La primera vez que lo vi había salido a caminar de noche como a veces lo hago. Nunca me asustó salir de noche, mi vecindario jamás sufrió de un crimen peor al de algún robo ocasional o un carro andando demasiado rápido. Caminé por un parque local y justo me sentaba en una de las bancas, debajo de un arbotante de luz, cuando este gato de color negro apareció delante mío. Creo haberlo escuchado ronronear. No parecía hostil. Así que extendí una mano y comencé a acariciarlo. Sus maullidos me enternecieron. Ronroneó más fuerte y se enroscó en una de mis piernas dando vueltas, como los gatos hacen. Abrió el hocico, no para maullar, sino para mostrarme sus dientes, como si estuviera sonriendo, luego lo cerró. Algo hizo se movió en un arbusto cercano y eso lo hizo huir. Era tarde, así que comencé a caminar de regreso a casa.

Llegué a mi puerta y justo mientras metía mi llave, escuché un maullido justo detrás de mí. Me di la vuelta. Ahí estaba mi nuevo amigo, sentado, mirándome con sus ojos enormes y verdes, brillantes y tétricos como los de cualquier otro gato. Sé que no debes alimentar un animal callejero, pero no pude evitarlo. Se veía hambriento. Entré a mi casa y apuré a servir jamón en un pato desechable. Cuando volví afuera, se había ido. Así que dejé el plato en el suelo, junto a mi puerta. Incluso hice ese “sh sh” con el que se supone que se llama a un gato, no había rastros de él.

Me fui a la cama, eran algo así como las once y media. Desperté un rato después, al escuchar lo que me parecieron pequeños golpecitos en la ventana de mi cuarto. Si no hubiera estado adormilado habría respondido de otro modo. Me di la vuelta sobre mi cama para ver a la ventana y encontrarme con mi viejo amigo, el mismo gato, sentado sobre el marco de la ventana. En definitiva, parecía sonreír. Su sonrisa era apenas un asomo vago, un golpecito de blanco debajo de sus labios. Su cola se movía de un lado a otro, como con vida propia y a momentos, golpeteaba el cristal como un peludo y larguísimo dedo de pesadilla.

Un sueño, me dije por la mañana, descartando la imagen como se descartan las cosas que no tienen lugar ni espacio, que jamás valdrá la pena recordar. Para cuando salía al trabajo, me había olvidado del asunto, para cuando salía del trabajo, me esperaban veinte minutos de manejar mi carro hasta casa, en silencio, con la cabeza llena de las cosas que una cabeza se llena en un día mundano y por entero normal. Ahí, en el estacionamiento, justo al lado de la puerta del copiloto, me esperaban ya.

Cuando lo miré sonrió. Sentado, soriendo, me miraba de lleno en un gesto que no pude entender sino divertido. Habría dado un par de pasos hacia la puerta del carro cuando su maullido me detuvo, entonces comenzó a ronronear. Evalué mis opciones y caminé despacio, sin quitarle la vista de encima, hasta estar razonablemente lejos de él. Entonces me dirigí a la caseta de seguridad y expliqué la situación al guardia. Por supuesto que el guardia se encontró más divertido que interesado con lo que le dije, por supuesto que sí, pero también era su trabajo y yo jamás le había dado problemas, así que después de insistir decidió acompañarme.

Tal vez no lo crea, me dijo desde afuera de mi carro mientras encendía el motor, pero estas cosas son normales; intente dormir un poco, no le de vueltas al asunto y pronto las cosas volverán al mismo sitio; me dijo en un tono freudiano que encontré insoportable. Mientras andaba por la carretera hasta mi casa, me entretuve en imaginar lo que le habría regalado al pobre diablo: ¿una anécdota para contar a sus camaradas en sus noches de duermevela, una imagen que se descartará, como se descartan las cosas que no tienen lugar, ni espacio, que jamás valdrá la pena recordar? Quién sabe.

No salí esa noche. No debí moverme del mismo sitio desde donde ahora tecleo, en mi sala, junto a la ventana que da hacia el patio trasero de mi casa. Justo antes de acostarme, me pareció escuchar algo afuera de mi habitación, pero decidí ignorarlo. Suficiente era suficiente, yo trabajaría mañana y esto no me sacaría de quicio. Tenso como se suele estarlo cuando se enfrentará algo terrible mañana, así me dormí, luchando contra las sábanas en busca de un espacio que se sintiera más cómodo que el resto del mundo. Cuando desperté, el gato se encontraba sentado en el final de mi cama,  sentado, me miraba y sonreía como nunca había visto sonreír nada en esta vida. A la sorpresa dejó salir un aullido que pareció de advertencia, extendí las manos hacia adelante como en señal de defensa; me defendía de un gato que sonreía, me defendía de un gato que sonreía los pies de mi cama.

