No fue Hilda la que perdió la paciencia por vivir aquí arriba, en los pisos de más arriba del edificio, muy lejos de la sordina del tráfico y el vaivén de la gente en la calle; fueron sus vecinos. “Voy a terminar tumbando la pared”, decía el del departamento al lado, “no puedo soportarlo más”, sumaba el del otro; “voy a volverme loca”, sentenciaba la mujer del piso de abajo.

Hilda no. Hilda era la vecina joven, la vecina ocupada, la causante también, en opinión de sus vecinos, de todo el estrés. Ella no era la que se estaba volviendo loca, oh no. Eso es lo que cualquiera de ellos te hubiera dicho. La locura, de cualquier manera, tiene un ritmo propio, muy similar al de las nubes en el cielo; un ritmo que no distinguirías, de comienzo, con el de una vida ordinaria y feliz.

“¡Diez!, Listos o no, ¡allá voy!”, bump, bump, bump, bump, bumbada, bump, bump. Las voces de los gemelos se sentían como un taladro. El golpeteo de sus carreras reverberó por la puerta de la cocineta y detuvo de golpe a Hilda a la mitad de lavar la loza. Tenía detergente hasta los codos. Se quedó ahí, inmóvil, hasta que la boca del estómago soltó ese vacío amargo que ya le resultaba tan familiar.

Por supuesto, tenía que callarlos; su juego inocente, feliz, tendría que ser detenido por un intempestivo “¡no!”, rápido, antes de que la señora Walters en el departamento de abajo subiera a reclamar, antes de que el señor Peters a la derecha golpeara en el muro; antes de que la señorita Rice, a la izquierda, se inclinara por la ventana para quejarse de su cabeza y decirle a Hilda qué tan bien criaban a los niños en sus tiempos.

Los tiempos de la señora Rice habían sido muy buenos; en esos días los niños tenían espacio para corretear y brincar. Si eran ricos, entonces tenían campos y jardines y salones, cuartos; si era pobres, al menos tenían las calles y las callejuelas. Pero los chicos de ahora, los moradores del cielo en este afluente siglo, ¿a dónde podían correr, a dónde podían gritar y vaciar su infancia?

Todo el día, aquí arriba, en el vacío azul e interminable, Hilda debía de privar a sus niños de todo lo que importa cuando se es niño. No debían correr, no debían saltar, no debían reír, no debían cantar, ni bailar; sobre todas las cosas, no debían jugar a las escondidas, o a indios y vaqueros, o tumbarse a almohadazos en golpazos de puro gozo. Excepto cuando ella podía hacerse el tiempo de llevarlos al parque, debían quedarse quietos, calladitos, como minúsculos catatónicos; palideciendo delante del televisor, de los libros.

“… siete… ocho… nueve… ¡diez!, listos o no, ¡allá voy!” Bum-bum-bum-bum-bumbada-bum. Hilda pudo verlos, en pantaloncillos idénticos, andando a las carreras por la casa, yendo, viniendo, rostros intoxicados por el ritmo, el acecho, la proximidad al otro, la emoción hasta casi rozar el clímax.

Antes de este Clímax, antes de que el grito de ¡te encontré!, secuestrara el silencio entre los departamentos, ella tendría que frenarlo. “¡Martín, Sally!”, tendría que decir, firme, “calladitos, ¿por qué no mejor sacan sus libros para colorear y se sientan aquí, calladitos? Vengan ya, aquí, en la mesa”. Y ella tendría que ver las pequeñas y brillantes caritas volverse cenizas, ver las risitas volverse un quejido de aburrimiento; ver los firmes e invencibles músculos, tan necesitados de ejercicio, vencerse, mientras se sentaban… y se sentaban… y se sentaban… Era inhumano, era cruel.

“¿Señora Meredith, puedo hablarle un minuto, señora Meredith?

Muy tarde, ya. Aquí estaba la señora Rice, asomada desde su balcón al suyo, mano en la cabeza, jaqueca apuntada como un rifle, segura de ganar el asalto.

