Mi esposo, llamémoslo Joe, ha sido abogado por casi doce años; durante los últimos seis ha trabajado como defensor público (si el estado lo designa para representar un criminal) o un abogado defensor (si un tercero le contrata para representar un criminal). Se especializa y trabaja primarimente con apelaciones y así, muchos de sus clientes son criminales convictos. Piensen lo que quieran de lo que hace para vivir, pero a mi me consta que su intención es proteger los derechos humanos y constitucionales con su trabajo.

Ha pasado mucho tiempo con su último cliente durante esta fase del caso, esto significa que ha tenido que pasar mucho tiempo en prisión. Su cliente es un criminal de alto perfil, fue acusado un par de veces de asesinato en primer grado… si dijera su nombre, lo reconocerían y entonces sería secillo deducir quién es mi esposo, así que lo vamos a dejar así. Este tipo tiene condena de muerte y está esperando ser ejecutado por dos asesinatos… pero como una buena mayoría de sus clientes, mi esposo cree que este hombre es 100% inocente.

Su cliente fue acusado de matar a una conocida y al hijo de su conocida. No había evidencia física del crimen y de hecho, las autoridades nunca lograron localizar la escena del crimen. Más que algunos cabellos y siete minúsculas gotas de sangre, la evidencia primaria usada para condenar al cliente de mi esposo era toda circunstancial: algunos emails, un par de incidentes que involucraban al acusado y la víctima, una línea de tiempo hipotética establecida en base a los testimonios de algunos supuestos testigos, un registro de videovigilancia en una gasolinera a algunas cuadras del lugar del hallazgo de los cuerpos y una llamada al 911 de un hombre sin identificar en la noche que la fiscalía alega que el asesinato se cometió…  datos blandos, pero si el acusado pertenece a una minoría étnica y vive en un estado pro pena de muerte, te sorprendería saber lo poco que la fiscalía necesita para convencer a 12 personas de ejecutarlo.

Para aclararlo, mi esposo no es un crédulo y está muy consciente de que la mayoría de sus clientes son en realidad culpables de lo que se les acusa. De hecho, esta sería la tercera ocasión en su carrera que cree de verdad que está defendiendo a un hombre inocente.

Con un asesino de alto perfil y una apelación que probablemente terminará con la libertad de un hombre acusado injustamente, para Joe, este caso es un punto de partida para su carrera… para su vida. Ha puesto todas las fichas en esto, ha sacrificado mucho para salvar la vida y liberar a un hombre que cree inocente; esto validaría toda la convicción que Joe tiene sobre su papel en los juzgados y  una de las razones por las que me estoy sintiendo tan ansiosa sobre lo que pasó anoche, también la principal de que no pueda decirle nada.

Cuando mi esposo viene de regreso de la prisión (usalmente se va como a las 10 y le lleva más o menos una hora llegar a casa), me llama por teléfono. Hablamos mientras maneja, y nos quedamos en la línea mientras pide algo para llevar en el camino y luego hasta que mete el carro en el garage. Casi nunca hablamos de trabajo. Sólo hablamos de asuntos normales: qué debería comprar mañana en la tienda, qué fue lo que me dijo mi hermana, por qué el estúpido césped de la casa se está secando; cosas como esas. Para mi siempre ha sido la forma que él tiene de relajarse después de un día pesado. La más de las veces, para cuando marca, ya estoy en la cama.

Pero ese día había tenido un día bastante pesado en mi trabajo y tenía un dolor de cabeza muy fuerte cuando llegué. Ni siquiera tuve ganas de comer nada. Me cambié de ropa y me tomé cuatro pastillas de advil con un vaso de vino (ya sé… ¡no hagan eso!) y entonces me acosté y encendí la tele. Me habré quedado dormida a eso de las nueve, cuando el teléfono sonó eran casi las once, me despertó. La pantalla mostraba el nombre de Joe, pero sabía que era él sin siquiera verlo.

Cuando dijo hola, su voz sonaba pesada, cansada, pero ya que estaba saliendo tan tarde, tenía sentido. Me preguntó si me había levantado, mentí y le dije que no. Me dijo que sonaba soñolienta y le contesté que él sonaba raro. Entonces cambió el tema.

