Levi

Ah sí, mi pueblo es un lugarcito aburrido y callado; un lunar en la costa, exótico y cursi, que los turistas relacionan con quién sabe qué idea bucólica de paz y melancolía. Yo creo que es por eso que aquí todos nos volvemos locos, pero además, es por eso que  muchas familias son propietarias de pequeños negocios y cafés, enfocados en aprovechar el flujo de turistas. Por mucho tiempo, el café más popular, localizado cerca del puerto, fue un lugar llamado “El rosedal”.

Como muchos otros lugares, actualmente el local está desocupado y su estado se aleja lentamente de un precio de reparación razonable. Toda mesa, silla o mueble ha desaparecido y probablemente usado para darse calor en algún lote valdío y ahora el lugar no es sede de nada más que, un gato y sesenta y nueve mil ciento cinco piezas óseas.

¿Y cómo es que un café tan popular como El Rosedal termina convirtiéndose en un lindo, bucólico e inocente osario digno de nuestro pueblo devora turistas? Para comenzar a responder esa pregunta, acerquémonos a su expropietaria: una jovencita de ascendencia nipona e inglesa, llamada (aliste su habilidad deductiva, oh, lector): Rose Jayne Elizabeth Gainsborough.

Durante mucho tiempo, Rose quiso abrir un café; pero no sólo quería abrirlo para, digamos, explotar a los turistas; Rose se trataba de uno de esos pintorescos ejemplos en donde la consciencia local termina cristalizada en una convicción plena, en una creencia inamovible de que, tal vez no como el policía o el cirujano lo hacen, pero estaría ofreciendo a su comunidad, el servicio de un espacio de descanso y relajación por medio de su negocio. Su deseo fue concedido en su cumpleaños vigésimo quinto, cuando sus padres tuvieron el capital suficiente para comprar el espacio en donde sus sueños nacerían.

Tal vez pienses que es extraño que Rose decidiera abrir su cafetería en un pequeño pueblo a la mitad de la nada, pero en realidad se trataba de una decisión muy inteligente. Por aquí, puedes hacer vida con una mesa vieja, dos tazas rajadas y agua caliente y, cuando tienes un poco más, puedes hacer una fortuna. Y bien, tal vez Rose no juntó la cifra para retirarse pronto o vivir como millonaria, pero se acercó bastante en cuanto su pequeño café se volvió un paradero popular; lo mismo para los habitantes que para los fuereños.

Y fue más o menos para ese tiempo en el que El Rosedal encontró a su mascota; un pequeño gatito, con un pelaje casi escarlata, llamado Levi. Rose siempre sostuvo que el nombre no derivaba de ninguna forma del señor Strauss y que ahí estaba, acortado, el título del tercer libro de La Biblia. Una elección interesantísima, si tomamos en cuenta que la señorita Gainsborough no era del tipo religioso y bien, ese era el nombre del gato que tú podías ver deambulando cerca o dentro del Rosedal.

Gatos y ratones, lector: los primeros designios que terminarían fraguando la ruina del negocio de Rose, comenzaron a tejerse a un año de comenzado el negocio; poco después de que cerrara sus puertas para comenzar con el corte del día. Levi apareció, tan sorprendentemente como su naturaleza pueda volver al hecho, entrando por la puerta trasera del negocio, con un ratón muerto en el hocico, que a poco exhibiría a su ama informal como un precioso trofeo. Rose hizo lo que tú, o yo, o cualquier otra persona hubiera hecho y alejó de su vista el lamentable saquito de huesos, con el asco al que, en cualquier día, se le tiene a estos hechos.

Y a la mañana siguiente, las noticias locales zumbaron como avisperos. Durante la noche, un feligrés había sido asesinado. ¿Causa de la muerte? un disparo y hasta aquí todo bien, si te has enterado de cómo acostumbramos matarnos entre congéneres, pero luego el asunto importante, que también es un lugar común: la policía no tenía pista alguna, no había móvil, ni motivos, ni bala, ni sospechosos; eso en una urbe enorme es el pan de todos los días, claro, pero ahora toma en cuenta que esto ocurrió en Villa Melancolía y claro, si ahora te estás preguntando qué cosa tiene qué ver una con la otra, nunca has vivido por aquí.

