Aterricé en 2 metros de nieve. Era el único que bajaba y el único que venía en el autobús. El conductor se cagó de la risa de mi, cerró la puerta y aceleró dejando una peste a gasolina tras su cacharro. El hostal frente a mí estaba cubierto de color blanco, pero alguien recién había despejado el camino de la entrada.

Puta… ¿en qué me había metido?

BOOM, BOOM, BOOM.  Tres explosiones rápidas sacudiendo los árboles, haciendo que sus ramas vibraran. Ni idea de dónde venían. Respiré hondo, levanté mi costal y anduve hacia la puerta. Una nueva secuencia de estallidos. Ah, por eso los árboles no tenían nieve. No era más cálido dentro, pero llevaba puesto el saco. Le había bordado la insignia E-2, que había ganado durante la instrucción. Era yo un pavorreal.

Después de un rato de pendejear, me encontré una muchacha. Se ofreció a llamar a mi unidad para que mandaran por mí. Les dijo que estaría en la cantina y luego me señaló a dónde ir a sentarme. Se rio de mi anillo de bodas, me avisó que la renta necesitaba depósito y que el pueblo más cercano estaba a unos dos kilómetros del puesto.

¿Cómo se llamaba el puto pueblo del jinete sin cabeza y cómo había terminado en él?

Bueno, no era para tanto. Me había alistado para evitar esas largas noches de pasión con algún compañero de celda. Me hubiera enlistado de todas formas, pero acabé bajo custodia del ejército norteaméricano más rápido de lo que esperaba. Estuve sentado comiendo nachos y tomando soda hasta que el tipo apareció. Se veía miserable, llevaba botas de ratón miguelito, una parca y un sobretodo para nieve.

—Hey, ¿eres Monkey? —preguntó, haciendo a un lado el radiador con un pie y parándose a mi lado.

—Sí, ¿eres de la unidad?

—Acábate los nachos. —Me dijo y se adelantó a ordenar una cerveza. Se sentó delante de mí, abrió la botella, le dio un trago largo y luego se inclinó sobre la mesa.

—¿A quién jodiste para terminar aquí?

—A nadie. Me asignaron aquí después de la instrucción. El resto de los refuerzos para Alemania fuerzon a la compañía 21… ¿por qué, hay algo peor que la nieve aquí?

—Contándonos, la unidad tiene dieciocho cabrones… tuviste qué joder a alguien.

—¿Dieciocho…  diez más ocho?

—Se supone que los otros doscientos estarán aquí en algunos meses. Crees que eso está raro, espera a ver el cuartel. —Se acabó la cerveza, agarró mis últimos nachos, se puso de pie y se abotonó la parca.

—Vámonos mocoso. —Alcancé a ver su rango mientras se ponía el sobretodo. E-4, pero se veía de novescientos años. Lo seguí en silencio hacia una Chevy Blazer.

—El frío se pone de la mierda en Agosto, hay nieve hasta entrado Septiembre y sigue helando hasta Marzo o Abril; eso me han contado. La mayoría de los edificios fueron levantados por los Nazis. Por ejemplo, nuestro cuartel fue levantado en los treinta y remodelado hace un mes. vamos por tu TA-50 para que tengas equipo para la nieve, no quiero que seas una paleta mañana. —Asentí y lo seguí a interrumpir a un tipo alemán que veía una revista porno para que me diera mi equipo. No tuve que firmar nada, el tipo ni siquiera tenía una lista; sólo puso todo en la mesa y nos hizo una seña antes de volver a lo suyo.

—¿No contabilizan? —Tiré la mochila en la parte de atrás del CUC-V.

—¿Para qué? A todos les vale madre el lugar. A Defensa no le podría importar menos lo que nos pase o hagamos. Podrías pegarle de tiros a un fulano y tal vez, sólo tal vez, a Stuttgart le molestará lo suficiente para mandar a alguien a investigar si se trata de un oficial. Si es invierno, se explicará con fiebre de montaña. La última semana se perdieron dos ingenieros, nadie sabe a dónde fueron, pero no se llevaron ningún vehículo y dejaron su equipo para el clima, así que están muertos. Puede que los encontremos en verano.

Ay dios, ¿en qué me había metido?

