Estoy a punto de cometer una estupidez. No creo tener más opciones, pero aún me quedan agallas y mis manos siguen obedeciéndome sólo a mí. Estoy enfermo, siempre lo he estado. Tengo días mejores que otros. Cuando era más joven mis padres tenía la esperanza de que sufriera los primeros síntomas de una feroz epilepsia; pero jamás tuve una convulsión. No puedo confiar en mí.

Veo cosas. Hay días en que puedo escucharlas y olerlas también. Debería de aclarar que era así como solía ser, pero después de varios tratamientos fallidos, pensé que los doctores habían encontrado la combinación de químicos adecuada para mi condición. había vivido durante seis años en una estabilidad relativa; un pequeño departamento, una colección de síntomas colaterales y uno de esos trabajos que sólo se otorgan por lástima. Aburrida y patética quizá, pero también era mi vida, y juro que amé cada momento de esa monotonía asfixiante.

Todo se derrumbó en un instante.

El viernes por la mañana, desperté del primer sueño que había tenido durante años y adolorido dejé mi cama para alistarme a trabajar. Noté la quietud y el silencio en cuanto el elevador me dejó en la planta baja. La puerta principal del edificio estaba abierta y se columpiaba con el viento. Di un par de pasos en el exterior antes de que la sangre me cayera hasta los talones. La avenida está vacía.

Reconozco la alucinación, la soledad y ese ligero olor a quemado en el aire. Esta era la más frecuente de todas, también la que me atormentaba más. La familiaridad me duele, es como saludar a un familiar que te golpeaba cuando eras niño. Cierro los ojos, doy media uelta y corro de regreso hacia el elevador. me digo que esto no puede estar pasaándome. Palmeo sobre el botón de mi piso. me llevo las manos a la sien. Respiro con dificultad. Estoy a punto de tener un ataque de pánico. Los odio.

Sigo la ruta hasta mi departamento. me siento sobre mi cama y me concentro en respirar. sólo respirar. Más lento, más despacio, más tranquilo, me ordeno; calma, calma, calma. Cuando siento que estoy recuperándome, abro los ojos.

No puedo salir así, lo tengo muy claro. Cada vez que tengo una duda, el dolor y el rechinido de la placa y los clavos que tengo en la cadera me recuerdan aquella noche en la que desperté en esta pasadilla de solitud, con apenas doce años. El mundo se había quedado vacío y yo vagaba por alguna calle, aterrado, llamando a gritos a mamá y papá, cuando el carro de un vecino que regresaba a casa impactó contra mí y me lanzó cerca de nueve metros por la calle. Puedo sentir algo que no puede ser otra cosa que hueso molido, moviéndose libre y ajustado bajo mi piel, cuando levanto algo pesado. Llamo al trabajo y dejo un mensaje en la contestadora. Me disculpo por estar muy enfermo para trabajar hoy.

Aguanto la respiración mientras abro la pequeña ventana de mi estudio persronal. me subo a un banco y asomo el rostro. La pared del siguiente edificio parece tan cercana que siento que puedo tocarla si la alcanzo con la mano. No puedo ver ni la calle, ni la banqueta desde mi perspectiva; pero cuando logro escuchar algunos gritos y el sonido de algunos motores, respiro con alivio. El episodio está terminando.

Recuento mis pastillas en organizadas hileras sobre mi mesa, probando por quinta vez que no olvidé mi dósis de hoy. Entonces comienzan los gritos. Vienen de muy lejos, de abajo, escalando la pared, atravesando los cimientos. Mi boca está seca. Aquí viene el segundo ataque de pánico del día. Pienso en el asco que me dará tener que rascar tanto vómito seco.

Pasa una hora. El sonido ha llegado al otro lado de la puerta; es un grito, o varios gritos, de una persona de una multitud. Es una voz agonizando, ahogándose, húmeda, obstruída por lo que parecen ser súplicas a la mitad: un “por”, un “vor”, un “uda”. Los ejercicios de respiración han dejado de ayudarme. Estoy apretando la orilla de la cama, empapado de sudor. La idea emerge de un golpe: tengo que abarricar la puerta. Lucho por omitirla. Me digo que eso sería rendirme; todos mis esfuerzos abandonados, presa de mis propios delirios.

No recuerdo haber escuchado gritos cuando era un niño.
Entonces la puerta comienza a temblar como si tuviera vida. La perilla de la puerta se desliza hacia a un lado y hacia otro, deteniéndose, apenas con el cerrojo. las voces afuera gritan enloquecidas, desesperadas; son un coro de murmullos y gemidos, de sílabas rotas.

Me toma un momento decidirme. me pongo de pie y empujo con todas mis fuerzas el librero, se balancea un momento y luego aterriza de canto, apenas por encima del pomo de la puerta. Amontono mi escritorio sobre esa diagonal de madera, corono mi nuevo ídolo con las sillas que tengo a la mano.

Mi cadera arde. Estoy en el suelo. Intento recuperar el aliento. Esucho como los giolpeteos y las voces comienzan a amainar.

Eso fue hace dos días.

Son puntuales. Arañan la puerta. Susurran ese dialecto incomprensible. A momentos, me permito creer que reconozco las voces. Primero se fue el teléfono, luego la luz. Cuando saco la cabeza por la ventana y grito por ayuda, sólo esucho un alarido o ese balbuceo al que he terminado acostumbrado.

Cuando era más joven mis episodios duraban apenas horas en el peor de los casos. Estoy a la deriva. ya no me queda comida y la presión del agua es casi inexistente.

Recostado sobre la cama, en el insoportable calor del verano, la conclusión inevitable me embarga: si me quedo aquí me moriré, lo que me llegue a ocurrid del otro lado de mi barricada depende de qué tan enfermo me encuentro. Noto el silencio. No se escucha nada afuera. Nada.

Quiero creerlo. Que estoy muy enfermo. Me siento mejor, con algo más de certeza. Necesito un doctor, eso es lo que necesito, tal vez que vuelvan a atropellarme. Nada me asusta más que agonizar mientras el episodio se termina; descubrir que he muerto presa de la cobardía y de nada más.

Voy a salir.

Levanto el librero y le doy vuelta hasta arrinconarlo con el rostro de los muebles. Esto es correcto, me aseguro, correcto; sano, cuerdo, racional. Boto el cerrojo, pongo mi mente en blanco y mi mano sobre el cerrojo. La perilla gira, lentamente, cediendo a la presión de mi mano empapada. Estoy luchando conmigo. El mecanismo chasquea apenas un poco. Racional, me aferro a la palabra como si fuera un talisman: ra-cio-nal.
Afuera, percibo un murmullo crecer, despacio. la seguridad se desvanece y deja un temblor, un hueco helado en mis tripas.

Mi mano sigue sobre la perilla.

Estoy a punto de cometer una estupidez.

§ versión original

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es un tipo algo aburrido.

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