Despiertas por algo que está arañando tu ventana. Te sientas y miras hacia la cortina. Te inclinas un poco para oír mejor. Reúnes algo de valor y sentido común, te pones de pie y miras afuera. El impacto dura apenas un instante. Suspiras. Es sólo una de las ramas del árbol junto a tu ventana, de nuevo. Ese árbol te ha asustado, para diversión de tu padre, desde que eras mucho más chico. Vuelves a la cama, aliviado.
Te recuestas y cierras los ojos. Recuentas las noches en las que esos arañazos te han helado la sangre. Cómo el golpeteo, firme, el que se conseguiría con la punta de un dedo, conseguía que te levantaras de la cama y corrieras a la habitación de al lado, con papá. Lo peor: el silbido, casi un ceséo que se escuchaba como una respiración amenazante, inquieta, atenta, hambrienta. Sí, los miedos que sobreviven a la infancia.
Aunque luego el tiempo transcurra y tu vida se vuelva más complicada, decidas que es tiempo de marcharte para hacer tu vida y eventualmente tengas que enfrentarte a cosas tan terribles como la muerte de tu padre, esos miedos sobreviven. Te quedas tenso, de espaldas a la ventana. Ya no eres un niño, papá está muerto, y tu casa es de una sola planta.

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es un tipo algo aburrido.

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