Como ya lo habrán notado, mi pueblo exporta dos cosas principalmente: souvennirs corrientitos de plástico para los turistas incautos y lunáticos certificados. Como con muchas otras cosas, no siempre fue así. Durante los cincuenta, una compañía local llamada Tooth&Nail Productions, filmó y distribuyó noventa y ocho películas. Eran la clase de películas que luego serían fetiches coleccionables para directores como Tarantino: guiones pésimos, ejecutados por actores mediocres, capturados en cámaras corrientes, sobre los recortes del film tirados en el cuarto de edición; nada más que una excusa de hora y media llena de desnudos, palabrotas y violencia simulada, filmados siempre, exactamente en la misma locación.

Ya que nuestro pueblo es bastante pequeño y está lo suficiente aislado de las comunidades vecinas, cada film hecho por Tooth&Nail usó a la misma compañía de seis, y a veces siete actores locales. Cada uno de estos actores estaba convencido de tener el talento suficiente para abrirse paso en Hollywood y que, protagonizar clásicos de la talla de LA VIOLENCIA… es oro y Oro, Frankencienso… y ASESINATO, eran solamente un purgatorio del histrionismo que debía cruzarse antes de llegar a los campos elíseos.

Por supuesto, ninguno de ellos lograría llegar a algún estudio y cuando Tooth&Nail dejó de filmar sus películas, el pueblo recuperó un paletero, varios cajeros de supermercado y otras plazas afines igual de indispensables.  La gerencia declaró banca rota y una baja en el interés de su público, pero esto no es del todo cierto. La verdadera razón de la deriva de la compañía tuvo su origen en el asesinato de su principal femenino más popular: una jovencita llamada Charlotte Hughes.

Restaron cenizas y un triste catálogo de indultos cinematográficos. Las películas en sí, han permanecido latentes en una penumbra cómoda desde entonces, manteniendo un culto de seguidores y coleccionistas de artículos viejos y quizá también, esotéricos. Tal la dedicación de este grupo que, a la fecha, 98 de las 99 películas originalmente producidas por Tooth&Nail, han sido localizadas.

Del undécimo noveno caso hay mucho qué decir: Existen integrantes originales de la compañía que han confesado que la película se filmó, pero se han rehusado a hablar de su contenido y así mismo, el catálogo original con las 99 producciones, lista su entrada final con nada más que un título a todas luces provisional: Obra maestra XCIX.

Al parecer, los antiguos dueños no logran ponerse de acuerdo en tanto si debían hablar vagamente de la pieza o negar por completo su existencia, atribuyéndola a una imaginación colectiva, ociosa y ciertamente excéntrica.

Se ha sugerido que se trata de un film experimental, o una comedia; algo tan lejano al, llamémoslo, estándar de calidad de Tooth&Nail, que, habría logrado lavar las capas de reputación que sólo se ganan con años de desaseo. Puede ser que la película fuera tan mala que incluso para ese mismo estándar hubiera sido criminal soltarla entre un público desprevenido, o también, que la muerte de Charlotte se feche demasiado cerca del inicio de la filmación y que esto, sumados los factores, haya bastado para alimentar el mito sobre una película snuff con los últimos momentos de la estrella fugaz, para beneplácito de vayan a ustedes a imaginarse qué clase de morbo.

Quizás se deduzca ahora que la base de fanáticos y coleccionistas se encuentran en una cacería frenética y permanente por el escurridizo y mítico material audiovisual; esto es un error.  Esta estirpe de acólito es disciplinada, pero su obsesión, su fetiche, marca ciertas distancias con el objeto concreto; siempre capaz de asumir la existencia de Obra Maestra como un hecho consumado y de especular rutinariamente sobre sus detalles, no tiene prisa por topar precisamente con él. De hecho, con la excepción de quien haya propiamente trabajado en plato, se estima que la obra ha sido vista por un único individuo: el Paciente 812001-E, de nombre James Gardner.

Todo comenzó con la llegada de un paquete, con una lata de film dentro. Ni lata ni empaque contaban con etiqueta alguna o dato sobre su remitente. Gardner era esa clase de acólito del que hablamos hace un momento: un amante de las llamadas películas underground. Por supuesto, la atmósfera que emanaba del paquete le bastó para ir y cargar la cinta en su proyector privado. Ya el mero comienzo lo dejó boquiabierto; un título sostenido delante de la cámara, una tarjetita de cartón, que orgullosamente declaraba: “Tooth&Nail Productions presenta: Criptas, Ataúdes, Tranquilizantes”.

