En 1653, exploradores españoles encontraron lo que por su descripción, parecía ser una pirámide mesoaméricana en el territorio que actualmente conforma parte del estado de Carolina del Sur. Además de que la ruina se encontraría notablemente lejos de las poblaciones indígenas a las que se les atribuyen dichos prodigios arquitectónicos, era mucho más pequeña que sus estructuras hermanas y su ornamentación, a juzgar por los vagos dibujos en la bitácora de exploración, es claramente distinta.

Los españoles desmantelaron la pirámide piedra por piedra y levantaron un campamento. La deconstrucción se detuvo cuando una roca fue descubierta en los cimientos de la ruina, compuesta por completo de lo que al parecer era obsidiana. La piedra, no mayor a los dos metros de ancho y los tres de altura, resultó imposible de mover con los recursos de los que disponían.

En la segunda semana se intentó liberarla excavando a su alrededor y fue así como se descubrió que la piedra parecía extenderse infinitamente hacia abajo. Frustrado, el capitán de la expedición disparó un cañonazo a la columna, que no la dañó en lo más mínimo, pero que provocó, con su impacto, que la columna se hundiera, retrayéndose, hacia cualquiera que fuera su origen y dejando un agujero que se colapsó de inmediato sobre sí mismo.

Tras el incidente y las muertes que el mismo cobrara, los sobrevivientes de la expedición consideraron los hechos como un presagio de maldición y abandonaron el sitio, para nunca volver.

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