Nunca vi el océano hasta mis diecinueve años y si llegara a verlo durante esta vida, sería demasiado pronto. Venía fresco desde Amarillo, hasta San Diego, bajé del tren. Toda el agua y el imponente poder de las olas, me llenaron de pavor. Simplemente no pude soportarlo. Había visto lagos antes, lagos enormes, pero no se comparaba. No creo que pueda describirlo del todo, pero tampoco creo que importe tanto.

Podrás imaginarte el estado en el que me encontraba cuando me dieron mi rifle y me subieron en un barco. Cuando terminé de vomitar las tripas, decidí que después de todo no tendría que saltar por la borda. Dios; no poder ver tierra firme, y ese incesante y caótico movimiento del mar; recuerdo que pensé que la guerra tenía que ser al menos un poco mejor que eso. Los muchachos pueden ser tan imbéciles.

Tuve un sentimiento de alivio cuando divisamos la isla y sus arrecifes. nos movieron a una lancha, era media noche; sólo nuestra pequeña compañía, con sus mochilas y sus armas, exhalando una pequeña nube de vaho en grupo, esperando órdenes. La lancha avanzaba hacia la costa. Los leutenientes hablaron con cada pelotón: no conocían la isla. Lo dijo exactamente así. De alguna forma, en el gran pacífico, este pequeño puntito de nada, nunca había sido trazado en ningún mapa. Era muy poco probable, enfatizó el oficial al mando, que los japos tuvieran ahí un destacamento, pero recientemente, reconocimiento aéreo había tomado la fotografía de lo que podría ser un aeropuerto en el centro de la isla mayor y nuestra misión era confirmar o desmentir esa aseveración.

Bajamos a la costa cuando aún era de noche. he escuchado algunos testimonios de desembarcos, pero no me apena admitir que estaba cagado de miedo. No estoy seguro de lo que estaba esperando, pero estoy seguro de que no era ese profundo silencio. Junto al mar, toda la compañía se miró desconcertada. Detrás del vaivén de las olas y el suave viento proveniente de la línea de árboles delante de nosotros, no había nada; ni aves, ni insectos. Sólo una gruesa e inquebrantable quietud.

Tal vez habríamos avanzado un kilómetro cuando llegamos a un clavo en donde los leutenientes intentaron orientarse por una media hora. Era evidente que incluso ellos estaban nerviosos. No era, ni fui jamás, un tipo brillante; pero sabía que algo estaba muy mal. era como si toda la isla estuviera muerta. El único aroma que aún llegaba hasta nosotros era el del mar, sin importar los rojos retoños que colgaban de las ramas de todos los árboles.

No era un aeropuerto. No puedo explicar lo que era, porque nunca he visto algo semejante y le ruego al señor no volver a ver nada así. Si te digo que era como una pirámide azteca, pero hundida e invertida sobre el suelo, te daría una idea: pero no siento que eso baste para transmitir lo ajena que la estructura parecía, a todo.

No había ningún relieve, ninguna figura, ninguna separación. Daba la impresión de haber sido tallada directamente en una gigantesca pieza de piedra negra, hasta alcanzar esta forma completamente geométrica. Su superficie era lisa y fría, el material más parecido que conozco es la obsidiana, pero estoy seguro de que se trataba de otra cosa. No tenía brillo, se comía la luz de la luna y la de nuestras linternas y así, era imposible ver qué tan profundo bajaba, o incluso enfocar la vista en algún punto. Se sentía como andar con los ojos cerrados.

Nuestro pelotón se ganó el honor de descender a explorar, así que comenzamos a caminar hacia la nada mientras el resto de la compañía aseguraba el perímetro, arriba. Comenzamos a hacerlo muy despacio, después de que el compañero que hacía la punta resbaló y se cortó una de las manos hasta el hueso, con el afilado borde de uno de los escalones.

En intervalos irregulares, desperdigados por los escalones, había varios y pequeños cuartos de piedra; llanos y huecos cubos con una obertura que funcionaría como la puerta y que siempre estaba orientada hacia el centro de la estructura. Sin polvo, ni hojas; sólo muros de la misma obsidiana que el resto de la estructura; el lugar parecía tan inmaculado que bien podía haber sido nuevo; pero eso no parecía correcto. De alguna forma, mi pellejo me decía que estaba caminando por un suelo viejísimo, es difícil explicar la sensación, pero era parecida a la que provoca entrar en algún antiguo templo.

Casi al fondo, el descenso era interrumpido por un vacío que devoraba nuestras linternas. Primero lanzamos un botón de camisa. Luego una bala; esperamos en silencio, inútilmente, por el eco. Nadie dijo nada. Simplemente nos concentramos en recorrer la orilla del abismo y en dirigirnos al último cuarto que nos faltaba revisar.

