Solo en la oficina, una noche, colocas un disco compacto en la computadora. Necesitas instalar un programa. El disco no tiene título, aunque recuerdas haberlo marcado con un plumón. El disco no tiene información dentro. En vez del sonido normal del lector, haciendo girar el disco, casi parece como algo gritando. Obviamente, no es el disco correcto. Pronto encuentras el que estabas buscando y continúas con el trabajo.

Solo de nuevo, en la oficina, buscas un CD en blanco para respaldar los archivos en lo que estás trabajando, así que tomas el que no está marcado y lo introduces. Cuando el lector comienza a leerlo escuchas ese familiar sonido, vagamente similar a un grito. Lo ignoras y comienzas a pasar los archivos, el sistema te pregunta si deseas sobreescribir el disco. Revisas de nuevo, está vacío. El vago sonido del disco comienza a molestarte. Aceptas reescribir. Cuando el sistema termina, el monitor se apaga. Luego las luces de la oficina.

Ahora el grito no viene de la computadora. Viene del pasillo a tus espaldas, se acerca hacia ti.

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