Seguimos en el vehículo durante unos veinticinco minutos, dejamos la parada y nos abrimos paso a traviesa. Pasamos por un letrero que advertía que el año pasado, veintidós soldados habían muerto tomando esa vuelta muy rápido. Dada la forma en que la camioneta se inclinó cuando llegamos ahí, no me sorprendió. Paramos en una construcción de tres pisos. Estaba comenzando a anochecer. Sólo algunas luces estaban encendidas. Entramos. Aquí estaba caliente. Era la primera vez que sentía un ambiente cálido desde Frankfurt.

—Carter, este es el raso Monkey, dale cuarto y cobijas. —El tipo detrás de la barra despachadora abrió un mueble a sus espaldas y sacó una llave mientras el primera clase abrió un closet y sacó un par de sabanas, dos cobertores de lana y una almohada, las pusieron en la barra y regresaron a ver la televisión. Mi guía me acompañó escaleras arriba y luego hacia abajo, a un suelo a la mitad de los dos pisos, tras una puerta de dos hojas. Se detuvo y me pareció verlo temblar.

—Sólo estás tú en toda esta sección. Algunos de nosotros dormimos más bien en la sala comunitaria… por la compañía. —señaló una de las puertas.

—¿Compañía? —Eso, nada más me faltaba que aquí todos fueran maricones. Empujé la puerta con la espalda. Olía a pintura y aserrín… y algo más… otra cosa que no me figuró nada de momento.

—Ya verás. —Se sacó una botella de tequila de la parca. Me la ofreció. —Mantente caliente, mocoso. Cuando despiertes baja a la sala comunitaria. Creo que un oficial vendrá mañana, pero por ahora no tenemos instrucción, ni nada.

Caliente, ¿eh? Puto maricón. Asentí. ¿Esto era el ejército… el ejército real? ¿Esto era estar en servicio?

Qué. Putas. Madres.

La puerta azotó y de pronto sentí como si el cuarto se hubiera oscurecido, aunque la luz estaba encendida.

Ok. Regadera y baño a mi izquierda, lockers a mi derecha. Pequeño pasillo tan largo como los lockers contra la pared. Cuarto razonablemente amplio. Radiador, refri, dos escritorios, dos vestidores y dos juegos de literas. Encendí el radiador y escuché los sonidos metálicos que los cachivaches viejos hacen al arrancar.

Desde la ventana se alcanzaban a ver las cercas topadas con alambre de púa y un par de torres de vigilancia. Vacias. Nada en la enorme explanada. El interior de las torres se adivinaba inmóvil. Cerré las ventanas para ayudar a que el cuarto entrara en calor, comencé a desempacar.

Todos mis colegas de instrucción habían sido mandados a lugares como Umantilla, Black Briar Creek, Red Stone Arsenal o Johnston Atoll. Mi lugar ni siquiera tenía más que un nombre genérico, y comenzaba a sospechar que ese “ReA” al comienzo, quería decir “ReActivado”. Además, puede que tuviéramos un oficial al mando y puede que no, eso sin olvidar que debía de mantenerme caliente. Me la jalé en la regadera pensando en mi esposa y me fui a la cama. Hacía frío, pero estaba acostumbrado a eso desde la correccional.

Desperté temblando, hasta el huevo de frío, debajo de las cobijas. Había alguien más en la habitación; podía sentirlo. No me moví, no abrí los ojos, intenté enfocarme en el invasor. Había aprendido el truco en la correccional. Mantuve mi mismo ritmo de respiración, pero el aire estaba en serio frío, me hizo toser y me senté de golpe.

El cuarto era un cuajo de oscuridad helada. Salté de la cama de arriba y cuando mis pies tocaron el suelo, sentí hielo debajo de las plantas. ¿Qué carajo? Me resbalé, aún con la sensación de que alguien estaba ahí conmigo y trastabillé hasta el interruptor de luz. Monkey no era la puta de nadie, si había algún pendejo con la verga dura en la mano, ahí en la oscuridad, iba a terminar con la cabeza abierta a patadas.

El cuarto estaba vacío, pero había hielo arriba de donde mi cabeza había estado y en el suelo. Aún podía sentir que alguien me estaba observando y que quien fuera, me quería muerto. Helado y perturbado, jalé mis cobijas, agarré mi llave y me fui de ahí. El corredor estaba oscuro y yo estaba en calzones y calcetines. Podía distinguir mi aliento, delante de mí, brillando con la poca luz que alcanzaba a llegar hasta aquí. Caminé por el pasillo, empujé las puertas de doble hoja y llegué hasta las escaleras a la planta baja. En el decanso a la mitad vi un letrero que decía “SALA COMUNITARIA / AREA CC”.

