Bendición

Eran dos hombres sentados en cada extremo del escritorio de madera.

—Comprendo, de verdad. Pero usted firmó el contrato señor Car— dijo el doctor Hargreaves, de casi cincuenta años, con la nariz sonrosada de un amoroso alcohólico.

—¡Qué se joda el contrato!, ¿y qué si algo sale mal? —Interrumpió David Carter, treinta años, pálido y enfermo.

—Debo pedirle que guarde la calma. Hemos perfeccionado el tratamiento hasta el punto más razonable; ha sido probado: animales, insectos, incluso plantas. En cada ocasión, la recuperación superó las expectativas.

—Nunca lo han probado en humanos, ¿cierto? Nunca han metido ahí a un ser humano.

El doctor se quitó los lentes, echó mano de un cuadrita de tela para limpiarlos y los devolvió a su rostro.

—Señor Carter… David. David, el tumor te está matando. Eso es una tragedia, en cualquier edad; pero lo es mucho más a la tuya. Firmaste el contrato porque sabías que no tenías opciones, porque te ofrecimos salvarte la vida.

—Lo sé… es sólo que la idea entera me aterra.

—Si puedo ser honesto contigo, David, ¿qué podrías perder?

El siguiente día David escuchó las voces viniendo del pasillo afuera de su cuarto.

—Está despierto. Escuché a Wolloughby al teléfono, hace una media hora —sonaba como Jennifer, la enfermera.

—¿Escuchaste algo de lo que dijo? —Tony, el muchacho de la limpieza.

—Casi nada. Pero estaba vuelto loco, gritando por el teléfono. Creo que estaba hablando con alguien de los laboratorios. Heargreaves no estaba contento, dijo algo sobre un virus.

—Eso no suena muy bien, pero no tendrá nada qué ver con nosotros, ¿verdad?

—Ni idea, pero te veo luego.

La puerta al cuarto de David se abrió y Jennifer entró trayendo consigo una charola con medicamentos.

—Buenos días David, el último lote, esperemos.

—Esperemos —respondió David, más preocupado que ayer.

Una hora más tarde descendía por un elevador con el Doctor Hargreaves.

—Intente relajarse. —dijo el médico, introduciendo una clave en el elevador, —sé que lo desconocido siempre da miedo, pero confíe en mí: nada puede salir mal: le doy mi palabra.

—Intente explicármelo de nuevo, ¿cómo funciona?

—Es nanotecnología. Enjambres de robots microscópicos, cada uno no mayor de tamaño a un átomo que podrían rodearlo y reparar cualquier célula dañada de su organismo.

—Sin embargo, todo eso era hipotético.

—Hasta hace poco, pero ha habido ciertos avances. Siento mucho no poder hablarle sobre ellos. A ciencia cierta, el esquema de cooperación internacional con el que trabajamos nos priva incluso a nosotros de conocer todos los detalles del diseño y manufacturación; pero le puedo asegurar que después de once meses de experimentación, absolutamente nada ha salido mal, al contrario.

—Así que, usted me mete en la cámara y esos bichos me curan, ¿correcto?

—Literalmente, sí. No dependen de ninguna fuente de energía externa, se replican por sí mismos y pueden mantener todas las necesidades de su cuerpo por sí mismos. Incluso podrían mantenerlo vivo dado el caso de que se quedara sin aire, entrando en sus pulmones. Incluso podría darse un golpe en la cabeza y los chiquitines repararían el daño mucho antes de que pudiera sentir el dolor. Hambre, sueño, dolor, lo cubren todo; nada de eso puede afectarlo en la cámara. En teoría, ahí dentro, usted se vuelve inmortal.

—¿Pueden curar el aburrimiento? —preguntó David en broma.

—Desafortunadamente, no pueden meterse con su mente.

—Y sólo pueden trabajar en esa cámara.

—Bueno… no, pueden hacerlo en donde sea, ¿por qué la pregunta?

—¿Por qué no liberarlos en la atmósfera, si pueden curar todo? Me suena a Nobel.

—No es tan simple. Si los soltamos, no habría manera de regularlos. ¿Puede imaginarse que absolutamente nadie en el mundo pudiera morir a partir de ahora? Sería una pesadilla, por muchísimas razones. No, no; mucho mejor utilizarlos sólo con fines terapéuticos en un ambiente regulado.

El elevador se detuvo, salieron. El Doctor Hargreaves condujo a David por un pasillo, hasta una compuerta de acero, muy similar a la bóveda de un banco. Presionó su dedo pulgar contra un escáner.

—Mucha suerte, David.

La puerta se abrió, del otro lado, una caverna abierta y espaciosa le recibió. Computadoras y máquinas zumbaban en un patrón circular. Al menos tres hombres con bata trabajaban en cada estación de trabajo. Los muros estaban cubiertos con tuberías y cableado. No había ventanas, a David se le antojó encontrarse cerca del centro del mundo.

—Señor Carter —dijo una bata blanca, aproximándose a él con el repiqueteo de sus tacones; acento europeo.

—Hola.

—La Doctora Gustavson, para servirle. Por favor, entre dentro de la cámara central. —David desvió la mirada hacia la enorme esfera de cristal reforzado al centro de la cámara, que por ahora lo esperaba retraídas un par de sus hojas, abierta. Respiró hondo y comenzó a andar hacia allá. A un par de pasos de entrar, el destello de algunas luces rojas, encendidas a sus espaldas y acompañadas por una sirena lo detuvo.

—Por favor continúe, David. Esa alarma no tiene qué ver con usted. —Dijo el doctor Hargreaves desde una de las estaciones de monitoreo.

David subió a la burbuja, cabía en ella de pie. Las hojas se cerraron detrás de él. Desde ahí no era capaz de escuchar nada; pero podía observarlo todo. Dos pequeña comisuras se abrieron liberando un gas que atenuó levemente el aire dentro de la cámara. David cerró los ojos y comenzó a llorar. El dolor que lo había acompañado durante casi un año entero, el del tumor en su cabeza, había desaparecido por completo en menos de dos minutos. Incluso el fantasma de una lesión en la rodilla que había arrastrado desde su juventud se había ido. Miró a los científicos con ánimos de levantar un pulgar.

El laboratorio estaba lleno de focos relampagueando en rojo y amarillo. La gente corría de un lado para otro. La doctora Gustavson gritaba por un teléfono. Uno de los ductos de ventilación, afuera, estalló, tirando a un par de los científicos. Un vapor de color ceniza entró por ahí y comenzó a llenar el laboratorio. Los científicos se aplastaban contra la puerta de salida, al parecer no podían abrirla. A poco, uno de ellos colapso, tosiendo y vomitando sangre en el suelo. Le siguió el resto. Gustavson intentó llegar a una máscara de oxígeno antes de que la hemorragia la desmayara. En menos de una hora, nada se movía del otro lado del cristal.

David pasó parte de ese día intentando ver si podía abrir la burbuja desde su lado. Era imposible; incluso intentó golpear el cristal repetidas veces; apenas manchándolo de sangre antes de que el dolor en sus manos desapareciera. Una de las extensiones de teléfono, por la que Gustavson había estado gritando, parpadeó, avisando de una llamada, un par de ocasiones. Luego dejó de sonar. Tras seis días sin dormir, David había recapitulado la conversación de la enfermera y el limpiapisos, unido los cabos. Seguro el virus había escapado al mundo exterior.

Algunas semanas después, la luz se fue. Se sintió bendecido al verse privado de la podredumbre a su alrededor.

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es un tipo algo aburrido.

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