La secuencia de eventos se repitió algunos días después, con Levi entregando un nuevo trofeo a su ama. Rose fue por una servilleta y apretó los dientes para disponer del pequeño cuerpo del crimen, cuando algo, ahí en el fondo de su cabeza, unió dos líneas paralelas, que nunca debieron tocarse y le sugirió que no lo hiciera.

En su favor y defensa, Rose era una chica inteligente, solía discernir guiada por el razonamiento y en general, gozaba de un excelente sentido común. Es decir que, entendía a la perfección el hecho de que no existía nada que pudiera conectar a su gato con los asesinatos y que era imposible sugerir cualquier tipo de “secuencia de eventos”.  Y sin embargo ese algo en el fondo de su mente ya había comenzado a gritar, a asegurarle que si tiraba ese regalo de Levi, alguien más moriría. Aquí un apunte útil: cuidado con las corazonadas, algo siempre ocurre en cuanto les concedes la existencia; sobre todo si se trata de dejar un ratón muerto en el patio trasero de una cafetería, sólo para ver qué pasa después.

Nadie en el pueblo murió esa noche. Para ti y para mí y la gran mayoría, eso sería completamente razonable, dado nuestro escenario. Rose, en cambio, estableció una relación de causa y consecuencia: podía prevenir un homicidio con sólo aceptar el regalo de un gato y recuerda, aquí estamos delante de una chica que sigue firmemente todas sus convicciones y cuya mayor tendencia orbita sobre el servicio al prójimo; así que aceptó el siguiente regalo de Levi. Y el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente.

Conforme Rose fue acumulando más y más cadáveres, la tasa de criminalidad se desprendió de la gráfica y se estrelló contra el suelo. Te aseguro que en una comunidad como la nuestra y con todo y los bemoles  que me han permitido teclear hasta aquí y seguir tecleando, esa tasa no es precisamente significativa, pero de acuerdo a lo registrado durante ese periodo de tiempo en los archivos de la comisaría, lo poco que solía ocurrir, dejó de ocurrir; el vandalismo cesó, las billeteras olvidadas se devolvían llenas, no hay una sola multa en la carpeta. Mientras, la colección de Rose crecía y crecía.

En algún momento el negocio de Rose comenzó a sufrir las consecuencias. La gente no suele reunirse a tomar café adentro de un rastro y hablando de sentido común, esa declaración lo tiene, sobre todo si hablamos en términos de olores apetecibles. Los pocos clientes desprovistos de olfato que restaron, cuentan que para este momento, Rose estaba mucho más concentrada en la siguiente rata o pájaro que Levi le llevara hasta la barra, que en servir café.

Y puedes imaginarlo ¿o no?, a Rose le importaba medio grano molido de su materia prima lo que la gente opinara al respecto; estaba ayudando personas después de todo; ayudaba mucho más de lo que lo hacía sirviendo café en su localito cerca del puerto, sólo que nadie lo notaba.

El punto de no retorno entre un hobby alarmante y una obsesión peligrosa, llegó un mes y medio después de que Rose comenzara a almacenar animalitos muertos. Al volver a su negocio después de un corto viaje para restablecer provisiones, descubrió que el gato aún no había traído ninguna ofrenda.

La señorita Gainsborough no tardó mucho en descubrir la causa. Uno de sus vecinos, el señor Barker, había tomado el regalo de Levi y lo había lanzado a su incinerador. El señor Barker no estaba intentando ganar ninguna otra cosa que la simpatía de la muchacha, creyendo que ahorrarle el breve momento de repulsión no sería nada más que motivo de agradecimiento.

Rose no coincidió con las ideas del señor Barker, corrió a todo el mundo del interior de su negocio, sin siquiera preocuparse por cobrar y entonces, atornilló las puertas, tapió las ventanas y se sentó junto al radio, a esperar el noticiero.

Pasaron nueve horas hasta que Rose escuchó algunas sirenas, pasando a toda velocidad en la calle frente a su negocio. Escuchó al locutor interrumpiendo la transmisión para advertir del incendio en el centro, lo escuchó mencionando una dirección cercana a la casa de su novio como el punto de origen, escuchó el número de heridos y la única muerte contabilizada hasta ese momento, calcinada hasta el punto en el que sólo podría ser reconocida por sus piezas dentales.

