Desde antes que pudiera recordarlo, quise ser madre; como toda mi infancia y mi adolescencia podrían resumirse a la enorme tristeza que me provocaba no poder engendrar. Para cuando cumplí nueve, tenía listas de nombres y colores adecuados para el cuarto de un bebé. Sólo necesitaba alguien con quien tenerlo. Pero la escuela era decepcionante. Sufrí una serie de novios insulsos y materia prima para malos padres. Entendí, hasta los veintisiete, sin un solo candidato en puerta que, técnicamente, no necesitaba un hombre, sino sólo una célula muy particular; un donante. Encontré un banco de esperma, elegí bajo mis criterios y puse el pan en el horno.

Me moría de felicidad con mi primer resultado positivo. El doctor estaba sorprendido de que fuera a verlo tan pronto. Antes del mes, ya tenía listo el cuarto, los juguetes, los pañaes, cada cosa que se requería para ser mamá. El doctor no pudo explicar mi pérdida de peso, pero yo estaba feliz, feliz. Me puse muy delgada y mi estómago creció. Mis amigas bromeaban acerca del tamaño de los gemelos, de los trillizos, o de la banda de Rock. No, no era una banda de Rock.

Sentí la primera patadita al comienzo del tercer trimestre. Luego, las uñas. Sólo me falta una semana más. Quisiera que dejara de aullar, de morder.

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es un tipo algo aburrido.

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