Querido lector, tengo una confesión pendiente: no he sido del todo honesto contigo. No me mal entiendas, no te he mentido. No he inventado estas historias, ni enrarecido algún detalle; he recontado cada cosa tal y como ocurrió, o como se supone que ocurrió. Aún así, he retenido ciertos hechos de tu consideración. Uno de ellos, uno que mi familia negará aparatosamente, es el hecho de que tengo una hermana. Intento imaginar que quizás harías lo mismo si ella fuera parte de tu familia, ella no es la clase de persona que admitirías conocer de nombre a media calle. La he visto exactamente tres veces. Cada entrevista ha durado apenas unos pocos minutos, así que no podría afirmar que lo sé todo acerca de ella; apenas su color de ojos y de cabello,  su estatura y su complexión. La única cosa importante, lo único relevante que sí sé sobre ella, es su nombre: paciente 252216-E.

Para internarnos en los pasos que finalmente la llevaron hasta el hexágono, primero tenemos que hablar de otro miembro de mi familia: mi abuelo Walter. Era un hombre calvo de rostro enjuto, de manos hábiles en el que la amabilidad siempre parecía ser una sorpresa; era la clase de persona que te tomaba de la mano y te arrastraba hasta la orilla de ese vacío que te asusta tanto, sólo para asegurarse de que sabrías franquearlo. Su salud era delicada, su cuerpo estaba lleno con los achaques acumulados por el amor al tabaco al que se había aferrado durante toda su vida y que acabaron por cristalizar algunos días tras el doceavo cumpleaños de mi hermana, en un conato de ataque al corazón. El doctor no fue muy optimista sobre su recuperación. A las claras, nos sugirió que lo mejor era que el hombre arreglara sus deudas sobre la tierra, hiciera las paces y revisara su testamento.

Tan pronto como la palabra testamento arribara a oídos de mi hermana, los engranes en su cabeza comenzaron a girar, dibujando las líneas de una estratagema que lo mismo tenía de inocente que de compleja; de burda, de diabólica. Ésa era mi hermana. Walter revisaría su testamento y, perdida la memoria y el sentido en los años y los malestares, redistribuiría los bienes de su fortuna basado en el aquí y el ahora, más que en el pasado; así pues, sólo era necesario pasar algo de tiempo con Walter, el suficiente para que el viejo la recompensara  antes de morir. Comenzó yendo a visitar a Walter después del colegio para “ver cómo le iba, como estaba”; después, comenzó a pasar días enteros con él;  esos días se volvieron semanas y, una vez que sus faltas habían hecho que reprobara todos sus cursos, su tiempo entero, apenas regresando a casa para cambiarse de ropa.

La parte más mórbida de su plan, no era sólo que básicamente estuviera embaucando a un anciano, sino que Walter verdaderamente se sintió amado. Se volcó tanto sobre ella, que difícilmente podrías imaginarte intuyendo algo detrás de sus bondadoes. Algo que llenaba a mi abuelo por completo de felicidad era llevar a mi hermana a la cama. Cada noche que pasaba con él, la arropaba, le daba un beso en la frente y se sentaba a su lado, cantándole hasta que se quedaba dormida. Seguro la escena te parece rara; después de todo, los niños de doce años que necesitan ser arrullados no abundan, pero a Walter no le importaba y mi hermana se repetía que estaba haciendo algo por él, algo que merecería una recompensa a cambio. Walter la arrullaba con una vieja canción de sus tiempos; más que citar el nombre entero de la canción o traer a mantel algunos de sus versos, sobra decir que la letra aborda con devoción el añejamiento del mundo y la forma como, conocer a una persona suele bastar para renovarle; el nombre de la canción es “I’ll get by”.

Había acompañado a mi abuelo durante toda su vida, era la canción que lo había inspirado a aprender a tocar la trompeta cuando niño, era la canción que cantaba junto a toda su compañía mientras peleaba en una zanja y; había sido la canción que le había cantado a su novia, cuando se convirtió en su esposa. Cantársela a su nieta, durante sus últimos días en el mundo, lo hacía sentir completo, realizado incluso.

Y las cosas cambian. Así, la poca salud de Walter finalmente se evaporó. Murió  apenas algunos meses tras el conato. Nada característico para mi pueblo, la suya no fue una muerte aparatosa. De hecho, papá solía decir que, dado que había pasado toda la vida aquí, servido durante la segunda guerra mundial y sobrevivido 57 años casado con mi abuela, Walter probablemente hubiera considerado a su apacible muerte durante el sueño, un insulto.

