Mi padre fue un hombre con muchos talentos, pero si tuviera que elegir uno, yo me quedaría con su habilidad para el piano. Nunca intentó componer una pieza y jamás desarrollaría ese dominio del instrumento que lo mismo acompaña al músico de sesión, que a los prodigiosos talentos que alcanzan el éxito y la fama; pero aun así, cada vez que se sentaba a tocar el piano, normalmente en las tardes de lluvia, yo bajaba corriendo de mi cuarto para escucharlo.

He terminado creyendo que los recuerdos de la niñez son todo menos recuerdos, que un adulto que evoca este previo estado de su espíritu, evoca dicha pérdida y que ahí, en ese preciso instante, los anhelos provocados por las frustraciones naturales de la edad, usurpan el lugar de los acontecimientos tal y como fueron; de ahí que encontrarse con los vestigios del pasado sea siempre una experiencia extraña; o nunca se es fiel a la memoria, o la memoria es un acto automático de infidelidad.

Puede que mi padre no tocara tan bien el piano, tal vez las teclas del piano no se mezclaban así con el golpeteo de la lluvia y es probable que lo que realmente atestiguara entonces fuera a un hombre desesperado y solo, remitiéndose a sus propios recuerdos con la finalidad de percibir algo de equilibrio dentro del caos que entonces parecía rodearlo: mi madre nunca se sentó conmigo a verlo tocar, mi madre siempre estaba fuera, “por un asunto de trabajo”, me explicaba él, y entonces se refugiaba en Beethoven, en Mozart, en Liszt, Chopin o Schumann.

Y mis recuerdos son otros: a minutos de sentarme en un rincón de la sala, mis ojos se perdían hacia la puerta de cristal, por donde la lluvia caía, mi mente daba vueltas y comenzaba ella sola a dibujar figuras, a veces simétricas, a veces en movimiento: una luna, un bosque; dos siluetas humanas, girando, bailando; una campana, un gato, un silencioso estanque oculto al fondo de una cueva cuyas enormes ondas se pierden, apenas nacen, cuando un pedazo del techo cae.

Siempre quise aprender a tocar como él y no en pocas ocasiones mis ensoñaciones terminaban así: imaginándome a mí mismo en su lugar, deslizando mis manos por los caminos y páramos que antes sólo conocieran la cadencia de sus manos. No es que no lo haya intentado, ni que él se negara a enseñarme; es que no heredé ni su talento, ni su paciencia y a poco, terminé contentándome con interrogarlo siempre de la misma forma: ¿cómo es que había llegado a ser tan bueno, cómo es que un hombre se vuelve tan bueno, en algo, en lo que sea?

Tres cosas, me decía: practicar, practicar y practicar; nunca obtuve una respuesta distinta, sin importar cuando o cómo le pidiera una explicación, su estado de ánimo o el mío; “esa es una sola cosa” le respondí un día, y fue entonces cuando me contó acerca de su maestro, un viejo capaz de conseguir por sí mismo que cualquier tipo de estudiante a su cargo se comprometiera a aprender hasta el punto de practicar por su cuenta, en casa; practicar, practicar y practicar, era su mantra y su nombre, Kenneth Jones.

Kenneth fue un joven amigable y tímido que comenzó a tomar clases de música desde niño; para la preparatoria, su talento delante de un piano marcó la memoria de al menos un par de sus compañeros, que ya decrépitos, recuerdan también el maltrato que normalmente debe soportarse cuando se es popular entre los maestros. De acuerdo al anuario de su generación, un día amaneció colgando de un poste de luz, después de que algunos compañeros lo clavaran ahí por las presillas de los pantalones.

