Tengo un vecino que llamaré el señor White. Usualmente, es callado y pasa los días en una mecedora sobre su porche, mirando cómo la ciudad y la vida siguen andando. Viste, de la cabeza a los pies, de negro. Las pocas veces que he charlado con él me ha caído bien. Un poco huraño tal vez, pero nada fuera de lo común. Jamás me ha ofrecido ninguna clase de explicación o disculpa por sus atuendos; esa actitud, la de “sí, negro todos los días ¿parece que muero por explicarte?”, siempre me ha parecido bien; o toda su familia está muerta o el viejo está enamorado del nítido espectro de colores del interior de una chimenea, ¿qué importa?

Escuché el grito el primero de Agosto, a la una de la mañana. Un grito agudo, penetrante, ese típico grito de las películas que se escucha al entrar a un calabozo o a un lugar que se supone es  el infierno; atraviesa los muros de mi casa porque mi casa está hecha de muros delgados, y dos muros con el grosor de una oblea, el de la casa del viejo y el de la mía, no van a detener la acústica de un grito así. Así como lo escucho, cesa. Me deja con las pelotas en la garganta y la sangre en la planta de los pies. Esto se repite el resto de la semana, todos los días, mismo anciano vestido de negro, misma casa de interés social, misma una de la mañana, mismo grito desgarrador. La última noche, casi los junto para ir, tocar la puerta y preguntar.

A la mañana siguiente, ahí está, en su porche. De negro, todo; calcetines, zapatos, pantalón, camisa, abrigo, sombrero,  incluso esta vez trae unos lentes oscuros. Cuando paso frente a él, me carraspea un cortés buenos días. Me detengo y me le quedo viendo, casi abordo lo de los gritos, pero algo, algo respecto a la forma en que se mece, en que sólo mira al frente, me hace darle los buenos días lo más cortés que puedo y seguir en lo mío.

Esa misma tarde regreso del trabajo justo para verlo saliendo de su casa con maletas. Me saluda, tiene que tomar un avión, buen viaje. He vivido junto a él durante dos años y jamás había salido de viaje, pero bueno; me supongo que al menos esa noche voy a poder dormir. Y nada, resulta que cuando estoy acostado, escucho un ruido. No es nuevo, pero no es un grito.

¿Ya dije que nuestros jodidos muros con el grosor de una oblea se juntan? Mi cuarto viene a dar a la parte en donde se encuentran mis tuberías y las tuberías de la casa del viejo. Así que cada que el viejo tira el cocodrilo o abre una llave, las tuberías suenan, y si ocurre que estoy en mi cuarto, me entero. Las tuberías estaban sonando. Si las tuberías suenan, significa que el agua está corriendo, pero no hay nadie dentro de la casa. Me digo que no es mi problema y me acurruco para dormir, pero dos horas después, entiendo que ese jodido chirridito es mucho peor que un grito que dura apenas unos segundos.

Decido que el viejo dejó alguna llave de agua abierta en su casa y que le va a salir una cuentota de agua. Pienso que si el caso fuera a la inversa, el viejo se tomaría la molestia, pero me río de inmediato; no me la creo, al viejillo le valdría madre. Bueno, a mí no. El buen vecino dentro de mí decide que nos va a hacer un favor a los dos. Me visto, agarro algunas madres y voy hasta su puerta. He perdido mis llaves las veces suficientes para saber cómo abrir uno de estos cerrojos, así que meto mis dos clips desdoblados en la cerradura, sacudo un poco y comienzo a girar el pestillo interno hasta que escucho el clic que me ha aliviado tantas veces en la madrugada, delante de mi puerta.

La casa está a oscuras, pero todo es un desmadre. Me da la pinta de que alguien ha estado corriendo y tirando cosas a lo loco. Hay libros y revistas regadas por el suelo y la mitad de los muebles han sido arrastrados y juntados en un solo muro. Total, alguien se le había metido al viejito. No era mi problema. Yo venía a cerrar una puta llave, un hombre merece poder dormir. El correr del agua se escuchaba venir, clarito, del baño del fondo y hacia allá me dirigí.