Gardner sabía, como nosotros, todo lo necesario sobre Tooth&Nail; su memoria contenía el catálogo de la productora a detalle, y al momento en que el título de la película no le resultó familiar, supuso que alguna inocente compañía intentaba sacar algo de pasta. Su conjetura, junto con la sonrisa que le había provocado, se desvanecieron en los siguientes minutos. Era la misma locación y la misma compañía de actores, incluso, era el mismo vestuario del  que Tooth&Nail echó mano en sus producciones anteriores. Estaban aquí, reunidos de nuevo, mezclándose con el destello de sus ojos. Sería el primer espectador que la cinta hubiera conocido en décadas. Si no era legítima, entonces era una falsificación impecable; una capaz de repetir la complejidad de los errores, los accidentes y los matices que surgen de las cosas hechas a medias.

A los veinte minutos, la cinta ya se había convertido en un tesoro; la clase de cosas que ni siquiera sirven para presumir a coleccionistas afines, la clase de secretos que son maravillosos sólo porque no existe la obligación de compartirlos con nadie. Pero eso fue antes de que Charlotte Hughes apareciera en primer plano. Estaba familiarizado con la actriz y con la belleza que muchos de los fanáticos le atribuían, pero eso era muy distinto a lo que había visto hasta ahora. Cada uno de sus pasos, cada respiración, cada gesticulación y cada palabra agotaban lentamente los tristes recursos metafóricos del coleccionista: Charlotte era un, cielo, un sol, un coro de ángeles irradiando desde la pantalla; apuntó, fanático, en algún momento.

Fue sólo hasta que la película terminó y los créditos comenzaron a escalar por la pantalla, que James descubrió que no podía recordar los primeros minutos antes de que Charlotte apareciera, tampoco el conflicto de la trama, ni el final; había pasado la película entera mirándola. Pensó que quizá esta fue siempre la intención del realizador, pero aún así, ya para ese momento estaba convencido de que los fanáticos merecían una reseña, un sumario al menos, sobre el film. Recargó la cinta y se sentó a mirarla de nuevo.

Tras varios intentos de comunicación fallidos, la familia de Gardner evolucionó de un “no sabemos nada del asunto”, a una razonable disposición a ser brevemente entrevistada y finalmente, acceder a dejar bajo mi consigna la libreta que Gardner usó para tomar apuntes aquella tarde. Es un material tan confuso como el que podrías encontrar en las libretas en que yo suelo realizar apuntes rápidos para después, apenas y entender las ideas que se supone que mi caligrafía contiene. Con algo de paciencia, llegó a resultarme, al menos, ilustrativo:

Criptas, Ataúdes, Tranquilizantes, es un lento accidente de tren que no logra decidirse entre el cine de época y las tramas en donde el asesino es el mayordomo, atornillada a la fuerza sobre un mantel de pretendido surrealismo: imágenes que aparecen por un único frame, cortes a largos planosecuencias, tomas al menos inusuales y en general, irrelevantes.

Mirar o describir la cinta es equivalentemente tortuoso y quizás, imaginar un guión escrito a cuatro manos entre la Christie y la Austen, codirigida entre  Hitchcock y Wood para finalmente, ser cuidadosamente editada por Lynch, sean capaces de regalarnos la instantánea adecuada.

Tal vez el elemento más irritante de la película estribe en la ausencia de la escena en donde el misterio se revela. A medio camino, el audio y el video comienzan a sufrir distorsiones y finalmente, es sustituido por las escenas de “Esposa y PERDICIÓN”; un film mucho más antiguo que, aunque de la misma productora, carece de relación alguna.

Bajo el título de la película 26, Gardner escribe la palabra ‘inaceptable’, en mayúsculas, subrayada. Una línea más abajo, adivinar lo que estaba pensando se vuelve un poco truculento, pero no por completo inaccesible: Gardner mira la película por una tercera ocasión, intentando tomar notas sobre el argumento, con la finalidad de conjeturar el final más probable; tal como se supondría que fue.

Tal parece que esta tercera exposición al film, si bien no brinda los elementos necesarios para desentrañar el desenlace de la historia, termina denotando una mayor atención al contenido de la película, o bien, un cambio sustancial en la cognición del anfitrión, Gardner escribe:

Ella pasa demasiado tiempo mirando de reojo a la pantalla. Este coro angelical de errores básicos en el arte del histrionismo —si aquí no habláramos de la señorita Hughes, de su angélica ineptitud; sería digno de mención,

pero aquí hablamos de Charlotte: los alcances de su maravilloso encanto, son reconocidos y recordados; ella era la única actriz que no solía.

Equivocarse

(Y tal vez, mirar a la cámara, no es una equivocación)

(Tal vez está rompiendo el cuarto muro)

A 57 minutos de película, ella al menos ha mirado a la cámara 48 veces.

49 veces.

Eso es casi la suma total de todas las veces que miró a la cámara  durante toda su filmografía previa. Casi.

Se ve tan distinta.

Siempre fue una radiante representación de la belleza por sí misma, un sol de juventud con una piel más delicada que la seda; aquí parece ser un poco más… vieja… ajada.

Hay algo en su piel, puede deberse al grano viejo de la película… parecen grietas, cortes.

