Pasos

En completo silencio, si presionas un oído contra una almohada, puedes escuchar tus propios latidos. De niño, el sonido me parecía el eco amortiguado de algunos pasitos dados sobre una alfombra y al escucharlo, justo a nada de quedarme dormido, me hacía despertar, aterrorizado. Durante toda mi infancia viví con mamá en un vecindario más o menos tranquilo, de tipo que se encuentra en un periodo de cambio: gente de bajos recursos mudándose ahí —justo como mi madre y yo. Vivíamos en el tipo de casa que ves transportándose en dos piezas por la interestatal, pero mi mamá la mantuvo siempre muy ordenada. El vecindario estaba rodeado por una campiña que a mí me encantaba explorar durante el día; aunque durante la noche, así son a menudo las cosas para un niño, me daba un poco o más miedo que el espacio entre el suelo y la casa, lleno de monstruos y escenarios sin escape, que consumían mi cabeza cuando despertaba al escuchar esos pasos.

Dije a mi madre sobre esos pasos y mi madre me dijo que lo estaba imaginando; persistí tanto que terminó llenándome los oídos con agua, por que yo creía que eso ayudaría, no lo hizo, pero  en realidad a única cosa extraña que a veces ocurría era que despertaba en la cama inferior de la litera, cuando mi cama era la superior; no era una cuestión tan inexplicable y yo mismo recordaba cómo en muchas ocasiones me levantaba por agua, o al baño, y al volver me acostaba en la cama de abajo. Esto pasaba una o dos veces a la semana; un día no desperté en la cama de abajo.

Había escuchado los pasos, pero estaba demasiado dormido ya, y cuando desperté, no fue por el sonido, ni por una pesadilla, sino por que hacía muchísimo frío. Muchísimo. Al abrir los ojos vi las estrellas. Estaba en el bosque. Me senté e intenté imaginar qué había pasado. Pensé que estaba soñando, aunque no se sentía como un sueño. Había un flotín de alberca desinflado junto a mí, con la forma de un tiburón. Después de un rato me quedó claro que no iba a despertar. Me puse de pie para intentar orientarme; pero no reconocía nada. Me la pasaba jugando en el bosque junto a la casa, así que conocía el lugar bastante bien; no reconcía este punto, ¿cómo había llegado hasta ahí? Di un paso y sentí un dolor inmenso en el pie que me devolvió al suelo. Había pisado una espina. Con la luz de la luna, pude ver que el suelo estaba lleno de espinas. Me revisé el otro pie, estaba bien, yo estaba completamente bien, excepto por el piquete que había recibido; lloré por un rato y después me levanté de nuevo.

No sabía a donde ir, así que simplemente elegí una dirección. Me resistí a gritar, buscando a alguien, pensando en que tal vez no era buena idea ser encontrado por lo que me pudiera escuchar ahí. Caminé por horas. Intenté caminar en línea recta, e intenté corregir el rumbo cuando tenía que rodear algún árbol, o alguna piedra, pero era un niño y estaba muerto de miedo. El lugar estaba en silencio, no se escuchaban búhos, ni ningún animal; hubo un solo sonido que me alertó, sonaba como un bebé llorando. Ahora pienso que pudo haber sido un gato, pero me llenó de pánico. Corrí, cambiando de dirección al azar para esquivar árboles caídos, arbustos; intentaba tener cuidado en donde ponía los pies, porque para ese momento ya estaban muy lastimados. Había estado teniendo mucho más cuidado de en dónde pisaba que a dónde me dirigía; no mucho después de escuchar ese llanto, vi algo que me hizo sentir el pecho vacío. Era el flotín de alberca.

Estaba justo en el lugar en donde había despertado. No pensé en nada sobrenatural, pero supe que estaba perdido. Ni siquiera estaba seguro de que este fuera el bosque en donde jugaba, sólo tenía la esperanza de que lo fuera. ¿Había caminado en círculos, en algún momento había dado la vuelta para regresar al mismo punto sin darme cuenta, cómo iba a salir de aquí? Recordé que la estrella del norte era la estrella más brillante, busqué en el cielo, escogí una y la seguí. Las cosas comenzaron a verse más familiares un rato después. Cuando encontré “La Zanja” (un agujero en el cielo en donde yo y mis amigos jugábamos guerritas de lodo), supe que estaba cerca. Para ese momento caminaba muy despacio, los pies me dolían mucho, pero estaba tan feliz que comencé a trotar. Cuando pude ver el techo de mi casa, dejé salir un suspiro y corrí más rápido. Sólo quería volver; ya había decidido que no diría nada porque no tenía idea de cómo podría comenzar a explicar algo como esto. Regresaría a la casa, me limpiaría y volvería a la cama. Sentí de nuevo el vacío en el pecho cuando pude ver la casa de lleno: todas las luces estaban encendidas.

Sabía que mi mamá estaba despierta, sabía que tendría que explicarme (o al menos tratar), decir en dónde había estado, y que no sabría por donde comenzar. Mi carrera se convirtió en un trote, mi trote se convirtió en los mismos pasos lentos. Vi una silueta del otro lado de las cortinas. Subí los escalones al porsche, puse la mano en la perilla de la puerta y la abrí. Justo mientras empujaba, sentí dos brazos apretándome y jalándome hacia atrás.

—¡Mamá, ayuda, mamá, por favor! —grité, tan fuerte como pude. El sentimiento de estar tan cerca de que terminara todo, ser jalado de pronto, alejado del alivio, me llenó de un sentimiento que aún hoy soy incapaz de nombrar. La puerta se abrió y un poco de esperanza me iluminó, pero la silueta no pertenecía a mi madre.

Era un tipo enorme, comencé a forcejear, di de patadas a las espinillas de la persona que me sostenía, intentaba alejarme de los dos. Estaba aterrorizado, pero también estaba furioso.

—¡Suéltame!, ¿Dónde está mi mamá, qué hicieron con ella, qué le hicieron? —La garganta se me cerraba con cada grito, me quedaba sin aire, cuando por fin me permití aspirar una bocanada pude escuchar el sonido que me sacó de ese lugar oscuro en el que había terminado. Era su voz.

—Cálmate… cálmate… soy yo. —sonaba como mi mamá.

Los brazos se aflojaron y me bajaron al suelo. El hombre que había abierto la puerta estaba ahora junto a mí; era un policía. Miré a la persona que me sostenía, era de verdad mi madre. Todo estaba bien. Comenzamos a llorar los dos y entramos a la casa junto al policía.

—Regresaste, gracias por regresar, pensé que no te iba a volver a ver nunca.

—Perdón, no sé lo que pasó, perdón.

—Está bien, no lo vuelvas a hacer, por favor; ni yo ni mis rodillas soportarían esto de nuevo.

Reí entre el llanto, sonreí un poco.

—Perdón por la patada, ¿pero por qué me asustaste así?

—Tenía miedo de que volvieras a huir.

—¿Qué?

—Encontramos el recado en tu almohada. —me explicó, mientras me señalaba de reojo al policía, que me extendió un pedazo de papel por la mesa del comedor. Tomé el papel y lo leí; era un recado de despedida. Decía que yo no era feliz, que no quería volver a ver a mi mamá o a mis amigos. El policía platicó por un momento con mi mamá mientras yo miraba el papel. No recordaba haber escrito nada, no recordaba nada de esto; pero incluso si a veces iba al baño de noche y no lo recordaba, e incluso si yo mismo me hubiera levantado medio dormido y caminado hasta perderme en el bosque, sólo podía pensar en una cosa: esa no era mi letra.

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es un tipo algo aburrido.

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