Entre fanáticos, es un hecho conocido que Fox se rehúsa a llevar una codificación fácilmente predecible con los títulos de producción de sus series de televisión; tal vez el caso más prominente, radique en la popular serie de dibujos animados Los Simpson; las explicaciones se columpian sobre diversas justificaciones, pero los rumores apuntan a que, al menos en este caso particular, la causa radica en la necesidad de ocultar un episodio perdido de la primer temporada.

Encontrar evidencia sustancial, testimonios e incluso información sobre el episodio, al menos en Internet, presupone una tarea de resultados tan engañosos como infructíferos. El nervioso silencio de algunos de los integrantes del equipo de producción y postproducción que en ese entonces trabajó en la serie, ha llevado a algunos investigadores a conjeturar sobre la existencia de un contrato de confidencialidad y la utilización de otros medios de persuasión menos ortodoxos.

Uniendo algunas piezas con otras, es posible sacar en limpio un primer hecho cuya relevancia es aún causa de cierta polémica: durante el desarrollo de la primer temporada de la serie, Matt Groening comenzó a desarrollar una serie de conductas un tanto inusuales y excéntricas; la explicación de dichos cambios, adjudicada a la voz del propio autor, radica en un problema de insomnio, basado en la insistencia de cierto tipo de pesadillas.

Un testimonio que encontré hace algunos meses, en un blog anónimo localizado en typepad cuyo autor afirma haber sido amigo de Matt desde la preparatoria, parece seguir la línea de los rumores involuntariamente,afirmando que hace algunos años, durante una noche en la que habían salido a tomar unas cervezas y charlar, el autor le contó que había soñado con Dios y sus ángeles… y que no había sido, en lo absoluto, placentero. Por supuesto, el detalle no es verificable y carece de relevancia, pero personalmente me resulta congruente.

Lo cierto es que, diversas fuentes coinciden en este cambio anímico: de un día para otro, el relajado y bromista dibujante comenzó a adoptar una actitud silente, tensa; su voz tendía a quebrarse si su respuesta le requería más de un monosílabo y a menudo se le sorprendía con la vista perdida hacia algún rincón en donde no había nada. Muchos de sus amigos en ese entonces, comenzaron a preocuparse por él. Son estos mismos amigos los que, a la más sutil alusión del hecho, incluso por vías electrónicas, suelen responder con negativas rotundas y una solicitud un tanto agresiva de jamás molestar a Matt con el asunto.

La primera vez que llegué a escuchar del capítulo perdido fue en una conferencia de prensa durante una convención de cómic en la que figuró David Silverman. Alguien en la multitud levantó la mano y pidió recapitular al notable panelista, sobre la producción del capítulo 7G06.

“7G06…”, repitió Silverman, entornando la vista hacia el público y mostrando una mueca ausente por unos instantes. El repentino silencio, llenó la atmósfera de tensión. “Claro, ya recuerdo; fue un capítulo muy importante; de hecho, tengo muchos recuerdos positivos al respecto. James [L. Brooks] propuso la idea de hacer algo un poco más sombrío, en contraste con el tono cómico que hasta entonces había imperado en la serie, algo que se aproximara un poco más a la versión que originalmente Matt había tenido respecto de las historias, un poco más próximas a la realidad de las familias de nuestra sociedad y lo más distantes que se pudiera de los chistes fáciles; el resultado fue emotivo, creo que fue la primera vez que tuvimos la oportunidad de profundizar sobre el maravilloso mundo interno de Lisa”.

Silverman iba a continuar al respecto de la estrella invitada que se había invitado para doblar al personaje Encías Sangrantes Murphy, pero el asistente que realizara la primera pregunta lo interrumpió.

“Con todo respeto, señor Silverman, ese es el capítulo de “La depresión de Lisa”; yo me refiero al otro capítulo, el que originalmente se planeó y que fue escrito enteramente por Matt Groening, no la cortina; La muerte de Bart, me parece, ¿qué puede decirnos al respecto?”

Silverman soltó un bufido que saturo el audio de la pequeña sala y de inmediato alejó el micrófono de su rostro. Bajó la cara y masculló alguna cosa. A continuación, se puso de pie y bajó del panel, abandonando la sesión una hora antes de lo planeado. Ninguna explicación por parte de los organizadores, o del propio Silverman fueron necesarias, a decir verdad, la mayor parte del público observó el asunto con la singular apatía que se le dedica a los locos que gritan cosas a media calle, así sea debajo de la lluvia.