Por alguna razón, él quería hablar del caso.

—Vi las fotografías del asesinato hoy… había tanta sangre.

Joe tiene un sentido del humor muy pesado. Como ya mencioné, no había evidencia que situara al acusado en el momento del asesinato. Joe a veces bromeaba con que le preocupaba que las fotos secretas de su cliente, empapado en sangre y sosteniendo las cabezas de sus víctimas (por las marcas en los fragmentos de hueso, se especuló que las víctimas habían sido decapitadas) aparecieran en el correo del Juez; así que sabe que yo sé que no hay fotografías del crimen, ni de las víctimas.

—Claro… a que también encontraste el cuchillo.

—¿El hacha? nadie la encontrará nunca… —rió un poco. Un poco de humor negro es lo que a veces te saca adelante cuando trabajas con criminales.

—¿Qué tan lejos estás? —comencé a preguntar, pero él me interrumpió. Recuerdo con exactitud lo que me dijo y hasta hoy, no he podido sacármelo de la cabeza.

—Sabes… el primer hachazo sobre ella, el niño intentó detener el hacha con las manos… a medio vuelo ¿te imaginas?  Dedos pequeños de un niño de doce contra la cuchilla de un hacha a medio vuelo. Que se haya quedado en shock cuando se quedó sin dedos fue lo mejor… lo hizo más fácil para todos. Ninguna cabeza cae de un solo tajo.

Incluso para Joe, eso estaba fuera de su liga, nunca antes lo había escuchado hablar así y en especial en este caso, pero no dije nada. El estrés y el cansancio pueden hacer que la gente haga y diga cosas extrañas, supongo que Joe estaba bajo una carga de estrés muy fuerte en esos días. Había estado trabajando sin parar. Así que en vez de reaccionar a lo que decía, reaccioné a lo que pensé que estaría sintiendo.

—Está bien Joe, se terminará pronto, entonces nos iremos a nuestra casa de la playa, como lo teníamos planeado, nos pasaremos las siguientes dos semanas recordando cómo se siente estar vivos, ¿sí? —Compramos una casa prácticamente en ruinas junto a la playa hacía unos tres años y la idea desde entonces era lograr pasar tiempo ahí, un día, arreglándola. Lo escuché inhalando una bocanada agria, sentí que estaba a nada de llorar.

—Es un hombre inocente Joe. Estás salvándole la vida al probarlo. Tu caso es sólido. —Pensé que ayudaría. Joe no respondió en realidad, así que pensé que era buen momento para cambiar de tema.

—Así que, ¿ya terminaste hoy?

—No terminaré nunca. —dijo agrio, pesado.

Entonces escuché la puerta de la cochera abriéndose, lo que hizo que la sangre se me fuera a los pies.

—¿Ya llegaste?. —No había forma de que hubiera llegado tan rápido, pero ya había colgado. Escuché la puerta de atrás abrirse. Mentiría si dijera que no tenía miedo.

Cuando Joe abrió la puerta me sentí aliviada al verlo, pero seguía confundida. No se veía triste, no se veía cansado, no se veía estresado… de hecho, estaba mucho más feliz de lo que había estado hasta ese momento.

Se sentó junto a mí en la orilla de la cama y me abrazó fuerte mientras me decía que el caso había terminado. El nuevo juez no iba ni siquiera a llevarlo a juicio. En un trato que Joe había cerrado esa mañana, el estado había permitido que su cliente se declarara culpable en homicidio en segundo grado, a cambio de conmutar su condena de muerte. Considerando el tiempo de servicio y el buen comportamiento, Joe creía que estaría fuera de prisión en sólo un par de semanas. Joe había ganado.

—Me llamaste… —traté de hilar mis ideas, él me interrumpió.

Me dijo que su celular de trabajo se había quedado sin batería, había olvidado el cargador en la oficina. Mientras estaba aterrizando los detalles del trato, le había prestado su celular al cliente para que se entretuviera con algo. Con toda la emoción, Joe se lo había dejado y sólo se había dado cuenta cuando ya era muy tarde para volver. No era problema, terminó. Lo recuperaría mañana.

Luego se disculpó por no haberme llamado esa noche.

 

 

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