el regalo

Llegó con la primera oleada de calor del verano. Solía caminar hasta allá desde que tengo memoria para recordarlo: siguiendo el bordo desdibujado del río seco detrás de mi casa; que pasa por los sembradíos a las orillas del pueblo y se pierde un poco más allá, antes de que la interestatal comience. Debajo del puente, el suelo siempre estaba fresco, incluso bajo el más inclemente sol de medio día. Iba ahí para pensar, jugar y llorar; me gustaba encajar las manos en el fango cerca de donde el riachuelo aún tenía agua, e imaginar que la tierra absorbía de mí todas las cosas malas.

El riachuelo era de aguas muy bajas, pero mi padre me había advertido que nunca me sumergiera ahí: sobre su superficie una delgada capa de lama se extendía, brillando con el reflejo del sol como si fuera la piel de un escarabajo. Desobedecí a mi padre un día, siendo más joven, y el escozor que se me extendió bajo las rodillas terminó despellejando y haciendo sangrar mi piel por la siguiente semana. Después de eso me conformé con sentarme a la orilla y disfrutar del aire helado del lugar, en donde la luz nunca llegaba sino era através de destellos.

El día que nos conocimos, el aire estaba lleno con el polen de los árboles, como minúsculas nubes que se deslizaban por delante de los ojos; copos de nieve desafiando al sol por un momento, apenas. El aire era grueso, caliente y estaba viciado con el zumbido de panal mecánico que formaban los carros embotellados un poco más allá. Estaba tumbado al otro lado de donde yo me sentaba. La mitad de su cuerpo yacía a la sombra del puente. Era tan flaco que lo confundí con una pila de ropa dejada ahí, tal vez por uno de esos ocasionales vagabundos.

Un segundo vistazo me hizo reconocer los alargados y huesudos dedos de sus manos posados sobre su pecho y sus descalzos, negros y callosos pies. Atada al dedo de uno de sus pies con un nudo perfecto, la línea de pesca se extendía hasta el otro lado de la superficide de lama; el dedo saltaba de vez en cuando, jaloneando perezosamente el infructuoso intento por conseguir comida. Un sombrero cubría su rostro, pero casi hacia la orilla logré distinguir el baila ágil de una ramita que sostenía entre los dientes, deslizándose de un extremo al otro de sus labios.

Lo observé por cerca de una hora, sin que nada más que el pie, la rama y el suave compás de su respiración alteraran lo que de otra manera hubiera sido una fotografía inquietante. Creo no haberme delatado con algún movimiento o algún ruido involuntario, pero en algún momento la ramita detuvo su baile y su punta se elevó hasta alcanzar la punta del sombrero, elevándolo hasta mostrarme la delgada línea de sus labios y sus dientes.

Sus ojos se posaron sobre mí y parpadearon, encandilados con la luz; el resto de su cuerpo permaneció inmóvil. Su rostro era afilado, sus mejillas chupadas; su piel era curtida y bronceada como el cuero. Mientras sus ojos hundidos seguían inspeccionándome, su boca se extendió en algo que más bien me pareció la mueca de una sonrisa. Sus dientes eran lisos y blancos y parecían haber sido incrustados sobre sus extrañas encías.

La mueca era contagiosa, pronto me descubrí imitándola. Podría haberme quedado ahí, devolviéndole el gesto hasta que la noche llegara. Me sentía contento. Cuando relajó la cara y el sombrero cayó sobre su rostro de nuevo, el movimiento fue tan lento que apenas y lo noté; hasta que los dos carbones encendidos que tenía por ojos desaparecieron bajo el ala del sombrero. La varita, sirviendo como un amortiguador de la caida del ala, elevó el ala de nuevo, mostrando, esta vez, un rostro con los cachetes hunchados como los de un trompetista y los ojos haciendo bizcos. Me reí a pierna suelta, sintiendo como un cálido sentimiento de gozo me inundaba por dentro. El sombrero cayó y se elevó de nuevo, para mostrarme los resultados de chupar un limón. Estallé en carcajadas, como un niño.

Tras un desfile de rostros bufonescos que desinflaron mis pulmones y los dejaron planos, se incorporó, se quitó el sombrero y recorrió su grueso cabello negro con una de sus manos. Me sonrió de nuevo, mascó su varita y comenzó a girar sus pies en un pequeño vals que enredaba el hilo de pescar entre sus piernas.