El funeral fue y vino, tan ligero como puede resultar un ave con esas alas, y algunos días después, se abría el testamento. Te sorprendería contar cuantas cabezas asomaron desde insondables agujeros, sólo para ver si les había tocado algo; mi abuelo era el tercero de doce hijos; y todos sus sobrinos, los hijos de sus sobrinos e incluso algunos nietos andaban atentos por ahí. Mucho más sorprendente que el número de personas que se presentaron, fue el hecho de que cada una de ellas hubiera heredado algo; incluso mi nombre estaba en ese testamento, y para aquellos tiempos, yo apenas tenía algunos meses de vida.

Conforme la lectura llegaba a su fin, las esperanzas de mi hermana comenzaron a desvanecerse. Estaba molesta con cada tía, tío, sobrino y primo que habían mencionado, que estaba llevándose el dinero y las posesiones que ella pensó; no, que ella sabía que merecía. Fue la última en ser mencionada, en un apéndice mandado a anexar apenas a algunos días de que Walter falleciera, acompañado con una nota que decía: todo lo que te mereces, el juez de paz le extendió a la jovencita un disco de acetato.

Walter le había dejado un hermoso detalle, un sentimiento encarnado, un profundo momento de paz, todos en la sala lo creían; ella estaba furiosa. Aquella noche, tendida sobre su cama, mi hermana fue asaltada por el monstruo más cruel y sanguinario de todos: la perspectiva.  Estaba molesta por haber pasado tanto tiempo con el abuelo sin conseguir nada y exactamente por eso, por estar molesta, era que estaba triste. Había pasado mucho tiempo con Walter, pero no recordaba nada de él que no fuese superficial: ninguna anécdota, ninguna broma, ningún juego salido de su voz. Lo único que sabía era que la canción favorita de Walter se encontraba ahí, en ese estúpido acetato rayado con el que había salido de la repartición de bienes; la voz de una mujer, endeble, pero capaz de resistir décadas enteras.

Tal la mezcla de ira y remordimiento latente en el corazón de mi hermana, no es complicado entender que hubiera tenido problemas para dormir aquella noche. Conforme las largas horas fueron encimándose, una después de la otra, mi hermana encontró una forma de conjurar aquellas sombras: puso el disco y comenzó a cantar.

Funcionó. A medio camino del primer verso, se encontró en el cuarto de huéspedes de la casa de Walter; tibia y cómoda, sujeta a la tranquilidad de sentir una presencia sentada en la orilla de su cama, velando su sueño. La negación que la había envuelto como una cobija era espesa, de pronto recordó los ojos y las manos de Walter, acariciándola para quedarse dormida, la voz rasposa entonando la canción. Cuando el disco terminó, la aguja saltó y la canción comenzó a sonar de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Hasta que por fin, disco y sinfonola terminaron hechos pedazos en el suelo. Fue entonces que escuchó la otra voz.

Mi hermana no se tomó muy bien el acompañamiento. Cómo culparla, pocas personas lo harían, pero pudo manejarlo mejor que muchos; en el momento en que descubrió que podía opacar el tono del anciano con el volumen de su propia voz. De ese momento en adelante, mi hermana concentró cada momento consciente de su vida a hacer el mayor ruido posible que pudiera. Por supuesto, de entrada, no lograba nada más que una imagen enternecedora, que en cuestión de un par de días, fue intolerable. La escuela la devolvió y la acusó de ser una distracción negativa para todo el cuerpo de estudiantes; tutores y terapeutas se negaron a verla cuando sus métodos fallaron y finalmente, incluso mis padres no quisieron saber nada más de ella; no había nada malo con la mente de mi hermana, sólo temía volver a escuchar la voz de Walter si volvía a cerrar la boca.

Fue así como mis padres hicieron la siguiente cosa que se les ocurría y refundieron a mi hermana en el Hexágono. Me encantaría aclarar aquí, que institucionalizándola, sólo esperaban que se recuperara, pero, en serio, necesitaban un poco de paz y silencio. Ahora que lo pienso, quizás este sea el motivo por el que yo hable en un tono de voz tan bajo; me sería mucho más fácil quedarme en silencio, que pasar el resto de mi vida aquí, pero me desvío.

Mi hermana permaneció en el Hexágono hasta que lo cerraron  y entonces simplemente fue domiciliada en otro hospital en el estado. Hasta donde sé, sigue viva y cantando. También puede que haya muerto desde hace varios años, pero francamente, no estoy apurado por confirmarlo. No soy el único en ignorar el destino de mi hermana y sentirse cómodo; al resto de mi familia, de hecho, podrías preguntarle y te diría una y una sola cosa: soy un hijo único. Mamá fue tan lejos para mantener esa coartada que terminó destruyendo las actas de nacimiento, las fotos y cualquier otra evidencia de que ella alguna vez caminó con otra cosa puesta que no fuera una bata de paciente.

Pero sé lo suficiente. Sé que ella es real, la he visto. Y además, sé, que esa pequeña y egoísta miserable heredó lo que se merecía.

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