Regresé al cuarto al que había llegado cuando entré al edificio. El especialista estaba recargado contra su silla, adormilado y el Cabo estaba leyendo un libro. Podía escuchar a alguien roncar del cuarto contiguo; arrastrando las cobijas, me encaminé hacia allá.

Había quince personas en la sala, empericadas en sillas, envueltas en sus cobijas. Solté mis cosas en un lugar vacío y regresé con el Cabo.

—Hey, ¿por qué está tan helado? —El Cabo me miró y miró a su alrededor.

—La caldera está apagada.

—¿Por qué carajo está apagada?

—Nadie renovó el carbón desde la tarde.

—¿Por qué carajo nadie renovó el carbón? —Sonrió, como si supiera un secreto. Se estiró, alcanzó una llave y la puso sobre la barra despachadora. Tomó una pieza de papel y bosquejó un croquis.

—Ok. Estamos aquí. Ve por el pasillo, pasa las puertas de doble hoja, atraviesa el cuarto a tu izquierda, baja las escaleras. Dos puertas a tu izquierda, unos buzones y una sola puerta a tu derecha. Toma la primer puerta a tu izquierda, usa esta llave, ve hasta el fondo del cuarto y encontrarás la caldera y una pila de carbón con una pala clavada. Abres la caldera, paleas el carbón y usas la ánfora de gasolina para humedecerlo y que encienda rápido. Regresa entonces. —Lo puntualizó todo en el mapa. Estaba familiarizado con las calderas de carbón. La casa de papá en la costa oeste, tenía una.

Asentí y recibí la llave y una linterna, luego el tipo volvió a leer. Fui de vuelta hasta mi cuarto, me vestí, me puse guantes y regresé de vuelta a con el Cabo. No dije nada, pero aún sentía que había alguien más en mi habitación. El cabello en mi nuca no se estaba quieto. Seguí las instrucciones hasta el sótano. Noté algo que había olvidado mencionarme: una puerta que iba a la intemperie, cerrada con una cadena. La cadena era más o menos nueva.

Abrí la puerta con la llave y la empujé.

Ay, putas.

Un piso de tierra se abría paso sobre un techo sin terminar, todo estaba oscuro. Había un olor y podía escucharse lo que parecía una respiración pesada y laboriosa allá en el fondo. Los escalofríos y temblorcitos que se habían desvanecido mientras caminaba por todo el edificio habían vuelto. Qué bueno que me había ido a vestir.

Entré al cuarto, caminé por el piso de tierra, hacia la oscuridad. Pasé por la fuente de la respiración pesada y miré buscando el origen. Un calentador eléctrico de agua, enorme, retorcido. Con ayuda de la linterna pude ver cómo el agua goteaba de algunas de sus tuberías y caía, silbando en un siseo que se parecía a una respiración. El aire no estaba caliente, ni húmedo, seguía helado y podía ver el brillo de una fina escarcha en los muros cerca de la tubería.

No estaba en el ejército. Ni loco que esto fuera el ejército de 1980. De alguna forma, había terminado medio siglo atrás. Escuché algunos chasquidos a mis espaldas y me di la vuelta de golpe, apuntando con la linterna. Un par de ojos me miraban desde la penumbra. Sentí un escalofrío profundo recorriendo mi espalda. Entendí que no pertenecía aquí. Algo aquí abajo no nos quería. Algo aquí abajo no nos quería en su edificio. Quería que nos fuéramos o nos iba a matar a todos.

Los ojos se adelantaron al haz de luz y surgieron entonces en la cabeza de una rata tan grande, contando la cola, como todo mi brazo. Se lanzó contra mí, hocico abierto y ojos brillantes.

—¡PUTA!, —le grité, tomando vuelo y dando un excelente swing con el pie sobre la espantosa cabrona, que voló de vuelta a la oscuridad. Cuando mi bota hizo contacto había escuchado un sonido crujiente y había chillado. Di un paso hacia atrás, despacio, aún no de regreso del todo en mí, aún ni siquiera en la cuenta que estaba caminando hacia atrás, de vuelta a la puerta por la que quería escapar. Cuando mi espalda tocó la pared e hizo caer la pala, grité. En la instrucción, había descubierto que tenía buena voz para los gritos. Aquí, un grito que hubiera podido atravesar un estadio cayó, pálido, sin siquiera provocar un eco.

