Prisiones

En la casa a la que nos mudamos existía una puerta enorme y metálica en el sótano, escondida en el rincón más lejano. El casero nos contó que el propietario anterior la había dejado ahí, sin añadir ninguna llave para ella en el juego que le entregó cuando se la vendió. Había intentado abrirla, claro, pero ni siquiera un cerrajero profesional o un soplete habían logrado nada. El precio de la renta nos hizo ignorar el detalle como un asunto menor en favor de todo el espacio con el que contábamos; el espacio que pudiera tener del otro lado era, a fin de cuentas, algo que no necesitábamos.

Apenas algunas semanas después de que nos mudamos comenzamos a tener algunos problemas. Cosas comenzaron a perderse, a veces cambiando de lugar sin que nadie recordara haberlas movido y cosas desapareciendo por completo. Mi hermana menor juraba escuchar pasos en las escaleras del sótano a media noche y este mismo solía ponerse de verdad helado. Lo peor fue cuando todos comenzamos a ver sombras y a escuchar los rasguños. Un día yo mismo pude ver una sombra, flotando por el pasillo, saliendo de mi cuarto.

Las visiones comenzaron a incrementarse. Mi familia se las arregló para ignorarlas, pero yo, con un poco más de curiosidad que de miedo, comencé a seguirlas; envalentonándome cada vez más hacia el lugar en el que siempre desaparecían. Una noche llegué hasta la puerta del sótano, la siguiente a las escaleras y finalmente, una noche, hasta el rincón más lejano ahí abajo. Incluso siendo una noche de verano el lugar estaba ridículamente helado, lo suficiente como para que pudiera mirar mi propio aliento salir de mi boca.

Creo que comencé a entender lo que pasaba una vez que vi la sombra desaparecer en la puerta de metal. La miré por un largo rato y, por primera vez desde que habíamos llegado aquí, sentí que la vista se me devolvía. Los rasguños, como bien pudo adivinarse sin problema alguno desde hace mucho, venían de verdad del otro lado de la puerta. Eran leves y cuando logré escucharlos nítidamente, no me dieron la impresión de algún ser abominable arañando desesperadamente desde el otro lado de la puerta.

Tengo que aceptarlo: cuando escuché las voces llegando del otro lado de la puerta, las piernas se me entumecieron por completo y me quedé ahí, como tal vez lo hagan los venados cuando miran los faros de un carro viniendo en su dirección. Eran rasposas y bajas, eran varias y hablaban a la vez. Después de unos minutos, logré hacer funcionar mis piernas y me acerqué lentamente a mi propio reflejo desdibujado sobre el metal. Cuando puse un oído encima, logré distinguir palabras:

—Silencio —dijo alguien, ahí del otro lado —¿escucharon todos?, estoy segura de que hay alguien del otro lado de esta puerta.

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es un tipo algo aburrido.

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