He decidido volarme los sesos.

   Creo que es importante demostrar el motivo, por eso el video. La primera vez que pasó solo tenía nueve años. Estaba en la casa de un amigo, jugando con él en su patio. El sol se estaba poniendo, mi amigo era el vaquero, yo un apache robando su caballo. Corríamos haciendo círculos por el pasto, en algún momento terminé siendo yo quien lo perseguía. Entonces se tropezó. Me paré delante suyo, hice el ademán de atrapar una pistola invisible en el aire, la formé con la mano y apunté un dedo al rostro de mi amigo, entonces dije: Tengo tu arma, ¡bang!

   Su cabeza estalló formando una fina lluvia de color rojo que me empapó la camisa y se me metió en los ojos, materia encefálica y fragmentos de cráneo se incrustaron sobre el muro, las ventanas y las ramas del patio. Dejé caer mi mano sobre un costado y miré como el cuerpo de mi amigo se desangraba por lo que le restaba de cuello, con la boca abierta, incapaz de comprender nada. Alguien estaba gritando. Primero pensé que era la mamá de mi amigo, pero cuando la vi abrir la puerta del patio y mirarme, comprendí que era yo. Ella corriendo hacia mí, luego la nada.

   El funeral de Sergio fue de tapa cerrada. Aún intentaba olvidar la luz del atardecer haciendo brillar una nube roja a mi alrededor, a la mamá de Sergio sacudiéndome, gritándome, qué fue lo que pasó, qué le pasó a mi hijo; una bala perdida cayendo del cielo que el expediente citaba como única explicación, uno del promedio de veintiséis casos registrados cada año. Lo logré. Incluso hice a un lado la voz cautelosa de mi propio padre, recordándole a mamá el hecho de que nunca encontraron la bala percutida. Seguí con mi vida, logré olvidarme.

   No pude olvidar la siguiente vez que ocurrió. Jamás jugué indios y vaqueros de nuevo; de hecho, no puedo recordar ni una sola vez que se jugara nada que involucrara persecuciones y armas simuladas o imaginarias durante mi infancia. Pero recuerdo a la pequeña niña del parque, disparando las pelotitas de su arma de juguete por todas partes. Me apuntó con el arma, manos arriba, me dijo.

   Obedecí feliz, solté mi sándwich con absoluta sorpresa al verme vuelto un rehén y levanté mis manos al cielo pidiendo clemencia; en un claro impulso homicida, la niña, me ejecutó en una sucesión de bolitas de goma. Actué mi muerte con completa seriedad, tirando la espalda a lo largo de la banca.  Tras reírse, dijo: es tu turno, dispárame. Me obligué a pensar en cosas lindas, flores, rosas rojas brillantes, abriendo sus pétalos con la luz de la mañana.

   Me miraba impaciente, seguro consideraba la necesidad de rociarme de balas de nuevo para inspirarme apropiadamente. Levanté mi dedo sólo un poco, apreté los dientes, apenas si le apuntaba cuando susurré: bang.

   No fui yo quien gritó en esta ocasión. La madre recogía los miembros, levantando con las manos hechas zarpas una mano aquí, una piernita por allá. Había apuntado a su vientre. En el momento en el que la palabra salía de mi boca, ella estalló como si fuera un globo lleno con ponche de frutas. El cuerpo decapitado de Sergio asaltó mi mente. La mujer se arrodillaba soltando todos los fragmentos. Huí.

   No puedo continuar así. El otro día estaba tan enojado con Laura, que levanté uno de mis dedos delante de su cara para enfatizar lo harto que me tenía. Se me hizo un nudo en la garganta. Ni siquiera dije nada, sólo lo pensé, sólo pensé una palabra horrible. No tuve la frialdad de intentar limpiar lo que quedó esparcido de mi novia por toda mi cocina. No puedo continuar así. Todo, todo lo que tengo que hacer es poner mi dedo sobre mi sien, así.

   Je, acabo de notar la ironía: mi mundo está por terminar… jeje… con un bang

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