“En realidad no es una queja” comenzó, como comenzaba todas las mañanas, “y si fuera sólo por mí, tal vez intentaría aguantarme, pero está también la señora Walters, a ella tampoco le ha sido fácil soportarlo, y de verdad que va a terminar tumbando la pared, con todo este golpe, tras golpe, tras golpe. Me acaba de marcar, me ha pedido que hablara con usted, ahorrarle la visita… con su rodilla tan mal…”

Rodillas malas. Jaquecas. No tan bienesísmos. Estas eran las armas con las que la pequeña felicidad de sus niños de cuatro años era aplastada; no había defensa válida.

“Lo siento”, dijo Hilda, sin esperanzas, y repitió, “lo siento… lo siento…”

Los gemelos se habían sentado a colorear por casi una hora cuando la señora Walters telefoneó para pedirle a Hilda que parara ese golpeteo atroz, ese bum, bum. “Bum, bum, ¿lo oye?” dijo la voz imitando el ruido. “Me atraviesa los nervios, señora Meredith, de verdad. No puedo imaginarme qué puedan estar haciendo, unos niños chiquitos, no puedo ni imaginarme

¿Disparando el cañón, en la montaña rusa de su cuarto? No; se trataba de la forma enérgica con la que Sally estaba intentando borrar el color mal elegido para un gato, saltando la mesa, cuyas patas golpeaban contra el suelo.

“No, no, no, Sally, deja de borrarlo, mejor termina de iluminarlo así como está, eso, así, esa es una niña bien portada, sí.”

“Martín, mantén tu tractor en el tapete, si lo pasas por el linóleo la señora Walters va a…”

“No, no, no, Sally, deja la silla como está, no queremos que el señor Peters le pegue a la pared de nuevo”.

No… no… no… dos criaturitas sonrosadas reducidas a lágrimas y caras largas, a llantos calladitos, a una ilimitada y letal dosis de aburrimiento. Pero no, nunca llegarías a escuchar a Hilda gritando: “¡no puedo soportarlo más!”. Era la señorita Rice, el señor Peters, la señora Walters.

El otoño se volvió invierno y con él, las posibilidades de llevar a los gemelos al parque quedaron sepultadas. Los ánimos imbatibles, debían de ser desterrados y aniquilados cada vez más temprano. La búsqueda de un juego calladito, algo que no molestara a los vecinos, se volvió una preocupación de tiempo completo para Hilda; sin importar sus esfuerzos, nada pareció bastar, y con ello bastaba, para que las voces, de arriba, de abajo, de cada lado, volvieran: “en verdad, señora Meredith, si pudiera mantenerlos calladitos… señora Meredith, no intento molestar, pero… señora Meredith, a veces creo que tiene una manada de elefantes ahí arriba… uno… dos… tres… no es que no me gusten los niños, señora Meredith, pero eso no es lo mismo que dejarlos crecer sin reglas, como vagos, ¿verdad que no?… “cuatro… cinco… mi cabeza, señora Meredith… seis… siete… ocho… Mis nervios… nueve… no me he sentido muy bien en estos días”

Así que, no, no, no, durante todo el camino hacia los grises días de noviembre; no, Martín. Para ya, Sally. No. ¡No, no, no!, los gemelos se volvían quejumbrosos, la miraban con cierto recelo; a Hilda le parecía que sus piernitas adelgazaban; que sus rostros eran de ceniza, como los de Pompeya. Y aun así, no fue Hilda la que estalló de desesperación. Eran los viejos, la señorita Rice, el señor Peters, la señora Walters.

Fue la nueva alfombra la que le dio la idea; el nuevo cuadro de alfombra que había comprado para asordar los pasos por el pasillo. No era realmente nueva, la había comprado en un bazar y estaba algo sucia, pero a los gemelos les había encantado. Nunca habían visto un tapete persa antes, y durante toda una tarde, hubo silencio absoluto y precioso, junto con la total ausencia de quejas, ni de abajo, ni de arriba, ni de los lados. Del almuerzo al atardecer, Martín y Sally habían permanecido acuclillados delante del tapete, examinando cada matiz de la flor carmesí, cada remate púrpura, cada espiga rosada. Hilda sintió un alivio enorme; durante toda una tarde, los gemelos de verdad la pasaron bien, y los vecinos no estaban quejándose.

