Mi proveedor de servicios de internet solía tener oficinas en un centro comercial, antes de mudarse a un edificio propio. La factura había vencido y, por la gracia de la red, levanté mi trasero de delante de la computadora para ir a pagar. Eran cerca de las nueve y media de la noche. Se hacían 15 minutos desde mi departamento hasta el centro (Abilene tiene una población de unos 110,000 habitantes).

Justo al lado de las viejas oficinas del proveedor hay un cine de películas viejas. Al momento, la marquesina anunciaba una de las obras maestras del cine contemporáneo, Mortal Kombat. Pasé a un lado del cine y me estacioné en un espacio vacío en medio de los dos negocios. Me ayudé con las luces del letrero para llenar un cheque sobre el tablero del carro y un toquido sobre el cristal de la ventana del copiloto me interrumpió. Eran dos niños, más o menos entre los diez y los doce años.

El chico número uno era el que hablaba. El chico número dos nunca dijo una sola palabra. Chico número uno era un poco más alto y llevaba una sudadera gris con algo así como un patrón dibujado en el pecho y mezclilla; era moreno y tenía el cabello algo desaliñado y negro, hablaba con una confianza que no checaba con su edad. Chico número dos era pálido y tenía pecas en el rostro. No dejaba de mirar alrededor, ligeramente nervioso. Llevaba una sudadera verde y su cabello era castaño claro.

No parecían ser familiares, al menos no directos. “Oh, genial”, pensé, “van a pedirme cambio”. Y de pronto la atmósfera cambió. Ahí estaba, llenando un cheque en mi carro, con el motor aún encendido, apanicado por la aparición de dos mocosos. Estaba confundido, pero un abrumador sentimiento de miedo y extrañeza comenzaba a apoderarse de mí.

Chico número uno me sonrió y verlo me heló la sangre sin ninguna razón. Podía sentir cómo mis respuestas de pelea o huída se me revolvían en el estómago. Algo, algo, no estaba bien. Era como si lo olfateara sin saber lo que era. Bajé la ventanilla muy, muy lentamente y pregunté: «¿sí?». Chico número uno sonrió de nuevo, esta vez, mucho más. Su dentadura era muy, muy blanca.

«Qué onda señor, oiga, tenemos un problema», me dijo. Su voz era exactamente la de su edad, pero su dicción, la calma con la que pronunciaba las palabras me hacía pensar en algo… algo que todavía no logro poner en palabras, pero que incrementó mi deseo de salir volando de ahí. «Mire, mi amigo y yo queremos ver las películas, pero el dinero se nos olvidó; necesitamos ir por él a nuestra casa, para tomarlo y regresar, ¿nos podría ayudar?».

Oquei. El trabajo de periodista exije tener que hablar con mucha gente, eso incluye niños. En mi carrera he tenido que soportar enanos a puños y así es como normalmente suenan: «Se… se… ¿Señor?… Señor… ¿me deja ver su cámara? no la rompo, en serio, mi papá tiene una cámara y a veces me… me deja verla, y un día le tomé una foto a un perro, y no salió bien, porque puse el dedo y una vez…», se agrega algo de pies picoteando el suelo y cierto penduleo corporal que te hace lucir algo tonto y voilá, tienes la escena típica de un niño hablándole a un adulto. En breve, usualmente se suelen disculpar solos. La gente suele educar a los niños de manera que, cuando se dirigen a algún adulto, saben que por una razón y otra, lo están molestando; así que al menos deben intentar ser cortéses.

Este niño no encajaba en el molde ni empujándolo con un pie. Su voz de mando era increíble y no mostraba el más mínimo tono de inseguridad o miedo. Mi ayuda era una conclusión natural, no un favor. Cuando volvió a extender los labios y me mostró sus dientes, fue como si estuviera diciéndome “yo sé algo… y no te va a gustar, pero la única manera de que lo averigues es que hagas lo que yo te ordeno”. «Eh… bueno…», fue la mejor respuesta que pude ofrecerle en el momento.

Tal vez en este momento estés imaginando que soy un tipo miedoso y te encuentres pensando, mientras esbozas una sonrisa, que esta es la historia tetriquísima de un pobre diablo que logro aterrorizarse solo, con el mero poder del sobreanálisis arrempujado sobre dos niños pidiendo aventón y, caray, yo soy la clase de tipo que te daría la razón y reiría contigo; el asunto funciona sólo si me has seguido con atención hasta aquí, funciona sólo si te has tomado la molestia de tomarme en serio, y de ninguna otra forma, porque verás; apenas pensar en lo que sigue, aún me da escalofríos y, al menos en mi memoria, este es el punto de no retorno, aquí es donde las cosas comienzan a ponerse raras.