Lento, muy, muy despacio, mientras mi mínimo captor ronroneaba al tenerme bajo su control, fui, primero, incorporándome y luego, lento, muy, muy despacio, fui llevando mis manos hacia el buró a mi lado izquierdo; jalé del cajón e interné mi mano dentro. Nunca estaré seguro. Suponía y supongo que un gato es incapaz de entender estos movimientos como una señal de agresión, ignoraba e ignoro qué clase de amenaza suponía delante de intentar cualquier otra cosa, pero antes de pensar en nada más, mis manos y mi memoria dieron con algo parecido a lo que, sin nombres ni pistas, estaba buscando en ese cajón: un desarmador de punta plana.

En un movimiento sutil intenté ocultar mi ventaja. Lo que ocurrió después sólo puede ser descrito en la mecánica instantánea que nace en el momento de un duelo: no pensé, no planeé, no razoné; ahí delante mío había una amenaza imposible de vadear y en un instante, el acecho se volvía contrataque, la cobija una red y el tipo que trajo a un guardia de segurdad de su caseta hasta su carro, por miedo de lo que le pudiera hacer un gato, un cazador armado con un harpón que se hundió cientos de veces e un bulto inmóvil que no fue capaz de producir ningún sonido.

Cuando terminé, el aliento me faltaba, mi vista se borroneaba. El vértigo fue incapaz de detenerme a andar hacia el patio, arrastrando una cobija escalón por escalón. Cuando llegué afuera, noté que el bulto se movia. Mi mente me mostró dos ojos verdes, una sonrisa ancha. Afuera, mis opciones se ampliaban, pero se depositaron todas en el peso de una pala. La dejé caer una, dos, tres veces seguidas. Luego, como tuve la impresión de que el bulto aún se movia, varias, muchas, demasiadas veces más. Cuando terminé estaba empapado de sudor. El aliento me faltaba. No quise verlo. Mi mente me mostraba una imagen atroz, un estallido de entrañas, un juego de carne con dos canicas brillantes que colgaban. Mi mente bastaba y bastaba también la caja en donde boté el bulto.

Falté a trabajar ese día. En su lugar manejé a las orillas de la ciudad, me interné en una autopista y bajé del carro con la evidencia de un crimen que la imaginación no me alcanzaba para tipificar. La tierra quedó un poco suelta, pero yo estaba ya, exhausto. Aquí, en este momento de mi historia, es en donde vierto todos mis hubiera; en dos paladas extras para las que en ese entonces, no me alcanzó. Cuando volví anochecía. Mi cabeza estaba vacía de todo y sin embargo me razonaba libre. Entré a mi casa, encendí la luz y me senté en el sillón. Un ronroneo largo, gutural y obstruído, como formado por un juguete roto me recibió con un amor delicioso. Me dejó inmóvil, sin aliento alguno. Soporté el golpeteo de la ventana por varios minutos. Lo soporté todo, ¿qué podía importar ya? y entonces, en un momento del que me arrepentiré de por vida, me decidé a mirar hacia la ventana en donde me llamaban.

Sus extremidades rotas saltan de un lado a otro como los de una marioneta rota, un cuarto trasero gira fuera de su gozne, su rostro partido parece luchar por mantener una sonisa que ahora no puede dar otra impresión sino la de una máscara… he tardado bastante en respoder algo que de entrada debió resultar obvio, ¿qué es lo que ha estado haciendo a lo largo de las horas, de los días, de las semanas?, ahora lo sé, creo que lo tengo: está bailando. A ratos me parece que he comenzado a compartir su humor, a comprender que ese de ahí nunca fue un gato, sino algo que sólo quería parecerlo; que su sonrisa siempre tuvo un solo motivo y que la probabilidad de una cosa que sólo puede aparentar ser algo más, trasciende toda explicación acerca de su naturaleza hasta volverla inútil; que, en el fondo, su baile es un acto de piedad. Es entonces cuando esta sonrisa que cada vez es más difícil quitarme de la cara aparece y cobra posesión de mi rostro como un amo improbable, una cosa sin voz ni esencia que tal vez venga del lugar a donde van las cosas que no tienen un lugar en el mundo, que en realidad no vale la pena recordar.

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