“Es mágica”, les dijo, esperanzada, cuando vio que su interés había comenzado a mermar. “¿Por qué no se sientan en ella y cierran sus ojos, los llevará a lugares maravilloso, ¿no me creen?, siéntense. Cierren los ojos. Sientan. ¿Pueden sentirlo? Están volando ahora, allá van, están volando por encima de las azoteas ya… si miran hacia abajo verán las calles… y las casas… y las vías del tren…”

“¡Y el zoológico!”, respondió Sally. “Puedo ver el zoológico… con todos sus animales, los tigres, los leones.”

“ya llegamos al océano”, siguió Martín, “puedo ver las ballenas, los submarinos, y… y… Oh, ¡Mira, Sally!, ¡Mira, ¿ves esa isla? Paremos en ella, vamos a vivir en ella, junto al buque… ¿ves la cueva?

El juego se volvió rutina. El juego perfecto, calladito, al fin lo había encontrado. Hora tras hora, los gemelos permanecían sentados en la alfombra, viajando de una tierra a otra, mirando extraños y maravillosos paisajes. Aterrizarían en Siberia, en el polo Sur, en una isla cerca de Argentina, en donde los alcanzarían aventuras inimaginables, de las que solo podrían escapar por un pelo a la hora de la comida.

Su destino favorito, era sin duda, la isla Inkoo. En la isla Inkoo, había pequeños elefantes, apenas del tamaño para montarlos; había árboles enormes de ramas retorcidas, maravillosas para trepar; árboles de donde podías elegir cualquier fruto que hubiera visto el mundo y más; anchos espacios llenos de hierba, praderas para correr; una jungla entera para jugar a las escondidas, había changuitos que hablaban en changuités, en el que ambos se volverían fluidos; mientras jugaban con los changuitos, saltando de una rama a otra.

Pero tenían que regresar a casa de cualquier forma; terminaban cansándose, incluso de la alfombra mágica. Y en el momento en que quitaban un pie del tapete, las voces comenzaban de nuevo, desde todas partes: Mi cabeza, señora Meredith. Mis nervios, señora Meredith. No estoy acostumbrado a esto, señora Meredith, me está enfermando, de verdad que sí.

Si tan sólo pudieran quedarse en Inkoo todo el día. Que juego tan hermoso era ese. Hilda se sorprendía a sí misma pensando en lo bueno que era para los niños, durante las grises tardes del invierno; tener tanto ejercicio, tantas carreras, tanto aire limpio; mucho mejor para ellos que el del parque, con sus caminos de asfalto y sus letreros de “no pisar las áreas verdes”.

Entonces tenía que hacerse entender a sí misma, sonriendo una sonrisa deslucida, amarga; recordándose lo infantil que era fantasear como un niño, mientras preparaba la comida para el regreso de los gemelos. La novedad terminó por desaparecer. Cada día “regresaban” más temprano, hasta que un día, un día gris, horrible, lleno de neblina y frío, los gemelos se negaron del todo a regresar a Inkoo.

Hilda pudo sentir como la desesperanza la llenó por dentro. Ellos debían ir a la Isla Inkoo. Rogó en vano, insistió, incluso negoció. No volverían a Inkoo.

“No tenemos nada qué hacer, mami”. El viejo lloriqueo comenzaría de nuevo; y con ellas, regresarían las verdaderas pesadillas: “mis nervios, mi cabeza, no quisiera quejarme, el doctor dice que necesito descanso”. Las voces parecían andar por el techo como ánimas en pena, cuchicheando sus horribles cánticos sin cesar, bufando tras la ventana del balcón, asomándose debajo de la puerta del recibidor.

De pronto, Hilda supo qué hacer.

