A las afueras del pueblo hay un edificio enorme. En su entrada principal, aún brilla una placa de metal que, tiempo atrás, ofrecía la imponente estructura a la memoria de una tal Frieda L. Reagan; hoy sus letras se han desvanecido y quedan en verdad pocos que recuerden aquél nombre, o cualquier otra cosa sobre el silencioso gigante. Por aquí lo llamamos el hexágono.

Fue inaugurado el 3 de Marzo de 1903 por el alcalde Howard Martin, diseñado por Nicholas J. Ware y concebido como un hospital psiquiátrico. Llegó a funcionar como una prisión, un campo para prisioneros de guerra, un cuartel militar e incluso como sede de la alcaldía; en 1969, retomó su identidad como manicomio y fue finalmente clausurado en el 2002, tras una ojeada a los fondos que supuestamente se le destinaban.

Sus pacientes se mudaron a otras instalaciones del estado, se incineró la mayor parte del archivo y el mobiliario fue subastado en el intento de recuperar al menos una parte de los fondos desviados bajo la mínima justificación de su mantenimiento. Es un titán hueco, a la espera de un equipo de demolición al que ya se le hizo tarde por al menos unos años; una ruina que sujeta un siglo entero de historias dentro de sus pasillos polvorientos.

Por supuesto, tras su clausura, los pobladores iniciaron el lento proceso de repoblarlo con cada lamia, evento y lugar común al alcance del conocimiento popular sobre lo desconocido, al que todos finalmente estamos afiliados: ventanas iluminadas a la mitad de la noche, ya apenas cubiertas por unas pocas piezas estrelladas de cristal, entre las que de pronto asoma una inesperada silueta; el seguro testimonio de algún paseante incauto que al detener la marcha, asegura haber escuchado una voz allá, adentro, susurrando su nombre con el engañoso timbre manifiesto del viento.

Si el entusiasmo victoriano no bastara, toda teoría de conspiración ha encontrado suelo fértil aquí y así, el hexágono ha probado tener el espacio suficiente entre sus muros decrépitos para albergar un laboratorio de reversión de tecnología alienígena, la sede de la siguiente etapa del tiránico proyecto MKULTRA, e incluso la casa de descanso del Yeti y de Lord Lucan. Como podrá entenderse, el hexágono se ha vuelto un protagonista seguro de esas pláticas de sobremesa que nunca tocan el suelo y que jamás dejan de flotar.

En esta ocasión, todo cuanto la imaginación ociosa localiza al interior de la ruina no es del todo nuestro tema y bien, dejaremos el asunto de su selecta nómina de celebridades para otro momento; de entrada, parecería más interesante concentrar nuestros esfuerzos hacia el origen del edificio mismo.

Comenzaremos con el hombre sobre cuyos hombros pende la responsabilidad de sus cimientos: el señor N. J. Ware. Existen pocos personajes en la historia de este pueblo que hayan conseguido este tipo de fama tan irrevocable y resistente, incluso ante el balance de tantas décadas de caprichosos chismes: en su mínima expresión Ware era un individuo lóbrego y antipático; de cuerpo completo, la impresión más próxima a un cumplido que su humanidad llegó a recibir, descansaba en la cruel brevedad del término “indeseable”.

Profesionalmente, la reputación de Ware no mejoraba. A poco, que se le eligiera a él como autor de una de las obras más ambiciosas de la alcaldía, fue una decisión rápidamente juzgada por sus colegas y la opinión pública, como al menos, un acto incomprensible de favoritismo: Ware era mediocre, prescindible y su carrera estaba formada por una colección de bocetos cuadrados y burdos que, cuando adelantados a ambicionar un gran proyecto, se olvidaban de localizar la puerta, establecer una fuente de luz o al menos, respetar ese pequeño principio llamado gravedad.

Sólo dos de los abucheados planos desarrollados por el señor Ware conocieron ladrillo y concreto: el primer vástago fue un mausoleo para una familia pudiente del pueblo; Ware se robó los planos de una biblioteca pública en Cheyenne, Wyoming y firmó los planos con su nombre. El segundo fue el Frieda L. Reagan, rebautizado así poco después de su inauguración. Todo detalle acerca de su inspiración, concepción y diseño es escaso; se sabe que durante ese tiempo, Ware se recluyó en su estudio personal y sólo mantuvo contacto con su mayordomo: un hombre llamado Farris.

