Un día ves morir a un hombre. Te acercas a él, mientras agoniza, pensando que tal vez necesita alguna cosa. No logra decir nada, en vez de eso, te extiende una llave, grande y vieja, con una pieza de papel pegado. Hay una dirección escrita en el papel. La dirección no sólo está en otra ciudad, en otro estado y en otro país, está en otro continente, al otro lado del mundo. Decides quedarte con la llave y la nota, guardarlos como souvenir, y olvidarte del asunto.

Tu vida en adelante comienza a consumirse: todo sale mal. Pierdes a tu esposa y tus hijos enferman. Tu familia reniega de ti y decide no apoyarte más, el seguro de desempleo vence y aún no encuentras trabajo. Cada amigo en el que confiaste se vuelve un desconocido. Las deudas te asfixian, embargan tu casa y tus bienes y pronto, no te queda más que aquella dirección y esa llave.

Vendes lo poco que te queda. Pides prestado, empeñas, haces un último esfuerzo, te preparas para un último salto de fe; crees aún, que esto puede ser el destino. El boleto es de ida, solamente, y tu equipaje lo forman la dirección y la llave junto a la ropa que llevas puesta. Una vez que te encuentras cerca, caminas por horas, buscando la dirección. La gente te dedica una mirada extraña cuando pides que se te oriente, ¿Qué negocio tienes que ir a hacer ahí? parecen preguntarte con sus miradas, procuras no responder de ningún modo.

Es una pequeña puerta, metálica, sin ventanas, al fondo de un callejón; te recuerda a las puertas que se cruzan para ir a un club clandestino en las películas ambientadas en el extranjero. La llave se desliza perfectamente en el ojal de la cerradura. La puerta se abre sola cuando el cerrojo cede.

Es una habitación pequeña y llena de basura. Hay grafitti en los muros y el aire está impregnado de una peste resultante de la combinar orina, heces y vómito; acumulados y secos entre pequeñas montañas de latas vacías de comida, botellas de vino barato y periódicos hechos tiras. Ahí, en el fondo, hay una estantería.

Está llena con obras dedicadas a toda clase pseudociencias: un tratado de frenología y un manual de kinesiología, una colección completa que reúne los críptidos del Este de Estados Unidos y el último diario de Adolfo Hitler rodean el camino de tus ojos hasta un volumen enorme, de pastas de color negro, sin título.

Es una crónica y las primeras cuartillas apenas y despiertan cierta inquietud en ti, te sientes inmerso en una burbuja de paciencia e irrealidad, el tiempo parece no avanzar mientras lees; lo narrado apenas y despierta cierta inquietud en ti: una fecha, el nombre de tu hermano mayor, tu primer novia y esa cita desastrosa en un parque; cada error, cada logro, el día de tu boda y también, el día en que sospechaste de una infidelidad. Para cuando hojeas a la mitad del libro, lo has entendido.

Es un lenguaje vago, pero atento a los detalles a los que tu mismo has prestado atención. Es el libro de tu vida, piensas, y entonces, lleno de curiosidad, pasas de página, hasta llegar a la última, que no está por completo llena. Mientras miras el espacio en blanco bajo el último párrafo que te trajo hasta aquí, las palabras se trazan, delante de tus sorprendidos ojos. Te cuesta creerlo. Esto es un engaño piensas y piensas también en lanzar el libro y correr, pero tus ojos no se despegan, no puedes dejar de leer.

Con cada nueva palabra que aparece, la repulsión aumenta. Recuerdas el día en que perdiste el trabajo. recuerdas el día en que te dejaron por otro. Recuerdas a tus hijos, enfermos, moribundos, sus vidas ancladas a máquinas de respiración artificial y diálisis; sus diagnósticos como sentencias de muerte. Todo está aquí. Entonces lo notas: está entre las líneas, un poco más atrás del eco de las palabras uniéndose unas con otras en el interior de tu cabeza, agazapadas en el rincón más remoto de la escritura. Algo que hace que veas, no, que pienses. Tal vez no lo harías por ti mismo. Es un sólo golpe certero ahí dentro: no eres libre, nunca has sido libre.

El libro cae de tus manos. Necesitas aire. la luz del sol, afuera, te aturde. Te sientes débil, tus piernas tiemblan. Levantas tus manos y descubres el libro ahí, aunque lo tiraste, aquí está. Tus pensamientos te confunden, tus pensamientos te traicionan, la pregunta surca fugaz por el cielo de tu vida: ¿cómo se deja de pensar? Te recargas contra el muro. Intentas volver a caminar. Tu visión se va apagando como el cinescopio de un televisor viejo. El final del callejón está cerca. Resbalas con algo. Tu pecho se aprieta con un vértigo nuevo y el vértigo no te abandona. Con las últimas fuerzas que te quedan, tu mano tantea los bolsillos de la chamarra, está buscando la llave que te trajo hasta aquí.

Alguien te levanta de la cabeza. El fondo blanco que ha reemplazado el mundo es interrumpido por la silueta de un rostro; sus rasgos son difusos; pero notas como sus labios se mueven y un momento después las cejas arqueadas te dicen que te está preguntando algo,  no hablas su lengua. Tomas aire, sacas la mano de uno de tus bolsillos y la extiendes hacia el extraño, intentas suplicar: tírela, lejos. Pero es muy tarde.

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es un tipo algo aburrido.

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