Sólo podía escuchar el zumbido electrónico de mi reloj digital, la noche estaba llena de silencio. Estaba ahí. Lo sabía. Justo a tiempo, en la ventana. Llamaría en el cristal y yo abriría la cortina, entonces nos miraríamos por un largo rato. El se iría con el amanecer y me dejaría despierto. Tal era nuestra rutina.

Mi mente paseaba a kilómetros de distancia en la primera noche y anoche. Me dije a mí mismo que no abriría la cortina esta vez, mientras mis ojos recorrían la tela que me separaría de su rostro si lograba detenerme; que no me asustaría, que hoy tendría el descanso que se me había negado ya tantas noches seguidas. Llamó tras el cristal dos veces. Me puse una almohada sobre la cara y comencé a canturrear una canción que me gustaba cuando niño.

Llamó de nuevo y esta vez, la mesura, el ritmo cuidadoso que se había ocupado de agregar a su tacto desapareció.

Tiré la almohada al suelo. Abrí la cortina. Su rostro pálido y ajado pareció iluminarse al verme. Tiras de cabello se balanceaban en el viento. Respiraba agitadamente y aunque suponer una emoción en aquella máscara, como de muñeco roto, como de corriente latex de noche de brujas parece imposible; su presencia me llenó de desolación, de un enojo que se sentía tan antiguo como una ruina.

Pasaron horas así, antes de que se diera la vuelta y se fuera. Miré hacia el techo y lloré, impotente.

Pasaba ya más del mes. Había intentado pedir ayuda, hablar de lo que me pasaba, con alguien, con quien fuera, con quien estuviera dispuesto a escuchar; pero tan pronto me disponía a confesar mi secreto me quedaba mudo y apenas si podía producir algunos patéticos gemidos. Estaba tan cansado que nunca em pregunté si estaba perdiendo la cordura. Ninguno de los somníferos que intenté me permitió atravesar la noche. Cuando lograba conciliar el sueño despertaba a apenas unos cinco minutos antes de su aparición. Estaba cansado, estaba tan cansado dios mío.

Me prometí a mi mismo que no abriría las cortinas la noche siguiente. Que no me importaría, incluso si terminaba rompiendo el cristal para entrar. No le daría lo que venía a buscar. No lo alimentaría. Tendría que encontrar alguien más para atormentar, tendría que dejarme solo, aunque fuera muerto.

Es chistoso como, a veces, habituarse a algún factor es el único consuelo que nos queda para confrontar la vida y como, existen factores que no permiten ser asmiliados así; como es que después de tantos días con el mismo suplicio, aún, al volver a escuchar el cristal de la ventana, puedo saltar como si fuera la primera vez que lo escuchaba. Me quedé en mi cama, inmóvil, como si no hubiera escuchado nada. Llamó de nuevo. Me escondí bajo las sábanas. El pánico me abría un orificio a la mitad del pecho, pero no me moví. La ventana se cimbró con sus golpes, la madera del suelo y el techo parecieron temblar, cediendo a la ira de la pesadilla que esperaba ahí, afuera de mi habitación.

Luego todo se quedó en silencio.

Dejé de sentir la expectación de hace un momento. Lentamente dirigí mis pasos hacia la ventana.

Nada. Mi jardín frontal y nada más.

Me reí tan fuerte que las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. Sería el problema de alguien más ahora. Libre. El reloj contabilizó que sólo había estado despierto por quince minutos. Regresé a mi cama triunfante, listo para reclamar mi premio sobre la almohada.

Si puedo arrepentirme por algo en esta vida de presa, eso debe ser la costumbre de cerrar con llave la puerta de mi cuarto. Pudo haber sido tan rápido. Dios, estoy tan cansado.

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