Hitchcock solía decir que el único crimen imperdonable que podía cometerse en la cinematografía, era matar a un niño. Ya únicamente, delante del ominoso título: “la muerte de Bart”, el esbozo cabal de un extraño sacrilegio cometido en contra del principio que el director de clásicos como Psycho parece defender en su declaración, dota a la idea de un tufillo morboso que difícilmente puede pasarse por alto.

La intención, el rostro de un autor que es capaz del amor y la dedicación necesarias para diseñar a un personaje tan inolvidable como ese, junto a la idea de, a la manera de Quiroga, llevarle firmemente de la mano, hasta su propia muerte, he de confesar, fue de entrada y sigue formando el afilado gancho, de la carnada que terminó sumergiéndome de lleno en el asunto.

Personalmente, el camino se me antojaba relacionado a cierto contexto religioso; la intuición no pasa por alto el sutil registro con el que la serie se fue impregnando a lo largo de los años: el espectador veterano recordará un capítulo en donde Bart vende su alma y muchas de las historias en los especiales de Noche de Bujas incluyen la dicotomía de Dios/Diablo, como piedra angular de sus pequeñas parodias; aunque estos ejemplos bien pueden deslindarse bajo al argumento de que corresponden a rasgos folclóricos de los que ninguna serie de televisión suele escapar; entonces, ¿porqué dedicar capítulos enteros a las historias de la biblia, porqué, sobre todas las demás cosas, una vez que la presentación del programa fuera actualizada, dios terminó figurado como otro personaje de reparto, justo antes de que la icónica familia entre a su casa para encender la televisión?

El lector atento podrá olfeatear aquí la margen de una profunda obsesión y de ello me declaro culpable, pero no fue el ripio cognitivo lo que me empujó recolectar toda esta información en una página, no, tampoco lo fueron mis conjeturas, que si he de ventilar, se enfilarían a adivinar que las mencionadas pesadillas de Groening, provocadas por lo que se quiera, fueron interpretadas por el autor como un mensaje divino; una revelación; no, mis motivaciones se apoyan únicamente en el mensaje, en la probabilidad del mensaje, y los motivos para mantener este mensaje en secreto.

Con esas ideas en la cabeza fue que comencé a seguir los pasos de Matt. A decir verdad, se trataba de una celebridad escurridiza y alarmantemente familiarizada con los equipos de seguridad a los que ciertos personajes terminan acostumbrados debido a su fama. De forma racional y civilizada, procuré acercarme poco a poco, observando de cerca sus pocas apariciones públicas, cobijado bajo el manto protector del público general;trazar un plan, una estrategia que me permitiera acercarme, al menos por unos minutos; no necesitaba más.

Me llevó algún tiempo y algunos fracasos penosos, pero finalmente, logré interceptarlo en Toronto, camino a su propio automóvil. En aquella ocasión, había prescindido de sus dos guardaespaldas, y tras abordarlo y dejarle ver que no me trataba nada más que de un simple seguidor -le pedía un autógrafo para mis hijos, sobre una reproducción de los diseños originales de Bart-, logré que bajara la guardia lo suficiente y escapar así de ser entendido como un fanático.

Asesté el harponazo mientras firmaba:

“¿Conoce lo que Hitchcock decía acerca de matar niños en las películas?”

La pluma que sostenía en su mano se detuvo un momento. Su rostro empalideció. Sus manos temblaron ligeramente. Después, terminó el autógrafo y debajo de su firma, continuó escribiendo. Me contestó sin mirarme:

“Claro, pero a él las musas nunca lo molestaron. ¿Quieres verlo, verdad? Es tu responsabilidad ahora, no lo compartas.”

Me entregó el dibujo y me estrechó la mano. Aunque forzaba una sonrisa, sus ojos brillaban en el borde del llanto. Subió a su carro y aceleró fuera del estacionamiento. Parecía huir, pero no de mí; esa idea aceleró mis pasos, fuera de la convención y Fuera de Toronto. El momento más penoso en la vida de alguien obsesionado, suele ocurrir poco después de que la figura atávica ha sido alcanzada, y la fijación se evapora.

¿Qué estaba haciendo aquí, qué había estado haciendo? Dios. Mientras regresaba a mi hogar, las posibilidades de todo lo que hubiera podido salir mal pasaron por mi cabeza. Me sentí aliviado de que todo hubiera culminado en esto: un autógrafo, una respuesta tan extraña como mi propia pregunta. Estaba tan perturbado, que hasta el momento en que subí al avión, no había revisado el autógrafo. Decía así:

Para mi buen amigo, que ahora debe cuidar muchísimo a sus hijos, y que tiene 72 horas.

