Hay una granja realmente vieja cerca de donde viví, en Virginia del Oeste. Bueno, solía estar ahí. Era una parada obligatoria en Halloween, para los boy scouts, hasta que lo derribaron. Antes de eso funcionó como una escuela y antes de eso, fue una granja. Era de color blanco, tenía un tejado, varios remates de madera y ventanas de doble hoja; un vasto sótano de dos niveles y un ático inmenso.

Un día, mientras ayudaba a los boy scouts con la casa de espantos que levantaban ahí a mediados de octubre, decidí explorar el segundo piso, que nunca se utilizaba, y el ático. Había un montón de bancas escolares oxidadas, y un par de pizarrones con la madera reventada por la humedad. El suelo tenía una gruesa capa de polvo sin una huella más que las que dejaba tras mis pasos.

El ático abarcaba toda la construcción sin interrupción alguna, lo iluminaban apenas dos ojos de pez en cada extremo y parecía no haber sido abierto en décadas. Literalmente, había muros de cajas que seccionaban el espacio. Pasé cerca de una hora revisando el interior de algunas —un viejo vestido de novia, un caballito de madera y varios retratos de niños con uniforme.

Cuando di la vuelta sobre el ultimo muro de cajas apiladas, fui recibido por la visión de una mecedora junto a una pequeña mesa. Sobre la mesa había una libreta amarillenta y una planta seca, con una fina película de telarañas brillando por encima de sus opacas hojas. Permanecí inmóvil. Pequeños cráneos, en el suelo, rodeando la mesita, la mecedora y extendiéndose casi hasta mis pies, me obligaron a suponer, a esperar, que pertenecieran a gatos, a algún animal pequeño.

Tenía catorce años en ese entonces, así que me sentí incapaz de dar un paso más y ver lo que estaba escrito dentro de la libreta. En su lugar, con las manos llenas de un sudor helado que no he vuelto a sentir nunca, me limité a intentar contar el número de cráneos en el suelo.

Cuando conté diez, escuché que una caja a mis espaldas se deslizaba.

Cuando conté veinte, la madera de las vigas en el techo crujió.

Cuando bajé las escaleras del ático, había contado 32 cráneos y llevaba conmigo la página que había intentado leer, de lo que parecía ser un diario. Intenté contarle a mis compañeros, pero nadie me creyó. La casa fue demolida por el departamento de bomberos ese Diciembre. Varios meses después, encontré el papel botado en uno de esos cajones que uno no suele revisar muy a menudo; aún no entiendo como fue que la primera vez que lo leí me pareció irrelevante. Las letras son grandes, los trazos que las forman vienen y van, encimándose, abarcándolo todo con una emoción extraña que no puede sino interpretarse como desesperación, o tal vez algo más, dice: son demasiados.

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es un tipo algo aburrido.

2 Comment on “treinta y dos gatos muertos

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