El anzuelo salió del agua, arrastrando una pequeña chispa dorada que se encendió bajo los rayos del sol. Una vez que llegó hasta sus pies, alcanzó el anzuelo y lo enganchó con us manos, como si fuera alguna clase de insecto. Su cara asumió un pretendido tono de angustia, mientras simulaba que aquello forcejeaba y saltaba entre sus manos. No pude evitar reírme de nuevo. Me devolvió su sonrisa y enseguida me pidió que posara las manos para atrapar, con una seña. Extendí mis manos hacia él.

La pequeña y brillante cadenita zurcó el caire en un arco perfecto, por encima del agua, y aterrizó sobre mis manos con un chasquido que me recordó a la arena. Era un collar hermoso, con una pequeña cruz dorada llena de piedritas verdes. Lo miré. Me cerró un ojo y en seguida elevó uno de sus largos dedos sobre sus labios. Comprendí y miré de nuevo mi hermoso y pequeño regalo. Caudno volví a levantar la vista, se había ido.

No conocía a la chica que se perdió., pero era de mi edad y supongo que alguna vez la habré visto de lejos, en la escuela. Me enfureció ver a tantas personas que no la conocían, llorando y en duelo, como si hubiera sido su mejor amiga. Intenté ignorar a todos esos hipócritas arracimados y cuchicheantes en los pasillos, mientras sostenía mi pequeño regalo con una mano que mantenía en el bolsillo. Aún soñaba con las vacaciones de verano, a buenas dos semanas de ese momento, cuando mis torpes pasos se enredaron y caí; intenté detener el golpe con las manos, pero solo logré soltar el collar mientras mis dedos se doblaban contra el suelo de mármol.

No le llevó mucho tiempo al grupo de pretendidos dolientes, salir de su acto de luto para burlarse de mí, tendido sobre el suelo, con los lagrimeantes. Todos, excepto una chica de cabello negro y ojos hinchados. Ella miraba el collar, a varios metros de mí, en el suelo. No comprendía qué pasaba. Su gesto era ausente, abismado y roto. Dirigió sus ojos hacia mí y gritó.

Lo comprendí de golpe. Incluso, aunque el director y la policía me interrogó, logré hacerme el tonto,. Les dije que había encontrado el collar afuera de la escuela, esa mañana. me aseguré de volver mi coartada consistente, añadiendo pequeños detalles conforme tuve que repetirla. Mi amigo me había regalado algo y al menos le debía el favor de mi silencio. yo no era como todos aquellos mentirosos del pasillo. Una chica perdida que nunca conocí y a la que nunca le importé jamás tendría el mismo peso que mis amigos.

Pasaron meses antes de que volviera a verlo, a comienzos de otoño; estaba sentado en el barandal del puente con sus pies sucios columpiándose como los de un niño emocionado. No se me había permitido salir durante todo el verano; me había quedado atrapado en la oscuridad con aire acondicionado de la casa, mientras mi papá se embriagaba y mi mam{a lloraba con cada nueva desaparición.

Muchos de los desaparecidos no significaban nada para mí. Pero aquellos cuyos nombres reconocía hacía que sonriera en secreto. Todos ellos eran lacras. Algunos me habían golpeado, otros me había humillado y unos más se había encargado de ponerme apodos. Todos aquellos que se reían, de mí. Sabía que yo estaría a salvo.

Me parecía perfectamente lógico, querer compartirlo con mis padres, asegurarles que el asunto sólo era con la gente mala; que todo estaría bien. pero entonces descubrí en los ojos de mi madre la misma pena falsa que mis compañeros de escuela exhibían. Pude verla: tomando el dolor de alguien más y suándolo para rellenar sus propios vacíos. Me enfermó. CUando sentí que estaba a punto de estallar, que no podía soportar que no apreciaran este regalo, salí con el frío de la tarde, dejé atrás a mi ebrio padre y a mi vacía madre y corrí hacia el arrollo.

Sabía estaría ahí, pero mi corazón saltó al verlo. Su ropa era la misma, tan solo un más roída y sucia e incluso parecía tener la misma varita carcomida en la boca. Él volvió a regalarme su sonrisa y yo me senté debajo, tranquilo de disfrutar la compañía de alguien que parecía entenderlo todo y nunca necesitaba preguntar.

En una conversación sin palabras, me mostró como podía hacer tronar las coyonturas de sus pies, rotándolos con rapidez y finalmente componiendo un ritmo de estallidos y jalones. Enseguida malabareó un par de manzanas y una piedra, mordiendo las manzanas, mientras se elevaban cerca de su cara, para fingir dolor cuando intentó hacer lo mismo con la piedra. El sol comenzó a caer y algunas estrellas perforaban ya el cielo, mi amigo dobalba los dedos de sus manos para formar la sombra de un pájaro, cuando escuché los gritos llamándome a lo lejos.

