Es de mañana, ya. Los truenos estallan, el viento aulla. Hace tiempo que una tormenta viene prometiéndose. De algún apartamento llega el sonido de algo que se rompe y un grito; alguien despierta de una pesadilla, asumo, y no lo culpo. Mi despertador despierta también, y yo lo miro con mis ojos inyectados de mala noche, ordenándole que estalle o que al menos calme su entusiasmo.

”… la peor y más grande tormenta que hemos visto en años” dice un locutor antes de que su timbre se desvanezca en algunos crujidos de estática y se pierda en un silencio abrupto. Luego, la voz vuelve: “…y seguimos temblando conforme nuevos reportes de lo que tal vez sea el acontecimiento…”.

Necesito una dosis de cafeina, preferiblemente letal. Tomo el despertador y jalo su cable hasta desconectarlo, lo lanzo a los pies de mi cama. Había sido advertido, no me gusta la estática. Las cinco y ni un minuto de sueño durante toda la noche. Me construyo un capullo de cobijas y me aventuro por la ruina involuntaria de mi departamento. He vivido aquí por más de un año y aún no me acostumbro a la temperatura, me parece demasiado fría. Este es un edificio viejo, lleno de cracks y cricks, pero era todo lo que mi presupuesto podía permitirme. No me tomó mucho tiempo averiguar que decidirme por un arte mayor había sido una decisión muy desafortunada en el mundo real; el único trabajo que había encontrado desde la graduación había sido en un café llamado Ramsey, cerca de aquí.

Maldiciendo mi inherente naturaleza proclive al hemisferio izqueirdo, llegué a la cocina y me dispuse a preparar una jarra de café. encendí la pequeña televisión sobre la barra para desayunar. En el noticiero matutino, una Barbie cubierta con un traje sastre y kilos de maquillaje castañeteaba algo sobre un avistamiento con su sonrisa tensa y boba, el tono chirriante de su voz me recordó el sonido de una camioneta en reversa. De cualquier modo, no soy la clase de persona que mira noticias así que decido cambiar el canal y refugiarme en la barra de dibujos animados de la mañana. Seguro que la tele ahora hacía más escándalo, pero al menos en un dibujo animado esperas que las voces suenen estúpidas.

No tardé mucho en armarme con una taza de café negro. Arrastré mi armazón de cobijas hasta la sala y me detuve delante de mi ventana con las cortinas abiertas. La luz gris proveniente del cielo nublado despertó en mí un escalofrío y una vaga sensación de soledad. Nunca antes el sillón de cojines enormes me había resultado tan seductor como en ese instante, y rendida me deslicé, tan graciosa como un sapo cobijado, sobre él. Me maravillé al notar que no había derramado una sola gota de mi café y extendí la taza hasta la mesita de centro antes de quedarme dormida en un remolino de extremidades y cobijas que se extendía hasta medio tumbarse por un costado del sillón.

Las sirenas de tornado en la ciudad y un golpeteo frenético en mi puerta me despertaron. Giré en el sillón y me golpeé la cabeza contra la mesita, donde mi taza de café, aún completamente llena, se balanceó ligeramente. Lista para encabronarme, me desenrrollé de las cobijas y me levanté con una mano en la sien.

—¿Abril?… ábreme… ¿estás ahí?… ábreme por favor… ¿Abril? —La hija de mi vecina, una susceptible mocosa de 15 años era la dueña de ese murmullo al otro lado de la puerta de mi departamento. Abril solía hacer esto muy a menudo. Fui hasta la puerta, aún sobándome la cabeza y lista para vengar la contusión que la maldita puberta fan de Biever seguro me había provocado.

—Cassie, van a ser las seis de la mañana ¿Qué carajo quieres a las seis de la mañana? —Pregunté tras apenas emparejar la puerta, asomando el rostro más fúrico del que era capaz: —este es el séptimo golpe que me doy en la cabeza por tu… —En cuanto vi su rostro no pude seguir hablando. Sus pupilas estaba dilatadas, respiraba rápido, pero sobre todo, respiraba por una nariz rota, doblada en una posición innatural que me llenó de ansiedad apenas verla. Su playera blanca tenía una enorme mancha de sangre seca. Era la primera vez que no sonreía al verme y se quedaba con esa jodida sonrisa como incrustada en la cara. No pude ni terminar lo que estaba diciendo.

