Mi tío Laurens fue diagnosticado con autismo desde los ochos años. En paralelo a la vida política, eminentemente social de la que la mayoría de los integrantes de la familia gozamos hasta la fecha, vivió recluido en el único cuarto de la segunda planta de la casa de mi abuela durante toda su vida. A pesar de los constantes esfuerzos de mis abuelos por facilitarle la vida, que incluyeron varios cuidadores que huían aterrorizados máximo a la segunda semana y varios terapeutas que intentaron en vano, darle las herramientas básicas para la convivencia en sociedad, Laurens nunca mejoró ni superó el amor por su propia soledad; hace dos años desapareció sin dejar pistas, y fue hasta entonces que mi familia y yo descubrimos que, aunque incapaz de componer una oración en voz alta, su cuarto estaba lleno de libretas, diarios, en donde se expresaba frugalmente de su condición particular y detallaba lo que para muchos de nosotros solo puede tratarse del producto de un delirio continuo; la mayor obsesión que las entradas de sus diarios refleja versa sobre los espejos. Una entrada en particular, siempre me ha resultado perturbadora, la transcribo a continuación:

Me atraganté con la espuma mientras me lavaba los dientes. Bajé la cabeza un momento y al levantarla de nuevo nuevo, con la vista borrosa por el esfuerzo, busqué mi reflejo en el espejo. No estaba. Sentí una urgencia enorme de ir hacia el espejo, como si muy en el fondo de mi propio ser supiera que aquello no se trataba de nada más que un hueco, una ventana, una puerta. Luché todo lo que pude con el impulso, pero no resistí; ya con una rodilla en el lavabo, apenas si atiné a detener mis manos sobre la pared, a ambos lados del pequeño y brillante cuadrito, tensando los músculos mientras sentía claramente el tacto de dos manos que me sujetaban por la nuca y que me jalaban hacia la luz.

Me estrellé de cabeza contra el punto de atracción, el golpe fue tan grande que me pareció sentir y ver algo más, a todas luces es aún más irracional que la ausencia de mi reflejo: sentí que mi cabeza atravesaba un fragmento del umbral, hacia una habitación, un baño paralelo al mío, con la sola diferencia de que ahí, delante del lavabo, me encontraba yo , retorciéndome en los últimos estertores de una muerte por asfixia asfixia.

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es un tipo algo aburrido.

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