Hace mucho tiempo, bajo el ala de una larga noche de tormenta, mi mamá me acariciaba el pelo; me susurraba al oído, con suavidad, que no había nada qué temer en la oscuridad. Que no existían monstruos´ni seres acechando en los entrepaños más negros de mi habitación, ni allá afuera, que podía dormir sin temer a una mano delgada y pálidad que asomada despacio desde abajo de la cama, que no había nada que temer a los salvajes ojos que tal vez brillaban en el fondo de mi clóset. Y aunque en mis recuerdos le sonrío y acepto creerle, le aseguro que entiendo y que nada temo al quedarme a solas, sé, ya desde entonces, que esa es una verdad a medias, que tan sólo estoy dispuesto a aparentar.

En segundo grado la maestra nos aseguró que los columpios se movían gracias a l viento y no por el fantasma de la niña que —todos habíamos escuchado los rumores, la historia— alguien encontró en pedacitos en uno de los tambos de basura, hace tal vez unos años. Que toda esa clase de cosas eran cuentos, historias de hadas o el producto de una imaginación verdaderamente ociosa a la que sería tonto creerle una sola palabra; y aunque todos asentimos en silencio, a la voz de la razón, apenas si vuelto la vista a los juegos, me parece ver el vestigio de una sombra, de algo que mueve sus piernas mientras el columpio se inclina intermitentemente.

Camino por los pasillos del hospital psiquiátrico, parcialmente iluminados por barras fluorescentes que a menudo parpadean y, con sus instantes de oscuridad, conjuran extrañas y fugaces siluetas, sombras, sobre los blancos muros. Mientras termino mi rondín y me aseguro de que todos y todos se encuentren en donde deben por esa noche, me acerco a la única enfermera del turno cuyo nombre aún no logro retener y con el ir y venir de la luz, su rostro se vuelve una máscara, una forma que no debiera estar ahí, pero es apenas por un instante y pronto vuelve a ser como; nos sonreímos, todo es normal, incluso tal vez ese miedo, muy particular de los pacientes, al escucharla pasar.

Mi amigo mira angustiado sobre su hombro, desde el asiento del copiloto y hacia la espesa oscuridad de la interestatal; su rostro pálido, apenas y rasga el muro de tenso silencio en el que tropezamos hace apenas unos instantes: “Un enorme perro”, me dice con la coz entrecortada, floja, “un enorme San Bernardo o tal vez un poni que se ha soltado de algún rancho aquí cerca”, yo mantengo firmes las manos sobre el volante y titutéo el tema de entrada de la dimensión desconocida para él y sus nervios, y ambos reímos, y finalmente la radio, aunque con estática, nos ayuda a sobrellevar el tramo que falta, sin pensar en que en esta tierra, no existen aún caballos o perros que puedan andar en dos patas por una distancia tan larga.

Me acerco un poco más a la fogata, me inclino hacia atrás y dejo andar libre mi cabveza mientras escucho el canto de los grillos y la suave melodía dede la noche en la campiña; apenas y aderezada por todos los críos a mi alrededor, que toman turnos para hacer bailar sus manos y engendrar sus mejores rostros de espanto y así, probar suerte en el viejo arte de asustar a los demás, mientras queman bombones cerca de las llamas. Cuando uno de ellos arremete, tras el final de una de las historias, para profesar el credo: que todo eso no son nada más que historias, que en verdad y sin lugar a dudas no hay razón para temer a la oscuridad, yo sonrío y espero paciente, a que nuestras miradas se encuentren; cuando eso ocurre, su rabioso chacoteo es interrumpido por el largo aullido de un coyote en la lejanía; y yo espero, espero con el rostro ligeramente echado hacia atrás, mi turno, para preguntar también, si es que de verdad, está seguro.

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es un tipo algo aburrido.

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