—Ca… Cassie… tu nariz está rota.

—Abril, son las cuatro de la tarde, ¿No has visto las noticias? Hubo reportes durante toda la mañana, algo… —puso la mano en la puerta y me miró, de pronto sentí como si hubiéramos intercambiado papeles y ahora ella fuera Garfield y yo Nermal. — … no tienes ni puta idea de lo que está pasando, ¿verdad? déjame pasar, es urgente.

Aún atontada por el cambio que mi realidad acababa de sufrir, cerré la puerta un momento para correr el cerrojo. Cuando la abrí de nuevo, ella pasó dándome un empujón, atravesando el tiradero de mi departamento.

—Ok… a ver… —verla intentar lo que estaba intentando ya era todo un espectáculo; imagina a una adolescente delgada, mirando hacia el techo, tratando de sujetar imaginariamente el hilo de un mensaje importantísimo con sus manos, capitular las palabras adecuadas, las imágenes correctas. Ahora imagínala haciendo eso con la nariz vuelta una masa sanguinolenta en su rostro: —primero que nada, nadie sabe lo que son, ni de dónde salieron, pero están matando… matándonos… matando a la gente. Al principio creyeron que eran inofensivos, que habíamos hecho contacto o algo, algo así, pero luego, eh, luego… luego recibieron una grabación de… de…

Su voz se rompió y los primeros signos de una histeria que había logrado contener hasta este punto, hasta llegar aquí y tocar mi puerta, afloraron en su rostro, ablandándolo y devolviéndola por un momento a su edad real.

—¿Una grabación de qué?… ¿Cassie?… ¿De qué?… Cassie, ¿quieres un vaso de agua?… ¿Cassie?

—Ay dios mío… no sé, no sé Abril. Yo estaba sentada en mi sala, preparándome para la escuela y mi mamá había dejado encendida la televisión cuando se fue a trabajar y… estaba en el noticiero… y… y… me estaba secando el pelo cuando escuché los gritos en la tele. En un noticiero… gritos. Pensé que era un anuncio o una película, pero no, era el noticiero, nunca había visto algo así…

Se detuvo un momento, deslizó un dedo por la mancha de sangre de su playera y miró nerviosamente a la ventana que hace unas horas me había arrullado.

—Estaban saliendo esas cosas. Se parecen a… no sé… no tienen brazos, ni cara, y sus piernas son delgadas, son como un maniquí a la mitad, parado sobre tubitos… eran varios y había una persona, como un amigo del que estaba grabando; estaban borrachos, los dos. La imagen se movía mucho, el que tenía la cámara se estaba riendo mucho. Y luego una de esas cosas abrió la cabeza… ay, ay, ay… abrió la cabeza… y todos esos dientes, como, como palpitando adentro de su cabeza y su, como, su, lengua, salió y agarró al amigo del de la cámara… y se lo comió. Sonó como una licuadora y luego se fue la señal.

La miré por un momento más, con la boca abierta. Estaba esperando que empezara a reir, para encabronarme con ella y mandarla a su casa. En vez de eso, Cassie estalla en llanto y comienza a gritar un epílogo perfecto para su testimonio: “mi hermanito… ellos, Abril, ¿qué le voy a decir a mi mamá?… mi hermanito”. No sé qué hacer con ella. Me siento a su lado, le pongo una de mis cobijas en la espalda y le acaricio la cabeza. Se calma rápido, se queda en silencio, mirándome con esos ojos enormes. Sus ojos me recuerdan las historias que papá solía contarme sobre los veteranos de guerra. Eso me hace sentir escalofríos. Llamaba a esa mirada, la mirada de las cien millas. Los ojos de un hombre que ha visto gente morir. No le había creído una sola palabra, hasta que comencé a pensar en eso y entonces sentí que no podía respirar.