“Quiero ir con ustedes a la isla de Inkoo.” Declaró. “Deben mostrármela, nunca la he podido ver, ¿saben?” El interés de los gemelos de pronto se encendió de nuevo, mientras se acomodaban en el tapete. Martin ordenó con un tono de pequeño sargento: A la isla Inkoo, por favor, todos se agarraban bien, esperando a que la alfombra se elevara.

Algo… algo no estaba bien, ¿qué podría estar pasando?, la alfombra no se movía.

“Dilo de nuevo, Martin”, le exigió la niño, este, un tanto sorprendido, acometió la orden, sin conseguir resultados. Hilda sentía el corazón latiendo muy fuerte adentro de su pecho. Tal vez era demasiado pesada; tal vez, contando dos niños… ¡eso era, claro!, debían estar cerca de la ventana. ¿Cómo podían esperar que la alfombra volara, si no había ventana por dónde salir? De un salto, se apuró a la sala para abrir la ventana al clima lleno de niebla.

“¡Tráiganla aquí!”, les ordenó a los niños, y apuró el paso para ayudar a los gemelos a arrastrarla hasta allá. Le sorprendió notar que ambos estaban un poco nerviosos. A Sally le temblaban un poco los labios. “Mami… juega bien”, le dijo. “Hace frío, mami”, dijo Martín; mientras se acomodaban en la alfombra y la sala se llenaba de pequeñas motas de escarcha.

“No se preocupen, pronto estaremos en la isla Inkoo”, los animó mamá. “Vamos, acomódense los dos. Pronto estaremos en un clima tibio, el sol brillará, y todos los changuitos… y los elefantes. Dilo Martín; da la orden de nuevo.”

Y la alfombra no se movía. Debían ser demasiado peso, los tres juntos, decidió. Tendrían que ayudar a la alfombra. Uno puede imaginarse lo difícil que puede ser levantar a dos niños y una mujer adulta del suelo; pero si le daban un empujoncito, podría planear perfectamente por encima de las azoteas. Pero, ¿por qué estaban llorando, haciéndose hacia atrás, negándose a ayudarla a subir la alfombra a la repisa de la ventana?

Qué magia tan caprichosa y holgazana era esta, manteniendo la alfombra colgando, una parte en la sala y la otra hacia afuera; por supuesto que se pondría plana en el momento en que comenzara a volar. Trepó en la repisa de la ventana y se acomodó lo mejor que pudo sobre la alfombra, balanceándose. Sentía una emoción inmensa. Estaría en Inkoo en un minuto. En vez de esta horrenda niebla, habría un sol tropical tostándole la piel; las hojas de los enormes árboles brillarían bajo la luz dorada; las exuberantes flores se abrirían a su paso; y ella vería por fin a sus gemelos, divirtiéndose al fin; corriendo, gritando, saltando en la costa, lejos, muy lejos de todas esas voces.

“¡Señora Meredith!”, escuchó, por última vez, de la insoportable señorita Rice, asomándose de ventana; ya se sentía tan lejos, apenas un delgado hilo de sonido, desde el mundo de la niebla y el frío que Hilda dejaba para siempre. “¡a la isla Inkoo!” Gritó a la alfombra, y juntas, salieron disparadas de los departamentos en altos, hacia la plateada belleza del cielo acolchonado.

El clima estaba hermoso en Inkoo, justo como lo imaginaba; había praderas, enormes árboles y un sol maravilloso. Los matojos de hierba se deslizaban entre sus tobillos,  y una o dos veces los gemelos habían andado por ahí, corriendo, riendo, gritando, dando piruetas; justo como se lo había imaginado. Había muchas más personas, como ella, andando despacio entre los árboles; y otras personas, en batas blancas, que se movían con más prisa. Varias veces la señorita había ido a aparecerse ahí, bastante cambiada, diciendo cosas como que “si hubieran sabido”, y que “cuando volviera todo sería distinto”.

Insistía en decirle que la había salvado por un pelo; pero Hilda no podía, no quería pensar en eso todavía. Suficiente con estar en la Isla de Inkoo y saber que, tarde o temprano, ella también tendría que volver, justo como los gemelos, antes de la hora de la comida.


Versión original: A Quiet game, por Celia Fremlin, en:

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