Vi una lámpara de queroseno. Mis manos temblaban. Abotoné la linterna al bolsillo de mi camisa y levanté la reliquia. Tenía mi espalda contra el cuarto cavernoso, y de pronto comenzaba a suspirar delante del sentimiento de que algo me estaba cerrando el paso. Algo que quería dulce y cálida carne para mascar esta noche. La lámpara emanó una burbuja de luz pálida y tibia y me hizo notar el metal a mi derecha. Eso era la caldera. No me calmó. La caldera era grande, era negra y tenía una insignia nazi en relieve sobre su compuerta. Su visión me heló la sangre. Mi imaginación cooperó con los gritos viniendo de dentro mientras la miraba.

No era una caldera. Era una bestia enorme y negra, adormecida, que demandaba sacrificios de sangre como alimento.

—A la mierda. Es una puta caldera, este es un puto sótano y este lugar un agujero de mierda. —gruñí para mi mismo, buscando ira para reemplazar mis miedos. Era un puto soldado, un asesino que el tío Sam había forjado para matar hijos de perra. Ninguna pendeja caldera me iba a asustar, ninguna pendeja rata, ninguna pendeja jodida oscuridad. Abrí la portezuela de la caldera, localicé de vista la pila de carbón y comencé a palear, justo como el puto Cabo que me había mandado hasta aquí para reirse a mis costillas, me había ordenado.

Vacié un poco de gasolina en el carbón y lo encendí. Luego localicé el ahogador y lo cargué. No me sorprendió descubrir que el ahogador estaba lleno de telarañas. Estos pendejos habían estado paleando carbón sólo en la parrilla.

Como un insulto final, tomé la pala y golpee el emblema nazi de la puta caldera.

Que se jodan esos putos muertos nazis de mierda.

Sosteniendo la lámpara, atravesé el sótano, ignorando los pequeños ruidos. ¿Esa respiración? el calentador de agua. ¿Ese sonido de dientes? Los familiares de la señora puta rata dándose un festín con el nuevo cadáver. ¿Esas pisadas a mis espaldas? ecos.

Momento.

¿Qué?

Me detuve en seco, escuché las pisadas dando otro paso, y luego otro.

No voy a mirar detrás de mí. No voy a correr. Los monstruos no existen. No voy a correr. No voy a mirar detrás de mí. Los monstruos no ¡PUTA MADRE, CORRE POR TU VIDA!

Choqué con la puerta, le di una patada como si estuviera en una pelicula y salí al pasillo, empujé la puerta con la espalda y la mantuve en su sitio, temblando, sudando.

Mientras estaba echando llave, alguien llamó del otro lado, pero no me detuve.

—Ojalá les guste ahí adentro hijos de puta. —Apagué de un soplido la linterna y la puse al pie de la puerta, entonces seguí mis pasos de regreso a Comando Central. Conté quince personas de reojo, aún durmiendo.

El especialista estaba ahí, aún cabeceando, pero faltaba el Cabo. Bien, el culero no se iba a congelar ahí abajo, pero lo dejaría quedarse un rato hasta la mañana, hijo de su…

—¡Hey, volviste! —escuché a mis espaldas. Salté y me di la vuelta. El baño se estaba cerrando y el cabo estaba delante de mí.

—Te tardaste toda una hora. Había comenzado a pensar que ibamos a tener que montar una misión de rescate. ¿Llegaste hasta allá?

—Sí. Renové el carbón, los radiadores comenzarán a calentar en cualquier momento. —Estaba comenzando a caer en la cuenta. Nadie me estaba novateando.

—Excelente trabajo, raso. En los últimos dos meses nadie los había juntado para ir hasta allá, la mayoría de nosotros ni siquiera nos atrevemos a bajar. —asentía como un pendejo mientras lo escuchaba hablar.

—¿No fue mi imaginación?

¿Que estás preguntando, qué quieres que te diga Monkey?

—Y un carajo. Este cuartel, todo este puto puesto… está embrujado.

El escalofrío regresó.

—Bienvenido a Alemania.

Putas.

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es un tipo algo aburrido.

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