-Matt

Debajo de la firma había una dirección de internet apuntada. Era un número IP, con algunos subdirectorios en diagonales adelante. La dirección es irrelevante ahora; la página estaba vacía, a excepción de una dirección de descarga, alojada en megaupload. Era un archivo comprimido, llamado 7G06. Descargué y descomprimí el archivo. Contenía una sola pieza de video, con extensión .avi. Decidí realizar una copia del archivo y quemarla en un disco compacto, antes de abrirlo.

La animación era idéntica a la que serie tenía al principio; lenta, ligeramente entrecortada y de colores mucho más opacos a los que se comenzaron a utilizar cuando se contó con un mayor presupuesto para su realización; incluso el recuadro era un tanto inestable. Durante el primer tercio del capítulo, los personajes actuaban de una forma que me resultó ligeramente inusual. Homero gritaba todo el tiempo y uno de sus ojos parecía cerrarse continuamente por causa de un tic nervioso. El rostro de Marge parecía demacrado y el trazo de su rostro realizaba un énfasis notable sobre sus pómulos y las bolsas debajo de sus ojos; Lisa se tallaba el dorso de la mano al hablar, mostrando la perplejidad que tiende a resultar usual en los niños que sufren de algún tipo de abuso; Bart miraba silenciosa y directamente a sus padres cuando estos hablaban, no respondía y se mantenía ligeramente cabizbajo.

La historia los había llevado a realizar un viaje hasta Israel para reclamar una probable herencia, así que hacia el final del primer tercio, la familia había abordado un avión y esta se encontraba a punto de despegar. Para el momento en que el vehículo había abandonado la pista de aterrizaje y alcanzaba una altura aproximada de treinta metros por encima del suelo; la historia se había enfocado en Bart, sentado en el lugar junto a la ventana, y en una ligera fractura que atravesaba el vidrio de la misma, mientras el niño se negaba a abrocharse el cinturón pese a la insistencia de su madre; la ventana estalló y la descompresión jaló a Bart por el hueco resultante.

En el comienzo de la serie, Matt había planteado la idea de que la caricatura se enfocara en representar elementos de la vida cotidiana en forma fidedigna, manejando elementos como la muerte permanente de los personajes. La idea, al menos en un sentido general, parece dotar de cimientos al capítulo y resultar imperativa para el fin del primer acto: la animación siguiendo en primer plano la caída del niño, desde la ventana del avión (con los gritos desesperados de sus padres al fondo del audio) a lo largo de la larga distancia que le separa del suelo y hasta el aparatoso impacto, de mortalidad incuestionable. La detallada representación del rostro de angustia en Bart mientras cae, aunado al enfermizo cuidado con el que el movimiento del cuerpo rebota y rueda hasta terminar en su posición final, repleto de fracturas expuestas y las deformaciones propias al impacto, me revolvieron el estómago; difícilmente pude repetir la escena, en un intento vano de analizarla a detalle. Tras la caída, la toma quedaba fija, con el cadáver expuesto sin ninguna clase de miramiento, los pequeños matojos de hierba saliendo, aquí y allá de la pista de aterrizaje, sacudiéndose vehementemente con la fuerza del viento dotaban a la toma de la temporalidad necesaria; ninguna clase de fondo musical acompañaba la escena, apenas los sonidos propios del exterior y del avión, alejándose, antes de que la pantalla se fundiera a negros.

El segundo acto mostraba a la familia sentada en el comedor de su casa, llorando desconsoladamente. Era una toma fija. Homero dejó caer la cara sobre la mesa, Lisa se abrazaba las piernas formando un ovillo, Marge ocultaba el rostro detrás de sus manos. Llanto. A la espera de que alguna clase de interrupción o diálogo aligerara el peso de la escena, el tiempo pareció volverse infinito, mientras el llanto conjunto de los tres personajes no parecía sino empeorar; incrementándose, encontrando nuevos agudos, nuevas cunetas de insoportable desolación; a poco, estaba claro que la animación no pretendía variar siquiera la perspectiva de la escena. Para este momento, la pista de audio pareció capturar la mano de alguno de los actores de doblaje colocada por encima del micrófono y una suerte de conversación que debió ocurrir mientras los actores capturaban su voz; la animación comenzó a decaer, los colores a opacarse, las líneas a volverse difusas, pero el llanto no cesaba. A poco de que el cuadro fuera irreconocible, me pareció ver como algunos personajes o meros rostros, comenzaban a congregarse en la ventana de la cocina que da al jardín posterior; para ese momento, todos los trazos parecían apenas sombras. El tercio concluyó.

