232

A la mitad del oeste norteaméricano, en una larga hilera de unidades de uno de los muchos negocios de almacenaje que puntean el paisaje, se encuentra la unidad 232, el concreto delante de la puerta deslizante está arañado, como si hubieran arrastrado algo inconmesurablemente pesado en dirección a la entrada.

Una inspección más minuciosa revelará algunos detalles extra al observador minucioso: la guía sobre la que la puerta corre está doblada de tal forma que la puerta no podría deslizarse ni un centímetro y la puerta misma muestra una pintura de una tonalidad opaca, sobre una textura que puede describirse como “picada”; es necesario acercarse para notar eso y las diversas capas de antigua pintura que asoman bajo las grietas.

Un observador aún más atento, notará que la unidad 232 parece haber sido construida con un estilo arquitectónico más antiguo que los almacenes a su alrededor, dando la impresión de que se está delante del tipo de construcciones con las que el negocio comenzó, varias décadas atrás.

El dueño tiene una historia sobre la unidad 232, aunque no disfruta contarla. Cuando era mucho más joven, alguien rentó esa unidad y nunca volvió. Tales cosas son normales en este negocio, por todo tipo de motivos, así que el siguiente mes, él y sus muchachos se dispusieron a forzar las cerraduras, para vender las pertenencias abandonadas en el intento por hacerse de algo de dinero extra. Pero incluso con él y sus dos empleados jalando, la puerta no cedió. Molesto, el dueño rentó maquinaria pesada para arrancar la puerta.

Del otro lado no había nada más que un muro de acero. La cortadora había despachado fácilmente el aluminio de la puerta, pero apenas y arañó el metal. Cortes al azar alrededor de los muros revelaron que la investidura interna se extendía sobre todo el espacio interno; los muros parecían haber sido vertidos desde dentro y parecían ser de una sola pieza.

El siguiente descubrimiento fue el de un cerrojo localizado en el lado opuesto a la puerta. Se contrató un cerrajero para forzar la enorme chapa, y en el momento en que el hombre comenzó a trabajar en el orificio con sus herramientas, se desmayó.

Cuando volvió en sí, había pasado una larga hora y se encontraba tendido en una cama de hospital. Tenía la vista borrosa y la lengua adormecida. Pasados cerca de quince minutos, perdió la capacidad de formar una oración discernible y tras media hora, comenzó a delirar. Terminó internado en el hospital psiquiátrico Frieda L. Reagan (por aquellos tiempos, el dueño cree recordar que aún era un manicomio), donde se las arregló para colgarse con una toalla pasados un par de meses.

Habiendo tenido suficiente del asunto, se llamó a un equipo profesional de demolición para tirar toda la unidad con una topadora, pero una vez el vehículo fue colocado en posición, el motor dejó de funcionar. Se intentó reparar la maquinaria ahí mismo e incluso se cambiaron varias refacciones, pero todo fue inútil. Vencidos ante la imposibilidad del hecho, los trabajadores trajeron una grúa para remolcar el enorme armatoste, y a unos quince minutos sobre la carretera, este se encendió solo, provocando un accidente que casi cobra un par de vidas.

Asustados por los rumores que ya circulaban sobre el lugar, los trabajadores se negaron a regresar al sitio y cuando el resto de las compañías se enteraron, el dueño se quedó sin nadie que estuviera dispuesto a intentar abrir aquel cubo de metal.

Naturalmente, el dueño terminó rentando otra topadora y ordenando a uno de sus empleados que lo utilizara para concluir con el trabajo, su propio hijo. Justo aquí, el dueño se pierde en sus pensamientos completamente. De presionarle a continuar con la anécdota, su vista se pierde por una de las ventanas de su pequeño despacho y comienza a comportarse como si estuviera solo; dicho estado continúa por el resto del día, y para la mañana siguiente, el dueño asegura no recordar nada de la charla anterior.

Tras insistir por cerca de una semana sobre el tópico, el dueño se aclaró la garganta:  Terminé reconstruyendo los muros yo mismo, después de lo que le pasó a Tony el resto de mis trabajadores renunciaron: puse de nuevo la puerta y doblé las guías para correrla. El metal vibra en la noche, lo sacude todo, todo lo que está cerca vibra junto con él, y hay noches en las que aún puedo escuchar sus gritos: papá… estoy aquí… ¿te digo lo que creo?, los cerrojos no están ahí para no permitirnos entrar, de la misma manera que no pones un cerrojo en la jaula de un león para proteger al león… y esa tarde Tony se acercó demasiado a los barrotes… hay días en los que creo que él sigue vivo, de alguna forma, concluye.

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es un tipo algo aburrido.

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