El callado chico número dos, posa una mano sobre chico número uno, su rostro se nota angustiado, confundido. De alguna manera parece un poco asustado, y no, no me parece que lo esté del tono de mandamás de su amiguito, tengo la clara impresión de que está nervioso porque yo aún no les he abierto la puerta. Me da un atisbo nerviosamente y parece mascuyar alguna cosa. Chico número uno se quita la mano del hombro, pero él también está nervioso. Aún tengo esa impresión, palpitando, de que algo, algo no está bien. «Señor, ande» dice chico número uno y su sonrisa es como la seda. Muchos vendedores podrían aprender mucho de este mocoso.

«Entienda, sólo queremos ir a nuestra casa, por dinero. Sólo somos dos niños». Ahí, justo en ese momento, dejo de estar nervioso, dejo de sobreanalizar, dejo de preguntarme si estoy paranoico o no. Estoy asustado. El tono y las palabras encendieron las alarmas de mi cabeza como si fueran las lucecitas de un árbol de navidad. ¿Qué?, ¿qué está mal con estos niños?, ¿Qué, qué, qué?, algo… (¿Su ropa, sus dientes, su rostro, las pecas?).

«Eh… uhm…» es todo lo que logro hacer salir de mi boca. De alguna manera, una parte de mí, está intentando ganar tiempo, para pensar, para algo, aunque no estoy seguro de qué podría ser. Mis manos están clavadas a la palanca de cambios y al volante. «¿Qué película van a ver?», decido preguntar. «Mortal Kombat, por supuesto», responde chico número uno. Chico número dos asiente con la cabeza. «Oh», le digo, fingiendo que miro la marquesina y luego el reloj en mi tablero, porque para ese momento, tengo clarísimo, no tengo que confirmarlo, acababa de verlo antes de estacionarme, que la última función tiene más de una hora de haber comenzado. Chico número dos parece alarmarse con mis movimientos.

«Vamos señor, déjenos entrar, no podemos entrar hasta que nos deje ¿sabe?,», dice el chico número uno, con toda la suavidad del mundo. «Déjenos entrar, y todo será rápido, iremos a casa de mamá». Estaba perdido en sus ojos. Me descubrí a mi mismo con la mano extendida hacia el seguro de la puerta. Estaba a punto de botar el seguro. Obligué a mi mano a retroceder.

Sus ojos, reflejando la luz de la marquesina, estaban clavados sobre mí. Estoy seguro que la expresión de mi cara lo decía todo. Chico número dos sacudió a chico número uno y lanzó un par de quejiditos. Chico número uno estaba… estaba molesto: «Vamos, no te vamos a lastimar, déjanos entrar, no tenemos armas, sólo somos dos niños, ¿de qué tienes miedo?».

Aterrado. Su tono lo decía con toda claridad: no tenían un arma, porque no necesitaban una. Chico número uno siguió mi mano mientras esta encajaba la reversa a toda prisa. Sus palabras contenían una ira pura, junto a un tono de urgencia, de desesperación. «No podemos entrar si no nos dejas, déjanos entrar».

Aceleré hasta salir del cajón y di un volantazo para enfilar hacia la salida. Metí primera y el acelerador a fondo. Entonces cometí el peor, debe de ser el peor error que he cometido durante toda mi vida. Verás, siempre he sido consicente de mis pequeños defectos de personalidad. Sé que soy un adicto al sobreanálisis y he vivido bajo las consecuencias de mi problema; ahí está mi divorcio, ahí está lo poco que suelo durar en cualquier trabajo.

Antes de que se te ocurra preguntarte si he intentado dejar de hacerlo, déjame responder: es imposible remover una pieza que está tan adentro de la maquinaria. De alguna manera siempre termino profundizando delante de cualquier observación o estímulo, de alguna manera siempre termino deduciendo la causa de una consecuencia y luego, la fotografía entera, en donde un fenómeno ocurre. Y hasta ese momento, eso me había provocado problemas serios, claro, pero nada, nada que me quitara el sueño, nada que en serio cambiara tanto la gran fotografía en la que yo, y tal vez tú, también arrastras tu vidita. Miré por el retrovisor de mi carro.

Sus brazos se extendían, como gruesas mangueras de bombero, hasta más allá de sus rodillas.

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