El cuerpo sobre el rincón del fondo era casi invisible y si nuestras luces no hubieran hecho brillar el largo rastro de sangre que terminaba en el interior del cuarto, tal vez no lo hubiéramos visto. Estaba acurrucado, rodeaba sus rodillas con los brazos y su cara se escondía en el ovillo de sus piernas. Su cuerpo tenía cortes largos y profundos. Su ropa, completa, tal vez hubiera formado un uniforme del ejército japonés, pero reducido a tiras, era difícil confirmarlo. Pudimos verlo sólo por unos segundos, antes de que los disparos nos interrumpieran.

Venían de arriba, del resto de la compañía que se había quedado en la orilla, lo habríamos confundido con el sonido de un enjambre en alguna parte de la selva; y terminó rápido, apenas un par de minutos después de comenzar, cuando apenas habíamos decidido marchar de vuelta, a prisa. Para cuando llegamos todos han desaparecido. Encontramos cartuchos detonados en el suelo, desperdigados por ahí y el aire estaba lleno con el perfume de la pólvora, lo que sea que hubiera ocurrido, los había sorprendido, y no había salido bien. Los árboles parecían mirarnos como sádicos y silenciosos testigos. casi cincuenta hombres habían desaparecido sin dejar rastro.

Pude saborear mi propia bilis mientras el pánico comenzaba a inundarme. El abismo y sus escalones afilados a mis espaldas, la jungla muerta y el pulsante océano delante de mí, me hicieron sentir entre dos muros enormes, aplastado; el silencio parecía dolerme en los oídos. Mantenerme quieto era una batalla ya casi imposible.

Estaban esperándonos detrás de los árboles. Comenzaron a salir de todas partes, sin un sonido mayor al aleteo de un insecto.

Puedo contarte lo que vi, de la misma forma que lo hice con el médico militar del barco hospital en el que desperté, y luego media docena de ocasiones más, delante de varios oficiales e incluso delante de la corte marcial que me descartó mi testimonio por el de un loco. Supongo que tendrías la misma reacción que tods ellos: que yo era un pobre crío sufriendo de un caso gravísimo de síndrome de estrés postraumático.

Pero tú me conoces. Tú sabes que no estoy loco. Recuerdo cada momento de esa noche con la claridad de un cristal.

La primer, eh… cosa, que vi, llevaba la piel de un soldado japonés. Era de color verde olivo, su abdomen estaba distendido y la cabeza le colgaba entre los hombros, columpiándose con sus pasos erráticos. Podía ver los agujeros en las articulaciones de sus extremidades, como si estuvieran a punto de desprenderse. Ahí, en el fondo, entre la carne putrefacta, una oscuridad se movía inquieta, como una nube de lluvia enojada.

Cuando la cosa salió disparada hacia uno de nosotros , la inercia hizo saltar la cabeza hacia atrás. tenía el rifle enganchado en las manos, pero simplemente no se me ocurrió dispararle. Mientras aquella cosa alcanzaba el cuello de uno de mis compañeros, me quedé quieto, boquiabierto, pensando en las marionetas con las que mamá solía entretenerme, en un mundo que ahora se sentía como otro planeta.

Fue hasta que alguien, gritando órdenes para reagruparnos y emprender la retirada, disparó, que me di cuenta de que nuestro pelotón estaba rodeado por al menos una docena más de esas siluetas. Varios de ellos estaban tan podridos como el primero, pero la mayoría llevaban nuestros uniforme, estaban pálidos y cubiertos de sangre fresca. Más disparos surcaron el aire, los impactos no lo detenían. Pude ver la mirada en retirada del sargento primero mientras su cabeza se aflojaba entre las manos de una de esas cosas. Pude ver como la nube pasaba a su cuerpo y lo invadía, empujando y haciendo crujir sus huesos.

Estaba en el equipo de velocistas en la preparatoria, antes de enlistarme. Aún pienso que pude haber terminado becado por alguna universidad. No necesité más invitación a demostrar mis habilidades. Corrí casi con los ojos cerrados, a través de toda la jungla; corrí hasta llegar a la costa y sentirme de nuevo acorralado delante de la visión del océano. No recuerdo haberme decidido a nadar conscientemente, pero cuando miré a mis espaldas, vi a una de esas cosas saliendo de entre los árboles, corriendo sobre sus manos y sus pies en un ángulo cuya contorsión me provocó náuseas.

Hasta hoy, sólo pensar en el océano me hace sudar frío. Pero esa noche, dejé que me envolviera y que sus olas me alejaran de la playa, exhausto; esa noche su tacto muerto me alivió de los horrores que intentaba dejar atrás.

Nunca vi la guerra. Me mandaron a casa tan pronto terminaron con los interrogatorios. De alguna forma, pensar que nadie me creyó, es reconfortante. Me ha permitido convencerme de que nunca sucedió; de que todo fue un producto de mi imaginación. Pero conforme me he vuelto más viejo, he entendido que es inútil mentirse. Sabes que soy un hombre tranquilo que no suele inquietarse por nada, pero cuando recuerdo los mapas del área en donde la bomba de hidrógeno fue probada por primera vez, la tranquilidad de que lo que recuerdo es sólo un delirio se escapa por la puerta y sé, tengo la seguridad de que alguien más tuvo que creerme.

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2 comentarios en “quietud

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