Epílogo

Mi pintoresco pueblo, visión universal de la calma, cuenta también con una imponente tasa de suicidio. Solíamos culpar al Reagan por la estadística y repetirnos a nosotros mismos: otro sociópata violento que decide terminar con todo antes que adaptarse a la vida dentro del Hexágono. Luego, cuando lo clausuraron, nos quedamos sin excusas.

En su mayoría y como comunidad, aquellos que admiten el hecho, no suelen hablar sobre él  y justo le damos el tratamiento que también se le da a los secretos de familia que tus padres nunca te contarán; pero a principios de los ochenta, ocurrió algo que casi lleva el tópico a circulación nacional.

En 1983 fuimos visitados por un joven que pretendía venir por parte del departamento de Psicología de una prestigiosa Universidad. El caballero, un tal Daniel Willis, dijo saber de la cantidad de suicidios, declaró su intención de examinar el fenómeno, estudiar el problema, e implementar una solución, en cuanto esta misma se presentara claramente.

El psiquiatra amateur pasó más de un mes en el pueblo, entrevistando a tantas personas como pudo, particularmente, a todos aquellos pertenecientes a familias que hubieran experimentado una pérdida; y si bien, la naturaleza precisa de las preguntas depende mucho de la persona a quien le pidas testimonio, existe una constante: Willis siempre se mostró interesado en la nota póstuma y solicitó permiso para fotocopiarla.

Tan pronto como declaró su investigación concluida, el loquero se marchó del pueblo, asegurando que contactaría a las autoridades que le brindaron su apoyo para la investigación tan pronto como su proyecto llegara a conclusión. Pasó casi un año, casi todos se habían olvidado del asunto; asumimos que había perdido interés por el tema y había encontrado algo más lucrativo. Entonces arribó un paquete a la oficina del alcalde.

Contenía la prueba de edición de un libro titulado “Adiós, mundo cruel”, una antología con el facsimiliar de 176 notas póstumas, impresas justo en el estado en que fueron recolectadas. Cada nota estaba antecedida por el nombre, la fecha, la hora y el método del suicidio, y, en una última exhibición de mal gusto, una descripción a todas luces morbosa, del estado del cadáver al momento de ser encontrado.

El libro carecía de guía moral o ideológica y no contenía ningún análisis o aproximación de carácter psicológico o sociológico de los datos, era, o al menos parecía, un libro hecho por un turista haragán y ambicioso que, falto de todo escrúpulo, intentaba sacar provecho del sufrimiento ajeno. La junta del ayuntamiento decidió desentenderse del asunto, y la prueba de edición, a falta de un mejor lugar, fue enviada al rincón más inaccesible de los archivos del Hexágono.

Desde su adición al corpus literario del Reagan, “Adiós, mundo cruel”, ha sido leído exactamente por dos personas. Primero, el paciente 209495-D, un paranoide esquizofrénico convencido de haber muerto, sin que nadie le avisara, que tras escuchar los rumores sobre el libro, terminó robándolo, esperanzado a encontrar su propia letra manuscrita en alguna página. El segundo, fue Gregory Hulme, un custodio curioso del ala noreste, que leyó el libro, buscando pistas sobre los posibles motivos por los que el Paciente 209495-D, se colgó tan pronto como terminó su lectura.

Si Hulme encontró o no dichas pistas, es un misterio, en tanto que su cuerpo fue encontrado con una plumafuente atravesándole el cuello, libro en mano.

Así el director del Hexágono no tardó mucho en deliberar el destino final de la antología; removida de los fríos dedos de su otrora empleado y aseguradas las pastas con cinta de aislar, la edición fue colocada en una caja fuerte localizada en el bloque de administración del complejo.

Es una pena que nadie más haya leído el libro y que, al momento de la clausura del manicomio, al parecer nadie haya recordado la combinación de la cerradura; en verdad logra ser una lectura fascinante que, además, se ha ocupado de actualizarse a sí misma hasta hoy. El mecanismo, al menos en esencia, parece simple: cada nuevo suicida forma una nueva entrada, en la misma tradición que Daniel Lewis estableció: una descripción del cadáver, un facsimilar de la nota y los generales del evento.

Sobre tales actualizaciones poco resta agregar a la curiosidad netamente anticuaria, salvo, dos excepciones ciertamente remarcables:

La primera de ellas es la entrada 177, localizada justo antes de las pertenecientes al paciente y el custodio del Hexágono; se trata del único caso de toda la antología en el que los datos generales, el modus y la descripción del cadáver han sido omitidos y así, el único dato disponible en la entrada es un facsimilar que se opone a los trazos erráticos y azarosamente poligonales de los otros solicitantes de Caronte, al ofrecer una sola y cuidada línea de texto que dice: “Mis más sinceras disculpas.”; está firmada por la inicial, “D.”

La segunda se encuentra al final, abarca poco más de cuarenta cuartillas mecanografiadas y fotocopiadas cuidadosamente y si bien, es cierto que para tratarse de una nota póstuma, se trata de un manifiesto ridículamente largo, la intención y el estilo del ejecutor, enfocado en relatar algunas de las desventuras más significativas de un edificio abandonado a las orillas de un pueblo imaginario, no parece sostenerse en ningún otro motivo más que el de entretener.

Si en la excepción anterior, “Adiós, mundo cruel”, no ofrece mayores detalles de quien evidentemente debe ser su creador original, por digamos, ofrecer un castigo ejemplarmente irónico, en este último caso, he de aclarar que seré yo quien omita dichos generales por una cuestión mucho más inclinada hacia una intimidad que me ha resultado necesaria, que a un artificio ostensible de mi parte.  Así pues, profundamente halagado por tu perseverancia, acompáñame mientras hecho el último cerrojo: la entrada número 636363-C de este libro, termina, exactamente así: ha sido un verdadero placer, querido lector.

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es un tipo algo aburrido.

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