Últimas escenas: Son heridas, son cortes. En el rostro, en el cuello, en el pecho y los brazos. Pequeñas, delgadas, cientos de ellas… hay encuadres en los que las líneas parecen formar algún tipo de escritura. De cerca, parece como si las heridas estuvieran apareciendo sucesivamente… ¿es un montaje?

Ella es distinta a las otras dos ocasiones, lo demás es idéntico: las mismas líneas, los mismo movimientos, las mismas marcas, los mismos actos.

Parece como si el resto de los actores estuvieran ignorándola.

Como si no estuviera.

Distinta, a las dos veces anteriores; como si esto no fuera la misma película que conozco.

La palabra clave en la escritura apresurada de Gardner es “cuarto muro”; a esta altura de la tercera exposición, Gardner ya se encuentra embriagado por la cantidad de cambios sutiles que ha comenzado a notar sobre el celuloide; las hipótesis que podrían realizarse al respecto son variadas y de enfoques largamente lejanos, incluso opuestos entre sí; Puede que la obsesión de Gardner esté haciéndolo mirar cosas en la pantalla que no están ahí; preguntas repetidas una y otra vez, entre sus apuntes: ¿es asesinada?, ¿la han matado de nuevo?, ¿cuántas veces ha muerto, hasta ahora?

Es bajo este peculiar estado cognitivo, que tal vez lo siguiente alcanza alguna nota de sentido:

La distorsión no es una falla de origen, es la forma original de la escena final. Su voz suena apenas como un radio sintonizado en estática, pero ella está hablando, está diciendo algo; se ve demasiado borrosa, está fuera de foco (¿no debería estar ahí?); en el último close-up, ella es un laberinto de tonos rojos, con un corte enorme sobre el cuello, con una oquedad en donde debería estar el ojo derecho; las escenas pasan demasiado rápido, tengo que detener el carrete para reconocer el pasillo de la Película número 3, el de la número 7; pero ella no se encuentra ahí, como originalmente se encontraba, ella es, distinta; como si hubiera aparecido ahí por equivocación, mientras huía. 

Falta poco para llegar al corte a “esposa y PERDICIÓN”.

Ahora bien, los lectores sagaces no tendrán problema en reconocer la ligera entonación de alivio en la última oración. De acuerdo a las descripciones previas del argumento, todo lo que resta para este momento es que el asesino pronuncie un último diálogo y sea interrumpido antes de terminar, por el material de la cinta invasora.

Media hora. Tengo media hora esperando a que ocurra algo. Es una toma inmóvil. Todos los actores están inmóviles, como congelados en el lobby de la casa. No recuerdo esta escena, pero todos los actores están aquí. Pasos, desde las escaleras, es ella, ella viene, ella delante de la cámara.

ELLA ME MIRA.

Me está preguntando si he notado que su papel siempre es asesinado. Me está preguntando si me gusta verla morir. Me ha dicho que esto también es mi culpa, que ahora es imposible que la película termine. Que debo terminar la película.

Los bomberos lo encontraron inconsciente, afuera de la cochera de su casa, antes de que ardiera hasta los cimientos; estaba cubierto por pequeños cortes, de la cabeza a los pies. El incendio fue provocado por el tiempo que James dejó el proyector sobre un mismo punto de la cinta. La policía envió a Gardner al Hexágono para ser evaluado. Los galenos no tardaron mucho para construir un diagnóstico sólido: estaba convencido de que una actriz de los sesenta era en realidad un antiguo espíritu capturado en una cámara que había buscado la forma de escapar a nuestro mundo a través de películas; un clásico cuadro esquizo-paranoide y justificación suficiente para una estancia permanente.

Fue inicialmente clasificado en la categoría E, es decir, un orate no más peligroso que un testigo de Jehová tocando la puerta, el registro llega hasta ahí, su paradero se desconoce. Ahora bien, si los balbuceos de Gardner acerca de una cinta maldita fueron tomados por el personal del Hexágono como una muesca más en su área de trabajo, los Fans de tooth&Nail son una cosa aparte; que la cinta nunca fuera recuperada o identificada entre las pertenencias de James, sólo alimentó la llama del mito y esta, con su calor, finalmente reanimó a una casa productora, para entregar desde la tumba una nueva producción: FINALES, MANICOMIOS Y FANÁTICOS: ELLA TE MIRA MORIR.

No he tenido el placer de conseguir el pequeño cortometraje, pero las reseñas son curiosas; hablan de una perspectiva en primera persona, de alguien que abre intempestivamente la puerta de una celda de manicomio y se acerca lentamente a un hombre aterrorizado, que a poco de que la cinta termina, ríe y comienza a balbucear: así termina la película, así termina la película, así termina la obra maestra, así termina, antes de que la toma cierre con un pulcro corte a negros. Un nuevo intento fallido, por supuesto, que nadie tomará en serio y de cuya memoria descansará también, en su pésima calidad.

§

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s