Me levanté. La niña histérica me siguió con sus ojos perdidos y su respiración pesada, hasta la cocina. Mi televisión seguía encendida y alguna caricatura se columpiaba aún, entre una fina nieve de interferencia. Los dibujos hablaban, pero yo no los escuchaba. Mi cerebro me dijo que debía cambiar el canal y mis manos se las arreglaron hasta llegar al botón. Los numeros en la pantalla se arrastraron hacia abajo. Pareció tardar un siglo, pero finalmente la señal llegó al noticiero. Por un instante, seguí sin entender la voz que venía de la caja.

La misma Barbie de la mañana permanecía sentada delante de la cámara, pero su mirada estaba perdida y por un largo y enfermizo momento, creí que estaba muerta. Me llevó un momento más comprender lo que estaba viendo, dejar que mis engranes engancharan de nuevo y el mundo se volviera comprensible: estaba llorando. No era el llanto histérico de Cassie, de hace un momento, sino un lamento desolado, que parecía escaparsele de entre los labios y que era, a todas luces, desconcertante. Pareció como si alguien la llamara del otro lado de la cámara, y ella reaccionara casi saltando. Luego la voz de alguien de nuevo, murmurando algo. Entonces la transmisión se cortó.

Me dejé caer ahí mismo, y sentada sobre el suelo, comencé a llorar.

Cassie se repuso antes que yo. Evitó mirar mi rostro. Me puse unos jeans y una sudadera. Cassie se estiró para alcanzar la pistola de la repisa más alta de mi armario. Este vecindario de interés social era peligroso, y mamá me la había traído un día, insistiendo en que quizá me serviría en una emergencia. Me había peleado con ella, quejandome de lo poco que confiaba en mí y lo poco que respetaba mi independencia. Ahí, entre el sonido de las alarmas de tornado y encrucijada entre los truenos y los relámpagos, agradecí a cualquiera que fuera el dios responsable de la paranoia de mi mamá.

No habían pasado quince minutos de la llegada de Cassie cuando habíamos salido de mi departamento y nos disponíamos a dejar el edificio habitacional. Caminábamos como si estuviéramos espinadas de los pies. Decidimos bajar hasta la planta baja por las escaleras. Yo llevaba la pistola y Cassie sostenía el viejo cuchillo de caza de papá con ambas manos. Sus ojos se disparaban de un lado a otro. Así, incluso parecía que sabría que hacer si es que llegaba a necesitar el arma.

Por fortuna, había elegido el departamento del tercer piso en vez del doceavo. Desafortunadamente, nada nos hubiera preparado para la escena que encontré más abajo, en la calle. Una mujer, probablemente un ama de casa, estaba sentada, las manos en la cabeza, inmóvil, a la mitad del camino; tenía algo sobre sus piernas cruzadas, algo muerto y lleno de sangre. La gente corría por todas partes, muchos habían perdido un brazo, todos gritaban. Un niño caminaba por la banqueta, luchando por arrastrar un enorme edredón con ambas manos. El cuerpo de una anciana yacía recostado en posición fetal sobre la cobija, sus ojos miraban a la nada.

Cassie comenzó a respirar más rápido. Le puse una mano en un hombro. Una parte de mí no podía creer lo que estaba a punto de decir.

—No podemos ayudar, vamos a terminar igual si nos quedamos.

Una sensación de amargura me coronó la boca del estómago. Me miró y vi un brillo en sus ojos que me rompió el corazón. Preferiría morir a ver estas personas sufriendo. Casi estuve feliz de que decidieran aparecer en ese momento, porque el enojo que se transminaba desde sus ojos me comenzaba a asustar mucho más que cualquier otra cosa. Mi alivio duró poco.

Cassie los había descrito aceptablemente. Su piel era gris y traslúcida, sus cuerpos idénticos, sus múltiples piernas, largas, frágiles y delgadas. Sus pasos no hacían ningún ruido mayor al suave y fino salpicar sobre el concreto mojado. El niño soltó la cobija, besó a la anciana en la frente y corrió, perdiéndose en la neblina de la lluvia. La mujer a medio camino pareció ahogarse un momento antes de tumbarse boca abajo y comenzar a arrastrarse, revelando los dos muñones ensangrentados que, anclados a donde debieron estar sus piernas, servían como las anclas que la habían mantenido a media calle. Cassie se inclinó y vomitó. La manada de criaturas reaccionó de inmediato. Dos se quedaron rezagados y dos más se aproximaron a nosotros, listos para ejecutar el acto que mi vecina había intentado describirme hace unas horas.