Abro el baño: sangre. Un charquito no me hubiera espantado. Una manchita igual y ni la hubiera visto. No, sangre, por todas partes. Sangre en las paredes, sangre en el techo, sangre hasta el tope de la bañera, sangre en el retrete y sangre en el lavabo. En el lavabo, además, hay piezas de lo que me pareció, espero, que fueran pedacitos que se empaparon y se secaron de papel higiénico… con pelos.

Boca abierta, me veo delante del espejo completamente en la pendeja. Bajo la vista, y ahí está. La llave del lavabo sangriento del infierno maligno, abierta. Extiendo la mano, la pongo sobre la llave, le doy la vuelta y el chorro deja de salir. Pop, truena el foco del baño. Si alguna vez en mi vida he corrido en chinga desde que me metí a escondidas y por la madrugada a la casa de una novia y su hermano me correteó con un puto machete en la mano, fue esta. No es en chinga, es en chinguísima. Pero antes, la acabo de cagar y volteo para atrás justo cuando estoy apunto de dejar la casa, porque siento la mirada de alguien.

Y sí, alguien me mira. Son dos ojos, amarillos, brillantes, en medio de la oscuridad del baño de donde acabo de salir. No preguntes, me cae que no sé ni como llegué a mi casa. Lo siguiente que sé, es que estoy en mi propio baño, sintiendo los pantalones pesaditos por la miada que se me salió. Putas. Alguna madre brilla y yo me meo. Qué valiente, y todo por andar de buena gente. Me quito la ropa, me doy un baño y me pongo ropa seca. Y mientras me estoy abrochando los pantalones, algo hace que mire hacia mi ventana. Ahí está esa chingadera, mirándome del otro lado del cristal.

Grité, casi me meo de nuevo, intenté correr, los pantalones se me corrieron a media nalga, tropecé y me acomodé un megaputazo en la frente, contra la orilla del excusado. Cuando miro a la ventana otra vez, ya no están. Me estoy imaginando cosas, eso me digo. Me voy a mi sala y ya para ese momento, igual me lo estoy imaginando todo, pero de todas formas, esa noche no voy a dormir. Me acomodo en el sillón y enciendo la televisión.

La primera hora y media, todo chido. Luego sale un comercial que tiene el fondo negro. ya ves que con el fondo negro, a veces puedes verte reflejado en la pantalla, bueno, pues me veo reflejado en la pantalla, y también veo esos pinches ojos brillando, mirándome, atrás de mí; en la oscuridad detrás de mi sillón.

Me quedo helado. Miro los ojos mirándome. No se mueven, no parpadean. La cosa esa no hace nada más que mirarme, de a clavo. Doy el pinche brinco, según yo muy ágil, y como que ruedo en el suelo. Volteo, no están. Putas. O me estoy volviendo loco o algo. Así que voy sobre lo que me queda, mi reserva de pisto.

Camino a la cocina, agarro una botella que resulta ser de whisky y me sirvo un vaso. Fondo. Otra vez, madres. De nuevo. Me chingo la botella en tres vasos. Me sirvo el último piquito. Empino el codo y cuando me acabo el último trago, abro los ojos, la chingadera está viéndome desde el fondo del vaso. Me defiendo. O sea que aviento el pinche vaso y grito como niña mientras corro hacia un rincón.

Se va por el pasillo.

Puta madre.

Cinco minutos después, tengo todas las luces de la casa prendidas y yo estoy armado con un cuchillo de la cocina y una linterna. Todas las luces de la casa menos una: la del pasillo. La prendí y tronó, sí, como en el baño del viejo. Al final del pasillo del mal, hay dos puertas, una es un clóset, la otra da a la calle. Me armo de huevos. Bueno, de todas maneras es eso o brincarme por el patio. Va.