Mi amigo me cerró un ojo de nuevo y se dejó caer del barandal del puente, aterrizando en la tierra, apenas a un palmo de distancia de mí. Se inclinó en mi dirección y cuando lo hizo, un aroma de canela y clavos me inundó el olfato. Extendió una de sus manos hacia mi oreja izquierda y con un gesto de sorpresa, retrajo la mano, mostrándome un anillo lleno de llaves de todas formas y materiales. EL llavero cayó en mis manos y mientras lo inspeccionaba, pensé en lo afortunado que era; al menos contaba con un amigo de verdad.

Para cuando mi padre me sostenía por los hombros para sacudirme y gritarme, él ya no estaba. Media docena de hombres, amigos de mi padre y gente importante del pueblo, le rodeaban, sosteniendo rifles y linternas en sus manos; se mantenían muy juntos, el reflejo de la luz de luna devolvía un miedo profundo desde el fondo de sus ojos. QUise reírme de ellos, en su cara, mientras un sentimiento de tibieza me colaba el pecho: así se veían los hombres malos cuando tenían miedo. Tantas cosas cambiando, gracias a mi amigo. El llavero estaba oculto en uno de mis bolsillos, lejos de las miradas de mi padre enardecido por el alcohol. Lo apreté con una de mis manos, sintiendo calma con su peso.

Mientras mi padre y su parvada de cobardes buscaban en la campiña por algo que nunca encontrarían, mi madre me llenó con abrazos de constrictor y lágrimas de reptil. EL peso de aquellas llaves era todo lo que tenía para consolarme de mi tragedia particular. El invierno arribó y bloqueó todos los caminos con sus lágrimas níveas. El pueblo se quedó aislado. La comida comenzó a escasear y pronto muchos de los amigos de mi padre claudicaron con sus patrullajes. las desapariciones se disiparon. Confieso que descubrír que el pueblo estaba tan podrido de gente mala me sorprendió, pero confié en mi amigo.

El llavero me mantuvo sano y con vida. Mis padres mascullaban sobre las últimas porciones de arroz y frijol. Nadie me vio cruzar la silenciosa villa blanca, ni encontrar esa bodega repleta de estanterías y despensas con cerrojo. Mi amigo había sido sabio y benevolente. Consideré compartir el regalo con mis padres, pero creí que si el regalo también hubiera sido para ellos, mi amigo me lo habría dejado claro. Así que paremanecí tibio y alimentado, mientras mis padres adelgazaban en medio del frío.

Una mañana desperté tarde, escuchando el puro silencio del invierno, la nieve robándose cada vestigio del mundo. Los movimientos usuales, el ir y venir de mis padres, en el piso de abajo, habían desaparecido; incluso los usuales tiritares de la madera de la casa. los crujidos, habían desaparecido. Tuve una sensación súbita de sorpresa y bienestar, como una mañana de navidad, cuando aún no sabes de las mentiras que la constituyen.

Bailé por toda la casa, sin intentar ocultar mi dicha y mi felicidad. Sabía que el regalo estaba completo ahora. Me abrigué y me puse mis botas para la nieve. Cuando salí a caminar, el mundo estaba silente, purgado de todo mal, sin un depredador más; limpio.
Estaba en el puente, cruzado de piernas e inmóvil, en el suelo empedrado. Su sombrero y sus hombros estaban cubiertos de nieve, como un mar picado e inmóvil por encima suyo. Su sonrisa era idéntica a la mía, su piel estaba limpia. Cuando estuve cerca, se puso de pie, como un enorme y respetable pino. Se estiró en una última y maravillosa pantomima de pereza que me dejó entender, por primera vez, qué tan alto era mi amigo.

Se inclinó hacia mí y sostuvo mis manos mientras apretaba un último regalo, algo frío y duro, sus manos eran como enormes arañas del color de la ceniza. no quería verlo. Sabía que su trabajo había terminado y que ésta última y agridulce reunión, también sería la última.

Sonrió cálidamente hacia mí y me cerró un ojo por última vez. Se echó al hombro un sucio y enorme costal y comenzó a caminar por el puente. Varios metros más allá, se detuvo y se despidió de mí con el sombrero. Luego desapareció, engullido por la gruesa neblina blanca y helada.

Eran los anillos de boda mis padres, entrelazados. Me quedé ahí por varias horas. El silencio, la libertad, la perfecta, la hermosa soledad; ese había sido su verdadero regalo. Ese había sido su trabajo, y no había pedido nada a cambio. Sonreí, pensando que lo único que podría llegar a hacer, algún día, era hacerle este mismo favor al mundo. Algún día.

§ versión original

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es un tipo algo aburrido.

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