Nietszche escribió por ahí que, basta caminar por los pasillos de un hospital psiquiátrico, para demostrar que la fe no prueba nada. Claramente, el personal a cargo del Hexágono no fue su lector; o así parece sugerirlo aquella enorme porción del ala noreste que fue utilizada como capilla.

El padre Jeremy fue el encargado de cuidar ese recinto durante muchos años. De haber tratado, no habría logrado verse más religioso; un sombrero de ala ancha y una larga corbata clerical, ojos escondidos detrás de dos gruesos fondos de botella, un rostro pálido y chupado en el que parecía que el ceño fruncido había sido esculpido a marrazos.

Y por supuesto, su actitud honraba sus hábitos; aquí estaba delante de ti, el clásico predicador enojado que de vez en cuando grita desde algunos programas y canales de televisión y cuyos sermones están llenos con el fuego y el azufre del infierno; aquí la voz que se asegurará de hacerte saber qué tan mal están absolutamente todas las cosas que disfrutas.

Tal vez el aspecto más exasperante de su personalidad era la ausencia de los retenes necesarios para mantener su piadosa demencia confinada a los muros del Hexágono. Se convenció a sí mismo del bien que podría hacer difundiendo la palabra del señor directo y hasta la parroquia del pueblo, sus calles y mi sala de estar.

Nunca le presté mucho fuero a los desvaríos del viejo. Es probable que eso haya tenido mucho qué ver con lo relativamente cuerdo que sigo, por supuesto, en el país de los ciegos. Mamá, por otro lado, se enganchó en las enseñanzas del padre hasta el punto en que me acostumbré a encontrarlo en mi casa, guiándola espiritualmente.

Dada esa frecuencia, estuve obligado a escuchar mucho más de ese incesante parloteo de lo que el resto del pueblo soportaba. A cada visita se encargaba de recordarme de lo lleno que estaba de pecados, de mis terribles vicios, de lo cerca que estaba a mi última oportunidad de cambiar, antes de tomar mi turno para el nado sincronizado en el lago de fuego.

Ocasionalmente y por fortuna, era capaz de abandonar la iniciativa de manejar nuestras vidas y hablar de otros temas religiosos. Uno de sus favoritos, eran los ángeles.

Hablaba acerca de los ángeles de la guarda; seres etéreos con la finalidad de cuidar de ciertas personas y lugares, de mantenerlos seguros. Y también solía hablar sobre otra estirpe en la armada celeste, los ángeles del acecho.

De acuerdo a sus palabras, ambas clases de ángel existían para hacer del mundo un lugar mejor; lo que les distinguía era meramente su modus operandi: mientras los ángeles de la guarda asistían a los salvos, los del acecho asistían a los malvados. Siempre hacía hincapié en que no eran seres malos y sólo castigaban a quien en verdad lo merecía.

Según recuerdo, la explicación funcionaba más o menos así: todo el mundo tiene una contraparte angelical en algún lugar del mundo y cada vez que una persona hace algo malo, su ángel del acecho da un paso hacia él; así sea que tomes la última galleta de la caja y devuelvas la caja a la despensa, o asesines a tu esposa con un picahielo, cada fechoría lo acerca un paso más.

Para este momento, el anciano terminaba su historia rematando: “imagínate lo que hacen cuando por fin te tienen a tiro”.

Estaba, y de hecho, estoy convencido de que ese “imagínate” era la forma en la que el anciano cerraba su cuento de hadas sin tener que terminarlo; la versión religiosa de “y todo era un sueño”. Estaba tan convencido de que el reverendo estaba inventándolo todo, que un día intenté enredarlo en su juego, pidiéndole que me dijera más; en concreto, le pregunté qué pasaría si mi ángel del asalto alguna vez llegaba hasta mí.

Y mi ángel me mataría. Si seguía quedándome hasta tarde en la calle o seguía negándome a tender mi cama, mi ángel del acecho me encontraría y terminaría con mi vida, como castigo a mi vil y malvada forma de existir sobre la tierra, loa al señor. Hubiera estado bien que la cosa terminara ahí, pero, como muchos otros pastores, la astilla creativa de Jeremy era tan afilada como la religiosa, y continuó.

Cuando mi ángel me alcanzara, me sujetaría lentamente de la garganta, y empujaría sus pulgares por encima de mi manzana de Adán. La sensación sería vaga al principio, tan suave que quizá ni la notaría, pero con cada nuevo pecado, se iría ajustando. Si continuaba con mis malos hechos, llegaría el momento en el que la fuerza sería tanta que rompería mi cuello y moriría asfixiado. Y me lo merecería, por ser un niño tan malvado y pecador.

Si todo eso no había sido tan malo, Jeremy agregó que no había manera de revertir el milagroso estrangulamiento. Podía dejar de hacer cosas malas, claro, pero no había manera de que mi acosador celeste soltara mi cuello y me dejara respirar libremente. Sería un pecador marcado durante el resto de mis días, y cada persona que me conociera lo sabría.

Conforme los años pasaron, el padre Jeremy me recontó esta historia varias veces. En cada ocasión, por supuesto, mi castigo se volvía un poco más terrible. El principio básico continuaba siendo el mismo, pero la ejecución y la duración se volvían un poco más brutales, un poco más sádicas.

Supongo que intentaba asustarme, como a todos los demás, para que le creyera. Y en verdad te digo que la parte más escalofriante de las historias del padre, era el tono de voz con el que las contaba.  Debió ser un fumador. Al menos tenía la voz de uno: profunda y un poco rasposa. Con los años, este rasgo se fue definiendo mucho más. Cuando envejeció del todo, era un tanto doloroso escucharlo. En algún momento, llegó a parecerme que el viejo tenía que empujar las palabras para que salieran.

Por fortuna, así para su voz como para la consciencia del pueblo, el padre Jeremy murió ahogado con un huesito de pescado y claro, aquí es donde mi historia terminaría, pero hay una cosa más que me parece digna de mención: el padre Jeremy era donador de órganos y para cuando un bisturí arremetió contra su pecho, los galenos encontraron que sus pulmones estaban sanos. De hecho, estaban en tan buenas condiciones, que fueron a dar al pecho de uno de los sobrevivientes más heridos del incendio, tan pronto como pudieron meterlos en una hielera.

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