La pinche puerta del clóset está abierta. Aquí vamos. Creo que miro los ojos, entre las rendijas de la puerta del clóset. Alcanzo la puerta con una mano. Aprieto el cuchillo en la otra y pego un brinco. ¡Aaaaaaaaah! grito, según yo como todo un guerrero nibelungo, pero estoy seguro que sueno como un puto maricón. Nada. Ni bestia maligna, ni ojos malignos. Cierro el clóset y continúo con la puerta de la casa. Me voy a la chingada, decidido. No, pura madre, nel; porque ahí debería de estar asomándose la luz del arbotante y no hay ninguna luz. Me asomo por la mirilla de la puerta. Los putos ojos en mi porche.

Grito como niña por tercera vez esa noche y corro por enésimo ocasión. Suelto la lámpara y el cuchillo a la chingada y ahí se quedan tirados.

Se me ocurre que me puedo arrinconar con algún mueble. Agarro el mueble de la tele para jalarlo conmigo. Lo suelto y me voy para atrás. Ahí está esa madre, entre el mueble y la pared. 3 putas pulgadas de puros miados instantáneos me miran. No me miran con odio, ni de ninguna forma. Son dos círculos amarillos perfectos y brillantes, posados sobre mí.

Y eso es todo. Me carga la chingada, me rindo. Atino a arrastrarme hasta topar con la pared y ahí me quedo, mirando los ojos, mirando los ojos mirándome, mirando que me miran mirarlos. Ahí me quedo sentadito. No se mueven. Tampoco yo. La noche avanza a cuentagotas. Termino deseando al menos saber qué putas quiere. Si me atacara, si se descubriera, al menos sabría qué pedo, aunque terminara muerto. No. Se queda en ese espacio, mirándome con una paciencia que ni mi santa madre me tuvo.

La noche se disuelve en una mañana nublada y los ojos dejan de brillar. Conforme sale el sol y mi sala se ilumina, van retirándose, cercados a los límites que van de la oscuridad que va cediendo; de pronto se han ido, ¿a dónde? Quién carajo sabe, pero voy a poner toda la tierra que pueda entre esta casa y yo, antes de que se acabe el día.

Me acabo otra botella de desayuno, lleno una mochila y camino hacia la puerta, justo cuando estoy delante de ella, tocan. Me cae que lo primero que pienso es en regresar al rincón. Pero agarro la onda. Me imagino a la bestia tocando a mi puerta: soy yo, el monstruo de anoche güey, qué onda, ábreme que hora si te chingo… pos no.

Abro. es el señor White, tan resplandeciente como siempre. Buenos días, Esteban, me dice. Nótese que se sabe mi nombre.

Qué onda, le respondo. Disculpa, ¿viste si alguien entró a mi a casa mientras no estaba? Hay huellas que salen de mi baño a la puerta de la calle. Nótese que el cabrón no me dice de qué son las huellas.

Eh… no, no que yo sepa. Yo aquí he estado y no he escuchado nada. (¿En serio crees que voy a admitir haber entrado a la casa de un tipo que tiene un banco de sangre en el baño y una bestia maldita de mascota?, no mames).

Qué bueno Esteban, porque tengo muchas cosas valiosas e insustituibles en mi casa, que un alma maliciosa podría robarse o destruir. Ten un buen día.

Usted también, suerte. Se da la vuelta para irse y luego se detiene, voltea conmigo, sonriendo.

Otra cosita Estaban; no pude dejar de notar que tus huellas llegan hasta aquí. Dice, señalando el piso de mi porche, pero ninguno de los dos baja la vista. Su sonrisa se hace enorme, se inclina, se quita los lentes y me muestra los dos agujerotes que tiene en vez de ojos. Ya sabes, entre vecinos siempre hay que estar echándonos un ojito.

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