A este hecho y a su posterior fracaso al intentar dedicarse a la música profesionalmente, se le podría adjudicar el carácter amargo e intempestivo que lo fue caracterizando conforme crecía y terminaba condenado a una vida de enseñar a otros lo que fuera su pasión; pero la fotografía entera no carece de peso: Kenneth dio clase a niños insensatos mientras el jazz pasaba de moda, durante el auge del rock y el pop y con el advenimiento de la música disco; Kenneth, un hombre que había volcado toda la convicción de la que era capaz en la música, no pudo sino terminar con un espíritu astillado con el mero oleaje de los días.

Aún así fue el maestro de música más popular por aquí. Pudo deberse a sus métodos de enseñanza, que aunque poco ortodoxos y más bien, hostiles, lograban resultados perceptibles en sus estudiantes; aunque también pudo deberse al hecho de que se trata del único maestro de música del que se tiene memoria. A la gente, por supuesto, le encantaba subrayar lo primero y quedarse con eso. Por lo que resta a sus estudiantes, tanto los que terminaron temblando para toda la vida ante la visión de una corchea, como aquellos que sólo siguieron tocando para sí mismos en las tardes lluviosas, aprendieron a repetirse con un respeto ominoso el mantra: practicar, practicar y practicar.<a

El señor Jones y sus palabras habrán acompañado los éxitos y los fracasos de decenas, e incluso tal vez un ciento de muchachos. Muchos de ellos demostraron su talento musical más adelante en sus vidas, pero sólo un puño de ellos llegó a alcanzar una cantidad decorosa de éxito o fama. De este puño, hay un único estudiante que llegó a ocupar titulares de prensa y protagonismo en las pláticas de sobremesa más allá del pueblo; el epítome del método Jones de aprendizaje musical, fue conocido en vida por el mote de “Sonrisas”.

Sonrisas vivía en uno de los vecindarios más lindos del pueblo, pero era normal encontrarlo en cualquier calle durante el día; de lejos, parecía un puberto que sólo llamaría tu atención si le dedicaras un vistazo de más de un par de segundos y tus ojos lo acompañaran a entrar en aquel callejón, o a rodear una de las casas hasta el patio trasero, o dentro de la carnicería o la tienda de abarrotes de donde después de varios años de súplicas y charlas con sus padres, un carnicero iracundo finalmente lo echó a patadas y lo amenazó con el cuchillo para que no volviera a entrar.

De acuerdo a lo que el carnicero declaró oficialmente, le preocupaba la forma en la que Sonrisas miraba a su hija. Ahora bien, ¿puedes imaginarte lo que Sonrisas hizo una vez que se puso de pie delante de la carnicería, con un puñetazo en un ojo y un fino hilito de sangre corriendo desde el labio? Dos cosas, de hecho, sus dos cosas favoritas: Sonrisas sonrió, alegre, afable, estúpida y vacíamente; y entonces sufrió uno de esos ataques por los que suele recordársele.

Se retorció ligeramente, apretó los puños, miró hacia el cielo y gritó con todas sus fuerzas: plátano, verano, semilla, azul. La verdad, es que podría haber gritado otra cosa, cualquier otra cosa, y podría haber roto también, con el martillo que siempre llevaba en la mano, no sólo el cristal del exhibidor de la carnicería, sino una cabeza o la tibia de alguno de los clientes que miraban la escena atónitos, pero no; sólo rompió un cristal y las esquirlas brillantes volaron por todas partes, incrustándose sobre las piezas de carne tras el exhibidor y corriendo por el suelo y la calle.

Cuando se calmó, Sonrisas se asomó al interior del negocio, miró al carnicero y sonrió; gobelino, le dijo en un grito que le tensó los trazos del rostro como garfios; y luego se dio la media vuelta, para alejarse dando saltitos como una bailarina que canta su propio coro: vacío, plátano, verano, semilla, claustro, veneno, lucir, gobelino, fuente, tierra, estafilococo, piano, por encima de todas las palabras que gritaba al azar, al parecer su favorita era piano.