El último acto abre con una anotación en negros: Un año después. Los personajes se encuentran en el comedor, incluso en la misma posición en la que momentos atrás se había disuelto; han dejado de llorar; los tres lucen exageradamente demacrados, delgados y esqueléticos, sus cabezas parecen pasear sus miradas de pez sin ningún objetivo particular. La toma se interrumpe para mostrar la silla periquera de Maggie y los platos de comida de las mascotas, empolvadas, rotas. Un lento solo de piano, de la clase de partitura que parece retratar a una persona dolida pasando apenas el dedo por alguna teclas se desenvuelve como música de fondo.

Un una sola ronda de diálogos, la familia decide visitar la tumba de Bart. La familia sale de la casa y emprende la ruta a pie. El viento sopla y levanta algunas hojas secas en la calle Siempreviva; un paneo nos muestra que el vecindario parece desierto mientras el agudo canto de un columpio va y regresa, dando énfasis al solitario paisaje. Conforme la familia avanza por el pueblo, la situación aparenta ser generalizada: Springfield luce sin vida, los arbotantes de las calles están rotos, hay carros abandonados a la mitad de las avenidas y los negocios muestran cortinas y madera clavada ahí como de improviso sobre los exhibidores; la puerta de uno de los negocios icónicos, la tienda de cómics, se desprende de sus goznes y cae mientras los personajes pasan adelante.

Los personajes se detienen delante de la tumba y parecen mirar entristecidos el epitafio. Lisa se inclina para dejar un manojo con tres flores de color púrpura. Cuando la toma nos muestra la tumba, el cuerpo de Bart, en la misma posición en la que quedó sobre la pista del aeropuerto, se encuentra por encima de la cripta; el cadáver sostiene en una de sus manos las flores que su hermana acaba de dejar; todo parece indicar que el cuerpo del niño se encuentra ahí, respondiendo a lo que la familia mira, en vez de la tumba; el único diálogo de Marge en ese momento, así parece confirmarlo (Es tan difícil dejar de ver… pero él ya no esta aquí, él se encuentra en un lugar mejor).

La toma final posa su atención en Homero; que responde a su esposa con el mismo tono con el que da sus líneas cómicas:

—Desearía que todos fueramos tan afortunados.

La toma se eleva desde el rostro de Homero, y gira lentamente, para mostrar un cementerio desproporcionado, las tumbas se extienden hasta el horizonte. Enseguida, desciende por uno de los andadores, para mostrar en sucesión, de izquierda a derecha, los nombres en las tumbas. Los créditos comienzan a correr sin que la animación sea reemplazada por un fondo negro, las letras de los créditos ocupan el extremo superior de la pantalla, mostrando un cuidado inusual en no traslaparse con las criptas; algunos de los nombres en ellas pertenecen a personajes en la serie, otros, a parte del staff y finalmente, los de las celebridades que han aparecido en la serie; incluso los de aquellas que para 1989 aún no habían sido invitadas a dar su voz para un capítulo. Me detuve un momento delante de dos nombres. Una búsqueda rápida en Internet confirmó mi extraña sospecha: las fechas de las muertes de dos celebridades que para la actualidad han muerto (George Harrison, Michael Jackson) coinciden a la perfección con su fecha de defunción. Para ese momento, la pista del piano ha comenzado a tocar el tema de la serie, sin perder el ritmo nostálgico y triste que hasta ese momento ha llevado.

Algo respecto a las últimas criptas, antes de que el archivo terminara de reproducirse me llamó la atención, pero no pude precisarlo y tuve que regresar al último tramo, los últimos quince segundos, varias veces. Al principio pensé que se trataba del audio, que en ese último momento reproducía de nuevo el sonido de un avión en la lejanía; una inspección más minuciosa me confirmó que no se trataba del mismo que se utilizó para el avión comercial del primer acto… era mucho más similar al de un avión militar, un bombardero; estaba aún absorto en identificar el sonido con claridad cuando las fechas en las últimas tumbas se apropiaron de mi atención por completo; eran la misma fecha, exactamente la misma, una que no ha ocurrido aún, pero que está próxima.

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es un tipo algo aburrido.

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