es “área restringida”. Mierdas de la guerra fría—. Me volvería íntimo de esas “mierdas”, en los siguientes años.

—¿Por qué no se me notificó de que venías, soldado?—. Gritó el teniente mientras bajaba por la escalera, el extraño estaba de espalda. El gesto amistoso de su cara se endureció de golpe.

—¿Y bien, por qué no se me notificó?, mejor me respondes, soy un oficial.

El tipo se da la vuelta, se quita el sobretodo. Una hoja de roble descansa como insignia.

—Yo también y no estoy a tus ordenes, teniente. —respondió encabronadísimo. El teniente se puso blanco. —Firma de recibido para que me pueda ir de este mugrero y regresar a la civilización. El teniente se deshizo en disculpas y firmó la tabla. El mayor pateó la caja por el suelo y se fue por la salida de dos puertas. Fue hasta entonces que entendí el motivo de las dos puertas, eran para aislar el interior.

Afuera estaba nevando.

—¿Qué miran? Que alguien lleve esta caja a mi oficina de inmediato. —Nos gritó el teniente. Tomé la caja y la alcé, estaba algo pesada, pero siempre había sido un tanto más fuerte de lo que mi tamaño deja creer.

Seguí al teniente escaleras abajo. Por alguna razón temí que fueramos a otro cuarto sin suelo. Respiré aliviado cuando nos dirigimos hacia un pasillo con una bombilla encendida. Había una puerta a mi izquierda, buzones a mi derecha y una barra de despacho despostillada delante de mí; reconocí la puerta encandenada que daba hacia fuera vi la nieve cubriendo por completo las ventanillas. Pasamos por otra de las puertas y caminamos por un pasillo por el que había tres puertas con leyendas recientemente pintadas: “1SG”, “XO” y por la que entramos “CO”. Adentro, las luces estaban ecendidas y el escritorio estaba lleno con el contenido del sobre manila.

—Ponlo allá raso, ve a pararte en descanso fuera de la oficina, por si te necesito.

Deje andar mi imaginación mientras lo escuchaba abriendo la caja y comenzaba a sacar los papeles de dentro. Lo escuchó desdoblar los mapas, las ordenes mecanografiadas y el resto de los paquetes. A cada tanto lanzaba un quejido al que no le ponía mucha atención. Mis piernas comenzaron a doler y mis rodillas picaban. Se fue y regresó con un sandwich. El cabrón no me ofreció nada, me mantuve ahí, hasta que finalmente recordó que ahí seguía.

—Reune a toda la tropa, diles que hagan formación frente al cuartel.

¿Afuera, en la nieve? Puto marihuano.

Salí de posición, apreté los dientes y me fui al carajo de ahí.

Todo el mundo estaba sentado en la sala comunitaria, fumando cigarrillos y tomando soda. Stokes se había desabotonado un poco la blusa, se tallaba nerviosamente la rodilla y suspiraba.

—El teniente quiere que nos formemos afuera.

—No mames. —Otro raso, Cobb, gruñó. Eché un ojo afuera. Se veía blanco, ni siquiera se notaban las huellas cerca de la entrada.

—Eso me ordenó. Que nos formemos afuera, delante del edificio.

Anduvimos a nuestras habitaciones, por el equipo de nieve. Cuando regresé, ya casi todo el mundo estaba listo, excepto Stokes. Cobb tenía un carrete de hilo 550 en las manos.

—Ok, todo el mundo tome un tramo de aquél carrete—. Lo señaló en la mesa. —lo amarran al cinturón del sobretodo y luego le dan una vuelta a este. La visibilidad es casi cero. Stokes mantendrá la puerta del cuartel, yo estaré al frente. Tan pronto como el teniente venga, estaremos listos.

Asentí a todo como un muñeco. Estos tipos se la sabían. Seguí las instrucciones y fui el quinto en salir.

Cobb no estaba bromeando. Casi me caigo por los escalones. No podía ver mi mano delante de mi cara. Eran las mil cuatroscientas y parecía a punto de anochecer, el viento aullaba a nuestro alrededor.

Había muerto en el autobús camino aquí, ahora estaba en el infierno.

Sentí a la persona que venía detrás mío tomarme por el hombro, le alcancé la mano, formamos un cuadro de cuatro por cuatro. Choqué con el tipo delante mío, nos compactamos.

—¡Diez minutos!, —gritó el tipo al lado mío.

—¡Ok!, —respondí y repliqué el mensaje hacia mi derecha.

—¡Roger!, —dijo el tipo a mi derecha, seguía tomado de mi mano. Alcancé al de mi izquierda y le tomé la mano también. Apretó.

Estábamos a punto de congelarnos, el viento dolía por los agujeros en el pasamontañas y mis orejas y la punta de mi nariz se sentían como desprendidas de mi cara.

—¡Cinco minutos!, —repliqué el mensaje.

—¡AL CARAJO, TODO EL MUNDO DE VUELTA DENTRO!.— El típo a mi izquierda, pasé el mensaje y pronto sentí al tipo a mi derecha jalándome. Me resbalé un par de veces en el camino, pero logramos regresar. Estabamos cubiertos de nieve y todos teníamos hielo en el rostro.

—¿Dónde está el teniente?, —preguntó Cobb.

—JUSTO AQUÍ, ¿QUÉ CARAJOS HACEN ADENTRO, POR QUÉ NO ESTÁN EN FORMACIÓN, LE TIENEN MIEDO AL FRÍO? —gritó bajando de la escalera.

—Señor, mire afuera. Por el amor de dios, es una tormenta.

—¿Se les prometió en la instrucción que sólo trabajarían en días soleados? SALGAN YA, CARAJO. —Gritó en respuesta. —¿Y QUÉ PUTAS ES ESTE HILO?

—Medidas de seguridad en la nieve, para asegurarnos de que nadie se pierda. —Respondió Cobb.

—Cuento de maricones, afuera en cinco minutos perdedores, si tengo que obligarlos, pagarán con sangre. —Dijo el teniente en un nuevo tono de amenaza, pateando la puerta y saliendo.

Cobb encendió un cigarrillo y me ofreció uno. Lo tomé, aunque no fumo, y miré a mi alrededor.

—Dime que no salió sin equipo ni guía, —dijo Stokes, temblando.

—¿No vamos a ir detrás de él?, —pregunté al aire. Todo el mundo se estaba quitando los abrigos para la nieve y el sobre todo, para poder sentarse en el suelo.

—Tranquilo, Monkey.

Tras media hora, la gente comenzó a alejarse de la entrada, charlando. Stokes estaba de la manita con Cobb, se perdieron más allá del pasillo. Me acerqué a Mann.

—¿Qué sigue ahora, Mann… no debemos intentar rescatarlo?

—¿En una tormenta de Noviembre, de noche? Mira Monkey, salió por esa puerta con su chaqueta estandard y botas pesadas, sin equipo de protección.

—Está muerto, ¿verdad?

—Como una puta paleta, —respondió Mann, moviéndose detrás de la barra. —Tienes guardia esta noche. Mañana a primera hora, llamamos a la Quinta y le avisamos sobre su oficial.

Miré la puerta. Mucho después supe que nada de esa nieve se queda aquí. Los vientos la empujan y la tiran montaña abajo. Estabamos demasiado arriba para que se juntara demasiado.

Encontramos al oficial ese verano.

«Capítulo 1

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