Sonrisas jamás expresó interés alguno en aprender a tocar, tanto como el que expresó por repetir la palabra inútilmente, pero sus padres opinaron distinto. Creían que si su hijo aprendía a tocar, entonces tal vez su cerebro se reiniciaría de algún modo, empujándolo a volverse un miembro inteligente y productivo de la sociedad. Si no, si Sonrisas no podía aprender a tocar el piano, entonces de cualquier forma, su distraída mente terminaría siendo el problema de alguien más, al menos por algunas horas a la semana.

Sonrisas tomaba su lección antes que mi Padre, así que sólo tenía que llegar un poco temprano para escuchar cómo es que le iba al chico especial. Nada bien. De acuerdo a papá, Sonrisas disfrutaba horrores golpeteando las teclas al azar durante el tiempo que se le dejara y resistía heróicamente el intento más nimio por organizar esos golpeteos. Como podrán imaginarse, el señor Jones no era el ejemplo de la paciencia. Papá podía escucharlo al otro lado de la puerta, elevando un poco más su voz, alcanzando tonos insospechados de desesperación delante de la absoluta falta de práctica y concentración de su educando. Kenneth parecía mostrar un tinte muy inusual de maldad con Sonrisas y un vocabulario que incluso para los setenta, resultaba muy ofensivo; los gritos de maestro y alumno llegaban hasta los oídos de mi padre como un solo canto: gobelino, pedazo de, fuente, cretino, claustro, imbécil, tiramisú, cabeza, estafilococo, mierda.

Un día papá llegó mucho más temprano que en otras ocasiones. Como ya quedó sugerido, Kenneth enseñaba a sus estudiantes en su estudio particular, he insistía no tan amablemente en no ser interrumpido durante sus lecciones; así que papá se sentó en la sala a esperar. Teclas enloquecidas venían del otro lado, restallando contra las piezas de marfil, haciendo llorar las cuerdas como gatos. El sonido cesó. Le tocaba el turno a la voz enardecida, un maremoto de gritos e insultos provenientes del maestro. No se escuchó nada. Papá esperó por un largo rato. Papá contó unos minutos más pasada la hora, antes de llamar tímidamente a la puerta.

La voz de Kenneth respondió. Sonrisas y él estaban practicando tiempo extra, y papá tenía permiso de irse a su casa, a practicar, practicar y practicar. Como todo un niño de sus tiempos, papá hizo exactamente eso, al pie de la letra; y practicó, practicó y practicó; sin darle un segundo pensamiento al asunto.

De la que se salvó. Sonrisas no volvió a casa después de su clase y sus cuidadosos padres llamaron a la policía casi de inmediato. Dadas las condiciones del desaparecido, la respuesta fue inmediata. La primer escala de la búsqueda era la casa del señor Jones; también fue la única.

Al parecer, la ineptitud de Sonrisas logró a empujar a Kenneth hasta el colapso. Las frustraciones del viejo, todas reunidas en un solo instante, se desahogaron en un solo y certero martillazo que aterrizó en la nuca del niño, matándolo de inmediato. En seguida, Kenneth procedió a sostener a Sonrisas delante del piano, fijándolo con un par de clavos de tres pulgadas en su mano izquierda y uno sobre la derecha; asegurándose de que las manos del niño nunca más perdieran posición sobre las notas.

No se requirió de un criminalista para entender que el señor Jones había perdido los estribos, así que, naturalmente, sus pasos terminaron adentro del Hexágono. Murió algunos meses después, al tropezar y caer sobre un cuchillo en el comedor, veintisiete veces.

Por supuesto, el siniestro impactó a mi padre, pero no lo hizo renunciar al piano. De hecho, llegó a contarme que la secuencia de eventos terminaron sirviéndole como un combustible secreto para volverse un gran pianista. Más que respeto o empatía por Sonrisas, ese combustible estaba compuesto por el miedo de que la próxima vez que alguien le dijera que era incapaz de ser afinado, así fuera para salvar la vida, ese alguien estuviera hablando muy en serio.

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es un tipo algo aburrido.

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