Ware se negó a atender a cualquiera de los pocos reporteros y colegas interesados en el asunto y así, el criado leal fue el encargado de declarar a la prensa que su amo había permanecido en su estudio sin aceptar bebida o alimento, sin hablar; limitándose a encorvar el lomo sobre su restirador como una gárgola deslavada, mientras el frenético movimiento de su mano sobre el papel se volvía el único vestigio de que seguía con vida.

“¿Algo más?”, “sí, hay algo más”, declaró Farris para uno de los periódicos que sobrevivirían en la biblioteca del pueblo: “ha ocurrido en pocas ocasiones y para serle franco, estaría mucho más tranquilo si trata lo que voy a decirle con la mayor discreción… en algunas ocasiones, al reportarme en el estudio de mi amo, esperando alguna solicitud o fingiendo que sacudo, he podido escuchar una risita baja, áspera… la risita que uno imaginaría de un demente espiando tras una ventana”.

Indiferente a su observador y a la evidente falta de escrúpulos de aquél periodista que no se dignaría ni a firmar la nota, Ware terminó y entregó un juego completísimo de planos a la junta de la alcaldía tres días después. Tras revisarlos, un representante aseguró que restaba poco para que los engranes se pusieran en marcha y la obra maestra del señor Ware, se transformara en un hecho dignamente consumado.

Los engranes se pusieron en marcha, claro, pero en adelante toda anécdota relacionada a las consecuencias de sus giros se inmortalizó gracias a la mala suerte: Los materiales de construcción solicitados más allá del pueblo se demoraron en varias ocasiones, en el primer intento la compañía responsable de los materiales quebró unos días después de recibir el pago y el dueño de la misma murió en un incendio, con lo que todo intento por conseguir un reembolso fue inútil; en la fecha destinada a la puesta de la primera piedra, el cielo se tornó gris y una lluvia torrencial que abarcó el estado completo se desató, demorando el acto simbólico durante una semana y media; la tormenta se llevó a muchos de los barcos pesqueros en la costa, desbordó el río y al rebasar los diques, terminó inundando más de la mitad del pueblo.

Y si bien es común que de vez en cuando algunos obreros mueran en un accidente durante proyectos de esta dimensión, el número y la causa de muchos de los fallecimientos relacionados a la obra, volvieron a esta misma una digna progenitora de viudas: al menos cinco trabajadores resbalaron y se rompieron el cuello hasta el fondo de las excavaciones destinadas para los cimientos; una repentina explosión hizo volar varios kilos de remaches transformándolos en efectivas balas perdidas y, al parecer, mantener el equilibrio sobre los andamios rompió huesos, sacó ojos y finalmente terminó empalando a un pobre supervisor, quizá demasiado confiado. Los registros recuentan 63 muertes; pero en mi opinión, deja de lado los suicidios, accidentes y enfermedades repentinas que cesaron a varios obreros fuera de su turno en su último lugar de trabajo.

Coincidencias estadísticas y a veces, los inexpugnables caminos de la ley de Murphy, tal vez; pero aún nos resta la que quizá fuese la demora más extraña relacionada con el origen del hexágono; me refiero a la desaparición de una pequeña niña. Estos eran tiempos en donde nuestro pueblo aún se sentía como tal, en donde todas las personas solían conocerse y saludarse entre ellas y en donde casos como la desaparición de un crío, justo en la sala de su casa, mientras jugaba con sus muñecas, solía significar un llamado de búsqueda a la que el pueblo entero respondía.

Si a eso le sumamos la generosa cantidad de sangre encontrada sobre los muebles del lugar en donde la madre había dejado a la niña por última vez, queda claro el motivo por el que la calma de todo el pueblo se estremeció durante esos días. No sólo la gente, sino también los periódicos defendían el principio inviolable en forma categórica y admirable: “estas cosas sólo ocurren en las grandes ciudades, estas cosas no ocurren aquí, en nuestro pueblo, es inaudito”.