Levi se talló contra su pantorrilla, ronroneando. Lo levantó y lo miró directamente a los ojos. Se imaginó sumergiendo su cabecita en una olla hirviendo, se imaginó apuntándole con el revólver atornillado en un punto de la barra de su restaurante; se imaginó estrangulándolo con sus manos. Si lo mataba terminaría con todos sus problemas, sería el último animal muerto con el que tendría que lidiar en su vida.

Pero antes de que Rose se moviera, la voz allá al fondo de su cabeza le habló de nuevo: no era culpa del gato. Incluso, si así fuese, el gato podía solucionar muchas más cosas vivo que muerto. De pronto, Rose sintió que un velo que nunca había notado delante de los ojos de su mente se levantaba. Sabía lo que tenía que hacer y cómo. Puso al gato en el suelo, le ordenó firmemente, una sola cosa: “tráelos a todos”.

De ese punto en adelante, Rose se dedicó únicamente a las ofrendas que Levi le seguía llevando. La montaña levantada en el patio trasero del local pronto comenzó a inundar el interior del clausurado negocio y una vez adentro, duplicó su ritmo de crecimiento. Al principio, Levi entregó un cadáver por día, pero como respondiendo a las súplicas de su ama, las entregas comenzaron a aumentar, hasta el punto en el que el gato entregaba un cuerpo, más o menos cada hora.

La demencia de la muchacha pronto cobró una cuota en su salud. Ya que había permanecido despierta durante seis días seguidos, que en algún momento sucumbiera a la fatiga y se desmayara, era cuestión de simple sentido común.

Alertada por los propietarios de los negocios vecinos y algunos amigos, la policía derribó la puerta del local y encontró a su propietaria inconsciente, encima de su colección. Fue transferida a la unidad de cuidados intensivos del hospital local y mantenida en observación, después de estabilizada.

Despertó algunos días después. Lo primero que vio al recobrar el conocimiento, fue a su novio. Se explicó pacientemente: el incendio fue provocado por un tipo que se había quedado dormido con un proyector encendido, el cuerpo que encontraron debía de ser el de algún ladrón con muchísima mala suerte. La policía había encontrado al perpetrador de los dos asesinatos, ya estaba en la cárcel. Para la sorpresa de Rose, y quizá también la nuestra, todos los hechos tenían una explicación sencilla y lógica; la línea entre las paralelas comenzaba a desdibujarse.

Aliviada por la voz de su novio, Rose sintió que las cosas se reorganizaban. Cuando el servicio la dio de alta, decidió internarse voluntariamente en el Hexágono. Pensó que necesitaba cierto soporte profesional y quizá no estaba tan equivocada, después de todo, había pasado el último mes y medio rodeada de animales muertos, un gato y convicciones muy firmes. Además, pasarían algunos meses antes de que pudiera reabrir el local; así las cosas, tomarse un tiempo fuera, parecía muy razonable.

El Rosedal jamás volvió a abrir. Rose descubrió que la vida como paciente en el Hexágono, si es que no era dedicada a la edificante tarea de afilar un pasador hasta el punto de que funcionase como una aguja, de hecho, era bastante apacible. Pasó los años dedicada a cuidar de los jardines del complejo y disfrutar de las visitas de su novio, hasta que las instalaciones se cerraron y ella regresó al pueblo.

En tanto al local y su fama, la junta del ayuntamiento hizo todo lo que pudo para que recuperase su rentabilidad. Se vació, se limpió y se redecoró; mientras que la colección de huesos fue desechada. Envolvió el tiempo y el esfuerzo de mucha gente y al final, cuando la tienda estaba lista para la sesión de turistas e incluso contaba con un nuevo dueño, todo resultó inútil.

El turismo fue infinitesimal ese año. De hecho, se trató del único año en el que nadie parece recordar un solo turista; ahora bien, si tienes buena memoria, seguro a estas alturas, unes por ti mismo un par de los hechos aquí expuestos que a primera vista parecen ser el mismo y sólo estar distantes uno del otro; ¿hay una contradicción, he omitido un último hecho?

El gato y el ratón, querido lector.

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es un tipo algo aburrido.

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