No sé como describirlo tampoco. Fue como si varias manos invisibles separaran su rostro por en medio, revelando un enorme hueco dentado, lleno de agujas afiladas y sucias. Uno de ellos extendió un apéndice, una lengua en nuestra dirección. Intenté jalar a Cassie, pero era muy tarde. Se enroscó alrededor de su cuello, escuché sisear su piel al contacto del tentáculo. Sus gritos llenaban el espacio más allá del rumor de las alarmas de tornado, mientras el resto de las criaturas abrían su rostro al unísono y disparaban sus lenguas para enroscarse en alguna parte de Cassie. Claro que usé la pistola, el problema es que contando ese momento, esta era la cuarta o la quinta vez que utilizaba un arma, y también era la primera vez que necesitaba utilizar un arma. Mis tiros fallaron miserablemente durante los primeros cinco disparos, el sexto me sirvió para confirmar lo que ya suponía: la criatura recibió el impacto en una de las patas y como para demostrar lo poco que le importaba, retrajo su apéndice llevándose con ella uno de los brazos de Cassie. El cuchillo de caza tintineó en el suelo.

Me miró con los ojos que había descubierto antes, sujeta a la fuerza de las apéndices que estaban a punto de desmembrarla.

—No me dejes.

Sostuve su mirada un momento, antes de dar la vuelta y huir. Corrí como nunca en mi vida, sintiendo las entrañas en el cuello, llena de un sentimiento de horror, de culpa, de náuseas. Sentía como si mis gritos fueran de otra persona. En algún momento me detuve a vomitar. Había dejado a las criaturas atrás. Intentaba concentrarme en contarlos mentalmente, como si eso fuera a servir de algo, pero mi mente se desviaba una y otra vez a los momentos finales de mi pequeña vecina. Sus ojos, mientras me daba la vuelta y escuchaba ese sonido. El resultado de separar en pedazos a un individuo que está gritando; efervescente, orgánico, como una tormenta de carne.

Ha dejado de llover, pero los recuerdos y los monstruos, los rostros de mi nueva y permanente pesadilla, continúan sobre el mundo.

Ha pasado una semana. Sólo me he encontrado con uno de ellos en una ocasión. Me atrapó mientras dormía en los juego de un parque, el dolor penetrante me despertó. Su lengua estaba tocando mi abdomen, quemándolo. Le disparé justo al hueco en su rostro y cayó, gritando. Mientras huía, volví a sentirme culpable por Cassie. Desde entonces, he estado abarricada en la oficina de un estacionamiento, a las orillas de la ciudad. He rezado constantemente, pero aún puedo escuchar las sirenas afuera, y en el caso de acercarme demasiado, los gritos que puntean la acústica del día como las corcheas de nuestra última sinfonía.

Aquí continúo. Estoy hambrienta y temblando de frío, estoy lastimada de ambos pies y mi cabello parece de paja; por encima de todo, estoy sola. Puedo escucharlos acercarse, sus patas retorcidas repiqueteando por ahí, sus lenguas extendidas, tanteándolo todo en busca de nuestra carne. Pronto tendré que moverme de aquí, y no me queda más papel. Creo que es todo lo que puedo decir. No estoy orgullosa de esta historia, pero en el caso de que la raza humana sobreviva a esto, tal vez sirva a la memoria de quien quede vivo. No importa de dónde salieron: extraterrestres, demonios, armas biológicas; creo que han dejado claro que este es su territorio ahora. Creo que quieren que vivamos así, separados, escondidos bajo el tapete, hasta que les apetezca cosecharnos; no hay mayor fin, al menos no parece haberlo, más que explotar nuestro sufrimiento, nuestro horror a seguir vivos.

§

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es un tipo algo aburrido.

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