Se organizaron cuadrillas de búsqueda, que los obreros de la construcción suspendieran el trabajo y se unieran a la iniciativa, fue considerado obligatorio y así, el pueblo fue revisado de cabo a rabo, durante casi dos meses. Todo fue inútil; la niña simplemente se había desvanecido de su sala, tal vez, como lo hace una burbuja de jabón, tocada de pronto a la mitad de su vuelo. Y si las condiciones en las que la obra y el pueblo se sumergieron durante este periodo no podían resultar menos bíblicas, la situación de su creador no había quedado muy lejos de su fruto. Si bien jamás fue un hombre de amplia actividad social, Ware continuó recluido en su estudio tras entregar sus planos y ganarse varias felicitaciones.

Trabajaba en incontables bosquejos que a decir de Farris, eran al menos erráticos; ya bosquejaba una vista panorámica de lo que parecía el pueblo y la costa desde una ventana, para borronearla y sustituirla por lo que bien parecería la ilustración de un libro de anatomía; ya delineaba el trazo principal de algo que llamaba a susurros “el palacio del gato”, agregaba una terraza y colocaba un balcón, para terminar haciéndolo tiras en las que escribía símbolos dignos del Códex Seraphinianus; la risa, esa risa sombría y baja, que el pobre de Farris había visto nacer como apenas un susurro ocasional, iba apoderándose del volumen, de la esencia misma de su voz.

Tan fácilmente diagnosticable como lo podría ser ahora, gracias a toda la media destinada a satisfacer nuestra fascinación por la locura, el arquitecto había logrado un trabajo verdaderamente espléndido, que al menos, les ahorraba a todos los involucrados la incertidumbre de llamarlo a corregir o solucionar alguna duda en el área de construcción; el detalle empleado en cada plano bastaba para resolverlas todas.

Ware no sólo había establecido todas las medidas en milímetros, sino que había incluido las cantidades precisas que se requerían de cada material y señalizado las zonas en donde debían establecerse los andamios; Ware había seguido cada paso y particularidad posible sobre su desarrollo, así que su ausencia nunca llegó a obstaculizar la construcción, que fue terminada el 28 de Febrero de 1903.

Se organizó una fiesta para celebrarlo a la que la población entera estaba invitada, y que  fue interrumpida, en el momento en que seis disparos se escucharon llegar desde la mansión Ware.

La policía local (apenas un oficial y dos escoltas) respondió rápidamente y se dirigió a investigar. Camino allá se encontraron con Farris. Sangraba, pero seguía con vida. De acuerdo a lo que pudo balbucear, el señor Ware había matado de un tiro al chef, la doncella y el mozo, antes de girar sus finas atenciones en él, quien, al haber escuchado los disparos, salió de la residencia y comenzó a correr por el jardín frontal, esperando que la distancia, los árboles, la noche o el dios misericordioso en el que tuvo fé toda durante toda su vida le salvaguardaran.

Ware apuntó desde la puerta principal de su casa, disparó tres veces y agotó sus municiones. Farris logró eludir los primeros dos tiros, pero el tercero impactó sobre su hombro izquierdo. Farris se escondió detrás de un árbol y desde ahí, logro ver la silueta de su amo, dándose la vuelta y regresando a la mansión, con una sonrisa en el rostro, a continuar con lo que fuera que la doncella interrumpió, que la hizo gritar y por lo que moriría, con buena parte de su cabeza impresa en el tapiz de un muro.

Uno de los oficiales llevó a Farris de vuelta al pueblo mientras los otros dos continuaron hacia la mansión. La allanaron y después de asegurar las dos plantas con las que contaba, terminaron localizando las risas del desquiciado, tras la puerta de su estudio personal.

Tras patear el frágil cerrojo de la puerta, los policías recularon: Muros, suelo y el propio Ware estaban cubiertos de sangre, el hombre estaba sentado delante de su restirador, riendo, trazando; ni siquiera los miró. Al centro del estudio, sobre el escritorio, descansaban los restos de un cuerpo humano al que se le había retirado la piel; al parecer, Ware estaba utilizándola como lienzo, cubriéndola por una senda y delgada escritura de caracteres afilados y carmesíes.

Ware fue arrestado y encerrado en la cárcel local. Se le describió con una conducta nerviosa y poco cooperativa. Las transcripciones de los interrogatorios denotan que buena parte de sus risas, de los instantes en los que tornaba la cara y comenzaba a responderle a algún interlocutor que no se encontraba ahí, cuchichéandole: “No se trata de ella”, ocurrían justo al momento en donde se le orillaba a confesar por los homicidios de los que era responsable.

La mala noticia se esparció por el pueblo a la velocidad promedio que dichos hados alcanzan. No pasó mucho para que, una turba iracunda irrumpiera en la mansión Ware, robándola y quemándola. Ware fue dado por loco, lo que lo convirtió en el primer paciente de la más importante obra de su, pintoresca, carrera.

Con las técnicas utilizadas en la época, fue imposible identificar el cadáver en el estudio de Ware, pero la opinión pública decidió que se trataba de Frieda L. Reagan, la niña cuya desaparición había cimbrado la apacible vida del pueblo y, basados en esa conjetura, nombrar al edificio con el nombre de la más indefensa víctima del desquiciado, se convirtió en una consigna popular que fue concedida casi de inmediato.

Cada copia de los planos ardió el mismo día en que Ware fue internado. Las autoridades justificaron dicha sentencia como una medida precautoria, destinada a asegurar que nadie estudiara el diseño del edificio, ni recreara ninguna de sus partes. El lienzo de piel utilizado por Ware para quizá, escribir una confesión, un testimonio final sobre lo ocurrido, fue sepultado junto al cadáver que se supone pertenecía, en los jardines del hexágono; la tumba no está señalada.

Con cada pieza de material de referencia fuera de la ecuación, le llevó algo de tiempo a la gente notar la serie de extraños patrones en el edificio y, si el detalle escapó a la atención de la gente involucrada, es claro que la fachada muestra una notable fascinación con los números seis y tres: El ejemplo más obvio se encuentra en los seis pabellones y los tres pisos de la estructura; pero el esquema corre mucho más profundo por sus venas: las ventanas están separadas en grupos de nueve y alineadas en hileras de tres, cada ventana está formada por seis paneles, unidas con seis yardas de plomo y continúa con cada detalle: el número y distribución de los cuartos, el diseño y dirección de cada moldura, los caminos que salen del patio central, el número de arbustos que los ornamentan y la forma de los mosaicos del suelo; incluso las picas del barandal que rodea el edificio siguen la constante.

Seis y tres. Pasaron meses antes de que alguien le prestara atención a la arquitectura del edificio y para ese entonces, de acuerdo al personal del hexágono, Ware ya se había suicidado. En adelante muchos intentaron descifrar un significado más profundo detrás del diseño, yo por ejemplo; pero sin importar la forma en la que se han aproximado a la empresa o el ángulo desde donde lo han examinado, nadie ha logrado explicar nada, ni siquiera cómo es que un arquitecto tan mediocre como Ware terminó creando algo tan complejo, imponente y palaciego.

Existe quien cree que el lienzo de piel humana contiene esa explicación. En muchas ocasiones se ha solicitado públicamente exhumar la tumba de la pequeña Frieda con la finalidad de estudiar lo que reste del peculiar documento; que ocurra es al menos improbable: no existen registros de su localización exacta y hacen al menos un par de años de que el último testigo presencial falleció. Puede que lo más difícil de creer sea que, en su momento, nadie sintiera curiosidad por examinarlo, pero incluso para comienzos del siglo XX, la gente de mi pueblo era muy supersticiosa y creyó que, sería mejor si lo que fuera que Ware había comenzado, terminara con él.

Ahora bien, cualquiera que fuera su propósito, la fuerza que guiara su mano y el mensaje oculto detrás de las peculiaridades del Reagan, todo ha terminado opacado con la cantidad de historias que ocurrieron o, finalmente desembarcaron ahí; es tiempo de dejar descansar al edifico y centrarnos en su notable nómina de inquilinos.

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